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lunes, 20 de junio de 2016

CAP. 6. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . Andanzas y tropezones de Dikembe Biyombo



CAPÍTULO 6 
De cómo llego a ser esclavo

o no concebía la manera de escapar de aquella situación. Aquel mar ocre que me rodeaba, color que inundaba el horizonte, allá hacia donde mirase, no impedía que viera mi vida en blanco y negro. Vivir o morir. Robar o morir. Comer o morir. Como ves el negro dominaba. Hasta que aquel día del que te hablo, un rayo atravesó esa tiniebla. Ese relámpago tenía nombre: Katuku. Pero, ¿cómo lo había conseguido él? Bien es verdad que en la aldea donde vivíamos no estábamos rodeados de aquella naturaleza feroz. De hecho, mi familia y yo habíamos viajado dos veces, de norte a sur y de sur a norte, pero donde ahora me encontraba, aunque mejor sería decir donde no me encontraba, llegar era factible, pero salir era imposible. Recordaba que la última etapa hasta llegar allí había sido calamitosa. Llegamos deshidratados y con un hambre de mil demonios. Si el poblado hubiera estado cien dunas más allá no lo habríamos pisado. Y encima, que yo recordara, nadie había llegado desde entonces. Y tampoco nadie se había ido, por su propio pie, claro. Pero, hete aquí que ese día apareció un nómada de los tuareg que, gracias a su mehari(1) podía hacer cualquiera de las rutas comerciales, tan transitadas en otros tiempos y que tanto dinero y conocimientos movieron de un lugar a otro. Este superviviente de aquellas azalahi(2) se dedicaba a lo mismo que sus mayores, a comerciar con especias, sal, joyas —no debes olvidar que estos hombres del desierto son grandes orfebres— y con todo tipo de productos. Así se ganaba la vida, y bien que se la ganaba porque no reparaba en amabilidad y engaños para realizar un buen trueque, para él claro. Aunque lo que más agradecía era un cambalache en el que sin entregar nada y sin  trocador enfrente, obtuviera el objeto deseado, como le ocurriría conmigo. Moussa era un targi(3) árabe que iba por libre en todos los sentidos. Aunque te pueda parecer mentira de un árabe que rezaba solo tres veces al día, no cinco. Sus orígenes se lo permitían. A él y a todos los de su etnia hasta que los terroristas islámicos les envenenaron las ideas. A partir de ahí, algunos tuaregs renunciaron a su civilización ancestral donde la mujer es más respetada que el hombre, cuestión que en la sharia(4) se entiende al revés. Este sempiterno viajero, precisamente por serlo, hablaba además de su lengua materna, el árabe, un sin fin de idiomas propios de los caminos que recorría, además del francés. Y por ello pudimos entendernos. Yo me había alejado del mercado, centro neurálgico de la aldea. Sentado en un montículo de arena observaba pasar el viento del desierto. Ni le oí ni le vi llegar montado en su camello con una voluminosa carga. Supongo que a él le agradó que la primera persona que veía en cierto tiempo fuera un muchacho. Después de los saludos de rigor, tan importantes en la cultura que no podía esconder, ya sabes, los hombres azules del desierto, se presentó como Moussa Mazmud y me preguntó si yo era nuevo allí. Me sorprendí y después le dije mi nombre. «Dikembe, vengo cada cierto tiempo a esta aldea y nunca te había visto. Et je suis très observateur, garçon». Estuve por contestarle que yo vivía en esa aldea y era la primera vez que veía llegar a alguien, pero no quise parecer grosero y cambié el tono. Le contesté que llevaba mucho tiempo en esa aldea, así que no era tan nuevo, a lo que añadí todos mis males. Moussa sabía escuchar, sabes. Tanto como hablar. Le conté mi vida desde que la recordaba, nuestra salida de la aldea masacrada, los dos viajes y la muerte de toda mi familia. Acabé con la paliza recibida recientemente y con la diarrea. No me guardé nada, aunque la palabra ‘merde’ no le gustó nada oírla, se lo noté en la cara. Rebatió mi idea del tiempo advirtiéndome que para un niño el tiempo invertido en cualquier asunto siempre es mucho, menos en jugar. Y para que yo lo entendiera me puso un ejemplo muy sencillo que comprendí a la perfección y que, después de tantos años, todavía anda fresco en mi memoria: «Para ti, que debes de tener doce años, uno significa mucho, pero para un viejo de ochenta, uno no es nada, a pesar de ser la diferencia entre la vida y la muerte». Según hablaba dibujaba con el mango de su látigo hoyuelos en la arena, signos que duraron lo mismo que la explicación, porque el aire del desierto corría a ras de suelo e igualaba la faz de la tierra. Sin más, se levantó, se había sentado a mi lado después de descabalgar, se acercó a su montura, enredó entre sus fardos y volvió a sentarse con una bolsa de cuero en una mano y una calabaza en la otra. Después de sentarse otra vez, me preguntó si tenía hambre y yo le miré a los ojos que parecían hipnotizarme. No necesitó más para darse cuenta de que yo me comía las manos. «Entonces hoy no almuerzo solo». Tras lo cual me dio otra alegría al comunicarme que como ya no había necesidad de ahorrar alimentos, nos daríamos un festín hasta acabar con todo lo que traía. Hasta con el agua. Recuerda que el agua es el bien más preciado en el desierto, por eso no es una exageración ni una broma, aunque te suene a ello que alguien lo gaste. El grifo es una necesidad genial. Me aclaró que no todos los días comía con tanta holgura, como comprobaría yo para mi desgracia en poco tiempo. No todo lo que empieza bien acaba bien, mon ami.






