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lunes, 13 de junio de 2016

CAP. 5. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . Andanzas y tropezones de Dikembe Biyombo




CAPÍTULO 5 
De cuando me quedo solo


noche, mientras me dormía, recordé o más bien quise recordar a mi abuela Mayifa. Por el motivo que fuera me sentía más solo que de costumbre. Acaso también extrañaba tu ausencia. Ya no recuerdo cuando me dijiste que volvías, pero es igual. Y no me entiendas mal, empiezo hoy así el relato para contarte que, a cambio de las cucharadas de mijo que le cedía, ella me contaba historias de los suyos y que a mí se me han escapado ya de entre los dedos. Quizá sea también por la culpabilidad que siento por… Bueno, no sé, ahora lo entenderás. Después de la frugal cena, mientras bajada poco a poco la temperatura y el fuego se extinguía dentro de la choza (¡qué gran invento la calefacción!) mi abuela me dedicaba la hora bruja. Esa hora que no sabes lo que dura, pero en la que cualquier historia contada puede hacerse realidad. Así, escuché de sus labios cómo según los watutsi, (cuyo singular es batutsi, si bien se usa tutsi para un número indeterminado, para que no te líes) explicaban la aparición de los seres humanos en la tierra: «Sabes, Dikembe, la primera pareja humana vivía en una tierra maravillosa pero el hombre y la mujer no podían tener hijos. Los pobres suplicaron a Imana que les ayudara, por eso oraban a diario. Y tú deberías hacerlo también, que nunca te veo rezar —me regañaba—. Pues bien, dios tomó un montón de tierra y con saliva formó una pequeña figura humana. Le pidió a la mujer que guardara la figurilla dentro de una vasija con mucho cuidado ya que era muy frágil. También le ordenó que dos veces al día echara leche dentro de la vasija, una por la mañana y otra por la noche. Con otra advertencia más, que solamente podría sacar la figura cuando, después de nueve meses, le hubieran crecido brazos y piernas. La mujer siguió estas instrucciones al pie de la letra y, al cabo de ese tiempo, observó que la figurita de barro se había convertido en un ser humano con todos sus miembros y la sacó. Dios, al ver que la mujer seguía sus instrucciones, continuó creando hombres y mujeres mediante el barro y su saliva. Después, estos comenzaron a reproducirse y así los seres humanos fue que poblaron la tierra. Y ahora a dormir, que es muy tarde. Y no te creas eso que te cuentan Kady y Mbo —ella nunca usaba la palabra padres, siempre los citaba por su nombre de pila—. Venga, Dikembe que los viejos, aunque menos, también necesitamos dormir. Buenas noches»(1). Me parece oírla todavía con esa voz ronca pero llena de amor, y, a veces, también he pensado que de lástima, pero bueno… Luego, la oía acostarse y yo, sin hacerle caso, me quedaba comparando sus historias con las que me contaban mis padres de aquella época. Claro, yo llegué a la conclusión, de que, en definitiva, los hombres veníamos del barro, porque Adán también había sido creado de la arcilla, barro al que cualquier dios había escupido o soplado, qué más daba. En eso coincidían las dos versiones. Lo que ya no se parecía tanto era la presencia de la muerte entre nosotros, aunque lo que sí dejaban claro las dos historias era que la culpable de todo era una mujer desobediente. En un caso una joven y en el otro una anciana que sale a por alimentos a su huerto desoyendo la orden de su dios, como hiciera Eva en el primer caso al comer de la fruta prohibida. Claro, me decía por aquel entonces, por eso la mujer debía sufrir más que el hombre. Por eso las violaban y las usaban de esclavas y por eso gritaban tanto antes de que naciera un niño. Como entenderás, con esa cultura, era muy difícil que cualquier niño o niña saliera feminista. Es muy fácil hacer responsables a otras de tus desgracias, y ya de paso, de tus culpas. Y no te digo nada si te asomas a otras culturas, hasta las lapidan. Deshacerse del mito interesado de que ellas son las malas, mon ami, es muy difícil. Ni siquiera vosotros, con todo el avance de la civilización de la que presumís, habéis podido olvidar lo que a todos nos han metido en la cabeza como verdades absolutas: las mujeres son malas, trajeron a Muerte, el dolor, el