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lunes, 5 de junio de 2017

CAP. 56 . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . Andanzas y tropezones de Dikembe Biyombo




De cómo hay que tener amigos hasta en el infierno



Hasta allí subir?, pregunté sorprendido a Diego. Afirmó con la cabeza y dijo: «¿A que e tan bonita como tu novia?». Tenía razón. Merecía la pena haber llegado hasta allí para ver aquellas casas blancas y luminosas asomadas al barranco. Ronda se me presentó como si cientos de focos de luz se concentraran en ella. Y eso, a pesar del sol que aún no la acariciaba. Todas las veces que he vuelto me ha impresionado. Pero nunca como aquella primera vez. Hasta desperté a Adama pa-
ra que disfrutara igual que yo. Contestó con un gruñido. Me hizo el mismo caso que quien oye llover. Llegamos a la plaza, y allí Adama no tuvo más remedio que renunciar a su descanso. Si bien, Diego le advirtió con socarronería que a él no le importaba que siguiera con la siesta del carnero: «Yo cargo el carro y tiro pa Atajate». Él sí consiguió que se desperezara. Nos despedimos con agradecimientos mutuos y el carretero se fue al tajo sin saber la importancia que había tenido en nuestras vidas. Fue cuando le conté a Adama el encuentro con la guardia civil. La bonhomía de las personas solo genera eso, bondad y reconocimiento. Y no lo digo porque a nosotros nos beneficiara. Hablar hoy de bondades es hablar de un mundo irreal e ideal. Así es que volvamos a poner los pies en la tierra. Pregunté con dos palabras por el autocar que salía hacia Madrid. Me indicaron un punto de la plaza en el que otra pareja de guardias civiles mataban el tiempo. Decidimos esperar un tanto escondidos hasta que se fueran. La gente estaba morena, pero ninguna llegaba a nuestra intensidad, por lo tanto destacábamos. Y se trataba de lo contrario. Y, además, ya no disponíamos del aval del carretero, aunque seguíamos siendo tan buena o mala gente como antes. En esa larga espera vimos a nuestro avalista atravesar la plaza con su carreta cargada. No nos atrevimos a salir a campo abierto porque la plaza, con el sol en lo alto, estaba prácticamente vacía. Diego tomaba el camino de vuelta, cosa que nosotros no podíamos permitirnos en aquel momento. La libertad, si es que existe, no consta de una sola opción. Y por fin la pareja desapareció. Nosotros, pegados a las paredes que construían la plaza, nos acercamos al despacho de billetes. Entramos. Una campanilla clavada en la puerta anunció nuestra llegada. No había nadie. Detrás del mostrador apareció un hombre con una gorra azul. Este, a través de una ventanilla, nos preguntó qué deseábamos. Volví a repetir las dos palabras: autocar y Madrid. Él contesto con una sola: ¿Dos? Y, a partir de ahí, las dificultades por entender el idioma se sucedieron. Según cogía aquel hombre un taco de papeles amarillos y alargados, nos soltó una parrafada de la que no entendí ni papa. Y por varios motivos. Entre ellos la rapidez con la que habló el taquillero. Le pedí que me repitiera la información más despacio y él se esforzó para que le entendiera. Resulta que el autocar no salía todos los días, solo los martes y los viernes, aunque lo hacía siempre a la misma hora: las nueve. Debíamos esperar menos de un día para que llegara esa hora ya que estábamos a jueves a medio día. Además de enterarme en qué día vivíamos y que debíamos pasar una noche en Ronda, aprendí que en España antes del viernes va el jueves. Salimos del despacho con musiquilla y medianamente satisfechos con nuestros billetes. Ya en la calle llamé a Hamal con el silbido de siempre. No acabé de silbar. Quien me hizo caso fue Adama que me miró, sonrió y me echó un capote: «No silbes tan fuerte, ese es capaz de aparecer». Pasado el lance y el lapsus, y sin despegarnos de los muros de la plaza, salimos de ella. No teníamos otra opción si no queríamos llamar la atención. Pero antes, en un bar chiquitito que casi llenamos Adama y yo, nos comimos otros dos pinchos de tortilla cada uno. Y empezamos a conocer el valor del dinero. Solté otro billete marrón y el camarero insistió en aquello de algo más pequeño. Entonces hice una prueba, saqué las monedas que me habían devuelto tanto en el bar anterior como en el despacho y las puse sobre el mostrador. Aquel hombre eligió unas cuantas y dijo: «Azí esta mehor. Grasia, mushasho». Y aunque no venga a cuento, ahora se me pasa por la cabeza algo que hace poco me reconoció Adama: Sus prisas por llegar a España fueron consecuencia de querer huir de su pasado al confundirlo con África. Que ha llegado a esa conclusión después de tantos años, porque aún sigue con su huida. Si algo llevamos siempre con nosotros