Mientras sea el hambre, el miedo a morir, el origen de nuestras decisiones, será difícil que las consecuencias de las mismas sean provechosas y efectivas para quien las toma. Pero eso no lo sabía Dikembe, claro. Como a cualquier preadolescente todavía no le había llegado el momento. Esa materia no forma parte de lo que te enseñan en el colegio. Que si lo piensas, es muy poco. Y saber que Cristóbal Colón descubrió América, tampoco es que sirva para mucho, ¿no? Y, además, no es una verdad absoluta, salvo que se añada que la descubrió para el Reino de España y adyacentes. Según leo, y he leído en estas cartas, Dikembe tenía más experiencia cuando llegó a España que yo pueda reunir jamás. Si ahora me sueltan a mí en el entorno en el que nació él, allí cerca de Gwane, junto a la frontera de la República Centro Africana, no duraría ni una semana. En cambio, Dikembe no solo fue capaz de llegar hasta nosotros, además, asimiló el entorno, quiso entenderlo, y al hacerlo, se sumó a él. Y lo hizo sin renunciar a nada, porque siguió siendo el que era, siguió hablando francés aunque el idioma que le enamoró fue el de Cervantes. Al menos esa es mi opinión que, en esta segunda lectura, espero confirmar. Y no pongo a este congoleño como ejemplo a imitar porque nadie podría, pero sí puedo entresacar de sus palabras la inteligencia que demostró al entender sus circunstancias en cualquier momento. En ningún instante se preguntó el motivo de lo que le tocaba vivir, lo vivía y trataba de mejorar su situación. En este sentido, creo, debe mucho a Adama, como veréis más adelante. Pero bueno, leamos lo que ocurrió con el tuareg Moussa, aunque en el título del capítulo ya os he descubierto mucho.





