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lunes, 1 de febrero de 2016

Relatos de COSOqueTEcoso (LI)

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Entre puntada y puntada
 (LI)


Estación de Francia, Barcelona, 1940. De alexisnajera26.wordpress .com
Ambos quedaron impresionados por la magnitud y la estructura de la estación a la que les llevó el tren. Incluso el ruido ayudaba a magnificar la percepción del edificio. El gentío, su ir hacía la salida después de apearse rápidamente de los vagones, parecía suspendido en el tiempo, y, a pesar del gran número de personas uno se sentía solo. El continente minimizaba el contenido ya de por sí voluminoso y sobre todo largo. Lo impresionante de la escena, que rayaba con el miedo, hizo que no se separaran un milímetro uno del otro, por lo que terminaron siendo los últimos en abandonar el andén. Xana con la mirada sorprendida por un sombrero de mujer, saltaba a otro sin mover los ojos que terminaban por recorrer hasta los pies aquellos vestidos con los que ya podría soñar. Queitano, al llegar a la altura de la locomotora quedó fascinado. Al subir al tren sólo la habían visto de lejos. Su chimenea aún humeaba y el vapor, al huir, ponía música a la escena. Xana hubo de arrancar a su compañero de aquel éxtasis en el que le había sumido su propia menudencia. Pero al contemplar aquella máquina dentro de aquel alto techo terminó por ver pequeño aquel monstruo hecho del mismo material, hierro y cristal. La bóveda que formaba el entramado de vigas férreas se le antojó el techo del infierno en la tierra. Xana, al mirar donde miraba Queitano, también quedó atrapada por las dimensiones de la estación de Atocha. Absorta y con la mirada fija no reaccionó, como Queitano, hasta no oír por megafonía el aviso de la salida de un convoy hacia Barcelona. Aquello hizo que se miraran y volvieran a ubicarse. Estaban allí para lo que estaban, no para contemplar aquello que la ciudad les proponía.

Ye bien tarde pa dir a casa de naide, ¿non? —dejo caer ella.
—Nós na quintana nun tenemos hores de visita, oh.
—Yá, pero esto ye la capital. Equí nun funcionar les coses como ellí.
—¿Ye que nun tienes ganes de ver a la to fía?
—Les mesmes que tu.
—Pos entós, vamos. Vas tener que preguntar.
—Antón díxonos que coyéramos un coche y que lu enseñáramos al cocheru'l sobre cola casa dibuxada. Nun hai que preguntar, solo buscar un coche que nos lleve.

Así, con el hato ya disminuido que colgaba del brazo de Xana, se encaminaron a la calle, detrás de la gente que habían visto salir. Los coches de punto esperaban en una ordenada fila. Los caballos marcaban sus respiraciones con rasgos de vaho. Parecían estatuas ecuestres salvo cuando sus necesidades corporales aparecían. Queitano intentó subirse al más cercano pero el cochero, tapado por una manta y tocado con un sombrero de copa, le dijo que no subiera. Xana, más retrasada al quedársele la mirada prendida de otro sombrero en movimiento, llegó a su altura por lo que sólo pudo escuchar la última parte del comentario del cochero, es decir: “Así que no suba”.

—¿Y por qué no hemos de subir? 
—Ya se le dicho al caballero. Han de tomar el primero de la fila.
—Ah, claro. Usted perdone, no lo sabíamos.
—¿Asturianos?
—Asturianos.
Pos entós que -yos vaya bien, como a mi hasta agora.
—Non, si nun venimos pa quedar nos, solo a ver a la fía —se explayó Queitano del que tuvo que tirar Xana para que no siguiera hablando con el paisano. Ya frente al primer cochero que hacía la fila, les tomaron por lo que eran.

Parada de simones o coches de punto, principios siglo XX. De fptaximadrid.com.

—Esto no es barato, y menos si me toman en la estación.
—Y venir desde Oviedo tampoco, y aquí estamos, ¿no? Hasta ahora no hemos tenido problemas con el dinero que nos falta, caballero —fue la contestación de Xana que bajó un poco los humos al cochero.
—A ver, ¿aónde van ustedes, si se pué saber? Y que no sea cerca—. La conversación se producía con la mujer dentro del coche y el hombre en el suelo y agarrado a él en el escorzo de subirse, pero sin decidir hacerlo. Queitano soltó el agarrador del coche, bajó el pie del estribo y hurgó en el hatillo, para lo que tuvo que desanudar parte del fardo. Entre la comida que les restaba, las pocas prendas, la muñeca, el resto de papeles y los billetes, encontró lo que buscaba y le tendió el sobre al cochero que ya había echado el ojo a lo que le interesaba. Para ello hubo de empinarse, y antes de recibirlo, el que ya sujetaba el látigo con una mano, no usó la otra para coger lo que le tendían.
—Ya la hemos fastidio, señor. Yo soy cochero, no bachiller —declinó la invitación de coger el sobre.
Nun sabemos lo que ye eso, pero nós tampoco sabemos lleer, verdá, Roxa.
—Nosotros no sabemos leer —refrendó la Rubia desde atrás.
—A ver, traiga ese papel —el cochero, se deshizo de la manta, dejó en su sitio el látigo y ágilmente se apeó del pescante y empezó a desandar el último camino que hicieran sus clientes. Ya en el suelo y agitando en alto el sobre, empezó a dar gritos. ¿Sabe alguien leer? ¡eh! ¿Qué si sabe alguien de letras? ¡Coño! —. Al oír el improperio, el quinto carrocero de la fila le hizo una seña.
—A ver, que yo mapaño un poco, trae pacá.
—Toma, a ver si mentero duna puñetera vez aonde quien ir éstos de las Asturias. Si es cerca les digo que no o se la cuelo, porque yo no me muevo daquí pa cobrar una mierda. Mientras uno protestaba, por si las moscas, el otro se esforzaba en entender las letras escritas.
—Aquí creo que pone… —el apañado dudó—. Sí, me paece que pone Espanoleto cuatro, cuatro derecha o primero derecha, también y un número que no sé lo qués, tié delante una palabra que no sé leer, empieza por te y tiene una efe, una ene… y una o chiquitita. No sé leer esa palabra.
—Bah, con eso me vale, y la calle será Españoleto, amigo, está ahí en Chamberí, es una bocacalle que da a Santangracia. Está detrás duna fábrica de chocolates.
—Sace lo que se pué, camarada.
—Y mucho ha sío. Ya sabemos el destino de la pareja. Agradecío.
—Hoy por mí, mañana por ti(1) . Buen servicio.
—Lo mismo digo. Y buena y rentable noche —. Llegado a su coche y mientras subía al pescante ordenó a Queitano que subiera—. Suba, ya sé aonde quién ir.
—¿Y dónde es? —se interesó Xana que hizo sitio a su compañero.
—A la calle Españoleto, al cuatro, al primero, según ma dicho el compañero. Algunos sabemos leer —se metió el cochero en el saco de los leídos—. Yo les dejo enfrentel portal y ustedes llaman, ya se las buscan pa entrar, porque el grandullón este no sabe subir escaleras —. Tras lo cual dio una gran carcajada y animó a sus clientes, ya sentados bajo la capota echada, que se abrigaran con la manta que había debajo del asiento, cosa que ellos agradecieron porque la noche era fría. El cochero iba contento porque aquellos dos iban a pagar con creces el servicio, pero lo que no sabía, es que no les importaba y que bien les habría parecido también el doble de lo que se agenció, porque al estar tan cerca de cumplir el propósito de su viaje, sus emociones se habían disparado. No hacían nada más que mirarse, como si les pareciera un sueño lo que estaban a punto de conseguir. Si bien tampoco eran asiduos clientes de simones como había notado el peseta(2) de aquella época, por lo que no iban a discutirle el importe del servicio. El murcio, como le llamarían los de su calaña(3) , que ni siquiera se preocupó de hacer un recorrido más largo para justificar el cobro excesivo que pensaba hacer, salió de la estación y enfiló derecho por el Salón del Prado a coger el Paseo de Recoletos directo hacia la plaza de Colón. Ninguno de los ocupantes del simón se fijó en los palacios, palacetes y jardines que, iluminados por farolas propias, dejaban a un lado y otro de las calles recorridas, hoy artería principal de la capital. Giró a la izquierda por el Palacio de Medinaceli, dejando a la derecha la Biblioteca Nacional y la Fábrica de Moneda y subir por Génova hasta llegar a la puerta de Santa Bárbara, donde buscó la calle Santa Engracia para subirla y tomar la tercera a la derecha. Pero se lo pensó mejor y no entró en la calle, sino que paró bruscamente en la esquina.