trabajo. Pero claro, para mí era muy difícil ver a Mayifa como una serpiente, por eso aquella noche y la pasada, me dormí más tranquilo: no todas las mujeres son malas, ni merecían castigo, mi verdadera madre y mis hermanas, eran otros ejemplos. En el fondo, cualquier imposición de una fe sobre otra produce un sincretismo. El ejemplo más notorio no es el nuestro, sino el de Sudamérica, aunque en África tampoco nos quedamos cortos, no creas. De hecho, alguna de las religiones con más feligreses no son más que eso, sincretismos. Y si no buceemos en las costumbres más ancestrales en busca del origen de las fiestas y santos cristianos, por ejemplo. Las sorpresas están a la orden del día. Mira, si se estudia históricamente la figura de Moisés, sin ir más lejos, te encuentras que este profeta está profundamente arraigado en tres religiones monoteístas, pero no hay prueba alguna que indique que existió como cualquiera de las tres reconoce hoy, incluso hay quien opina que era un noble egipcio cabreado con sus iguales. ¿Qué te parece de lo que se entera uno? Eh bien, c'est ça, mon ami. Y te digo más, las doce tribus de Israel tienen mucho que ver con las tribus wahutu y watutsi. Eh bien, que sin ser un docto, ni siquiera un aficionado, solo un curioso de la historia, no puedo sacar conclusiones que nadie pueda negar sin argumentar la fe, ¡qué más quisiera yo! Pero a mí me sirven, oír predicar tantas veces lo contrario de lo que se hace es lo que tiene: vuelve ateo a San José. Porque la otra fe, la que vulgarmente llamamos esperanza no puede faltarnos viendo lo que vemos a nuestro alrededor. Pero que cada uno crea, piense y espere lo que quiera. Es la mejor manera de convivir con los demás y con nosotros mismos. Y no sobra la alusión a las creencias propias porque algunos que darían su vida por su dios hecho hombre, no comparten con él eso de poner la otra mejilla, sino que más bien secundan la ley judía del talión, pueblo que, según ellos, mató a ese hombre. No hay mejor forma para quitarse la competencia que manipular la opinión pública para que vea a tu competidor como un asesino mientras la Santa Inquisición busca a aquellos que matan niños para comérselos. Evidentemente los que así proceden son también judíos y para más inri, van sus reyes, los Católicos, y les expulsan de su propio país. Bueno, al fin y a la postre no les gasearon como hicieran después otros más bárbaros y cercanos en el tiempo, según me has contado tú mismo, que si en África se cometen atrocidades, que no las niego porque las he vivido, aquí, en Europa, tampoco os cortáis un pelo con eso de las limpiezas étnicas, que lo único que consiguen es manchar las manos de sangre en vez de limpiar algo. La historia, mirada sin fe religiosa, es otra muy distinta a la que cuentan los vencedores. Decir que Hitler, en su locura, seguía buscando la lanza de Longino alumbra las paranoias de más de uno, pero en todos los sentidos. Y de aquellos polvos, después de haber llovido, estos lodos. Fangos que han dividido, y dividen, al mundo durante muchos años. Y lo que te rondaré morena. (Me encanta esta expresión tan vuestra, es lo que tiene vivir en la calle, que aprendes de todos y de todo). Todo eso es lo que le ocurrió a mi alma. Yo no podía dejar de ver ‘buenas y sin pecado’ a Mayifa, ni a Delande, ni a Keicha, ni a Mholie, ese era mi sincretismo con la educación recibida en gran parte de Mayifa y en la otra por el reverendo europeo al que escuchaba en la iglesia dominical y que nadie entendía salvo cuando nos abroncaba por ser tan pecadores, tan prosaicos, tan promiscuos. Palabras que yo no entendía, ni me las explicaban los mayores que con un «pecadores, pero más» se quitaban de encima el problema, aunque mi supuesto padre ya ejerciera de tal por aquel entonces. Y claro, se fue, como decía el reverendo Pierre, «derechito al infierno». Yo me quedé en la tierra sin explicarme cómo todas las mujeres eran culpables sin hacer nada malo y los hombres, que mataban, violaban y manipulaban, reverendo incluido, no eran merecedores de castigo alguno. Claro, que ellos habían sido obedientes con los dioses. Y ya sabes, donde hay un dios no manda marinero, salvo que haya que traducir sus palabras.