es, precisamente, nuestro pasado, ¿no? Eh bien, c'est ça, mon ami. Total, que tomamos rumbo hacia las afueras del pueblo, por el mismo lugar por donde habíamos entrado. Bajamos una larga cuesta. El sol caía de plano. Al llegar al valle, por donde discurre el río Guadalevín, buscamos una sombra. Un gran y frondoso árbol nos acogió sin desviarnos mucho del camino. Sesteamos porque no podíamos hacer nada para que el tiempo corriera. Cuando el sol por fin nos hizo caso y comenzó a ocultarse, oímos unos ruidos tras los que apareció un carromato tirado por un jumento cuyas riendas manejaba un hombre tocado con un sombrero alto y raro. Nos llamó la atención el colorido de la caja cerrada con ruedas. De hecho estaba construida para ello, para ser notoria allí donde fuera. Roja, verde y dorada, igual que sus ruedas, y con letras pintadas era imposible que pasara desapercibida. Por todos los chismes que colgaban en su exterior deduje que se trataba de un buhonero. Y acerté. Adama puso mala cara cuando el pintoresco caballero paró el carro frente a nosotros y saltó a tierra. Momento en el que también nos extrañó su vestimenta. Según nos explicó y solo yo entendí, se dedicaba a viajar entre los pueblos vecinos para vender sus productos, artículos que él mismo manufacturaba y enfrascaba. Me vino a la cabeza Moussa. Pero este nada tenía que ver con aquel otro ambulante. Mi primer amo no vendía humo, aunque tratara de engañar a todo el mundo como también hacía este falso doctor y charlatán. Las esperanzas y las ilusiones se venden más fácil cuanto más inculto es el comprador y más listo el vendedor. Vender aquello que necesita la gente, pero que no sirve para nada, es y será siempre un gran negocio. No me digas que no. La publicidad actual lo demuestra tanto como la propaganda política. Un ejemplo es que todos los candidatos afirman que van a acabar con el paro, aunque todos sepamos que eso es imposible. Pero es justo aquello que necesitan oír los parados que como son tantos suman muchos votos. Otro más banal es el anuncio que te vende la seguridad de que con aquel yogur vas a tener un cuerpo diez, aunque tengas el tipo de una escultura de Fernando Botero. Recuerdo ahora el eslogan de aquel ambulante. Y este lo dice todo, hasta su nombre: “El doctor Marañón te dará la solución”. Supuse que el doctor Marañón era él y que aquellas palabras estaban pintadas en el carromato por el gesto con que las acompañó. Según él, tenía un elixir para cada mal. Sus brebajes lo curaban todo: la calvicie, el baile San Vito, el dolor de muelas, el de cabeza y tantos por los que le preguntasen los vecinos. «¿Te ataca el reúma? El doctor Marañón te dará la solución», cantaba. Y solo por un duro el frasco. No sé las veces que lo dijo. Nosotros no teníamos dolores, salvo aquel que provoca vivir como vivíamos. Pero a él le daba igual, sus bebedizos también prevenían el dolor de tripas y la cagalera. Hasta que, siguiendo las indicaciones de Nadim, le dijimos que no teníamos dinero. Entonces, el doctor Marañón perdió todo interés en promocionar sus productos. Su último esfuerzo se centró en Adama: «A tu amigo, el mudo, podría ayudarle a encontrar el habla». Pero le contesté que no era mudo, solo que no le gustaba hablar. «También tengo el elixir de la parlería. Yo lo tomo todas las mañanas». «Es que él no habla español, solo francés». Él tomaba una cucharada todas las mañanas como podía comprobar. Fue lo único que me creí, pero con nosotros no iba a hacer negocio. «Vosotros os lo perdéis». Nos preguntó si íbamos a pasar allí la noche, aunque lo dio por hecho al pedirnos permiso para pasarla juntos. «En el invierno duermo en el carromato, pero con el buen tiempo me echo bajo él, con la cabeza fuera para ver las estrellas. Ya le he puesto nombre a muchas. Y con muchas hablo». Recuerdo que aquello tampoco me extrañó mucho, es más, pensé que debía de tenerlas aburridas. Como sería su grande elocuencia que Adama me preguntó cuando se iba a callar aquel hombre. Le contesté que cuando se quitara el sombrero y los dos nos echamos a reír. Pero la broma no se convirtió en certeza. Se acostó con la cabeza descubierta, bajo el carromato, pero con ella asomando por el mismo lado donde nosotros nos habíamos acomodado. Me dormí con el runrún de sus palabras y sin saber si hablaba conmigo o con la Osa Mayor. Cuando me desperté creí haberlo soñado, pero no, aquel charlatán, y no solo de oficio, ya estaba liado con el café. Y, por supuesto me dio los buenos días y me ofreció la infusión. También a Adama, al que despertamos con nuestra charla que versaba, como no, sobre sus bebistrajos mágicos. «Pero mi preferido no es de mi invención, fíjate si es curioso. A mi este me da la vida». La aclaración fue acompañada de un ofrecimiento gestual. Vi acercarse una botella que el doctor Marañón sujetaba por el cuello. Estaba a medio vaciar. El líquido, de color ambarino oscuro, no encontraba el reposo por el tembleque de aquella mano, tan negra casi como la mía. Con la invitación me llegó un olor desconocido que también había percibido el día anterior. En la etiqueta de la botella distinguí la silueta negra de un toro, como aquellos que vimos en la  dehesa