Se podría decir que me embaucó, aunque también cualquier otro podría decir que yo necesitaba ser engatusado. Lo que te digo yo es que necesitaba salir de allí, que en definitiva es de lo que Moussa se había percatado. Y como el perro callejero va allí donde ve cariño, eso es lo que hizo este negro. Bien sabía él donde conseguir las provisiones para su viaje de vuelta, pero se apoyó en mí para darme protagonismo e importancia, además de distraer su objetivo. Luego él hacía los trueques en los que yo no sabía si ganaba o perdía porque no conocía el valor de los objetos ni las especias con las que se manejaba. Pero jamás le vi contrariado después de un solo intercambio, por lo que deduje que ninguno había sido una trocatinta para él. Aparte de almorzar, también cenamos juntos y a su costa porque la intención matutina de acabar con todo no fue más que una baladronada. Y, ¿cómo no?, también compartimos la noche y la piel con la que él se tapaba. Después de haber dormido al raso, me sentí como un marajá. Antes de terminar de arrebujarse bajo la manta Moussa se ató las riendas de su camello al tobillo. «Nunca se sabe, Dikembe». Yo dormí como un bendito. No podría ser de otra manera. Después de mucho tiempo tenía la tripa llena, el cuerpo arropado y me sentía seguro junto a aquel targi. Si hubiera creído en dios, se lo hubiera agradecido, pero como ni mis abuelos ni mi bisabuela me habían convencido, me quedé dormido agradecido a mi desconocido bienhechor. Y, mira tú, ahora veo que fue lo más acertado, aunque me equivocara. En ningún momento del día hablamos de lo que yo estaba deseando sin saberlo, y tú habrás adivinado ya. Él despertó antes, y por primera vez en mi vida, que yo recuerde, me hice el remolón para levantarme. ¡Me encontraba tan bien envuelto en esa piel de camello y viendo cómo me preparaban el desayuno! ¡Hasta había leche! Algo a lo que, seguramente, tus hijos se acostumbraron enseguida, tanto a desayunar leche todos los días como a que les prepararan el desayuno y remolonear en la cama. Pero no entiendas que pretendo que te sientas mal por ello. Muy al contrario, lo que quiero destacar es que no todos los niños tienen esta necesidad cubierta, y, observarás que hablo de necesidad, no de lujo. Sentirse querido nunca podrá ser objeto de ostentación. ¿No crees? Eh bien, c'est ça, mon ami. Y tras el descanso y durante el desayuno, al ver que Moussa preparaba todo para volver al desierto y llegarse hasta su casa me atreví a pedirle lo que él quería desde el momento que me echó el ojo. «¿Por qué no me llevas contigo?». Se me quedó mirando como si no me hubiera oído pero no contestó. Durante su silencio yo me consumía. Tenía que salir de allí a toda costa, aunque nunca pensé que el precio de mi huida fuera a ser tan caro. Pero eso vendrá más adelante. Muchas veces me has preguntado inútilmente porqué llevo siempre camisa, aun en lugares donde nadie las lleva. La respuesta que nunca te he dado, y que ahora me veo obligado, es que las marcas de mi dolor pasado están grabadas en mi espalda, como verás. Y lo que no sé es si te alegrará tener por fin una contestación. Bon, sí lo sé. No te va a gustar, dudarlo sería como serte infiel. Pero todo a su tiempo. Los titulares  
siempre son impactantes y pueden sacarse de contexto, dentro de él son más suaves y minimizan su eficacia tremendista. Sobre todo si son sobre malas noticias. La respuesta de Moussa fue otra pregunta: «¿Estás seguro de que quieres acompañarme?». Le contesté que sí antes de que acabara él de hablar. Me advirtió entonces: «Allí donde voy la vida no va a ser para ti nada fácil, Dikembe. Va a cambiar radicalmente. Recuerda que te lo advierto». «No me importa, Moussa. Peor no voy a estar». Pero eso era lo que yo pensaba, aunque él sabía lo contrario, pero el caso es que no lo dijo, se quedó tan solo en una advertencia velada por mi necesidad de huida. Y como ves, se cubrió las espaldas. Mi alegría fue tremenda al oír que no le importaba. Pero había que dejar claro ante los demás que le acompañaba por mi propia voluntad, hecho que, ingenuamente, yo valoré positivamente. Así pues, antes de abandonar la aldea, buscamos al jefe del poblado, una especie de alcalde vuestro y le dejamos claro, mejor dicho y para mi desgracia, dejé claro que me iba con Moussa Mazmud porque yo quería sin que él me hubiera sugerido siquiera que le acompañase. El anciano y sus acompañantes, sin decir una palabra, asintieron y movieron sus manos para que nos retiráramos, como si les molestáramos. Ambos nos alejamos contentos, aunque por diferentes motivos. Y así comencé viaje con el tuareg sin saber que pasaría mucho tiempo hasta volver a sentir esa alegría que produce salir de una prisión injusta. No sé cuando cambió su actitud y se quitó el velo de amabilidad que le cubría porque durante esa mañana ya no volvimos a hablar. Él a lomos de su camello, sentado en esa silla típica de su etnia y yo sobre mis pies desnudos no tuvimos ocasión de comunicarnos, ni motivo, la verdad. Si bien Moussa retenía a veces el paso de su camello, a mí