Estoy de acuerdo con Dikembe. Cualquiera puede inventarse una religión. Lo que nadie puede fabricar es una fe. Yo, que en su momento la sentí, y muy fuerte, no me encuentro desnudo sin ella porque quienes me la instauraban en la cabeza con miedos sospechosos , me la arrancaban del corazón con caricias también sospechosas. Tampoco veo muy bien vestidos a otros que presumen de creer en un dios. Aparte de los malos ejemplos, porque también los hay buenos, me veo incapaz de poner la otra mejilla, o de rezar cinco veces al día, o de meditar las veinticuatro horas, o de no calentarme la comida un sábado invernal. Tampoco me siento capaz de llevarme por delante a una docena de personas para ganarme el cielo. Quieras que no, al final, todas las religiones crean unos corpúsculos de intransigencia que derivan en guerras santas como las Cruzadas, la Guerra de los seis días o la Yihad. Incluso abocan en proselitismos desbocados como las diferentes colonizaciones que destruyeron, como mínimo, tanto como construyeron. Estudiar qué hubiera pasado si no se hubiera producido la Conquista del Oeste es tan insondable como los repartos coloniales de África. En la vida lo positivo y lo negativo no se compensa. En matemáticas un número sumado a otro igual en negativo siempre da cero. Pero en este juego de necesidades las matemáticas no funcionan. Por mucho que haga Cáritas no logrará borrar los actos de la Inquisición. Por mucho que haga la Luna Roja no eliminará los atentados yihadistas. Por mucho que haga Alemania ningún judío olvidará a los nazis. Por mucha política que haga Otegi no revertirá los asesinatos de ETA. Por ello soy partidario de una fe que no estorbe a nadie, una fe introspectiva. Son tantas las normas absurdas que, desde fuera, es impensable que las dictara un dios o un hombre con dos dedos de frente. Porque no solo se deposita la fe en un dios, también las ideas y los hombres son depositarios de ella.