que cruzamos. Esa misma figura, pero enorme, la habíamos visto contra el cielo azul y junto a la carretera, en la cresta de una loma. Denegué con la cabeza, pero él no desperdició el movimiento de brazo. La boca de la botella acabó en la suya y escuché unos sonidos también desconocidos antes de que tragara. También veríamos más veces aquel toro y conoceríamos el brandy de Osborne. Si se había dormido sin parar de hablar, en aquel comienzo del día parecía un caballo desbocado. Adama probó el café y dio un respingo. Me miró y simplemente dijo: «Sucre?(1) ». Se lo traduje al doctor que se fue al carromato y volvió con un bote. Cuanta azúcar no se echaría Adama que su dueño le  arrebató el frasco sin contemplaciones. «¡Anda que no es lamerón tu amigo, joder!». Con el pretexto de mear se alejó de nosotros con el bote entre las manos. Yo hice lo mismo, pero en otra dirección. A mi espalda escuché otra vez a Adama dar la lata con el “sucre, sucre” al doctor Marañón, al que seguía con la taza en la mano. Me volví justo en el momento en que el primero comenzaba a correr para que no le alcanzara el bromista goloso. Yo creo que Adama hasta disfrutó al hablar en aquellos momentos. Cuando mi amigo se volvió y dejó en paz al tacaño timador, soltó una gran carcajada a la que yo me sumé. Estoy seguro que aquel mercachifle no paraba de hablar ni cuando estaba solo. Cuando volví de hacer pis, vi al asno cargado de letras abrazado a la cabeza de su burro al que seguramente se quejaba del incidente del azúcar. El animal tenía que estar de él hasta la punta de sus orejas. Y como siempre que veo un borrico, me vino a la cabeza Toujoursoui. Ya sabes que soy un sentimental. Y pensé que al menos este asno veía mundo, aunque también llevaba doble carga. El recuerdo del que fue mi compañero de trabajo me obligó a acariciar la testuz de aquel bruto que nos hacia el mismo caso que un legislador. Por fin volvió Adama, que debió hacer algo más que orinar, y el doctor me preguntó si íbamos o volvíamos. Contesté como pude que nos dirigíamos a Madrid en el autocar que salía del pueblo. «A él me dirijo yo, al mercado del sábado. Hoy aprovecharé para anunciar que he llegado». Así que se ofreció a subirnos. «Las nueve», le informé. Sacó su reloj dorado del bolsillo del chaleco del mismo color, lo consultó, y nos metió prisa: «Pues andando, que vais a llegar muy justitos». Un tanto apretados, nos subimos los tres en el pescante. Y allí empezó el calvario del pollino. Cómo sería su paso que, a mitad de cuesta, Adama saltó del carro sin peligro alguno. No oí su queja por el ruido que hacía la carreta. El de las riendas me preguntó qué le pasaba a mi amigo. Mentí una vez más con mi español rudimentario: «Querer soltar las piernas». Le agradecí todo con toda sinceridad, me extendió la mano para que se la agarrara y después salté a tierra. Pero quien agradeció nuestro gesto realmente fue el animal que, con menos esfuerzo volvió a tirar de la tartana. «¡Daros prisa!», oímos a nuestra espalda. Ni qué decir tiene que no nos alcanzó, y no porque corriéramos. Llegamos a la plaza del pueblo. No vimos a muchas personas si exceptuamos a un grupo que esperaba junto a un autobús verde y crema que, a su vez, se hallaba aparcado junto al despacho de billetes. El resto de vecinos estaba en sus labores que, precisamente no se realizaban en la plaza, sino en los huertos. Las plazas en aquella época eran un lugar de ocio o de mercado. Nos acercamos lentamente al vehículo mientras él empe-
zaba a moverse y a echar un humo negro por detrás. Inicié la carrera a la vez que gritaba: «¡Corre!». Adama reaccionó como yo. Cruzamos la plaza en diagonal como dos rayos negros. Al encontrarme con el autocar, me agarré de un salto a lo único que sobresalía de su armazón: un retrovisor. Y empecé a golpear el cristal de la puerta con la palma de la mano libre. El conductor me miró pero no me hizo el menor caso. Seguí agarrado al espejo y ajusté mi carrera a la baja velocidad del vehículo. Pero cuando este aceleró más, mis piernas no pudieron seguir su ritmo y comenzó a arrastrarme. Solo veía la tierra pasar a gran velocidad debajo de mis pies y parte de una rueda que, cada vez, giraba más deprisa. Y