Billete de curso legal, 1920. De filateliagasteiz.com
—Ya hemos llegao, señores. El segundo portal a la derecha es el cuatro. Son cinco pesetas por el trayecto más una por la salida de la estación del ferrocarril de Atocha, total seis. Y la voluntad, claro. Les he traído ligerito. El grandullón este se porta, ¿eh? —. El cochero se deshacía en amabilidad durante el robo. Xana metió la mano en su lío, revolvió un poco y sacó un billete de veinticinco pesetas, sin pensar que las monedas las llevaba Queitano en el bolsillo del pantalón, aunque tampoco éste puso mucho interés en sacarlo. Para qué, si no sabía ni contar, ni siquiera reconocer los billetes y las monedas, al igual que ella. Aunque Xana sí sabía contar hasta diez.
—¿Le vale?
—¡Uy, señora! De sobra. Pero no llevo cambio pa tanto. A ver cacemos ahora porque a estas horas no hay nabierto.
—Pues no sé, espere a ver si hay aquí dentro lo que me pide.
—No, espere, ya sé lo que vamos hacer —se apresuró a decir el cochero al ver la oportunidad que se le presentaba—. No es la primera vez que nos pasa esto a este grandullón y a mí, señora, se lo pué imaginar. Mañana macerco y como sél piso y to, les traigo las vueltas. Total no cuesta trabajo, estamos tol día en la calle… Bueno, pues na —siguió sin esperar siquiera respuesta a su proposición—, que tengan una buena noche, señores —. Y por las prisas casi se llevó a Queitano a dar otra vuelta por Madrid si éste no hubiera saltado al suelo al ver que el cochero arreaba al grandullón.

———— o O o ————

La mitad del tiempo del que disponía la joven pareja le gastaban en que Venancio leyera mientras ella, muy orgullosa de sí misma, solucionaba las dudas y corregía los errores que aparecían durante la lectura. El resto no lo derrochaban, lo compartían dentro de la intimidad que su moral les permitía, la de él más ancha, ya que la naturaleza y la sociedad así lo habían decidido. Ambos andaban contentos. Él, porque empezaba a ver como una opción asequible dejar el campo, al saborear a medias la vida urbanita y al sentir los avances en sus estudios, progresos confirmados tanto por Carmina como por su marido. Y así se lo hacía saber a Reme que, a partir de esos comentarios, construía en su imaginación un futuro mejor, un mañana que, al ser relatado a su amiga, hacía subir su autoestima tanto como la veneración que sentía por su novio al que ya describía a Gertru como otro don Mauro. Venancio, consciente de su inferioridad momentánea ante ella, en sus relaciones con las letras, subido en esa humildad que transmite el trato directo con la tierra, la diosa Gea, se veía avanzar más lentamente. Y por su condición de varón intentaba sacar tajada de esa veneración que le llegaba entre las miradas y las palabras de su novia, envueltas en ese olor a limpio que emanaba de ella y tan extraño para él.