Cuando mi padre se empeñó en echar los pulmones por la boca, mi madre, en contra del parecer de mi hermana Delande, me mandó a ganarme la vida a la fábrica de ladrillos, donde ocurrió todo aquello con Idriss y Nekiambe, ¿recuerdas? El padre de este último, me acogió más que por pena, por la comisión que el mío le había pasado durante el tiempo que trabajara allí. Y claro, el sagaz capataz, no le dio de baja hasta que se murió, por lo que él no dejaba de recibir la comisión y mi padre de cobrar y gastárselo en su enfermedad que se curaba a base de lo de siempre, con lo que mi madre no consiguió dejar a un lado ni el trabajo ni las palizas ni él curarse. Aunque como te he dicho, durarían poco. Así que, muerto el perro, me refiero a Mbo, se acabó la rabia. Y me despidieron de la fábrica, ya no había muerto que cubrir. «Este no es lugar para ti», me dijo monsieur Habib. Me imagino que se refería a que era demasiado bueno para mí, porque si no, no me explico que allí trabajara su hijo. Ni que ya estuviera preparado el hijo de otro acreedor moral para cubrir el puesto que se me negaba por no tener padre. Desde luego, no puedo negar que esa fue una de las cosas buenas que saqué de él mientras vivió. Por eso me vi compuesto y sin novia, o lo que es lo mismo, en la puta calle, porque acto seguido, mi casero, sin darnos tiempo a sacar ninguna pertenencia de la choza donde aguantábamos los Biyombo y no Biyombo vivos, se enteró de mi despido y a su vez nos desahució por el artículo treinta y tres, que algún día me tienes que contar cual es. No me extraña que aquel último día Delande pusiera perdido de sangre el suelo de la choza y que a Mholie, tras dormir un mes en la calle le picara ese mosquito asqueroso que se la llevó. Después de enterrar el cadáver de mi última hermana en donde pude, ya no tenía nada que hacer. ¿Dónde ir? ¿Sabes dónde se me ocurrió ir? ¿No? Pues al mercado. Claro, después de ayunar dos días y cavar una tumba con mis manos, me apetecía comer algo, y donde siempre hay comida es en los mercados, ¿no? Eh bien, c'est ça, mon ami. ¿Y dónde va Vicente?, pues donde va la gente. Allí que me fui, al mercado, huyendo de Muerte que, en poco, me pisaría los talones. Eso es lo que tienen las historias que te cuentan de pequeño, que siempre las aplicas con el paso del tiempo. Allí, el primer día lo sufrí al ver lo que se compraba y se vendía. Me lo pasé imaginándomelo en la boca hasta que acabó la tarde. Los vendedores recogieron sus apaños y alguno hizo criba entre lo que debía cargar para la vuelta. Así que, allí quedaron, en el suelo, frutos con lesiones tales que nadie los reconocería de no haber visto a sus dueños desecharlos del montón sobre la estera, o sacarlos de los cestos que volverían al día siguiente. Y esos descartes invendibles fue lo que comí aquella jornada, cuya noche pasé al raso dándole vueltas a la manera de sacarme algo para comer sin tener que esperar a los desechos.    
Y, aunque no lo creas, encontré una fórmula. Verás. Con el sol empezaron a llegar los agricultores y un poco más tarde los artesanos con sus sandalias, cestos, telas, figuras talladas, cuencos y esas cosas. Un poco más tarde se presentarían los compradores, mujeres en mayor medida. Esas eran mis posibles clientas, porque la apropiación de cualquier bien ajeno tenía un castigo popular que más vale no contar, vamos, que ahora no podría estar escribiendo. El robo estaba descartado. Ya te he comentado que la valentía de mis ancestros no la había heredado yo para vergüenza de mi abuela. En principio observé a las compradoras. Las más adornadas y exuberantes se hacían acompañar por quienes supuse criados. Ellas elegían y pagaban, el sirviente cargaba y seguía a su dueña tal que un perro hambriento como yo, eso sí, con una obediencia rayana en lo indigno. Algunos, incluso sin mirarles a los ojos y con un excesivo respeto que a mí se me antojó miedo. Entonces, ni corto ni perezoso, me arrimé a una de aquellas orondas matronas que iban solas, justo en un puesto de lo más internacional. Dirás porqué, pues porque vendía barreños de plástico, eso sí, todos azules aunque de diferentes tamaños y formas. Luego, pensando en aquella imagen, la he recordado aquí ya como un mar de plástico, porque por aquel entonces yo ni siquiera imaginaba una ola, aunque más de un lago ya había visto, nada del otro mundo. Mi intención