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lunes, 8 de agosto de 2016

CAP. 13 . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . Andanzas y tropezones de Dikembe Biyombo




De  cómo me 'convertí' al Islam


olví de mear y me dije que en el fondo no debería importarme lo que pensara el viejo por llevarme el odre de agua. Sí, desconfiaba de él, pero por sólidas razones. Le había ofrecido un trago y se había bebido medio pellejo. Y cuando entré en la cueva no me callé. Me había calentado yo solo la cabeza y me había desahogado. Le dije que después del cambalache quien había salido con mermas era yo, que ni había bebido ni había comido y que su hospitalidad se reducía a ninguna. Él miró de soslayo a Hamal y me contestó que no me faltaba razón, pero que en el desierto camello y camellero eran lo mismo. No se podían separar. Y que por extensión, yo era tan ladrón como mi animal «devora almocelas», tal como llamó Makondele a Hamal. Yo me defendí como pude y le eché en cara que perteneciendo a una cultura tan milenaria como hospitalaria parecía mentira que en vez de socorrer, acoger y alimentar al caminante se le pusieran trabas para ello y se beneficiase el dueño de la casa de lo que debía proveer a su huésped. Y que yo no había visto por ningún lado la hospitalidad debida, sino más bien al contrario, que el caminante había sido el que había proveído. Aquellas palabras terminaron por enfurecer y enloquecer más, si cabía, al desnudo y flaco orate, de manera que ya no cabía ni en su casa. Por ello debió ser que me echó de la cueva al son de cajas destempladas. «Y no vuelvas, si no, también me proveeré de buenos filetes», dijo en clara alusión al mehari que golpeó en las ancas. Tiré del mencionado ladronzuelo, y posible vianda, y salí de donde me echaban. Ya en el exterior, miré a mi alrededor y, acaso por darle en las narices, me dirigí hacia su ‘maldito’ norte porque ya no me creía nada de lo que me había dicho Makondele. Y me volví para ver la cara que ponía. Pero lo que vi fue a un esqueleto envuelto en pellejo que saltaba sobre la arena como si esta quemara. También le oí maldecir e insistir en que en esa dirección estaba el mal. Y a mí, en vez de darme miedo, lo que me producía era risa. No sus palabras, sino ver sus atributos varoniles como colgaban y rebotaban con sus saltos. Me hacían olvidar sus advertencias y su tremendo enfado. Esto es la primera vez que lo cuento sin que sienta vergüenza ajena. ¡Pobre vejete, jamás dejará de hacerme gracia! Parece que le estoy viendo y hace ya de esto más de cincuenta años. Hay imágenes que nunca se borran de tu mente, y no todas son malas. Supongo que a ti te pasa lo mismo, al fin y al cabo, barajamos todos los mismos sentimientos, aunque cada cual juegue sus cartas como quiera, ¿no crees? Eh bien, c'est ça, mon ami. Tras coronar la cuarta duna, hice arrodillar al camello, le golpeé el cuello con cariño y le felicité: «Bien hecho, mon ami, si se tiene hambre, se come», y me eché a reír. Después, me subí a su grupa y noté que su paso era más alegre. Ocho dunas más allá averigüé el insistente interés del viejo Makondele para que no tomara dirección norte. Distinguí brillos y sombras en la lejanía. Y con el paso cansino de Hamal y ciertas precauciones, hacia allí me dirigí. Cuando murió la luz del sol confirmé que aquello que veía era más una aldea que el campamento de una partida perseguidora o el infierno. Y mandé correr al camello. Ya tenía ganas de encontrarme con alguien que no pudiera confundir con una cabra. Para confirmar que todo aquello había sido un mal sueño me volví y no vi roca alguna. Después tanteé el odre y confirmé lo contrario. Pero ya me daba igual. Si me había hecho un mal juicio del viejo, empeoró al sentirme cerca de la gente de aquella aldea. ¿Por qué no me había dicho que estábamos a un tiro de piedra de un pueblo? ¿Por qué era el mal? ¿Por qué vivía allí, alejado y sin disponer de nada? Pronto daría contestación a esas preguntas, supuse. Pronto sabría los motivos de aquel personaje tan mentiroso y ladino. Estuve por maldecir mi suerte, pero me di cuenta que si lo hacía sería injusto con mi destino, al menos con el recién vivido. Así que, me tragué las maldiciones y las troqué por una sonrisa al verme entre otros semejantes más semejantes y porque daba por acabada la larga huida de los ‘norienses’. Todavía tenía tiempo de pensar cómo me iba a presentar ante aquellos aldeanos, porque estaba claro que no podía hacerlo como lo que era, un esclavo huido, fugitivo y ladrón de camellos. Tenía que inventar otra historia. Una sencilla y creíble. Pero el caso es que yo era un extranjero en aquella tierra. Yo no había nacido en el desierto, ni junto a él. No, yo había nacido en una tierra fértil con selvas, ríos y lagos, praderas, ganado y animales de todo tipo. Todo lo que sabía del Sahel era lo que había aprendido de los tuaregs, lo que me habían enseñado Moussa, Souleymane, Fahdag y Mutabazi que, aunque fuera bueno para mí, no servía como para pasar por un nómada, y menos con mi color de piel. Debía inventarme otro pasado reciente, pero la necesidad acuciaba. Aquel viejo loco solo me había hecho perder el tiempo y ganar en hambres. Dudé entre hacer noche en las dunas o en la aldea. La duda fue corta. Mi voluntad tuvo que ver poco con la decisión. Me vi entre aquellas gentes. Tanto pensar en una mentira creíble y nadie reparó en mí. Ni los famélicos perros que andaban olisqueando por las esquinas y en la basura. Tan solo repararon en mí un par de niños menores que yo. Eso sí, la mirada que nos dedicaron la mantuvieron acaso dos segundos, y creo que no fui yo el admirado. Aquella aldea, tan destartalada como mi vida y tan pobre como yo, me acogió con una frialdad impropia de aquellos lugares donde el sol se adueña hasta de las noches, porque entonces se le echa de menos. Aguzado de hambre como estaba no supe qué hacer. Acostumbrado a la impotencia, la inactividad y la falta de iniciativa no iban conmigo, pero la debilidad comenzaba a pasarme factura. Y lo único que se me ocurrió fue resguardarme del sol junto a la tapia de una mezquita. Y su alminar fue lo último que vi antes de caer desde lo alto de Hamal. Esto lo supongo. Porque entre el sofoco que me dio al mirar el yamur del minarete y el fresco que sentí al despertar en una habitación en penumbra, no tengo recuerdo alguno. Ni lo tengo mientras te escribo, ni lo tuve. Y tampoco lo pregunté, la verdad. La habitación, sin mueble alguno, era de paredes y techo blancos. Habría que ver a un negro allí dentro. El contraste debía ser llamativo. Esas eran las tonterías que se me ocurrieron al entreabrir los ojos y tomar conciencia de donde estaba. Mi mano, en la que fijé la vista para ahuyentar los vahídos, me pareció más oscura. De eso si que me acuerdo. La primera tontería que pensé fue que la habitación sería tan blanca para distinguir con claridad, en aquella penumbra, a las personas de mi color. 
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Después caí en la cuenta, no sentía esa hambre que te 
atenaza el estómago en un abrazo de ausencias. Pero no recordaba haber comido nada. Mejor así, pensé. Me habían contado que llega un momento que no sientes el hambre, y que ese es el principio del fin. La constante ausencia de algo que digerir inflama las tripas y dota al hambriento de una imagen cruel e incongruente. Inmediatamente palpé sobre mi ombligo. No noté hinchazón alguna. Tenía el estómago tan liso como siempre. Los huesos de las caderas al mover la mano así lo testificaban. Todo aquello era muy extraño. Eso no me importó. No sé si me volví a quedar dormido pero sí perdí la noción del tiempo y de la realidad porque, después de lo que me pareció un parpadeo, noté que habían pintado las paredes y el techo de un amarillo anaranjado. Colores que bailaban con un gris que en algunas zonas alcanzaba a ser negro. Más despierto vi el candelero que, en el rincón opuesto al que yo ocupaba, brillaba tímidamente porque no me hirió los ojos al fijarlos en la llama, y temblorosamente por el aliento que se colaba por debajo de la puerta en la que la pintura blanca lucía menos. Intenté incorporarme, pero apenas pude separar mi pelo de la estera, que enrollada hacía las veces de almohada. Lógicamente concluí que no había llegado sobre la estera por mis propios medios. “¿Y Hamal?”.  Si yo estaba bien, él también lo estaría, camello y camellero en el desierto son una unidad al que se trata igual. Me arrepentí de haber pensado mal de aquella aldea y de sus habitantes. Y luego me entraron otra vez las dudas y me preocupé al recordar una de mis recientes pesadillas. En ella unos tuaregs me asaltaban en medio del desierto y me robaban hasta los harapos que vestía. En ese sobresalto andaba cuando oí el tosco picaporte de la puerta. A continuación esta se abrió y una sombra se interpuso entre la vela y mis ojos. Escuché una voz lejana y grave que hablaba en tono interrogativo. Contesté un “bien” y acabé con un débil: “très bien, merci”. La siguiente pregunta sí la entendí perfectamente. La voz me preguntaba si tenía frío. “Non, monsieur, merci”. Le respondí sorprendido porque por primera vez en mucho tiempo alguien se preocupaba por mí. El amable interrogatorio prosiguió. Sí, un poco de hambre sí que tenía. La Figuera se me acercó, dejó algo en el suelo y me ayudó a incorporarme. Quedé con la espalda apoyada en la pared y la manta en los riñones. Luego aquel hombre me advirtió de dos cosas. Que tragara despacio y que tuviera cuidado no me quemara, pues el caldo estaba caliente. No le hice demasiado caso, así que no solamente me quemé la lengua, sino que me atraganté. Un tajante ”¿Estás sordo, muchacho?” me hizo tomarme más en serio las admoniciones de aquel desconocido. Antes de cada sorbo de consomé soplaba la superficie más cercana a mis labios. Así, despacito, en silencio y entre soplos me tome todo el caldo, aunque a mitad de su consumición ya no quemaba. Cuando entregué el cuenco vacío me llegó otra orden disfrazada de consejo y acabada en un parecer: «Ahora descansa, muchacho. Mañana estarás mejor. Y da las gracias a Alá porque un campesino te haya visto y recogido, si no…». Me agarré a un brazo fuerte que me ofrecieron y me deslicé por la estera hasta tocar con la cabeza la manta enrollada. Suspiré y mamullé un “merci, monsieur”. Según acataba con sumo gusto los deseos de mi benefactor, me pareció oír que me iban a apagar el candil porque no me iba a hacer falta y una oración que incluía: «…que Alá te acompañe y proteja en tu sueño», tras lo que oí un suave portazo. La siguiente comida consistió en lo mismo. Pero cuando me quedé solo no volví a la somnolencia de días anteriores. Y pensé que ya había dormido suficiente, aunque después me enteré de que habían sido más de dos días. Fui capaz de incorporarme otra vez yo solito y apoyar la espalda en la pared. Crecido intenté vislumbrar la puerta, pero ni siquiera entraba luz por debajo ni por la lumbrera del techo abovedado. Pensé que era igual, sabía que la puerta esta justo frente a mí según yacía, así que con andar recto tres pasos llegaría a ella. Además, no había donde tropezarse. Sentado ya en el centro de la estera. Intenté ponerme de pie despacito, pero a penas mi cabeza ganó altura me ganó también un mareo que me hizo hincar la rodilla en tierra. Conseguí recostarme y esperé a que mi mente se hiciera cargo de mi cuerpo otra vez. Lo que no ocurrió hasta el día siguiente al oír las llamadas de mi enfermero: «As-salamu aláikum ¡Garçon, garçon! Bon jour…(1) ». Me traía una sorpresa, un segundo plato que consistía en tres triángulos de queso de cabra que, no siendo de mi agrado, disfruté como un enano y que estos últimos me disculpen. Vuestro idioma es rico y precioso, pero también lo es en los refranes y en las frases hechas por el pueblo llano y que nos han llegado con el tiempo. Y ni los enanos, ni los chinos, ni los sudamericanos, ni las mujeres, ni maricas, ni los gallegos, ni los catalanes, ni los de Lepe, ni murcianos, ni los negros, ni demás gente de mal vivir, nos libramos de las chuflas o de los agravios, bien comparativos, bien descriptivos. Podéis poner a pingar a cualquiera, amablemente y sin usar un insulto directo. Por ejemplo, ayer, en la frutería, escuché un refrán, según me aclararon muy antiguo que dice: el melón y la mujer son malos de conocer. En serio, ¿quién se puede creer eso? Bon, salvo que con melón te refieras a un varón, claro.