—Ma hecho una pregunta la Susana sobre ti.
—¿Y que ta preguntao que linterese a ella de mí?
—Bueno, la verdá es que lo ha preguntao así, sin decir tu nombre… ¿o sí? Bah, no macuerdo, qué más da. Pero a la Gertru también se lo ha preguntao.
—Ah, bueno, yo creía quiba por otro lao.
—¿Por qué lao?
—Pos por el della y yo.
—¿Cómo que por el della y tú?
—Ay, Reme, no tenteras, ¿eh?
—¿De qué me tengo…? Ah, ya, no, no. Te lo he contao mu mal. Verás, era conmigo. Dice que si tú me ves como una igual a ti. Ves, no tié na que ver con lotro. Además, nunca tendré sellos ni de la Susana ni de la Gertru.
—Ya.
—Bueno, ¿y qué?
—¿Que si te veo igual que yo?
—Sí, claro —. Venancio quedó un rato pensante asido con las dos manos a una de ella, en la que dibujaba su amor y sus deseos—. No, me paece que no te veo igual que yo. Yo, cuando me veo en un espejo, no me gusto. En cambio cuando estoy delante tuya me gustas mucho. Se me vienen a la mollera muchas cosas, y mentra una especie de hambre por la tripa… Además, un hombre y una mujer no puen ser iguales, Reme.
—No, eso la dicho yo, pero me paece que no era eso lo que la Susana nos ha preguntao.
—¿Entonces?
—No sé. A ver, ella dice que nosotras no podemos votar, aunque yo creo que nunca votaría, no tengo nidea de na ¿Tú sabes por qué no nos dejan votar?
—¿Yo? ¡Qué voy a saber yo, mujer!
—Ya, ¿pero qué crees tú?
—Pos no sé, ¿porque los que mandan son hombres?
—Anda, eso lo dice ella también, mía tú qué gracia —se sorprendió Reme por la coincidencia de opiniones entre su novio y su amiga—. Ah, ya macuerdo, ella dice que las mujeres y los hombres debían tener los mismos derechos. Eso es, los mismos derechos.
—Yo, en lo poco que fui a la escuela, aprendí que a la mujer la castigó Dios por comerse una manzana, es de lo poco que macuerdo y que entendía al cura de mi pueblo. Ah, y otra cosa, que vosotras, bueno, vosotras no, Eva, Eva fue la que salió de un guëso de Adán. Y desde luego, macuerdo que tío Eliseo dominaba a mi madre, pero a José y a mí también, y no somos mujeres. De padre y madre no macuerdo verlos juntos.
—Pero eso que dices no es lo que tu crees, es lo que tan enseñao, lo cas vivido.
—Yo, Reme, la verdá es que nunca he pensao en esas cosas. Nunca hestao procupao por eso.
—La verdá es que tiés razón. Yo tampoco había pensao en ello hasta que he conocido a la Susana. Bueno, no, desde que murió doña Consuelo. La Susana ha cambía mucho desde quella no está. Ahora dice cosas cantes no decía. Y era más callá. Ahora paece que se quié comer to el mundo dun bocao y cree quel mundo está en su contra, como los nuevos vecinos del primero.
—¿Qué les pasa a esos?
—Uy, que son insoportales, que te lo cuente madre o la Gertru. Están to el santo día pinchando y protesta que te protesta por to. Que si la escalera nostá limpia, que si está mu alta la radio, que si subamos a limpiarle los cristales… Más vale no hacerles el menor caso.
—Pos buena os ha caído encima. Pero, ¿por qué no dejamos dablar de los demás, Reme?
—¿Quiés que hablemos de nosotros?
—Sí.
—¿Y por qué? —preguntó con coquetería Reme, lo que animó a Venancio.
—Porque pué casí aparezca la oportunidá de darte un beso. Porque hablando de la Susana o desos vecinos…
—A mí, pa que me des un beso no hace falta questemos hablando de naide ni de na en particular—. Pero Venancio, cual varón inexperto y a pesar de sus hormonas, no recibió la invitación ni el empujón que le había enviado Reme entre sus palabras. Así que ella, haciendo honor a los genes recibidos de la señora Casta, fue quien tomó la iniciativa para que no se les pasara la ocasión. Beso no dado, beso perdido, debió pensar, y besó fugazmente los labios de su novio. Tanto que el pobre casi ni lo disfrutó, y no diría yo que esa era su intención, la de dejarle con más ganas y pensara lo que le esperaba en un futuro.
—¿Y eso? —protestó Venancio por la brevedad de cariño, aunque Reme no quiso entenderle.
—Un beso, tonto. Como tú no hacías na lo he tenío cacer yo, si no…
—Pos ma sabío a poco, Reme —aprovechó la grieta Venancio. 
—Pos haberme besao tú, sandio.
—O sea, que te pedo besar cuando yo quiera, ¿no?
—Deso na, moná. Sólo cuando la menda quiera.
—Anda, y cómo lo voy a saber yo.
—No sé —. En estas lides, Venancio también estaba en inferioridad de condiciones.
—Oye, ¿y por qué me pués besar tú a mí cuando tú quieras, y yo a ti no? No lo entiendo.
—Pos es mu fácil. Porque tú tiés ganas de besarme to el rato y yo no —mintió Reme—. ¿O no?
—Sí, yo testaría besando to el día y to la noche. En eso tiés razón —reconoció Venancio como lo que era, un cándido.  
—Lo ves, yo siempre acierto. Por eso te puedo besar yo cuando quiera.
—Ya, pero como sepo yo que tu tiés ganas.
—No se dice sepo, se dice sé.
—Pos eso, ¿cómo lo sé yo? Dime.
—Eres un bobalicón, yo siempre te lo digo, pero tu ni tenteras, como antes que te dicho que a mí no me imparta de questemos hablando ni de quien pa que me beses.
—¿Y eso quié decir que tiés ganas?
—No siempre, pero sí. Más claro el agua.
—¿Y por qué no me dices: tengo ganas dun beso, Venancio?
—Porque no estaría bien. Soy una mujer…
—Pos ya no entiendo na, Reme. No pués preguntar, pero sí darme uno pequeño.