no era censurable, lo único que quería era una pequeña gratitud por cargar con la compra. En definitiva un servicio, si no remunerado, sí agradecido con algún fruto que pudiera comer. Yo creo que eso se lo podía imaginar cualquiera. Lo que yo no imaginaba era por donde me iba a salir el tiro que se me había ocurrido disparar a ciegas. Verás, aquella mujer resultó que se empeñó en gritarme y darme órdenes sin venir a cuento mientras discutía el precio con los mercaderes, hasta el punto de que yo sentí cierto temor. Una vez acabada su compra salimos del pequeño laberinto de puestos y nos alejamos un poco del bullicio. Cuando la pareció me ordenó parar y dejar la canasta en el suelo. Creí llegado el momento del pago, pero no, me miró a los ojos y me hizo una extraña pregunta, tras la cual arreó con su compra y me dejó allí con dos palmos de narices y mi hambre. Con la pregunta en la cabeza y nada debajo del brazo me refugié en la sombra de un árbol junto al que me acuclillé y en el que recosté la espalda. Y fue allí cuando la pregunta que antes juzgara inútil se trocó en un nuevo argumento para comer: «¿Qué creías, listillo, que me ibas a engañar?». Pues no, pero de eso se trataba entonces, de quien engañaba a quien. Aquella lista mujer me había estado amedrentando con gritos y órdenes para no ser engañada por un mocoso. Había usado el miedo, mi miedo, para su beneficio. «¡Eh, ten cuidado con el capacho, no se te caiga. Si estropeas algo te lo saco de las costillas, garçon!». Tomé nota, no me quedaba otra. La próxima vez no sería yo el engañado, al menos esa era mi intención. Y lo volví a intentar. El hambre es muy convincente. Esta vez no elegí a mi futura benefactora al azar, sino que me acerqué al mercadillo y observé a las diversas mujeres que deambulaban entre las mantas, esteras y productos que algunos ponían sobre la tierra desnuda, casi como ellos. Elegí a la más vieja, una anciana muy bien vestida y peinada, y con muchos adornos multicolores. Me acerqué, tendí las manos hacia su cesta y le pregunté muy educadamente si le ayudaba. La mujer, con una gran sonrisa en la boca expresó su conformidad con una especie de “ajá” y me entregó el capacho vacío. Lo fue llenando de mijo, plátanos, arroz y verduras, incluso una gallina que vi estrangular por el gallinero después de ser elegida por la anciana, para lo que echó un largo vistazo a todas las que llenaban una jaula de bambú. Rechazó que la desplumaran y “obligó” al gallinero a que le descontara el costo del desplume. «Así sale más barato, ¿sabes, muchacho», me dijo. Aquella mujer sabía regatear, no cabía duda. Todo parecía ir a la perfección, incluso nuestra relación comercial, pues cada vez que yo metía algo en el cesto me daba las gracias. Me las prometía felices, aunque lo único que veía factible para que yo pudiera comerme eran los plátanos, pero un par de ellos no me vendrían mal. Lo que también deduje para mi desgracia fue que a mi anciana no la engañaba ningún mercader, y eso, por otro lado, me empezó a preocupar, pero yo estaba haciendo bien mi trabajo. En esas cavilaciones andaba cuando oí que me hablaba: «Ven, vamos, muchacho, que ya veo a mi nieto». “¿Su nieto?, pensé, pero la seguí, claro. «Ha venido a buscarme, ¿sabes? Es un buen muchacho, como tú, siempre dispuesto a ayudarme». Aquello casi me sacó de mis dudas y me confirmó que había trabajado otra vez en balde. Pero no perdí la esperanza y me llamé agorero. Cuando llegamos a la altura del joven, comprobé que aquel muchacho tenía sangre de los batutsi porque era muy alto, aunque su corpulencia lo negara. De modo que se hizo con la compra sin esfuerzo alguno y con gran educación, me dio las gracias. A su vez, la anciana, me revolvió el pelo, me dio un cariñoso pellizco en el escueto moflete y también me dio las gracias. Vi cómo se alejaban no creyendo mi mala suerte. Pero como no aparté la vista de sus espaldas, también vi que se paraban y se giraban y el joven se acercaba a mí. Mis esperanzas renacieron con más fuerza, y me volví a reprochar mi pesimismo. Al final, podría comerme un par de plátanos. Vi que se metía la mano en el bolsillo del pantalón y me decía: «La abuela quiere que te dé algo por tu ayuda, aparte de las gracias». Pensé que en vez de comida me iba a dar unas monedas, a lo que yo no iba a poner pegas, pero lo que sacó del bolsillo no fue dinero, sino