Las quejas de Dikembe son entendidas. Al menos por mí parte, que disfruto tanto del lenguaje. Es imposible no ser machista en el hablar si te ajustas a las frases hechas, a cómo se habla en la calle, entre amigos e, incluso, en sociedad. Estos y los tacos salen a veces sin medida por la boca. La misma suerte corres en el aspecto homófobo o racista. Son incontables los proverbios, medio refranes, frases de moda, chistes, giros chulescos y palabras que usamos para herir, porque así lo dice incluso el diccionario de la RAE (buscaros por ejemplo la entrada barragana, veréis). Si le llamo a un tío “barragán” (que también es un apellido español) le ensalzo. En cambio, en cuanto llamo a una tía barragana, ya la he jodido. Uso de un insulto. Ella ya no es ni fuerte ni valiente, como mucho camarada, pero si conoces el adjetivo lo conoces por peyorativo. De hecho las dos únicas acepciones que no están en desuso son vejatorias respecto a las féminas (y si usamos la entrada zorra, ni te cuento) y la última, la quinta, ¿se puede dar aquí en España, o también está en desuso? ¿Esta academia no debería enseñar y corregir algo más que las palabras que llevan hache? No debería añadir una abreviatura más para marcar esas expresiones o palabras peligrosas que deforman la realidad cotidiana. Por ejemplo, y ya que la RAE aplica adjetivos a las entradas, en la acepción 7ª de zorra, aparte de “despect.” y “malson.”, yo agregaría “mach.” Creo que a nadie habría que explicar esta abreviatura. Pues eso, como dice nuestro protagonista en su insistente coletilla (eh bien, c'est ça, mon ami). Nada más que añadir por el momento. Y perdón por la interrupción. Hay veces que no puedo callar. 