Si bien, Reme, en esos momentos de su vida, tenía las cosas más claras que Venancio, llegaría un momento en el que los dos llegarían a saber que lo más complicado para un individuo es la convivencia con otro, porque, por mucho que intentemos ser nosotros mismos, las circunstancias mandan también lo suyo. Muy pocas veces, una o ninguna, nos mostramos al otro como somos. Acaso sea una medida de protección el no hacerlo o una simple característica del ser humano para no descubrir todas nuestras cartas, y mantener un poco la intriga, que nunca viene mal. Aquí, vendría perfectamente traer a colación la fábula del escorpión y la rana, que habla de la idiosincrasia de cada uno, pero por tan citada y manida vamos a obviarla (pincha aquí si no la conoces). La ingenuidad y sencillez de Venancio, como no podía ser de otra manera, encajaba con la inocencia de Reme a la perfección. Por ello el intercambio de sentimientos y vivencias era equilibrado, e incluso el de besos y caricias. Ninguno quería ni podía aprovecharse del otro. El camino que juntos habían emprendido les posibilitaba el aprendizaje y desarrollarse paralelamente, condiciones indispensables para una convivencia equilibrada y cercana. Los problemas propios eran parecidos a los del otro, así como de la propia pareja. Lo mismo ocurría con los objetivos personales. Cuando estos condicionantes se dan en cualquiera relación, no sólo en la amorosa, el resultado para las personas suele ser satisfactorio. En caso contrario, el asunto no suele acabar bien, salvo que se trate de una relación paterno-filial, claro. Nadie puede imaginarse a la Madre Teresa (que, en su edad anciana, me recordó mucho a la señorita Paulita) casada con Hitler —perdonarme por la estupidez—, y no porque ella fuera monja o macedonia y él militar o austriaco, sino porque o bien se hubieran separado, o bien Hitler no hubiera llegado a ser el monstruo que fue —. Y perdón otra vez, yo creo que en las películas siempre ganan los buenos—. Estas circunstancias, por lo contrario, no se daban en la relación desigual de Gertru y don Mauro. Y como jamás podría ocurrir en el caso de que Susana encontrara su media naranja, que no por negarlo, dejaba de ser soñado con nombre de niña en su almohada —palabras que le vuelvo a robar a Federico García Lorca—. En el caso del madrileño y la asturiana, lo que equilibraba su relación era el esfuerzo que hacía el primero para mantener el candor de la segunda a salvo, aunque supiera lo difícil y hasta lo imposible que ello pudiera resultar. Cuando esa noche llegó Reme a casa, preguntó a su madre, casi antes de dar las buenas noches, si ella había dejado a su padre besarla. Y esa era la ventaja de Reme sobre Venancio, ella tenía una asesora aunque algunas veces, pensara que su madre se reía de ella.

—Estaba yo mu tranquila. A ver, hija, que haces unas preguntas mu tontas. No es que le dejara, sosa, es que yo también le besaba a él cuando me lo pedía el cuerpo. Entre marido y mujer…
—No, no, madre. Digo de novios.
—No me cuentes na deso, que no quiero saber na.
—No la voy a contar na.
—¿Na más de lo que ya has contao o yo adivino?
—Aquí lo divino no cuenta pa na, madre —malinterpretó Reme—. Aquí to es del hombre y la mujer.
—Hala, sigue chamullando, anda.
—Ques al revés, que quiero que me cuente usté a mí. ¡Uy! —Reme pateó con su pierna más corta el suelo—. ¡Qué rabia! No mescucha usté.
—A ver, perdona. Vamos a empezar otra vez. Claro yo estoy en mis cosas y llegas tú así de sopetón y me revolucionas to… —esgrimió a modo de disculpa la señora Casta—. Venga, a empezar. Buenas noches. Pregunta, hija.
—¿Que si usted —dijo con tono y gestos de excesiva paciencia Reme— dejó a padre que la besara cuando eran novios?
—Eso es que te han besado esta tarde por primera vez. Aunque yo pensaba que el isidro ese ya sabía decidido antes.
—Madre, ¿quié usté contestarme o me subo? El Venancio hace mucho que ma besao ya, pa que sentere.
—Pa vosotras mucho son dos horas.
—Pos me subo.
—Vale, pero súbete con un sí. A ver si te crees que eres a la primera que besan. ¡Ay, Dios mío! Más vale que pienses tú solita las cosas, a mí mi madre jamás me habló destas cosas y mira, aquí estoy tan ricamente.
—Ya, pero usté no es coja —contestó desde la escalera Reme. La señora Casta salió del chiscón y gritó a la oscuridad:
—¿Qué pasa, que ahora los jóvenes os besáis corriendo o qué? ¡Serás tonta! Anda, que si tié que dejar al novio besarla… Pues claro que le tiés que dejar… —gritó. Y continuó para sí—. Mientras sólo sea eso… No te digo, la tonta esta. ¿Qué tendrá que ver el culo con las témporas(4)?