un paquete de tabaco que me ofreció: «Coge otro para luego, chaval, te los has ganado». Yo, sorprendido cogí dos cigarrillos y, sin saber porqué, le di las gracias. A lo mejor es que ya intuía que te iba a conocer y los quería para ti, si no, no me lo explico. Y todavía sigo sin entender el motivo por el que agradecí que me pagara con algo que ni quería, ni me gustaba, ni necesitaba. Por eso acaso dije lo que dije: «Esto no se come, señor», a lo que él me contestó sonriendo: «No, claro, se fuma. Cualquiera te dará lumbre». Y se fue y yo saqué una conclusión: Normalmente al que le sobra, si comparte algo contigo, desde luego no es lo que necesitas, luego hay que pedirlo, no te puedes estar callado. Yo no necesitaba tabaco ni lecciones sobre lo que se fuma o se come, sino algo que llevarme al estómago, más vacío que el frigorífico de Adama, para que me entiendas. Quería algo de aquello que había visto, que había tocado pero que no era mío. Y ése era mi problema. Mis supuestos padres me habían insistido siempre en que no dispusiera de aquello que no era mío, en contra de lo que predicaba mi abuela Mayifa empeñada en que Imana había puesto a disposición del hombre frutos y animales para que nos aviáramos con ellos libremente pero con mesura y solo para comer. «Dikembe, si tienes hambre come, si tienes sed bebe, y si te sobra, compártelo». En esto último coincidían los tres, pero debían ser solamente ellos, porque los demás, que yo viese, compartían poco. Eso sí, yo podía compartir algo que los demás no querían pero que era lo único que tenía: hambre. Porque la sed la había calmado en un cubo lleno de agua junto a un camello, si bien no totalmente porque el camellero me tiro una boñiga al grito de: «¡Deja eso, garçon, que es de Ata Allah!»(2) . Aun así, la tercera intentona fue la peor, primero porque ya el hambre me apretaba lo suyo, y segundo porque acabó peor que las dos anteriores, ya que, a falta de recibir estipendio alguno, lo que recibí fue una paliza. Te cuento. Después de las experiencias anteriores, y creyéndome en mi derecho, antes de entregar la tercera cesta se me ocurrió hacerme con un plátano de los que la joven había comprado, eso sí, después de pedir permiso pero sin esperar a que me lo dieran, por si las moscas. Aquello desató las iras de su dueña, una exuberante moza ataviada con el típico traje estampado con alegres colores, que he de reconocer bonita. A sus aspavientos y gritos acudió un mocetón que tras cruzar unas palabras en un idioma que no entendí, porque si no hubiera salido por patas, la emprendió a golpes conmigo. Y lo peor fue que no me había dado tiempo siquiera a pelar la fruta, y que en vez de defenderme, defendía el plátano que tras el tercer bofetón y primer empujón se me cayó de las manos. La distancia a la que me alejó el empellón me dio la ventaja suficiente para correr y poner más tierra de por medio, pero la fruta quedó allí. El mozo, más interesado en la moza que en mí, no la abandonó para perseguirme. Es decir, que lo que en un principio causó mi mal, terminó por protegerme, porque de ser otro el motivo de la intervención del joven no sé cómo hubieran acabado mis huesos, y es que, como decís vosotros, tiran más dos tetas que dos carretas. Así que, después de aquello solo me quedaron ganas de acurrucarme abrazado a mí mismo y esperar a que los comerciantes recogieran sus mercancías y desecharan aquello que ya no tendría salida al día siguiente, y eso que no todos lo hacían, porque aquellos agricultores tampoco tiraban mucho. No es como aquí, que yo he comido más de dos meses con lo que se descarta para la venta en los mercados centrales porque no tiene buena presencia. Menos mal que los minoristas y las grandes superficies colaboran con Cáritas o la Cruz Roja, por ejemplo. Y no creas que era tan fácil hacerse con aquellas sobras, porque no era yo solo el que sufría hambres en aquella época sin tener recursos para alimentarme. De todas formas conseguí hacerme con unos tomates y unas zanahorias podridas, con dos plátanos más negros que yo y con unas raíces de mandioca que al final tiré porque Mayifa me había advertido que, a veces, es venenosa si no se cuece, y cocer, la verdad, no las iba a cocer, sino a roer, porque esa raíz es muy dura y leñosa. Primero succioné la pulpa desecha de los plátanos y el resto lo saneé con esmero y me lo comí despacito. Tenía