cuando mis brazos no aguantaron más, ¡pum!, vino el frenazo. Eso posibilitó a Adama ponerse a mi altura y ayudarme. Con los pies firmes en la tierra y doloridos, escuché una discusión que venía del otro lado del vehículo, aunque no sabía qué ocurría. Nos asomamos delante de la guagua, como dicen los canarios, y vimos el carromato del doctor Marañón que le había cortado el paso. Oí las voces del chófer que gritaba fuera de su ventanilla y de sí, pero no las entendí. En cambio sí que escuché y comprendí aquellas con las que le contestó nuestro amigo: «No hasta que suban». Estoy seguro de que si la guardia civil hubiera madrugado esa mañana, los hechos no hubieran ocurrido tal cual te los cuento. Pocas salidas tenía el conductor, que se puso de nuevo la gorra azul de plato y nos hizo una seña para que subiéramos. Abrimos la pesada puerta y, la verdad, nadie nos recibió con alegría. Y menos el ultrajado autobusero. El incidente les había alargado el viaje. No vimos como se retiraba la tartana y dejaba el paso libre, pero sí el saludo que el doctor Marañón, que dios le bendiga, nos hacía al sacarse el sombrero y gritar: «El doctor Marañón te dará la solución». Y sonreí sin agradecerle el detalle. Antes de arrancar, el de la gorra azul nos gritó que le acercáramos los billetes. Y así lo hice. La mirada que me echó fue de esas que matan lentamente. En vez de encararme, le di las gracias y con ello conseguí sobrevivir y rebajar la presión. Cuando volví junto a Adama, el vehículo ya se movía y casi me caigo, mientras mi amigo dedicaba unos adjetivos, que no hace falta reproducir aquí, contra nuestro enemigo. De rodillas en el asiento y a través del cristal trasero, pude ver como nuestro amigo animaba al suyo a tirar de la carreta. Me pareció que, a pesar del esfuerzo, el burro me sonreía. Imaginaciones mías, supongo. Ya acoplado en mi butaca, junto a Adama, resoplé, le miré, le empujé con el hombro y le sonreí. ¡Íbamos de camino a Madrid! Y esa parecía ser, de verdad, la última y definitiva etapa. Aunque las ventanillas iban abiertas, allí dentro hacía calor. El tapizado de los asientos ayudaba a sudar. Nos quedábamos pegados. Pese a ello, nos sentíamos felices, como no podía ser de otra manera. Y por primera vez disfrutamos del paisaje. Adama se corrió de lugar para atisbar mejor por la ventanilla lateral. Le seguí y en ese momento advertí parte de aquella silueta de toro en lo alto de un otero. La veríamos varias veces antes de llegar a destino. No llevábamos agua y la echamos de menos hasta que el autocar paró. Y lo hizo precisamente junto a una fuente, después de que le costara subir un puerto de montaña. Las vistas eran magníficas y los viajeros se dispersaron entre las peñas con el fin de evacuar el agua sobrante. A un lado de la fuente, un chiringuito ofrecía sus productos. Me acerqué a la barra de madera y pregunté: «¿Agua?». El hombre que atendía, sin mirarme, me contestó: «Eso en la fuente». «Yo llevar». «Yo solo tengo gaseosas para llevar, muchacho». En ese momento no solo me miró, sino que se me encaró. Al final me llevé una gaseosa. Yo bebí poca, pe-
ro a Adama le gustó más. Estaba muy dulzona y a mí me dio más sed. Sí recuerdo que nos costó abrir aquella pesada botella. Bueno, miento, quien la abrió fue un señor que nos vio pelearnos con el cierre. Y cuando lo hizo nos asustamos por el ruido que hizo. Cuando eché el primer y único trago me picaron las narices. No me agradó. Hoy siguen vendiendo esa bebida, si bien el plástico ha sustituido al cristal y al capuchón de papel. No tardamos mucho en arrancar otra vez porque allí no hacía ni pizca de calor. Todos nos subimos al autocar y cerramos las ventanillas. El conductor, hizo sonar un par de veces el claxon y esperó. Al ver que nadie aparecía puso el contacto y continuamos viaje. Pero claro, por haber pensado solo en beber, después vino el problema. Entre el agua que bebimos en la fuente, dejar de sudar y la gaseosa, a Adama le entraron ganas de hacer pis. Y ya sabes, cuanto más lo piensas más aprieta la necesidad. Al verle como se retorcía con las manos entre los muslos, me acerqué hasta el conductor e intenté explicarle el problema. Pero no me hizo ni caso, ni yo fui capaz de explicar la necesidad de mi amigo. Sin dejar de mirar la carretera, con una mano en el volante, el conductor señalaba un cartel que no fui capaz de leer
. Hube de vol-