Bon, dejemos el idioma, que me despisto. ¿Por dónde iba? Sí, que después del festín aquel del queso, el almuecín me ayudó a levantarme  y a recorrer unos pasos, hasta salir de la habitación. Tras atravesar parte del sahn y la saqifa(2) , llegamos frente a la grande y fresca sala de oración. Estuve a punto de perder el equilibrio al descalzarse mi lazarillo, justo cuando dejaba su calzado en el cajón dispuesto para ese fin. Yo no hube de hacerlo porque iba descalzo. Una vez dentro, noté la diferencia de temperatura entre el suelo interior y el exterior. Sin mediar palabra alguna, aunque sí fuerzas, me depositó dentro de la macsura, donde había unos grandes almohadones sobre los que yo me acomodé. Una vez a gusto sobre los cojines vino el problema. Como otras tantas veces la boca y la ingenuidad de mis doce años me traicionaron, porque, después de comentar el almuédano que me convendría orar a Alá, no se me ocurrió nada más que contestarle con la verdad por delante: «Pero si yo soy católico, señor”. La que armé. Toda la delicadeza del traslado desde la habitación se convirtió en prisas y brusquedades para salir de aquel reservado. Sus quejas, según salíamos de la sala de oración, las medio entendí. Se refrían a la solicitud del perdón por haber ofendido a Ala, el único Dios y a Mahoma, su profeta. Pero al llegar al patio, el tono de oración trocó amonestación tanto para el infiel como para el creyente. El volumen creció y llegó, supongo, a las groserías, porque, a partir del último “merde”, ya fuera de tierra santificada, se pasó del francés al árabe y habló tan deprisa y tan despreocupado de mí, que yo bastante tuve con seguir agarrado a su chilaba, temeroso de caer. Hecho que llegó a ocurrir12 en mitad del sahn donde me dejó tirado sin darme explicación alguna, aunque, después de unos minutos, supe el motivo del abandono y de las prisas porque le oí llamar a la oración desde el almiar. Como te digo, a partir de ese momento todo el cuidado y la atención recibidos cesaron de golpe. Aquel caldo vigorizante que tenía que tomar a sorbos cortos porque me quemaba los labios, más parecía el agua de mi pellejo cuando me mojaba el gaznate por el desierto. Me lo dejaban mientras dormía junto a la bujía que jamás volvió a lucir en aquel dormitorio. Incluso la manta que fungía de almohada debió destinarse a alguien más cercano a Mahoma, porque desapareció. Y volvimos al menú de plato único. Supongo que se enteró de que el queso no me gustaba. Lo que hacía, porque ya podía, era pasear arrastrando los pies, despacio y con sumas precauciones por el sahn y la saqifa. De las pocas palabras que después de aquello me dirigió el enfadado almohacen fueron estas: «Cuando estés recuperado, infiel, ya sabes donde está la puerta» y «No te quiero ver por aquí cuando haya rezo». Lo primero era evidente y pensaba hacerlo. Lo segundo lo cumplí de inmediato, pero no como él lo hubiera querido. Aparecí, pero nadie me vio, que era lo que él pretendía. Y eso que era difícil que alguien no te viera en aquel magnífico edificio que nada tenía que ver con la corta imagen que pude retener al llegar al pueblo. Y he de decirte que en los oficios del viernes, apenas una veintena de hombres parecían esperar a muchos más en la sala de oración. Aquella aldea debió vivir tiempos mejores. Daba penita ver aquel gran salón apenas ocupado. El volumen del runrún de las oraciones contradecía el número de bocas que las recitaban. Tal era el efecto que el espacio vacío y las paredes desnudas provocaban en los sonidos de las palabras. Diríase que las ensalzaban. Y sé que había veinte porque conté veintiún pares de babuchas en los cajones de la entrada, más vacíos que llenos. Desde luego, aquella aldea era una ciudad venida a menos, como ha ocurrido con tantas otras árabes según he leído después, si exceptuamos las grandes urbes islámicas. Granada, sin ir más lejos, ya no es capital de ningún califato. Y, esperemos que no lo sea nunca más, ¿verdad? Si no, malo. Aunque los motivos de la despoblación rural son distintos según la época y el lugar, la verdad es que el pez grande siempre se come al chico. En eso coinciden todos los éxodos. Al menos eso creo yo. La mejora de todos los sistemas de comunicación han hecho que lo que se denominó “necesidad de mano de obra” de las capitales industrializadas, ahora se designe como “efecto llamada” de los que han llegado a ellas porque les llamaron. La manipulación es bien clara. Para mí, claro: Ahora que nos sobráis, quedaos donde estáis, coño, no nos jodáis, que bastantes puestos de trabajo hemos creado ya. Para hacernos dueños de todo, añadiría yo. Bon, bon, bon, que nos dispersamos otra vez. Con la cabeza más despajada y los miembros más útiles llegué a la conclusión que mi estancia en aquella mezquita o bien había terminado o bien tenía que dar un profundo giro que no superara los ciento ochenta grados, desde luego. Si atendía a las fuerzas y a las gorduras de aquel muecín llegaría a una fácil conclusión. Si bien a mí se me había alimentado con un caldo y poco más, ese no era el menú normal de los que allí dentro vivían. Mi dieta era la que Mayifa aplicaba a todo el que salía de una enfermedad. «Líquido, mucho líquido y con sustancia es lo que necesita esta cría. Anda, Dikembe, trae más agua a Mayifa, anda hijo». Aún recuerdo sus palabras exactas. Deducido todo ello pensé que allí no se debía comer mal y más de una vez al día. Pero, claro, mi infidelidad me ponía muy difícil, por no decir imposible, mantenerme debajo de aquel techo. Estaba seguro de que una vez me viera recuperado, para lo que ya faltaba poco y menos, me daría la patada en el culo. Y, hala, otra vez a trabajarme el desierto. No, no podía ser. Si tenía que rezar cinco veces al día, se rezaban las cinco. Si el viernes tenía que ir al salón de oraciones a orar con los demás, pues se iba, tampoco tenía tanto que hacer, ¿no? A mí qué más me daba ser católico que musulmán. Bueno, no me daba igual, por eso me planteaba pasar a ser un negro muladí. Lo único que me mantuvo un rato más sin decidirme fue el ramadán. Pero pensé que no era peor que las normas del Vaticano durante la cuaresma.
 
            


Perdonad que corte aquí a Dikembe otra vez, pero he de hacer una aclaración por si alguien ve una incongruencia temporal. Hasta 1966 con el Concilio Vaticano II recién estrenado no se eliminaron las normas católicas que prohibían comer carne todos los viernes del año, al igual que poder pagar un dinerete a la Iglesia, la bula papal (la dispensa de la Santa Cruzada), para poder darte un festín de carne roja, verde o negra, si te daba la gana. Bien, aunque nuestro protagonista nunca fechó sus cartas, en el matasellos de algunos de los sobres aparece un año, da igual cual, pero que sitúa su infancia anterior a ese año citado. Y, a mí desde crío me ha llamado la atención eso de las bulas. Noconocía yo el dato este de 1966, pero sí las bulas que se vendían en el medievo alto o en cualquier otro rato (chiste fácilón) con las que más de uno hizo fortuna, sobre todo el papa correspondiente aunque fuera para gastárselo en guerras (otro chiste facilón) contra los infieles en Jerusalén. Quizá yo fuera un niño “mu listo”, además de “probe”, pero aquello no me gustaba. Más que nada porque yo pocas bulas hubiera podido comprar, aunque entendía que algunas eran muy baratas para que el Espíritu Santo también entrara en casa de los menos favorecidos. A lo mejor a mi familia y a mí nos hubieran dado para un desayuno de viernes, ya que para comida y cena no todos los días había. Pero siendo crío es muy fácil explicarse las cosas. Sí, las acatas y ya está, aunque tu madre te acueste a las seis de la tarde en invierno. Mi madre nos mandaba a mis hermanos y a mí a la cama y punto, había que irse a dormir. (“¿Por qué, mamá?”. “Vaya pregunta… Porque mañana hay colegio. Venga a dormir, y no me contestes!”). Aquel, como este que describe Dikembe, eran otros mundos. No es que uno se conforme cuando conoce detalles de la vida de los demás, pero, me es difícil no congratularme por haber nacido donde lo hice y no en África, como Dikembe y tantos otros sin voz ni voto. Yo, al menos los tengo desde hace, más o menos, cuarenta años, y los he vivido todos en paz. Perdón otra vez porque creo que me he enrollado un poco y es la segunda vez.                                                                                                                                                                        