me costaba lo mío seguirle. Ahora bien, era tal mi alegría y mi afán de poner tierra de por medio entre mi persona y aquella odiada aldea que no rechisté ni una vez. Aunque hubiera corrido, le hubiera seguido al fin del mundo o al infierno, que era donde, sin saberlo, me dirigía. A uno de tantos que existen por desgracia en África, sin negar que el resto de continentes los tengan también. Así llegó la hora de comer, pero solo comió él. Yo monté un toldo con dos palos y una tela que me dio, pero no disfrute de su sombra ni de los alimentos que Moussa sí ingirió. Tan atónito me quedé que ni le pregunté ni me quejé. Después de la orden de recoger y una vez desmantelado el cortavientos, sirvió un poco de agua en el cuenco donde había comido y me lo ofreció. «Toma, no quiero llevarte a cuestas. Esta noche comerás algo, no pongas esa cara». Hasta la textura de su voz había cambiado. Y en aquel lugar, aparte de mi alegría, dejamos su piel de cordero. Lo siguiente fue una bronca por retener su marcha. «Si el camello puede, que es un animal, tú también, gánate el agua que he gastado». Ya no recordaba la odiosa aldea, miraba hacia delante y pensaba en qué me esperaba. No lo entendía. Pero lo entendería. Llegó la noche y monté el tenderete para él. Yo cené media docena de dátiles y un poco de agua y pasé más frío que alicatando iglúes, como dice tu hijo mayor, porque dormí al raso y sin manta ni piel, esa se la echó él encima y ya no la compartimos más. Bon, ni la piel ni nada que no fuesen unos sorbos de agua y unos dátiles más aplastados que los polvorones que te comes tú en Navidad. A la mañana siguiente, en el camino volvió a producirse la riña por no seguir el paso. Paró, giró el torso y me puso a caldo. Yo, con la cabeza gacha y más perdido que una democracia en África, aguanté el chaparrón, pero ya pensaba en una solución al verle los esfuerzos que hacía por mirarme desde lo alto de su camello. Se volvió y proseguimos con la marcha. Más que andar, tenía que correr y por ello, como el niño que era, le saqué la lengua. Eso, unido al recuerdo de los esfuerzos por volverse me dieron la solución para ajustar mis pasos al camello. Corrí un poco más y me puse a la altura de las ancas del animal y volví a sacarle la lengua a Moussa. Nada, no me vio. Precavido como me había vuelto empecé a hacerle burlas y momos, que si me sacaba las orejas hacia fuera y ponía cara de elefante, que si simulaba con el brazo el pico de un pelícano, que si me ponía las manos en las sienes abriendo los dedos, nada, no se enteraba de nada. Y en esto que desde atrás nos vino una lluvia de arena que arrastraba el viento. Este giró después y se nos puso de cara. Me pegué al trasero del camello y la verdad es que noté mejoría y pensé que el tuareg se había cubierto todo el rostro con su tagelmust(5) . Pasada la tormenta de arena y animado por el juego y lo que podía ahorrarme seguí con las mofas. Hacía una y me adelantaba un poco más. Hasta que, al llegar a la altura de su pie, me vio con los índices metidos en las narinas y la lengua fuera. Claro, sin detener el paso me preguntó sobre aquel gesto que, menos mal, no interpretó como una burla hacia él. Y, aunque mintiera, fui muy convincente al decirle que escupía la arena y que no quería que se me metiera en las narices. Según desaceleraba oí su contestación: «Pues ya puedes alimentarte de la arena, porque hoy también ayunas. No sé si me he hecho con suficiente comida para dos, y todavía nos quedan unas jornadas». A pesar de las malas noticias, no me vine abajo. En aquel momento, hubiera
cambiado la comida por subirme a las ancas de aquel camello cuyo rabo y culo me conocía de memoria. Pero me conformé con lo que se me había ocurrido. La primera prueba la hice mientras la tormenta anterior volvió, pero de forma debilitada. Desde que se me ocurriera no había dejado de pensar en mi plan. Me daba igual vivir de aquellas sobras y sorbos cortos de agua, lo que me mataba era la caminata a velocidad de camello a la que me sometía Moussa. Nuestro cerebro es maravilloso, la rapidez con la que prioriza las necesidades me ha asombrado siempre. En fin, que el ensayo salió a la perfección, pero encontré un agujero en mi proyecto: el sol, bon, más bien las sombras que provoca,  realzadas por el hecho de que por allí, salvo las dunas, éramos los únicos objetos tridimensionales. Además, dependiendo a qué hora del día, nuestras sombras eran más largas que las penalidades que me esperaban. Ese amanecer y ese anochecer en el desierto, tan ensalzados, incluso en imágenes, eran mis peores enemigos. Pero como tantos otros refranes que he aprendido, aunque la suerte nunca da, solo presta, pintaban bastos y había que esperar que el préstamo fuera a largo plazo como las sombras enemigas o vuestras eternas hipotecas. Por ello, durante la tímida tormenta que ensombreció un poco el ambiente, me agarré de las correas traseras que sujetaban la carga al animal y me dejé llevar con los pies lejos de la arena. Su impulso me hacía más fácil seguirle. Mientras el camello no cagara, estaba