que engañar al estómago de alguna manera. Mientras hacía la suave digestión pensé en volver a la fábrica de adobes, pero al sentir las magulladuras de la reciente paliza, se me pasaron las ganas, y la mente se me fue a otros momentos en los que me comunicaron que ni padre ni madre llevaban nada de valor encima. Era mentira, al menos mi supuesta madre llevaba al cuello una cadena con una medalla que nunca se quitaba ni para trabajar. Ella decía que tanto la cadena como el colgante eran de oro. Mi padre intentó más de una vez arrancársela, pero ella la defendió siempre y en una ocasión le gritó que si se la quitaba era borracho muerto. Claro, yo por entonces no conocía el significado de la palabra corrupción. La descubrí aquí con vosotros, pero no es exclusiva de ningún país. En África se da hasta en las selvas. Cuanto más pobre es una sociedad más corrupta se vuelve. Todo el mundo tiene que buscarse la vida, policías, funcionarios, enfermeros, médicos… Todos tienen muchas bocas que alimentar. Pero una cosa es buscarse la vida y otra enriquecerse. Aunque ambas sean corruptelas, hay una pequeña diferencia entre robar para subsistir y robar para enriquecerse. Una cosa es pedir una caridad para comprar una medicina y otra meter la mano en la caja de la sanidad pública o montarte un entramado de empresas para desviar fondos públicos destinados a la educación. Allí en mi país ocurrían las dos cosas, pero yo solo me enteré de las menores, pero no menos punibles. Así, el que enterró a Mbo y Kady, que fue el mismo enterrador al que di pena, por eso no me pidió dinero, me contó después que, como los cuerpos de mis padres, aquellos que no pagaban las correspondientes “mordidas” eran enterrados desnudos, porque todos los que intervenían tras la muerte de una persona se iban haciendo con lo que correspondía a su altura profesional, hasta llegar al último de la cadena, que era precisamente él, el enterrador, que lo único que podía aprovechar de los cadáveres eran los harapos. «No me llegan ni los calzados en mal uso, hijo». Tras preguntarle cómo lo permitían las familias me explicó el entramado. Una vez recibido el cadáver se avisaba a la familia para que se despidiese. Ese era el último momento que veían al finado porque según las normas de sanidad debía sellarse el féretro o el cajón. Normas que no existían desde luego, pero que permitían esconder la desnudez final de los cuerpos. Después del expolio se sellaba la caja con un emplasto de resinas y caucho que los funcionarios mismos fabricaban y costeaban. El viejo enterrador me contó que, a veces, hasta perdían dinero como en el caso de mis padres. Yo le dije que no había visto el ataúd de ninguno de los dos. Y me aclaró que, a partir del momento en el que se dieron cuenta de que a veces perdían dinero, habían cambiado el protocolo. Solo usaban madera y emplasto para los que valían la pena, a los demás los enterraban desnudos en una bolsa de plástico que sufragaba el Ministerio de Sanidad. Así no palmaban y ganaban algo al reutilizar la sencilla caja que ofrecían a buen precio a otro cliente y que también estaba subvencionada por el gobierno. «Aquí se compra y se vende todo, hijo, hasta la dignidad propia y la ajena». En esos pensamientos andaba cuando me vino el primer apretón. Encima de frugal, la cena me había sentado como una patada en el estómago. La parte indigerible tenía que salir de alguna forma, y salió en forma de líquido por donde debe salir lo sólido y tras haber generado más gases de los normales. Me pasé toda la noche con los pantalones bajados y en cuclillas. En fin, que cuando abandoné aquel mercado lo hice más instruido que alimentado, aunque parezca mentira, porque estaremos de acuerdo en que, para aprender, como en la calle en ningún sitio, ¿no? Eh bien, c'est ça, mon amiDejaremos para mañana otros recuerdos que intentaré estructurar mejor en el tiempo para que no te hagas líos. Empieza a gustarme este ejercicio mental. No suelo acordarme por propia voluntad de todas estas experiencias vividas, pero tiene su lado positivo. Incluso en algún momento de estos días he sentido algo especial, algo parecido a la ternura por ese crío del que me pides explicaciones. Lo que no sé es lo que vamos a hacer si vuelves antes de que acabe con las peripecias de aquel que fui, pero eso, en todo caso, es un problema tuyo, no mío. 