———— o O o ————

—¿Qué tal el día, Mauro?
—De todo un poco. ¿Y tú?
—Ha sido tranquilito, esperando que nos suene el teléfono ese. Después de lalegría del premio, todo parece volver a la normalidad, salvo esa posibilidad.
—¿Te has fijado cómo hablas ya?
—¿Y cómo hablo? Pues como siempre…
—No, como siempre no. Ya hablas como una señorita educada —. Rió don Mauro.
—Pues si es así, y no te rías, lo mío me ha costao. Bueno, a mí, y a esa señorita que seguro que está en la Gloria.
—Algo tendrá que ver todo lo que lees. No conozco a nadie que lea como tú, parece que devoras los libros. Pronto no voy a poder prestarte más, te los has leído todos.
—Es que es maravilloso poder leer lo que otros imaginan. O simplemente los sucesos que traen los diarios.
—¿No me digas que sólo lees los sucesos, Gertrudis?
—Es que es lo único que en realidad entiendo del todo. La política y esas cosas, las noticias de las empresas y de otros países, de eso no mentero de nada, no sé quienes son unos ni quienes son los otros, y tampoco termino de enterarme de qué pretenden.
—Lo que todo quisqui, mandar. Eso es lo que buscan. El poder. Piensa en el poder que te da a ti leer y extiéndelo a todas las áreas.
—¿Tú también buscas eso, Mauro?
—¿Qué, hacer mi santa voluntad? No. Yo solo quiero eso para lo que me atañe a mí solo. Para el resto prefiero compartir lo que tengo. Muchos de mis bienes no me los he ganado yo. Me llegaron por el trabajo de mis abuelos y mis padres. De alguna manera, estoy incómodo por tener más que muchos otros.
—¿Por eso haces lo que haces? —. La pregunta hizo sonreír a don Mauro.
—¿Y qué hago yo, Gertrudis?
—Ayudar a los demás, por ejemplo a mí, sin ir más lejos.
—Si he de serte sincero, tienes razón. Creo que mis decisiones están marcadas muchas veces por ese sentimiento de culpa que me crea verme como un privilegiado.
—¿Y las otras?
—La otras, las hago por el mismo motivo que los demás o que tú misma, por amor, por rabia, por educación, por egoísmo, qué se yo…
—Cuéntame —sonrió ella maliciosa y a la vez ingenua—. Sí, cuéntame una que hayas pensado por amor —. La intuición más que la curiosidad aguijonearon a Gertru.
—¡Qué lista! —se defendió el.
—El amor me gusta, me hace sentirme igual que cuando me di cuenta de que me amaban. Fue una gran… Una gran… no sé cómo explicarme. Me ha costado mucho sentirme con derecho a ser amada.
—Eso que dices es tremendo —Gertrudis.
—No sé en qué sentido lo dices. Pero, en cualquier caso, es una realidad. Mis padres, no sé porqué, me dejaron con mi tía de muy pequeñita. Mi tía que no era una mala persona humana… —. Don Mauro cortó a Gertru.
—Todas las personas son humanas.
—Tienes razón. Pues eso, que mi tía no destacaba por su cariño, creo que me veía como una obligación que le habían impuesto, por eso me crié sin sentirme querida, sino más bien… Cuidada, sí cuidada. Y las demás chicas que conocí no me aceptaron, era rara, no tenía padres, no era madrileña, vivía con una tía vieja,…
—Y eras más bonita que ellas.
—Eso no lo sé, ni cuenta para mí. Luego llegó el momento de ayudar a mi tía y me puso a trabajar como cualquier chica venida del pueblo. Durante ese tiempo lo más importante que sentí fue la obligación de obedecer para poder llevar unos reales a mi tía. Y luego…. Luego, ya lo sabes —. Gertru bajó la cabeza—. Vino lo peor y me quedé sin nada a lo que agarrarme. Ahora pienso que me dejé todo por el camino. Hasta que, claro, aparecieron Reme y su madre, y junto a ellas un caballero. Ellos me devolvieron la capacidad de amar, en un sentido y en otro, Y, a partir de ese momento, todo cambió dentro de mí. Pero que sepas que a quien estoy más agradecida es a Reme y a su madre. Tú, al fin y al cabo, esperas algo de mí, pero ellas jamás han esperado nada, así que las debo todo.
—Tienes razón. Yo me siento un interesado. Siempre he querido que me quieras. Eso no lo puedo negar. Y si no pensaba en mí, lo hacía en Juanín, y en su derecho y necesidad de tener una madre, y sabes de lo que hablo. Tener ese cariño que tú no sentiste. Y he de decirte que ahora me explico muchas cosas.
—¿Como qué?
—Mira que eres curiosona. Pues como tu frialdad al principio. No era indiferencia o desapego, es que apenas sabías recibir afecto. Y vuelves a estar acertada, fueron la señora Casta y Remedios las que echaron abajo ese muro de desamor que te aislaba de los demás y te hacía impermeable al cariño. Debió ser el verte reflejada en tu amiga lo que te sacó de esa situación. En el fondo siempre imitamos, y tú tuviste la mejor modelo en esos momentos, una chica incompleta, como tú te veías, que luchaba por ser querida y a su vez era correspondida. Y no creas que siento celos de ella, al revés, siento lo mismo que tú, un gran agradecimiento y afecto por toda esa familia que componéis.
—Me alegro, Mauro. No sabes cuanto. Pero no me has contestado a lo que te he pedido.
—Que era…
—Que me contaras una cosa que hayas hecho por amor recientemente. Las que hayas hecho por rabia o por egoísmo no me interesan.
—Eso sería ser parcial.
—Y a mí que me parece que tú no me quieres contestar porque estás en medio de una de ellas, una de las tuyas…
—¿Yo? Pobre de mí, si sólo vivo para la fábrica. Y más ahora que no está Antón —mintió el caballero como un bellaco—. Como siempre le he tenido a mi lado no sabía lo importante que era, ni la cantidad de asuntos que resolvía.
—Vamos que contar, no me vas a contar nada.
—Es que si lo hiciera, se me vería el plumero(5), y me daría mucha vergüenza. Hablando de vergüenzas, me puedes coger del brazo, aquí, en El Retiro, no es como en el barrio.
—A mí, eso no me importa. Oye, otra cosa, ¿No has mandado la foto esa a los diarios?
—Es que no puedo.
—¿Y qué te lo impide, si se puede saber?
—Que tengo que incluir una fecha.
—¿Qué fecha? —. Se extrañó Gertru.
—La del enlace matrimonial.
—¡Ah, claro! ¿Y no la sabes? —la ingenuidad y el candor de la joven volvían a relucir.
—Porque tú no quieres, porque por mí les diría mañana mismo.
—Está usted listo, caballero. Ahora que soy rica y voy a ser famosa…
—Es verdá, has hablado por la radio y todo.
—Como no sé lo que tienes entre manos, te voy a avisar de que no necesito nada. Tu silencio me hace pensar que soy yo la destinataria de lo que tramas, y eso hace que me sienta un poco incómoda.
—Para tu tranquilidad te diré que la beneficiaria del secreto que tú dices que tengo no es una sola persona, es una pareja de personas humanas —se mofó don Mauro.
—Tonto —protestó Gertru con la boca pequeña.
—No, una pareja no, sería mejor decir un trío.
—¡Ya lo sé! —exclamó la joven contenta y segura—. Antón, su mujer y su hijo. ¿A que sí? Por eso no está él en la fábrica, claro.
—Ah, no sé, no lo puedo descubrir, si no rompería el secreto y alguien se vería perjudicado.
—A ver, ¿dónde está Antón?
—Lo siento, no te lo puedo decir, Gertrudis.
—Entonces es que he acertado, y no lo quieres reconocer. Me alegro por Rogelia y Rafita. Parecen muy buena gente. Pero yo también tengo un secreto que no le he contado a nadie, ni a Reme siquiera.
—Ah, sí...
—Sí —. Gertru se puso encarnada y miró hacia los árboles.
—No tienes porqué contármelo. Yo no te he contado el mío.
—Ven —se soltó del brazo, le dio la mano y tiró levemente de él—. Nos sentamos en ese banco al sol y te lo cuento.
—Vamos —. Tomaron asiento y don Mauro también tomó las manos de Gertru entre las suyas—. Bien, pues cuenta si quieres.
—¿Sabes qué voy a hacer con el dinero que nos ha tocado?
—No, no lo sé —. Gertru dudó. Se tomó su tiempo y con la cabeza gacha y en un suspiro descubrió su secreto.
—Me voy a hacer un traje de novia —. A don Mauro, la declaración le cogió de improviso, pero a los pocos segundos, reaccionó.
—Muy bien. Eso quiere decir que te quieres casar.
—Supongo que sí. Es un sueño que siempre he tenido.
—¿Supones que sí? Y el afortunado, ¿quién es?
—Tú, tonto.
—¡No me lo creo, Gertrudis! —gritó en un susurro don Mauro—. No me lo creo —. Cuando la joven pudo mirar a los ojos de su prometido, éste ya acercaba su aliento al de ella, y ella sintió como si la empujaran hacia él. El beso fue suave y largo. Cuando acabó aquel momento que jamás olvidarían los dos, Gertru volvió a bajar la cabeza y a mirar sus manos entrelazadas otra vez. El deshizo el abrazo manual y con un dedo y delicadamente la tocó en la barbilla y acompañó su cabeza hasta que sus miradas se encontraron.
—Gertrudis, no debes sentir vergüenza por quererme. Yo también te quiero. Y no sabes cuánto.
—Ya, pero es que un beso así…
—Un beso es un beso. Para nosotros es muy importante, pero para los demás no. A ellos qué les importa. 
—Sí, pero si nos ve un guardia… —. Gertru se levantó del banco.
—Pues se paga la multa y ya está. Si tuviera que dar todo lo que poseo por el siguiente, no dudes que lo haría.
—Ya, pero entonces, no te lo daría.
—Bueno, pues ya podemos.
—¿Ya podemos qué?
—Poner fecha, ¿no? Tú te quieres casar conmigo, y yo contigo. Es todo lo que necesitamos. Y así puedo mandar a las revistas de sociedad todo para que lo publiquen.
—Soy muy feliz, Mauro.
—Yo también, Gertrudis. Nunca había estado tan ilusionado.
—Y yo nunca me he sentido tan viva. Sólo hay una sombra.
—¿Cuál? —preguntó preocupado don Mauro al haber desconectado totalmente con el mundo real.
—Mis padres, mi familia —. Gertru volvió a hincar la barbilla en su pecho en un gesto de tristeza. Don Mauro la abrazó y apunto estuvo de revelar también su secreto. Así, de pie, él abrazado a ella, lloró Gertru a sus padres —. Ni siquiera sé si viven.
—Seguro que sí. No estés triste. Eso tiene arreglo. El amor lo puede todo. Y tú y yo nos amamos.
—Ya está, Mauro. Ya se me ha pasado —medio balbució Gertrudis. Él, al ver sus lágrimas, volvió a sentir la tentación de contarle todo, pero sacó su pañuelo y se lo ofreció con gesto dubitativo. Ella se limpió las lágrimas que habían aflorado a sus ojos. Y él, con cierto paternalismo, pero con toda la dulzura del mundo, beso su frente.
—Te prometo que tus padres vendrán a verte a Madrí —. Ella, con una sonrisa un tanto amarga le amenazó.
—Cuidado con lo que prometes, Mauro.
—Te aseguró que sé de qué hablo —. Nada más decirlo se arrepintió—. Lo intentaré con todas mis fuerzas, te lo prometo.
—¿Qué pasa, que eres como ese investigador de los libros?
—¿Cúal? —preguntó don Mauro con la intención de alejar más la conversación de los padres de ella.
—Uno que es muy listo y tiene un nombre muy raro, y que toca el violín. ¿Cómo se llama?
—A mí no me lo preguntes —mintió.
—Si, era Sir Colan… Sir Colan… No, no, ése es el escritor. El personaje era… No me acuerdo. Pero el libro me le has dejado tú. Tenía un nombre extranjero, como el escritor.
—Bueno, ya te acordarás. La verdad es que leer te permite visitar muchos mundos que ni existen.
—Deberíamos volver, Mauro.
—Es que estoy tan a gusto aquí contigo.
—Ya, pero es muy tarde. Mira el sol. No quiero llegar después de que la Señá Casta cierre el portal —. El tiró de la leontina y consultó su reloj de bolsillo.
—Bien, pues vamos. Le pediré al cochero que se dé un poco de prisa. Tanto como el tiempo tiene cuando estoy contigo. Parece mentira la hora que es. Si parece que acabamos de entrar por la puerta de la Independencia. Una buena propina le convencerá.
—Vamos corriendo.
—Espera, mujer, dame la mano. Pero si queremos salir a la puerta de Alcalá es por aquí, no por ahí.
—Pues venga, corre, viejo —insultó una alegre Gertru.
—¿Yo viejo? Porque vamos de la mano, si no… Y además te voy a contar un secreto.
—Ya sabía yo que tenías uno.
—Yo le gano las carreras a Balín. ¿Qué te parece?
—Que eres un mentiroso.