Mi fidelidad a la fe católica era frágil, como verás. Pero ya me conoces, gasto la lealtad en otras cosas que no son la religión. El único problema que se me presentaba no era otro que Mayifa se revolviera en su tumba. Los musulmanes no le caían nada bien, ¿sabes? Los llamaba “brutos eruditos”, sabría ella el motivo para tal oxímoron. Pero, al estar lejos y ser cuestión de comer o no comer, tampoco pensé que fuera insalvable para su conciencia esto de apostatar de la cristiandad y abrazar el Islam. Pensé y decidí. La próxima vez que viera a mi descontento bienhechor le expresaría mi deseo de que Alá me bendijera. Desde luego no iba a aclararle los motivos. Estaba seguro de que él se los iba a imaginar o, al menos, se inventaría algunos mejores que los míos para no pensar mal de un posible hermano. Los móviles de la fechoría tan solo me atañían a mí. Lo que es cierto a toda vista, ¿no, mon ami? Eh bien, c'est ça, mon ami. La religión, como el sexo, es una opción personal de la que no hay que dar explicaciones a nadie. Ni siquiera al dios correspondiente que abrazas o rechazas. Y si hablamos de sexos con más motivo, hay uno o dos que no terminan de entender ni el cristiano, ni el mahometano. Quizás, después de leer esta parte del relato de mi vida, entiendas mejor el motivo por el que conozco la lengua árabe, idioma que tanto provecho hemos sacado juntos. En los dos casos, si has de vivir de alguien, dale lo que pide o, al menos, ves que necesita. Y si además no te cuesta trabajo y es cómodo y alimentoso, con más motivo. Aunque he de confesarte que me aburría como una ostra, tanto con Abd al-Rahman como contigo. Ni el ajo del Corán y ni el de tus informes me sabían muy bien, qué quieres que te diga… Como esperaba, volvió el caldo humeante y las tajadas de queso. Y por la noche la mejora: leche y dátiles. Como entenderás ya me remito tan solo al imán aquel, imán porque también presidía la oración canónica del viernes. Viernes que tú y yo dedicábamos al parloteo sobre tu presente y entorno y que tú, equivocadamente, creías que también era mi actualidad. Bon, te dejo a un lado ya, que nada tienes que ver con aquel tiempo. Eres pesadito hasta en la distancia. Como ves, tras mi primera clase algo cambió. No era poco alcanzar las dos comidas al día. Manutención y albergue. Aunque poco duraron las pitanzas a la luz del día. Eso sí, acabado el ramadán volvieron no el par, sino el trío de comidas diarias. Por eso di por bien pasado, aunque inoportuno, aquel mes de ayuno que trajo a la mezquita a más de un vecino de la aldea para su particular Ítikaf(3) . Y no es que me estorbaran, es que había más ojos a los que engañar, ¿no crees? Eh bien, c'est ça, mon ami. Pero, como nada dura para siempre, ni siquiera tus problemas(4) , estos aparecieron en forma de trabajos físicos para la mezquita. Y la verdad, en mi ingenuidad, no había yo contado con la faena, tan solo en no tener las tripas como los bolsillos, vacías. Las labores manuales rompieron el aburrimiento del estudio, tanto del árabe como del Corán. Mi mazestro recitaba y el nuevo creyente repetía como un loro. Al final, de tanto oír y tanto repetir las aleyas terminaban por fijarse en mi memoria. Un día, para romper esa monotonía, le pedí humildemente que me buscara un nombre adecuado, puesto que Dikembe Biyombo no lo veía yo muy adecuado para alguien que profesara la fe islámica y viviera en una mezquita gracias a la caridad de un buen almuecín. Coincidió conmigo y cayó en la trampa, pues conseguí distraerle.
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Eso sí, primero me explicó que al día siguiente, viernes, yo realizaría el shahāda(5) , primer pilar del islamismo, ante los correspondientes testigos como marca la tradición. Con ello ya me podría considerar musulmán, aunque debería ejercitar los otros cuatro pilares de la religión árabe. Después se enrolló con que eso no bastaba, que faltaban los otros cuatro. También me explicó que conocía el rito del aqiqah(6) para recién nacidos, pero que nunca se le había presentado el bautismo de un fiel que hablara. Al final me dijo, que si no estaba a gusto con mi nombre infiel, me llamaría Alí hasta decidir el definitivo. Y que me daría a elegir. Como ves allí hay menos burocracia que aquí. Que quieres cambiarte el nombre, pues te lo cambias. No hace falta que remuevas Roma con Santiago. También me informó de que el rito incluía el rapado del pelo de la cabeza, la circuncisión y un sacrificio. Como en aquel momento yo no tenía posibles para sacrificar dos corderos me insistió que lo hiciera el primer día que pudiera. En principio no me preocupó ni el afeitado de cabeza, ni la circuncisión, ni los corderos. El corte porque sabedor de lo que era, me vendría muy bien para sanear los rizos. La ofrenda porque yo no me veía, ni en sueños, propietario de dos corderos. Y lo tercero, porque desconocía el significado de “circoncision(7) . En mi vida había oído esa palabra. Jamás le hubiera dado el significado correcto. Pero te puedes imaginar qué cara puse cuando lo supe. Aunque como decís aquí trasquila y no desuelles. Por eso me callé, no quería ser ingrato con aquel pedazo de pan que Alá o Yahvé había puesto en mi camino de piedras. Reconoce que vuestro dios no es lo que era, ha cambiado mucho en dos mil años. En cambio el suyo es invariable. Después de las derrotas de sus guerreros en occidente, y por tanto su retira de territorios como tu España, y ahora es también mi país de referencia, gentes a las que debo más que podré pagarles nunca, como me pasa contigo. En el fondo las naciones, las ciudades, los pueblos, las aldeas son lo que son sus hombres, sus mujeres y sus circunstancias. Y esto no me lo he inventado yo. Un refugiado, un inmigrante, un extranjero solo tiene contacto con los que mandan en los filtros que habéis inventado para no veros inundados por gentes con otras culturas. Una vez pasados o rotos estos filtros quienes te marcan son aquellos con los que quieren convivir contigo. Sobre todo cuando llegas solo, aunque yo llegara con Adama, ambos llegamos solos. Bon, el caso es que yo supuse que el aprendizaje de un idioma, que algo entendía, y de una religión, tan enfrentada como cercana, iba a ser tranquilo y cómodo. Pero ni una cosa ni la otra. Aunque nada tenía que ver con el idioma ni con la fe, también había trabajos físicos dentro de la mezquita. Pero no lo sabía. Eso es lo que te pasa cuando jamás ha vivido bajo un techo con tejas, ni entre paredes de ladrillos. Que no sabes que hay que mantener el edificio. Y si encima la construcción tiene que ser ejemplo de virtud entre los fieles, la hemos jodido, mon ami. Y como se me va un poco la olla y no termino de recordar todo aquello que pasó mientras fui musulmán, aunque no sería la única vez, te dejo. A ver si en la cama, en esa hora tonta en la que se te ocurre de todo y a todo das vueltas me viene la aclaración de algunos hechos. Abrazos,