a salvo. Eso pensaba, pero la arena que escupían sus pezuñas era inaguantable, peor que la que arrastraba el viento. Por eso me suspendí y dejé la retaguardia del camello para apostarme en uno de sus flancos traseros. Apoyé los pies sobre un bulto y mi hombro sobre su anca izquierda. Y me sentí el niño más feliz del mundo. No solo descansaba, sino que me divertía. Era como ir en una de esas atracciones de feria que montan en las fiestas de tu barrio para los críos. El bamboleo no ayudaba a nada, salvo a divertirme. Algo es algo, me dije. Pero al rato, ese traqueteo dejó de gustarme porque se volvió en mi contra. Esto y el esfuerzo por mantenerme suspendido empezaba a ser insufrible. Y si añadimos que las cuerdas a las que me había asido se clavaban en mis manos y que la gravedad parecía empeñada en que mi culo rozara la arena, entenderás el motivo por el que mi triunfo se trocó en preocupación. No podía acercarme más a la joroba del mehari, corría el riesgo de encontrarme con el pie izquierdo de Moussa y revelar mi artimaña. Se me ocurrió liberar la palma de mi mano derecha y metí el brazo entre la cuerda y el pelaje y lo doblé. Ahora mi peso pendía de mi articulación y liberé también la mano siniestra, cosa que me agradeció. Como pude me froté las manos. Después introduje el otro brazo de forma similar al primero. La postura era un tanto forzada, pero la gravedad parecía menos grave. Si bien la cuerda seguía marcando mis articulaciones, la molestia y luego el dolor fueron soportables durante un tiempo porque el premio lo merecía. Tan ocupado como andaba no me di cuenta de que la pequeña tormenta se había deshecho. Después de varias dunas, cuando ya no sentía los antebrazos, me dejé caer todo lo lento que pude. Lógicamente caí de espaldas sobre la ardiente arena. Y sin saber porqué me quedé allí tumbado, todo lo extendido que pude con los ojos cerrados, y sin sentir el dolor que me azuzaba desde las flexuras de mis codos, tal era mi borrachera de triunfo… Al dejar el bolígrafo y beber mi café he pensado en este suceso y me acabo de dar cuenta de que en realidad lo que yo hacia era simplemente jugar. Y me he sorprendido, por eso he interrumpido el relato. ¿No te parece increíble que la naturaleza del ser humano sea capaz de convertir un penar en un juego. Si no perdiéramos esa capacidad infantil estoy seguro de que el mundo sería de otra manera. Al menos sería más divertido, ¿no crees? Lo único que necesitamos los adultos es ser más niños. Qué cosas tengo, ¿verdad? Bon, sigamos. No supe el tiempo que permanecí allí tirado sintiendo en los párpados la claridad del sol y saboreando las mieles de mi triunfo y el bienestar provocado por la distracción, supongo. Me sacó de ese estado el cambio de luz que aprecié sobre mis ojos. Algo estorbaba el sol. Los abrí y, a contraluz, distinguí la enorme silueta que componían el soberbio animal y su soberbio jinete. No habría imaginado jamás, de no ser por aquella perspectiva, que la pareja a la que ya estaba avezado fuera tan colosal. Terminó de devolverme a la realidad la estridente voz de Moussa al preguntarme, sin perder la ocasión para llamarme imbécile, qué era lo que hacía allí tirado con esa sonrisa en la boca. «¿Acaso, te he mandado yo parar y menos tumbarte?». Consciente ya de donde estaba y en qué circunstancias, por una vez, contesté la verdad, que me había caído. Lo que no le aclaré fue de donde, aunque sí disimulé las muestras de alegría de mi boca. Estaba feliz, pero no estaba tonto, a pesar de su opinión. Me levanté y me comparó con su cabalgadura. «Estás como mi mehari, que cada vez aguanta peor las tormentas del desierto, parecía como si le hubiesen cargado mi éhe(6) y la del vecino». Mi disimulada alegría llegó a su culmen al oír las palabras de mi dueño. Pero seguí sin expresar mi euforia. Le había engañado a conciencia. “Como si le hubiesen cargado su éhe”, me dije para mi regocijo. Cuando se adelantó y comprobé que no podía verme, mi euforia contenida afloró a mi cara y a mi cuerpo. Los signos de mi triunfo solo los pudo ver su camello, pero con el ojo del culo. Las siguientes horas de caminata rápida no me pesaron tanto en las piernas, a ello me ayudó lo ignorante que juzgué a ese tuareg tan listo y embaucador. Aunque cuando el cielo se oscureció y se llenó de puntos luminosos, Moussa ni siquiera hizo amago de hacer noche. Miraba las estrellas y se guiaba por ellas. En el desierto, lo aprendí de él, es mejor mirar el cielo que la arena, como hacía yo. Aunque alguien debe enseñarte a leer entre las estrellas, desde luego. Así, supongo, consiguió encontrar el oasis donde paramos. De otra forma, lo hubiéramos dejado a un lado. Cené lo que me busqué. No quise trepar a lo alto de las palmera por miedo a caerme, así pues me conformé con buscar algunas raíces que Moussa me dejó soasar en las brasas donde él se había preparado un té. Este tuareg, cada vez me sorprendía más, esta vez por el pequeño fuego que había conseguido prender en medio de la nada. No me alimentaría mucho, pero llenaría la barriga. Eso al menos