(1)  [↑] Leído en ikuska.com.
(2)  [↑] "Regalo de Dios", según los beduinos..

13 comentarios :

  1. Tristes experiencias las de Dikembe en su niñez. Como para olvidarlas... Debió de quedarse de piedra con el episodio de los cigarros...Hasta el próximo. Abrazos

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  2. A los hombres, ni aunque les abras la cabeza con martillo y cincel. Ese pensamiento, lo tienen incrustado.
    Si, la verdad que es una niñez bien triste.
    Hasta el lunes y abrazos.

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  3. "corrupción (...) En África se da hasta en las selvas." Jeje, me he imaginado una mezcla entre Kafka, Rebelión en la granja y El Rey León que podría dar mucho juego.

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    1. No, si por imaginación no será, jaja. Gracias, JC.

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  4. Ayer oí esta noticia en la radio y el primero que me vino a la cabeza fue Dikembe:
    El 90% de los niños refugiados llegan solos a Europa

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  5. ¡Madre mía! Países. Si los habitantes de un país no saben, no se les enseña, no conocen, no salen… la ignorancia hace que cualquier cosa dicha o hecha se les haga creíble. A los mismos mandatarios les interesa divulgar historias, maldiciones o supersticiones para crear miedos porque son mentes fácilmente manipulables, no desean que sepan o aprendan, incluso prohíben estudiar a la mujer.
    El tercer mundo sigue siéndolo después de los años transcurridos.
    A veces no hay que salir de las fronteras. Aquí mismo, en nuestra piel de toro, en el sur (no mencionaré población ni persona) sí género: masculino. Plantó berberechos en una maceta, a ver si salían…. No daré más datos, pero baste decir que el analfabetismo o ignorancia, la pura ignorancia como la de nuestro protagonista Dikembe es el peor estado mental de la persona lo que les lleva también a aprender de la peor forma, pero que desgraciadamente existe todavía. Es todo UNA M.

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    1. Nita, te has venido a arriba, o abajo, pero tienes razón. No es que la educación, pensar, sea el remedio para todos los males, pero para la mitad, seguro que sí. Y no hablamos de saber si el verbo haber se escribe con hache o sin ella. Saber el tamaño de nuestra libertad y saber usarla nos lo enseña muy poca gente, a veces a costa de la suya. Gracias, Nita. Un abrazo, JC.

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  6. Pues siguen las desgracias que seguramente se convertirán en experiencia.
    Veremos cómo se desarrolla.
    Saludos.
    Chary:)

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    1. Menos mal que así es, si no...
      Un saludo y gracias, JC.

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  7. Cruda realidad nos muestra Dikembe...
    Dar las gracias por la fortuna que tenemos me parece poco y encima que la mayor parte de las veces no le damos valor.
    Sigo...
    Besitos

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  8. Gracias Amanda. Sigues leo que te leo, jaja.
    Un beso, JC.

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