[1][Volver] Dios te de protección y seguridad (en árabe). ¡Muchacho, muchacho! Buenos días (en francés).
[2][Volver]  Patio (sahn) y galería (saqif) de una mezquita (en árabe).
[3][Volver] El Ítikaf consiste en que el creyente se retira a la mezquita varios días, aún comiendo y durmiendo en ella, y sin salir sino para lo necesario, dedicado a la adoración y sumisión a Dios. Fuente: www.nurelislam.com
[4][Volver] Frase atribuida a Arnold H. Glasow, Jefe del Estado Mayor de la USAAF (1949-1950)
[5][Volver] Shahāda. Profesión de fe islámica, primer pilar de los cinco que se exigen al fiel musulmán. La Shahāda puede traducirse como “el testimonio”, y consta de una frase que en traducción inexacta, pero habitual, es muy conocida entre los infieles: No hay más dios que Alá y Mahoma es su profeta. Frase que ha de decirse señalando el cielo y ante testigos. Para el que no sepa árabe, como yo, si conoce la bandera de Arabía Saudí, ha visto escrito este pilar encima de la espada.  Nadie tiene derecho a ser adorado más que Alá, y Mahoma es el mensajero de Alá.
[6][Volver] Aqiqah. Rito islámico que puede entenderse equivalente al bautismo cristiano y viceversa. Fuente: https://alkafala.wordpress.com.
[7][Volver] Circoncision. Circuncisión (en francés).


lunes, 1 de agosto de 2016

CAP. 12 . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . Andanzas y tropezones de Dikembe Biyombo