decía Mayifa cuando no teníamos otra cosa que llevarnos a la boca, aunque ella cocía los bulbos que yo llevaba. Por eso le pedí permiso a Moussa para usar el cuenco de su mehari y hacer yo lo mismo. Pero no me lo dio. En su jerarquía, el camello estaba por encima del esclavo y yo debía aprenderlo. Además era mi castigo por haberle entretenido con mi caída según me dijo. Aun así, agradecí al animal su calor corporal, porque, a falta de abrigo con qué cubrirme durante el sueño, me pegué a él todo lo que pude. Dormí arrebujado entre sus patas. A pesar de todo, me levanté contento. Pensé que ese hoy iba a comer, si quería mi nuevo amo, claro. Después del repostaje de agua, más la bestia que nosotros, el ambiente parecía calmo y predispuesto, si no a las confianzas, sí a la tranquilidad, porque me dejó trepar a las palmeras y coger dátiles. ¿Sabías que un camello se puede tragar más de cien litros de agua en un cuarto de hora sin respirar casi? C'est ça, mon ami, que ya lo sabes. Después Moussa me mandó hurgar entre las escorias de la lumbre de la noche anterior por si encontraba algún trozo de carbón en buenas condiciones. Encontré dos terrones aún templados y sin consumir del todo. Sí, el día parecía empezar bien y deseaba que acabara igual. Por eso me vine arriba y empecé a preguntarme si necesitaría de las tormentas de arena para que aprovecháramos los dos humanos la fuerza del animal. En una travesía larga por el desierto si no piensas o rezas no tienes nada que hacer salvo caminar o bambolearte sobre tu camello. Yo era de los primeros, y, aunque me habían enseñado oraciones cristianas y a pedirle cosas a Imana, lo que mejor hacía era lo otro, cavilar e imaginar. Y mis pensamientos se dividían entre no morir de hambre o de sed y no reventar en el camino por el paso que imponía el jodido y ajeno animal, que, por otro lado, no tenía la culpa de nada. Desde que quedara solo bajo el sol la libertad me había venido grande porque para ejercerla primero hay que estar vivo, si no, el resto de sueños no sirve de nada, y ese resto incluye muchas cosas que creemos necesarias. Si en aquellos momentos me hubieras leído la lista de tus necesidades personales no hubiera entendido ninguna, y no porque en aquel entonces fuera más bruto que ahora, no, sino por que esos menesteres son enunciados desde otros ya satisfechos y ajenos a mi existencia juvenil. Y esto no te sitúa en el lado oscuro, digamos que todos tus iguales no pueden esconderse o desaparecer, es más, os hacéis visibles en vuestras reivindicaciones, pero un crío en mitad de un desierto de ocho millones de kilómetros cuadrados, si desaparece o se manifiesta poco va a llamar la atención, vamos que poco eco van a tener sus demandas. Y a las pruebas me remito. Por allí aún no hay cámaras de vigilancia, ni llegan drones y todavía, que uno sepa, ninguna multinacional de las comunicaciones ha estudiado la viabilidad de un servicio telefónico para la zona. Y más conociendo ahora el poco éxito de la carretera Transahariana o Transafricana que después de lo que costó solo se usa para transportar sal, cosa que ya hacían los camellos sin ninguna dificultad, aunque más despacio que los camiones, eso es verdad y sin quitar la importancia que tiene este producto, tan dañino por otra parte para vosotros por su consumo abusivo en vuestras mesas. Bon, que me disperso, por todo ello y por más variables endógenas y exógenas, ejercer la libertad en un entorno hostil es prácticamente imposible, es como predicar en el desierto. Cuando tu vida, y hablo del día a día, no del antónimo de muerte, que también, depende de otros, u otro en este caso, no se piensa en libertad, ni en igualdad que no es lo mismo que pensar en libertades o igualdades curiosamente. Eso, nos extrañe o no ahora, está en un plano diferente al que se encuentran los que tienen la suerte de comer todos los días, aunque sea gracias a la caridad o a los servicios sociales . Y en cambio, yo huía sin saberlo hacia una nueva oportunidad de convertirme y sentirme persona. Y para ello usaría de todas mis herencias recibidas, la propia y la ajena, la cultural y la genética, la de mi corta edad y la de mi escasa experiencia. Cada día de aquellos, sufrido más que vivido, equivalía, en términos de aprendizaje, a un mes para cualquiera de tus hijos que compartiera mis años. Y, aunque nunca olvidaría que Imana había mandado engendrar al hombre en unas tinajas, me importaría más el material con las que estaban fabricadas, unas de oro, otras de estiércol de camello, porque el dios de mi abuela no había especificado en su mandato a aquella estéril mujer que todos los hombres debían ser iguales ante Él. No es que le culpara, pero aquel olvido marcaba mi vida y la de mucha gente... Y por hoy ya está bien de murga africana. Para saber más deberás esperar a mañana. Espero que mis cartas te lleguen en el mismo orden que las envío, malo ha de ser que alguna se pierda o que te llegue antes que la anterior. Espero que no sea así para tu bien, aunque tampoco tendría demasiada importancia.