———— o O o ————

—Tenemos que vaciar ya el brasero. Yo voy a seguir con lo que estoy bordando. ¿Recoges tú la mesa? —preguntó Carmina que, aunque no lo pareciera, a su edad, rayaba más con la inocencia de Gertru y Reme que con el egoísmo. Su admiración por su marido, a veces la cegaba.
—Sí, claro. ¿Y el brasero?
—El brasero ya sabes donde está.
—Ya, entiendo. Pero luego no te quejes de que hay ceniza hasta en la sopa —contestó Cirilo, aun con la seguridad de que ella tenía razón, porque era un desastre, por no decir descuidado en esos menesteres.
—Claro, es que como tú no limpias…
—Yo es que todo lo que hago intento hacerlo lo mejor que sé, o no lo hago, ya lo sabes —. Cosa que también era cierta.
—Tú no cambias, sigues igual de extremista y tan rígido como te conocí. Hay que ser un poco más flexible, hombre.
—Ya, como tú, ¿no?
—A mi me hA ido bien…
—Porque siempre has tenido detrás la rigidez y la consecuencia de otro. Eres tan flexible como tu uso del mayestático. Tu “tenemos que hacer” es tan maleable que por el camino hacia mis oídos se convierte en un “tienes que hacer”.
—Esa es mi prerrogativa. Ahora no digas que trabajas más en la casa que yo. Sólo me faltaba oír eso.
—Si no recuerdo mal, estábamos hablando de la rigidez de tu marido. Aunque por lo que decía antes, ese “hablamos” se ha debido de convertir en “hablo yo” y tú no de la flexibilidad, sino de las tareas domésticas.
—Venga, Cirilo, déjalo que estamos perdiendo un tiempo precioso. Luego se va la luz muy deprisa y no puedo coger la aguja.
—Luego no somos los dos los que estamos perdiendo el tiempo, “perdemos” se vuelve otra vez dúctil y se transforma en “pierdo el tiempo y no puedo coger la aguja”.
—Mira que te pones modorro con tus filosofías y la flexibilidad. Hay que ver.
—Has sacado tú el tema.
—Pues ahora lo escondo y se acabó. Me voy a mi salita. Y haz lo que quieras con el brasero, luego si tenemos frío…
—¿Tenemos?
—Si tenemos. El cubo de la ceniza está en la carbonera. Límpialo antes de usarlo, se pone de hollín hasta el asa. Si no, vas a poner todo perdido. Y no friegues los cacharros, luego lo haré yo, como todo en esta casa.