volver junto a mi amigo que me interrogó con la mirada: «Rien de rien(2) », le dije al sentarme a su lado. Y él, ni corto ni perezoso, volvió a reponer el líquido bebido en su casco original. Y bien que llenó la botella, no creas. Y como me daba vergüenza y el autobús no iba lleno, cogí la botella y la puse en la malla de la trasera del siguiente asiento. Al volver a mi lugar, Adama me guiñó un ojo y soltó aire por la boca: «¡Buf!». No fue la primera, ni la última guarrada que haríamos, pero sí la única que compartimos en público y que tuvo ciertas consecuencias. Cruzamos por mitad de muchos pueblos, unos más grandes que otros, donde los carros y los animales frenaban la marcha monótona del vehículo. Como nos habíamos sentado atrás, de vez en cuando nos venía el olor del gasoil. Ya hartos, nos movimos hacia delante. Llegamos a los asientos anteriores al conductor. Ya había notado yo que allí no olía tan mal. A mi derecha, al otro lado del pasillo, un hombre vestido de punta en blanco y con un sombrero de paja sobre las rodillas, se levantó, se agachó y muy despacito, tanto que hasta yo le entendí, me dijo al oído: «En los países civilizados no se puede hablar con el conductor, negro». Creo que fue la primera reacción xenófoba que provocamos, porque el caballero cambió de lugar y se fue hacia atrás con cara de asco. Se lo conté a Adama y le insultó. Tras seguir con la mirada a aquel hombre, me di cuenta de que podía ver prácticamente todo el interior del autocar sin girar la cabeza. Y todo gracias a un espejo situado junto al cartel que me había señalado el chófer. Y me dediqué a cotillear para distraerme. La mitad de los asientos iban vacíos. Y la mitad de los viajeros iban medio dormidos. Cuando mis ojos reconocieron en el espejo al caballero “tan amable” a punto estuve de volverme y decirle que no bebiera, pero ya era tarde. Tras oler el contenido, echó un trago a una botella de gaseosa llena de un líquido amarillento. No le quité ojo y la preocupación se convirtió en alegría al ver que volvía a beber. Le di un codazo a mi distraído amigo y al contarle qué había visto compartió mis risas y mi regocijo.
No puedo por menos que sumarme a ese regocijo de Dikembe y Adama. Si bien me reconozco xenófobo y machista, también lucho por no serlo. No es disculpa, pero, como a tantos otros, me metieron en la cabeza tantas enseñanzas engañosas y falsas que, después de sesenta años de lucha contra ellas, aún me tientan y desvirtúan mi realidad: Los pobres salvajes de África, los gitanos sucios y ladrones, los hijos del pecado, el trabajo te hará libre si eres hombre… En fin, supongo que sabréis al asunto o asuntos a los que me refiero. Por cien vidas que viva no acabaré de dejarme por el camino lo mal enseñado y aprendido. Me alegraré el día que descubran o inventen una vacuna que nos haga ver a los demás como nos vemos a nosotros mismos: dignos de todo. Hoy soy capaz de razonar que salvajes los hay de todos los colores y en todos los sitios, que sucios y ladrones se desarrollan en todas las razas y etnias, que los hijos del pecado son tan hijos como aquellos que engendraron religiosos y religiosas, y que el hombre y la mujer son libres per se, y no han venido a este mundo a trabajar, porque el trabajo esclaviza y no nos iguala. Y en esos valores he educado a mis hijos por si alguien duda de mis palabras. Y ya sabemos, los hijos y las hijas son cachos de genoma que se desgajan de nuestras almas y en los que más nos duelen nuestros errores.   
Nos habíamos vengado sin pretenderlo. Cómo llegarían a ser nuestras risotadas que el chófer nos llamó la atención. Él sí podía hablar a los viajeros mientras conducía. Intentábamos obedecer, pero al final uno estallaba y volvían las risas. Desde su posición, Adama no podía ver al caballero con sed pero le aclaré que seguía con la botella, aunque tanto él como yo sabíamos que era mentira. Mi amigo mató el momento de hilaridad con un “que se joda”. Y yo estuve de total acuerdo. Y así, callados, entramos por las calles de Madrid. Él las veía por la ventanilla y yo, escorado, por el parabrisas. No lo sabíamos, pero nos lo imaginamos al ver tanta gente y tanto automóvil ir y venir. Además, nunca se acababan. Las plazas se sucedían y las estatuas también. Las casas ya no eran bajas y todas las vías estaban asfaltadas o empedradas. Si algún peatón se hubiera fijado en la ventanilla anterior al conductor hubiera visto la cara de un negro pegada al cristal y con los ojos más abiertos que un búho. Madrid nos esperaba. Entramos en un amplio garaje con un alto techo y paramos. Oímos decir al chófer: «Fin del trayecto», y se bajó por su puerta. Por nuestra parte también nos apeamos por la otra portezuela. Y Adama tuvo el mismo gesto que algunos papas recientes: se arrodilló y besó el sucio suelo. Como ves, ya nos acercamos al momento en el que nos conocimos. Pero todavía queda un ratito si lo comparamos con el tiempo que nos llevó llegar hasta Madrid. Así que, ten paciencia. Un saludo,   