(1) [↑] Mehari. Camello. De ahí viene el nombre que Citroen dio a su famoso automóvil de 1968. En www.almendron.com podemos leer: «El término mehari, así como meharée, de origen árabe, son utilizados abusivamente por los francófonos».
(2) [↑] Azalahi. Caravanas, en takmashek, idioma tuareg.
(3) [↑] Turgi. Singular de tuareg.
(4) [↑] Sharia. Ley islámica.
(5) [↑] Tagelmust. Turbante, en takmashek, idioma tuareg.
(6) [↑] Éhe. Tienda, en takmashek, idioma tuareg. También significa matrimonio y mujer, con lo que no sabemos a qué se refería concretamente Moussa. 


8 comentarios :

  1. Y este adelanto de día en la publicación? Me parece que mejor hubieras titulado en vez de "andanzas", "desgracias", porque se está viendo que van a ser muchas las que pasará este Dikembe. Para empezar ya se le ve el plumero al Turgi... Abrazos y hasta la próxima.

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    1. También le pasan peripecias alegres, pero esas vende menos, jaja. La culpa del adelante es de aquí el tonto y la primera columna del calendario que abre blogger que coincide conb domingo, no con lunes y siempre me lío. Esta vez no lo revisé y mira tú... Gracias, Ligia. Un abrazo. JC.