Querer y que te quiera alguien es una reacción química, además de una bendición humana. Un proceso aleatorio sobre el que no tienes control. Y el querer es, a veces, la pócima para no dar un portazo y bajarse a comprar tabaco, aunque no fumes, y no aparecer por casa en unos días. En ello hay dos riesgos, que si no fumas empieces para tranquilizarte y, el segundo, que nadie te garantiza que seas bien acogido a la vuelta, porque ya nadie se acordará del motivo de tu ausencia. Y me da igual que sea él o sea ella la que se baje a por una cajetilla. Otra posibilidad es confiar en la comunicación con tu pareja, en este caso más que afianzada después de tantos años conviviendo, a pesar de los vicios adquiridos que, a veces, evitan oír lo que no queremos oír, salvo que seas un obseso de la autocrítica, como le pasaba a Cirilo. Y el caso es que si aplicamos el concepto de flexibilidad contra su opuesto, la rigidez, en general y respecto a la condición humana, siempre ganaría la postura de Carmina, a pesar de que la razón, a lo mejor, no estuviera de su lado. Pero la razón es caprichosa e omnipresente, a veces está en diferentes sitios a la vez.

[Continuará]
  

(1)[Volver] Hoy por ti y mañana por mi. Según el Centro Virtual Cervantes aún hoy es muy usado, y eso que ya lo encontramos en El Quijote: «[...] —Déjese deso, señor —dijo Sancho—: viva la gallina, aunque con su pepita, que hoy por ti y mañana por mi; y en estas cosas de encuentros y porrazos no hay tomarles tiento alguno, pues el que hoy cae puede levantarse mañana, si no es que se quiere estar en la cama; quiero decir que se deje desmayar, sin cobrar nuevos bríos para nuevas pendencias[...]». Miguel de Cervantes Saavedra, Don Quijote de la Mancha II, 1615, cap. 65, pág. 1051, edición del IV centenario, RAE, Santillana Ediciones Generales, 2004.
(2)[Volver] El peseta. Los pesetas, haciendo concordar la moneda con el artículo masculino (¡cómo no!), es como se denomina a los taxistas en lenguaje coloquial madrileño, al menos. No sé si en otros lugares también se usa este término. Todavía hoy se dice aunque la moneda haya desparecido y haya mujeres taxistas. Por aquí se dice que “miran mucho la peseta”, y que son capaces de cualquier cosa porque marque el taxímetro una peseta más, ir despacio, dar un rodeo, entretenerte hablando, bajar la bandera antes de que te subas, etc. Hay comentarios de todo tipo, pero el mote es peyorativo, al menos, así nació. Yo lo recuerdo de mi más tierna infancia.
(3)[Volver] Murcio. DRAE, 2014, 23ª edición, entrada murcio: «[...] 1. m. [en germanía:] Ladrón o ratero». El lenguaje de germanías es «[...] la jerga usada por presos, criminales, etc [como lo define la RAE]. El término germanía significa ‘hermandad’ en catalán, (hermandades gremiales), y proviene de la palabra catalana germà, la cual tiene a su vez etimología en el latín germānus, que significa ‘hermano mayor’. El nombre se remonta a ciertas comunidades valencianas [como dice el DRAE]. destacadas por su rebelión contra la nobleza local en el siglo XVI, pasando luego a denominar su jerga. La jerga hablada por los delincuentes de otros países recibe otros nombres; por ejemplo, el lunfardo en Argentina [...]». Ya hablamos de ello cuando surgió la frase de “murcianos y gente de mal vivir”.
(4)[Volver] Confundir el culo con las témporas. «[...] La palabra témpora, usada generalmente en plural en castellano, témporas, es el plural del vocablo latino tempos-temporis, que significaba época, tiempo. En su acepción actual, ya aparece en Sebastián de Covarrubias en el Tesoro… (1611): ‘El ayuno que la Iglesia guarda en los cuatro tiempos del año; [...] y son como un diezmo que pagamos a Dios’. Poco más hemos podido encontrar sobre el origen de este dicho. La única explicación, que no carece de lógica, es la que me contó Julián Nieto, sacerdote palentino [...] asegurándome que era algo que había oído comentar, sin poder confirmar [...]: los tres días de ayuno, miércoles, viernes y sábado, de cada una de las cuatro témporas, los clérigos, además de ayunar, debían mortificarse con golpes de cilicio; se cuenta que un fraile al que no le sentaban muy bien los golpes [...] cuando llegaban esas fechas solía pedir explicaciones diciendo: ‘¿Qué tiene que ver el culo con las témporas?’, dando a entender que no había que confundir [...] el deber religioso con golpearse el culo.  [...]».  Abecedario de dichos y frases hechas, 1999, Guillermo Suazo Pascual, Google Books, refrán 151, pág. 96.
(5)[Volver] Vérsele a uno el plumero. «[...] El origen lo encontramos en los llamativos penachos de plumas que coronaban los gorros de los integrantes de la Milicia Nacional, un grupo de voluntarios que surge en 1812 para la defensa de la causa liberal en España. Los absolutistas no estaban de acuerdo en la creación de este movimiento, lo que pronto hizo que surgiese esta expresión en las discusiones políticas que se llevaban a cabo en la época; indicando que se sabía que alguien era o no de ideas liberales por sus discursos, asociando
entonces el plumero a éstas, y derivando en el uso actual [...]», fuente: aulafacil.com. Lo explica también José Mª Iribarren en El porqué de los dichos, (ed. Aguilar, 1955), pág. 258, aunque se alarga un poco más, precisa: «[...]. En los periódicos conservadores de finales de siglo solían aplicar la frase en cuestión a los políticos que asomaban la oreja liberal. En uno de ellos aparece una caricatura de Sagasta, tocado con el morrión de miliciano nacional, y al pie esta burla: ‘¡Don Práxedes! ¡Que se le ve el plumero!’ [...]».