(1VG) [↑][Volver] Azúcar (francés).
(2VG) [↑][Volver] Nada, no hay tutía (francés).


Imagen 1. Foto bajada de elpais.com (original en color).
Imagen 2. Foto de De Grez - Trabajo propio, CC BY-SA 3.0, (original en color). Bajada de commons.wikimedia.org
Imagen 3. Foto bajada de www.avanzagrupo.com.
Imagen 4. Foto bajada de refrescostv.es.
Imagen 5. Foto bajada de manuelc2005.blogspot.com.es.

6 comentarios :

  1. Cómo se van "civilizando"!! Bueno, mejor dicho, entrando en la civilización, pero se nota que aprenden rápido. Y rápido se tropiezan con los prejuicios más absurdos que tiene esta sociedad en que vivimos... (y una carita triste). Hasta la próxima y abrazos

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    1. En el fondo, civilizarse es ponerse márgenes. Hasta el lunes, Ligia. Gracias. JC

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  2. La lectura hizo recordar a una amiga mía que siempre llama al chofer, "guaguero".
    Verdad que es un asco, pero se lo merecía por borde.
    Hasta el ,unes, J.C.

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    1. ¿A que sí? Gracias, Varinia. Hasta el lunes.

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  3. Pues le está bien empleado al caballerete vestido de punta en blanco...
    Y cuanta razón, cómo cuesta desamprender lo aprendido! Jerusalem y Raúl han tenido suerte de que te esforzaras en educarles con valores distintos de los que te endeňaron a tí 😀
    Besitos

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    1. Espero que les vaya bien, ja, ja. Un beso, Amanda.

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