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  2. Suele pasar, cuando se está tan escaso de todo, cualquier cosa te parece mejor, y claro, caes en la trampa.
    Se me antoja que su vida no va a mejorar precisamente, en su huida con el tuareg.
    Abrazos J.C. y hasta el lunes.

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    1. Como en la vida de todos, Dikembe también va a tener altibajos. Cuando estás encerrado y te abren una puerta te lanzas, puede ser que no haya ni siquiera suelo al otro lado...
      Gracias, Varinia, un abrazo, JC.

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  3. Bueno, ésta vez me centro en el pasaje en que Dikembe descubre al cabo del tiempo, pensando ya como adulto, cómo pudo superar ese calvario a través del desierto. Reflexiona cómo la mente es capaz de trocar el sufrimiento en algo opuesto (juego) para mitigar ese dolor que lleva arrastrando, aunque no siempre lo consiga, como se mostrará seguramente más adelante. He leído algo al respecto y quizá un psiquiatra tendría mucho que contarnos. La persona llevada a extremos puede hacer que su mente consiga luchar por su vida a través de elementos que tiene a su alcance y que tienen origen precisamente en su mismo ente. Pobre Dikembre.
    Saludos.

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  4. Tienes mucha razón, Nita. Al respecto recuerdo una película italiana de 1997 titulada La vida es bella. Me impactó. Gracias. Un saludo, JC.

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  5. Estoy con Ligia, más que andanzas, desgracias, espero que en algún momento la vida le haya recompensado por todo el dolor sufrido...
    Besitos

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    1. Seguro que sí. Gracias, Amanda, un beso, JC

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