De cómo salir de Malaga
y meterte en Malagón

Por dónde íbamos? Sí, habíamos dejado atrás la noria y todo lo que suponía. Aquella fue la primera vez que huía en primera clase, si me permites la metáfora. Subido a la grupa de aquel grandioso animal llegué a sentirme el rey del desierto. De vez en cuando miraba hacia atrás. No por precaución o miedo, sino por ver cómo se manejaba mi amigo Toujoursoui que, la verdad, no había cambiado el gesto por seguir un camino recto. Durante el poco tiempo que le dejaba descansar buscaba en sus ojos ese brillo que me confirmara la misma alegría que yo sentía por no tener dueño. Hasta que me di cuenta de que él seguía bajo el yugo de un amo. ¿Qué más daba que estuviera gira que te gira en una noria que sigue que te sigue mi escabullida? Él siempre tendría un dueño, esa era la diferencia entre un animal amaestrado, aunque fuera un hombre, y un animal salvaje, civilizado y libre si era racional. Aunque yo me sentía más como un guerrero que había conquistado su libertad a base de mandobles y estocadas. Tal era mi estado mental de euforia. Si bien caí en la cuenta de mi contradicción: los victoriosos guerreros no huyen de sus enemigos. «Bon, pues no soy un guerrero, grand-mère. Yo tengo miedo», confesé tanto a Hamal como a Toujoursoui. Y esa vez no miré hacia atrás para interesarme por este último. En el desierto, si vas solo, sirve de poco mirar hacia atrás, tanto como mirar hacia delante. Y me da la impresión que en pocas circunstancias sirve para algo. Acaso para aprender de los errores, aunque quienes lo hacen pueden ser contados con los dedos de una mano. No contaba con que la comida de Toujoursoui me fuera a durar lo que me duró, porque el pollino no aguantó la jornada completa. A punto de agotarse la luz, se agotó él. Noté un tirón y que el camello se paraba, incluso pareció protestar. Me volví y el pobre animal ya no estaba en pie. Había hincado las rodillas de las patas delanteras. No hacía nada por levantarse. Descabalgué y cogí entre mis brazos el cabezón de mi compañero de trabajos. A punto estuvo de caer sobre mis piernas. Tumbado, la respiración se le aceleró. «Por lo menos eres libre», le dije para consolarme yo. Pero enseguida me di cuenta de la estupidez que había dicho, así que me quedé callado junto al moribundo. Así estuvimos un rato, el camello esperándome a mí, yo al burro y el burro a Muerte, que no tardó en llegar para bien de todos. Me alegré de no ser yo la causa de que el jumento me dejara. Aunque allí le dejé yo, en medio del desierto, en su último viaje y con el deseo que el otro animal y yo no corriéramos su misma suerte en nuestra travesía. Al dejar atrás el cadáver de Toujouroui, comencé a dudar si le había ayudado o no. Llegó el amanecer y seguía con  mi huida y mis dudas. Y así hasta que llegó el ocaso.
De afinitrip.com
Solo había parado para comer y beber dos veces. Ya había recorrido suficiente trecho como para que no me encontraran. Y tampoco me creía tan importante para que se preocuparan de la pérdida de un esclavo, aunque me entró la duda sobre si el robo del camello no era suficiente motivo para montar una partida de búsqueda. Con otra duda enredada en la cabeza y las riendas del mehari anudadas a mi tobillo, como había aprendido de Wahid
, pasé la noche. Los animales son los mejores centinelas, huelen el peligro y se sobresaltan con facilidad. Pero aquella noche nadie tuvo a bien, ni a mal, alterar a Hamal. Por precaución enterré las sobrantes que me había entregado Sinafasi, me envolví en las viejas y raídas pieles que todas las noches ponía sobre los lomos de los animales y, menos cansado que otros viajes a pesar de llevar dos días despierto, dormí plácidamente bajo las estrellas. Amodorrado, caí en la cuenta de que aquella era la primera vez que viajaba solo por el desierto. No tuve tiempo de racionalizar el descubrimiento pues me quedé frito. Cuando el sol me despertó no desayuné. Llevaba, a los posibles perseguidores del mehari, en el peor de los casos, una ventaja de más o menos una noche. Que, por otro lado, se habría esfumado si no hubieran parado a hacer noche como yo. Así que, me olvidé del hambre y me preocupé de seguir con la espantada. Le exigí más al camello, y me lo dio sin problema alguno. Noté en los ojos el aire cálido por la velocidad. Sabía que no era aconsejable esa marcha tan rápida. En el desierto, como en la vida, hay que ahorrar esfuerzos para no escatimarlos cuando son necesarios. Pero la posibilidad de verme alcanzado me obligó a ser un tanto imprudente. El miedo es el peor de los consejeros. Durante toda la mañana giré el cuello infinidad de veces. Cuando vi que apenas hacíamos sombra me paré sobre una duna, desde donde oteé el horizonte a mi alrededor. No me dejé ni un punto de aquella virtual circunferencia sin escudriñar. Nada. Entonces me di cuenta que el desierto no era solamente mi enemigo, acaso también era mi aliado. Si durante la primera noche de mi huida el viento había borrado mis huellas, y lo hizo porque más de una tormenta de arena sufrí, nadie sabría qué dirección había tomado. Era imposible ponerse en mi lugar, y más si hubieran sabido lo mismo que yo: cuando entré en la pequeña ciudad con Wahid no me fijé por donde lo hacíamos, por lo que había elegido un punto al azar para salir. Pero aunque hubieran acertado, ahora sé que un grado de desviación, respecto a un rumbo, podría convertirse, en la distancia, en muchos kilómetros. Ese cálculo no lo hice allí, subido en el camello, él sobre la duna y el sol sobre todo. Por algún motivo me tranquilicé. Eché pie a tierra con la intención de dar un descanso merecido a mi cabalgadura y yo estirar las piernas. Pensé que el tiempo, según pasara, que es lo único que sabe hacer, me sentiría más impaciente. Pero no fue así. Ni siquiera volví a mirar hacia atrás y hasta rebañé con cierta tranquilidad las últimas sobras a la sombra de Hamal. Y cuando creí oportuno, reanudé la marcha sin ninguna prisa. En el fondo era cuestión de suerte, hoy diría de probabilidades. Cuando no razonamos, sentimos. Cuando no somos capaces de entender, nos aflora una fe oportunista. La soberbia del ser humano le ha hecho situarse en el centro del mundo, donde antes había colocado a Dios. El Renacimiento dejaba atrás la Edad Media, pero no en todos los lugares, como ya sabes. Al final hemos derivado en ser nosotros, como individuos, no como especie, el centro de todo. Excluyendo la conjugación fuera de la primera persona del singular, aunque, a veces, se cuele el plural. Del “cualquiera que haga el bien se merece”, hemos pasado al “yo que solo hago el bien me merezco”, cuando, por ejemplo, el cristianismo predica el eres y el son. En defecto de lo que se me pasaba por la cabeza según me balanceaba sobre el Hamal te cuento lo que me ocupa ahora la mente. Mis pensamientos pasados ya no mueven mi voluntad y expresarlos solo serviría para reconocer errores. Y no es que me importe hacerlo, es que no le veo el interés. Pero no sé porqué me da que a ti sí te interesan, si no, ¿a qué viene tanto interés por saber de mi anterior vida? Contéstate tú mientras yo te cuento. No omitiré entonces esos pensamientos que, por otro lado, a cualquier crío y a cualquier joven se le pasan por la cabeza. A todos, en mayor o menor grado, nos preocupan las mismas cosas, sobre todo porque cualquiera sería capaz de escribir una lista de esas preocupaciones. Catálogo que coincidiría con el mío o con el tuyo. Insisto, el grado es otra cosa. Eso es cuestión del individuo y como no hay dos iguales, eh bien, c'est ça, mon ami. A mí no me cuesta reconocer mis errores. Ni ahora, ni entonces. Si bien encuentro cada día más en las decisiones tomadas. Ni en las discusiones he sido partidario del “tú más” como suelen hacer por aquí los que salen en las noticias. No me gusta defenderme al ataque, sino pensando sobre aquello que me achacan. Es más productivo. Hay que tener en cuenta la posibilidad de que el otro tenga razón. Más que nada porque acertar siempre es imposible. Y no es la fórmula del éxito, como atracar tampoco, porque, al final, siempre te quedas contigo mismo, y ante ti debes responder. Contarte que la parte vespertina del día no pasó nada suena a huero, pero es lo que ocurrió, por eso me adorno un poco, jeje. Hice noche bastante después de que se ocultara el sol. Al bajar la temperatura, disfruté del momento subido a Hamal. Las clases gratuitas y teóricas que Wahid me diera, al presumir de montar mejor que nadie un camello, me sirvieron después de todo. Ni él ni yo hubiéramos imaginado que sus consejos no iban a caer en saco roto, al menos tan pronto. Al igual que los primeros conocimientos de astronomía: «Mira, Dikembe, aquello que más brilla, ¿lo ves?, no es una estrella, es Venus. Y, aquel otro punto que tanto brilla y sí es una estrella, siempre te dirá donde está el norte». Nunca pensé que aquello pudiera ayudarme y mira tú por donde, lo estaba usando, igual que el recorrido del sol. Yo iba hacia aquella estrella, hacia el norte, luz que también me servía junto con el sol para no viajar en círculos, error muy grave para quien huye de un punto en concreto, como era mi caso. Aprendí a no desoír nada de lo que me dijeran, viniera de amigo o de enemigo. Los mentirosos, a veces, también dicen verdades, no te creas. Así que también hay que escucharlos por si acaso. Seguí la rutina del desierto y cené poco o nada y bebí algo. Me abrigué con las pieles y me dormí como un bendito. Siempre he dormido muy bien, salvo con luz, menos ahora que no tengo problemas ni preocupaciones acuciantes como antes. La vida es pura ironía, mon ami, te lo dice un viejo. Como me había dado cuenta en el pesebre, el calor de lo vivo es el más confortable, por eso me arrimaba a mi compañero de viaje. Los animales nos damos calor de muchas maneras. Calor rima con amor. Por algo será, digo yo. He de reconocerte que el español, como bien sabes, cada vez me tiene más enamorado. Y me refiero al idioma como podrás suponer. Te lo aclaro para evitar la sarta de bromitas que seguro encadenarías de no hacerlo, ¿o no?, bien, c'est ça, mon ami, que nos conocemos. Me desperté sin saber donde iba. Lo sabría después cuando ya no tenía posibilidad de tomar alguna medida para evitarlo, aunque, la verdad es que pocas veces en aquel tiempo pude elegir. Lo máximo que conseguí, y no siempre, fue forzar situaciones o huir de ellas, como era el caso. Menos al sur, podía elegir cualquier otro punto, si bien lo más aconsejable era seguir hacia el norte. De esa manera me igualaba a mis posibles perseguidores, en el sentido de no encontrar nada, porque si yo conseguía escapar me metería en el desierto como me habían dicho siempre todos mis mayores: «Al norte solo hay fuego y arena, arena y fuego». Si bien mi abuela Mayifa agregaba: «No pises nunca el fuego, Dikembe». A pesar de ello seguí adelante, tan recto como pude. Por referencia aquella estrella que solo veía por la noche, y que confirmaba que durante el día el sol no me había mentido. Seguía tranquilo y sin mirar atrás. Llegué a la conclusión: excepto el tiempo que pasé con mi familia, había estado mejor solo que acompañado. Así que no me importaba no encontrar a nadie. Me mentía, pero solamente podía consolarme yo. El gran problema era la comida. El hambre ya me arañaba el estómago y dormía más cada día. O encontraba algo o a alguien, o me iba a importar poco tanto el norte como el sur. El agua empezaba a escasear. Y tomé la decisión de girar hacía el oeste, ¿por qué? ¿Y por qué no? Quizás por no llevar la contraria a mi abuela. Y llegado a este punto creo que es el momento de aclararte las posibles incongruencias que hayas leído en las cartas anteriores al referirme a mi familia. Verás. El caso es que cuando yo nací, no de quien crees, las cosas por mi aldea no andaban bien pero tampoco tan mal como unos años atrás. Ahora sé que la guerra la provocaba la avaricia de los hombres que querían hacer negocio con el mineral que gente como yo y mis hermanas sacaban de las minas. Por eso, día sí, día no, aparecían por la aldea aquellos hombres vestidos de uniforme a los que tanto temíamos. Unos con razón y otros por imitación. Y, aunque después mi familia dejó de serlo, en aquel momento, antes de nacer yo, todo según Mayifa, ella, mis padres y mis hermanas eran una familia normal. Yo lo cambié todo. Pero no, creo que me adelanto, que todavía no es el momento. Más adelante caerá solo. Sigamos mejor con el viaje. Lo peor era que ya no me veía en peligro. Es decir, que no sentía la necesidad de tirar hacia delante sin pensar en nada más que huir. Seguía por la inercia. Si hubiera sabido a qué distancia se encontraba la aldea más próxima me hubiera ayudado a seguir, por muy lejana que estuviera. Pero lo ignoraba, en realidad desconocía todo. Una tarde, da igual cual porque todas eran la misma, vislumbré unos puntos oscuros en la lejanía, muy cerca del horizonte. A pesar del sentimiento de soledad, de  mis pensamientos y necesidades mi primera reacción fue el miedo, pero al momento me calmé porque los puntos venían de frente. La posibilidad de que me buscaran a mi era muy remota si venían del norte. La vuelta que tenían que haber dado los “norianos", como yo les llamaba, era tan extraña y retorcida que me convenció de acercarme en vez de esconderme. La suerte estaba de mi lado, al menos es lo que me hacía creer mi estómago vacío. Las personas, a veces, pensamos con él, aunque los hombres también discurrimos con los cojones, como dice tu mujer, sin que le falte razón. Además, si me querían robarme, aparte del agua y del mehari agotado y más delgado que yo, poco se iban a llevar. No valíamos ni medio esfuerzo, o eso creía yo por aquel entonces. Ya te he dicho que lo ignoraba todo. Así que calculé su velocidad y me dirigí hacía el punto donde creía que íbamos a coincidir. Ya seguro de que me habían visto, no observé ningún movimiento extraño entre los doce camellos que componían la caravana, siete de ellos montados por jinetes cubiertos todos de azul índigo salvo los ojos. Cuando llegaban a mi altura, yo hube de pararme, el que abría la marcha frenó, y en consecuencia el resto de la caravana. Se descubrió la boca y me saludó en tamashek. Nuestros idiomas no eran compatibles, pero con los gestos y lo que sabía yo de su idioma fue suficiente para entendernos.