19 comentarios :

  1. Parece que las cosas se van "componiendo"... Así tiene que ser porque en este tiempo hemos tenido bastantes "desconches" y si queda poco a la historia, que sea feliz... Lo de las témporas no sabía el significado...
    Bueno, estoy ya con la maleta en la mano dispuesta a cruzar el charco por unos días. Espero que no nos pase como a los pobres asturianos, ja, ja...
    Muchos abrazos, J.C.

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    1. Sí, ya únicamente queda el desenlace. Me alegro de tu viaje porque parece ser de para disfrutar. Así que, que te vaya fenomenal. Un saludo, buen viaje y gracias, Ligia. JC.

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  2. Menos mal que la vida evoluciona y cada vez son menos los que se dejan engañar por las ideas de los curas.
    Lo de "que tiene que ver el culo con las témporas" era un dicho muy de mi padre.
    Qué "fresco" el taxista. Ligia, cuidado con "ellos" jajaja.
    Hasta el lunes, abrazos. J.C.

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    1. Ja, ja. Es verdad, que tenga cuidado con los "pesetas", aquí en Madrid llamamos así a los taxistas. Los curas son "ganao" aparte, algunos dignos de admiración y otros de cárcel. Hasta el lunes, Varinia, y gracias. JC

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  3. Tengo que confesarte que tengo alguna "lagunilla" en el relato...no por falta de ganas de ponerme a ello sino porque mi tiempo en vez de estirarse parece encoger...
    Sin embargo el relato me engancha aunque pierda parte de las aventuras de algunos personajes, siempre aprendo algo con las curiosidades que cuentas o tu narración de acontecimientos que me llevan directa a mis recuerdos de infancia ( o de mis abuelos, como ese billete de 25) o curiosidades como los coches de punto, que si me preguntan por ello en un trivial seguro que pierdo..jejejee
    me quedo con tus reflexiones finales sobre los misterios del querer y el convivir..
    gracias por tu constancia, un motivo mas para aprender contigo..
    Besos

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    1. El tiempo es como la ropa, jaja, ¡cualquiera se pone una prenda comprada en la adolescencia! Posiblemente vayas a la moda, pero encogido. Gracias, Lola, yo he aprendido mucho con vosotras, te lo aseguro. Un beso. JC.

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  4. Hay que poquito nos queda para el final......, que emocionante!!!!.
    Esta semana se me va a hacer muy larga ja ja ja
    Besitos.

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  5. Muchas gracias, Rubí. A mí me parece mentira haber llegado hasta aquí. Un beso, JC.

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  6. Me encantan tus relatos y me da una penita que se acaben... El de hoy fantástico todo va poniéndose en su sitio y las parejas no pueden ser mejores cada una a su manera como debe ser. Siempre nos sacan más de una sonrisa. Gracias y hasta el lunes.

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    1. Y a mí me encantan tus comentarios. Gracias a ti siempre, pero no "termina" de "acabarse", jaja. En la última entrega del lunes 8 os doy una pequeña "sospresa" y espero que os guste. Un saludo, Mar. JC.

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  7. Pues ya estoy deseando de disfrutar de la sorpresa del lunes.
    Sólo felicitarte por este capítulo donde expresas perfectamente, los sentimientos de los personajes, todos humanos y tiernos. Y los "pesetas" siempre han existido y exisistiran.
    Feliz semana, menos mal que es martes,un día menos.
    Chary :)

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  8. Ya no queda nada, dos lavadoras unas cuantas comidas, muchas puntadas (jaja) y ya estamos a lunes, verás. Muchas gracias, Chary. Tu fidelidad, como la de Ligia, me admiran y abruman. Saludos, JC.

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  9. Un capitulo sumamente ilustrativo, como todos, pero en ésta ocasión JC voy a destacar un punto que me agrada bastante. El punto humorístico. Ese toque viene muy bien en cualquier lectura, la ameniza, la hace más dúctil a mi parecer. Hoy en día inmersos en toda una serie de “problemática” la gente necesita evadirse, tener una válvula de escape, que al menos por un rato les haga olvidar las penurias propias y ajenas. Algunas personas se quejan de la falta de humoristas, “como los de antes” Bueno, cada uno tiene su punto de vista. El mío, en definitiva considero que a todo el mundo le viene estupendamente, leer, entretenerse y pasarlo bien, como ocurre en éste caso, a las blogueras, con tus relatos.Gracias por ello.
    Pues nada, esperamos el próximo con impaciencia.
    Saludos.

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  10. ¿Qué decir ante tu comentario? Que estoy de acuerdo, que el humor no sobra ni en la tragedia, y menos en la diaria. Por otro lado veo que lees entre líneas, lo que también se agradece. Gracias, Nita, hasta el lunes. JC.

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  11. ¡Acabé! Gracias a ti por seguir escribiendo (o paseando, o ambas).

    Para mí, lo mejor los personajes de Joselillo y Balín y su frescura.

    Cq.

    Pd. ¿Has visto cuántos comentarios te había escrito hasta hoy? Sí, 33.

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    1. En efecto, parece que te persigue, jaja. Gracias, CQ.

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  12. Después de esta confesión de Gertru, la alegría que va a sentir al ver a sus padres va a ser infinita!
    Me encanta Reme y su ingenuidad =)
    ¡Qué bueno es querer y que te quieran!
    Gracias de nuevo JC por estos momentos.
    Besitos

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    1. Ya estás ahí. Gracias, Amanda, JC.

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    2. Ya estás ahí. Gracias, Amanda, JC.

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