¿No es curioso que para entenderse no haga falta hablar la misma lengua? De la misma manera que no es difícil no entenderse aunque se maneje el mismo idioma. Lo que cuenta, y creo que coincido con Dikembe, es la intención, la voluntad de querer compartir lo que da a luz la maravilla del lenguaje hablado. ¡Qué sería de la especie humana si no hubiéramos compartido! Si no hubieran contado los padres a los hijos sus experiencias. Las mismas que ahora, en principio, no les sirven a los jóvenes y que tiene que pasar el tiempo para que se hagan verdades otra vez. Es más, yo creo que es esa necesidad la que nos llevó a hablar, a que, incluso, nuestro cuerpo se modificara morfológicamente para poder emitir sonidos y hacer la comunicación más fácil, más fluida que con los gestos. Pero doctores tiene la iglesia, lo mío es pura intuición que en estos casos sirve para poco, aunque en otros, como en la escena que nos describe nuestro protagonista le sirviera a él para salir del paso. Con la escritura intuyo que fue otro el caso, que fue la necesidad de controlar lo que nos llevó a anotar lo que teníamos en los graneros y quien traía o dejaba de traer lo que correspondía al rey de turno. Y no hay que olvidar que si la escritura se la debemos a los persas, los números se los debemos a los árabes cuando sus idiomas nos resultan tan ajenos.





Me alimentaron ligeramente, como debe hacerse con un estómago que lleva tiempo sin recibir nada, e incluso se pusieron pesados para que comiera despacio y bebiera entre bocado y bocado. Les hice caso. Tenían razón porque después del té caliente que me prepararon, era un poco temprano para ellos. Me sentí como nuevo. Quizá también ayudara el verme atendido. Te recuerdo que seguía siendo un niño. Me ofrecieron seguir con ellos ya que no iba a ninguna parte, pero rechacé su oferta muy educadamente y sin dar razón alguna porque me dijeron que se dirigían al sur, a Gogrial si no recuerdo mal. Luego me dieron comida y agua y yo les ofrecí mis dos bolsas de piel vacías para demostrarles mi agradecimiento y que no tenía más que ofrecerles. Me transmitieron sus prisas que no había notado. Yo, humildemente, les entregué el otro pellejo que no me habían llenado de agua. ¿Para qué lo quería?, ellos le darían mejor y más utilidad. Les vi partir con los pies en la tierra, más consciente que nunca de que me quedaba solo ante un infinito de arena y viento, con una sola recomendación: «Si sigues derecho hacia el norte encontrarás agua en cinco jornadas. La estrella de arena te lo indicará. La comida es otro cantar». Allí plantado vi pasar y saludé agradecido a cada uno de los siete nómadas que me habían socorrido. Luego les vi alejarse y dudé por última vez. Pero no, no podía, llevaban rumbo hacia donde yo huía. Seguí sus huellas con la vista hasta donde pude. A partir de ese momento debía fiarme de mi instinto. Las estrellas me ubicaban, pero no me decían, como a los tuaregs, donde había agua. ¡Ojalá hubiera tenido una de esas matriarcas elefantas que te enseñan eso y mucho más! Pero donde yo estaba ya no era tierra de elefantes, como lo es la televisión de National Geographic, donde sentados en un cómodo sofá de tu casa podemos disfrutar de tanta belleza como nos ponen ante la vista. Mi realidad ante aquel desierto era otra. Sí sentía su fuerza, pero no disfrutaba de ella. La sufría. ¡Cuántas veces me has preguntado por el desierto! Y tus hijos también. Entenderás ahora porqué no me he extendido más como suelo hacer sobre otros temas. El desierto es como el mar, inmenso. Pero mientras este último es generador de vida, aquel solo encierra la muerte para el hombre, con una paradoja: es uno de los alimentos por los cuales la selva amazónica es tanexuberante. Y aunque los científicos se empeñen en demostrar la vitalidad que guarda bajo su manto de arena, yo me inclino a pensar que está más cerca de la supervivencia de un tiempo fértil que de la vida, acaso por haberlas pasado tan canutas como las pasé allí. Pero ya sabes, cada uno cuenta la feria como le fue. La vida ante la muerte siempre toma la misma decisión: sobrevivir. En fin, que mi intuición matizada por mi miedo, tan grande e inabarcable como el desierto, no me ayudó esta vez. Un amanecer, sentado en la cresta de una duna, me pareció ver algo diferente frente a mí. Eché la culpa a las sombras que, a aquellas horas, juegan y cambian a su antojo el color y la forma del paisaje. Una vez fijados los brillos y los tonos, y tras pasarme por la cabeza los consabidos espejismos que descarté al restregarme los ojos, vi una gran roca que se erguía sobre la arena. Tanto me llamó la atención que pospuse el desayuno, aunque no me venía mal ahorrar alimentos. No me encaramé al camello y me acerqué a pie a ese capricho de la naturaleza. Según me acercaba, el brillo de aquella pequeña pared de piedra brillaba más. La arena que vuela con el viento es un gran bruñidor. 

De travelblog.org
La desnudez de la roca era absoluta. Parecía asentada sobre otra más plana y semienterrada por el oeste, de donde soplaba un vahaje, hermano menor del viento, que había corrido toda la noche y que había obligado a la arena a enterrarme mientras dormía. De repente, aquella brisa creció a vendaval y vi venir la sombra de la tormenta de arena. Prevista su llegada, me parapeté en la cara este de la roca. Por una vez me iba a salvar de los mordiscos del viento con dientes de arena. Esperé bien protegido. «Bien haces, muchacho». El susto fue morrocotudo, pegué un brinco que casi me encimó a la roca, y luego me pegué a ella y volví a escuchar la misma frase. Y me volví. Un anciano totalmente desnudo, en pelota picada como decís por aquí, me miraba con ojos menos sorprendidos que los míos. «No me mires así, hijo. No son alucinaciones tuyas. No te preocupes, Makondele es tan real como la ventisca». Y soltó unas risotadas que se fueron con el viento. Después se sentó a mi lado y en ese momento llegaron las ráfagas de arena. A pesar de estar resguardado, me tapé la boca y escondí la cara entre mis rodillas. Pero no me azotó ningún grano de arena. Sí noté, por el ruido y la falta de luz, que teníamos encima la nube terrosa. Levanté la cabeza y miré al viejo que, a su vez, con las manos levantadas y las palmas hacia arriba miraba hacia el cielo con ojos de súplica. Le pregunté qué hacia, y me contestó cuando quiso. «Makondele oraba. Y nunca debes interrumpir en sus rezos ni a él ni a nadie». No terminé de oír su contestación y se me vino a la cabeza el camello. Entre el susto que me había dado aquel vejestorio y la tormenta se me había olvidado Hamal. No me acordaba ni donde ni cuando había soltado las riendas. Te podrá parecer una estupidez, pero se me había olvidado por completo. «Tranquilo, joven, tu camello está a buen recaudo, en casa de Makondele». Al punto le pregunté por ella y supe que estaba al otro lado de la gran roca. «Tú no las has visto porque no la buscabas. Makondele te la enseñará». Salí hacia la derecha, como podía haber tomado la otra dirección. El caso es que me corrigió, si bien antes me sujetó del brazo. Sus dedos eran fríos y duros como el metal. «Makondele te aconseja que vayas por el otro lado, tardarás menos y vivirás más, el norte es el mal». Y soltó tres risotadas y luego a mí. No es que no me fiara, pero quería ver con mis propios ojos y no con los del tal Makondele a Hamal. Cuando me asomé a la otra cara de la roca, miré hacia arriba. En principio no vi nada, pero cuando empecé a distinguir los perfiles de las sombras pude ver un hueco en la piedra. Subí hasta allí y entré por una abertura casi oculta. Apenas tuve que agacharme un poco. Cuando mis ojos se acostumbraron a la penumbra noté el perfil del camello que descansaba arrodillado. Solté un suspiro de tranquilidad y sonreí. En la cueva no había nada, salvo el animal, un lío de ropa en un rincón y yo mismo. En un instante se me pasó por la cabeza una pregunta: “¿Cómo se alimentaba aquel morabito?”. Pero al oírle gritar tras de mí se me fue el hilo de mis pensamientos. «¿Y mi paja?». Al encogerme yo de hombros continuó con sus quejas según miraba y palpaba por los recovecos de la gruta, que no eran muchos por su tamaño, apenas cabíamos los tres. «Makondele no lo ha tocado, así que solo te  has podido llevar tú su almocela, muchacho ladrón». Le contesté que si se refería al trapo asqueroso que yacía en un rincón, nadie se lo había quitado, pero que llamar a eso colchón me parecía una exageración. Al observar y ver mejor al camello me di cuenta que de su labio inferior colgaba una brizna de paja. Esta vez el que soltó las carcajadas fui yo. Extrañado y enfurecido, el anciano Makondele se preguntó, y me preguntó, de qué narices me reía. Yo, sin poder articular palabra por la hilaridad de la situación, señalaba la cara del camello, que ya rumiaba el colchón. Cuando pude balbucí que la paja no había salido de momento de la cueva y que estaba a buen recaudo en las tripas del camello. Por fin se enteró Makondele del destino de su jergón por lo que se encaró con Hamal. Yo seguía con mis risas y él con sus quejas y protestas que el animal soportaba perfectamente. La escena era digna de la obra cumbre del absurdo: un anciano desnudo y más delgado que un junco, que pedía explicaciones a un camello feliz dentro de una roca en el desierto. Y así siguió un buen rato, hasta que el protestón se fijó en el odre que yo llevaba tapado para que no le diera el sol. Entonces vio la oportunidad de resarcirse de su pérdida. «Al menos me darás un trago de agua, ¿no?, muchacho ladrón». Esta vez le reprobé el insulto y bajé la guardia. Sin perder la sonrisa y con las defensas bajas cometí el error de entregarle el odre, porque bebió a su antojo. Cuando tuve que arrancarle el pellejo ya me había arrepentido de habérselo ofrecido. Eso sí, me dio las gracias y me pidió perdón por ofrecerme solo cobijo, compañía y alimento para mi camello. La pregunta salió espontáneamente de mi boca: «¿De qué vive aquí?». Me explicó que me sorprendería la cantidad de viajeros que, como yo, se acercaban a la roca. Vamos, que vivía de la caridad. Pensé. Luego le pregunté el motivo de vivir allí, y también me mintió: «Meditación y oración, muchacho». Tras lo cual pregunté desde cuando. Respecto al tiempo no me mintió, no había motivo para ocultar que llevaba allí lo menos cinco de sus sesenta años, aunque insistió en que no le hiciera mucho caso porque había perdido la noción del tiempo. Tras preguntar el porqué, miró el techo de la gruta, repitió mi pregunta, cambió la voz y se contestó: «Por Alá, muchacho, por Alá, el más Grande». Al menos esa noche, yo dormí más caliente. Hamal con su gran corpachón mantuvo la temperatura dentro de aquel agujero. Los dos cuerpos humanos, aunque esqueléticos, también aportaron lo suyo. En cuanto al olor, más vale dejarlo, ya te he explicado para lo que no se usa el agua en el desierto. Después del palo que el vejestorio había dado a mi pellejo, y como pretexto para usarlo de almohada, lo puse a salvo de sus manos y su boca  bajo mi cabeza. No me fiaba de aquel hombre. El problema se presentó cuando necesité mear. A veces, la naturaleza es muy caprichosa e inoportuna. No podía dejar el agua a su alcance, era mi bien más preciado. Es más, era la diferencia entre la vida y la muerte. Así que me dio igual lo que pensara Makondele. Me colgué al hombro el odre y salí de la cueva a lo mío. Lejos de criticar mi acto, me prohibió otra vez ir a la cara norte de la gran roca: «Está maldita». Aun en la certeza de que estaba loco, le hice caso. No discutí por no dar pie a que habláramos del agua. Así que salí rápidamente y me dirigí allí donde nos habíamos resguardado de la tormenta. Meé y me eché un corto trago de agua después de sopesar el pellejo. Y me censuré por no haber sujetado yo el odre mientras él bebía. Cuando el bien no es tuyo no te importa agotarlo. Y esto no pasa solo con el agua, como bien sabes. Si el dinero no es tuyo, ancha es Castilla, ¿no?, Eh bien, c'est ça, mon ami. Al menos eso te he oído decir mientras hablas de la corrupción entre los políticos de este país. Ese sentimiento indescriptible, que te recorre el cuerpo cuando otros hacen de tu capa su sayo ante tus mismas narices, es el que sentía yo. Después de controlarme hasta el extremo de pasar sed a diario, llegaba otro y se beneficiaba sin freno de mi sacrificio. Si en ese momento hubiera estado a mi lado Hamal, me hubiera largado sin decir ni una palabra más a aquel anciano que me daba tan mala espina. Por el camello y porque estaba muy cansado, cuanto menos comes más duermes, decidí quedarme un día más en aquella espelunca junto al viejo disipador de agua. No me hagas caso, pero anoche, mientras me dormía descubrí la diferencia entre tú y yo, o lo que es lo mismo, las diferentes circunstancias que nos circundan. Verás, yo no sé a partir de qué momento sentí la necesidad de dedicarme todo el tiempo a mí y no a mis obligaciones. En cambio tú, sigues fiel a ellas, cumplidor hasta de la más pequeña, sobre todo de aquellas que no te afectan a ti. Espero que no leas ningún juicio en mis palabras, tan solo quiero entenderte y entenderme, no enseñar a nadie lo que yo no he aprendido todavía. El derecho a equivocarse, aunque no lo recoja la Declaración Universal de Derechos Humanos, es tan importante como cualquiera de los que se relacionan en ese documento, pisoteado tantas veces por otro lado. Ya tienes en qué pensar esta noche, mon ami. Mañana te contaré más.