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viernes, 19 de agosto de 2016

Cesta con bolsillo

La verdad es que no estoy en momento cesta, ustedes me van a perdonar pero tampoco estoy en momento escritura.

No soy de excusas, no me gustan nada, insisto en que el tiempo lo administra cada uno, y ahora estoy enganchada a un proyecto que me absorbe y al que me dedico en cuerpo y alma. Tranquilos, pronto lo comparto.

Bien, que me pierdo, mi hija me pidió una cesta en tono pistacho y yo, como no, rauda y veloz se la hice.

Tan veloz que se la di sin rematar el forro, y cuando fue a estrenarla, toda apenada me mandó una foto por washap con la cesta "rota".

Tranquila, el próximo día que vengas a casa en un pis pas te la remato.

Cuando no se está en lo que se debería, pasan estas cosas.

Y sigo coso que te coso...

lunes, 15 de agosto de 2016

CAP. 14 . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . Andanzas y tropezones de Dikembe Biyombo











De cómo estuve a punto de servir a dios

e decía en la anterior que alguien que no ha pisado una casa de ladrillo no se imagina que hay que mantenerla. Y, aun teniéndola, alguno de vosotros no lo sabéis al comprarla. Cualquier propiedad, requiere cuidados y mantenimientos si quieres conservarla en buen estado. Y cuanto más grande y representativa, más obligaciones. Incluso legales. Y a mí, con el tiempo, me tocó ser bracero, aguador, recadero, lavandero, barrendero. En fin, todo menos criador de cerdos y viticultor. Una de estas actividades que jamás olvidaré fue la de pintor. A mi jefe espiritual se le ocurrió remozar y encalar el almiar. Y como yo era el que estaba más cerca, pues me tocó porque llevaba todos los números. Al yo preguntar, me explicó en qué consistía la labor: reparar grietas y desconchones y luego enjalbegar. Pero, claro, me dijo en qué consistía, pero no cómo iba a desarrollarse la chapuza. No me enteré muy bien, pues en aquel entonces el verbo enjalbegar no lo conjugaba muy bien. De todas maneras, yo creí que se refería al interior y no entendí porqué me hizo coger unas sogas antes de empezar la ascensión. Yo estaba un tanto ilusionado porque nunca me había dejado subir las escaleras tan empinadas que él subía cinco veces al día para recordar a los fieles que debían cumplir con las ordenanzas de Mahoma en cuanto al rezo. Íbamos a media ascensión, y ya me había arrepentido de
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tener la mínima inquietud por subir. Él, con las manos libres, se conocía las alturas, las grietas y las faltas de cada peldaño. Pero yo, cargado como iba, no. Así que tropecé varias veces y, al menos una, llegó la sangre a correr por mi espinilla. Fue ya arriba que supe de mi error. Y si me sobresalté por ello, peor fue cuando miré por encima del murete hacia el suelo. El miedo se convirtió en terror cuando entendí para qué eran las sogas. Según el imán era muy fácil descolgarse atado con un cubo lleno de cal y agua en una mano y en la otra una de las escobas. Difícil no parecía, pero peligroso sí. Bajé a por los demás utensilios y, a punto estuve de no subir por4 el temblor de piernas y de ánimos. Vamos que tuvo que llamarme varias veces porque me senté en el primer peldaño. Mis piernas, o mejor dicho, mi mente no quería comenzar la nueva ascensión. La demora y la cara con la que llegué arriba obligó a mi tutor a recordarme aquello que tanto me decía y me deseaba: «Alá te protegerá». Entenderás que me pusiera todavía más nervioso, porque si era Alá quien me tenía que proteger lo llevaba clarinete, como dicen tus hijos. Podemos engañar a cualquier humano, pero a cualquier dios no. Esos lo saben todo, como en aquel momento recordaba por las enseñanzas del padre Pierre y Mayifa. Si cualquiera de los tres dioses sabía lo que su siervo Dikembe hacía para comer, más que protegerme, lo que haría sería castigarme por mis ardides y sacrilegios. Estos pensamientos me hicieron dudar más de lo recomendado ante un axioma musulmán. Y en ese ínterin, se pudo leer en mi rostro el terror que sentía ante el trabajo que me proponía con tanta naturalidad para él como inseguridad para mí. La verdad, aquel momento lo recordaré como el primero en echar en falta una fe, que, por otro lado, nunca he depositado en ningún dios. El caso es que no quedada otra alternativa que la mentira tras la pregunta: «¿Acaso dudas de Alá, Dikembe?». Me jugaba el cocido. Había que apechugar, ¿no? Eh bien, c'est ça, mon ami. Y le mentí. Le contesté que no, pero me encontraba un poco mareado después de subir dos veces seguidas las altas escaleras de caracol, que no estaba acostumbrado. Pero que con el aire que corría por allí arriba ya se me pasaría pronto. Y añadí, para tranquilidad de ambos, que confiaba plenamente en Alá el Grande. Y ahí me tienes, anudando una soga a mi cintura y con las piernas más flojas que mi fe en cualquier dios. Entonces Abd al-Rahman me dio otro respiro: «Espera, muchacho, antes debes hacer la mezcla de cal, arena y pintura para encalar. Si no, para qué los has subido». Para alargar la tregua, me enredé con la soga y le contesté que estaba tonto y admirado por la belleza de la creación de Alá. Y ya con eso se le fue cualquier residuo de titubeo que pudiera tener mi maestro sobre mi actitud religiosa. Tuvo que darme un último empujón después de remover y remover yo la mezcla con el palo de uno de los escobajos. Riendo me dijo que había que mezclarlo pero no marearlo. Me disculpé:
«Es que nunca lo he hecho». No sabía como alargar mi estancia sobre suelo firme. Pero ya era inmediato e ineludible encaramarse al murete. Y, después de revisarme yo los nudos de mi cintura y atar él la soga a un gancho, me subí mientras él sujetaba la cuerda y yo prometía a Alá que si salía de esa iría a La Meca, a Yhavé hacerme monje y a Imana sacrificar un cordero en su honor. Y, aunque no me creas, sentí un poco menos de terror al notarme suspendido y dependiente del almuédano que hacía verdaderos esfuerzos por sujetarme. Tenía claro que uno de mis tres promesas era la correcta. Yo antes no conocía más que esas tres religiones. Sin embargo no creía plenamente en ninguna. Cosas de niños, porque, realmente, el único que me protegía era quien me gritaba desde arriba del almiar: «¡Más rapidito, Dikimbe. Que nos va a pillar la próxima llamada a la oración!». Qué más quisiera yo, pensé. Y él siguió con sus intentos de tranquilizarme: «No te preocupes. Venga, rápido. Mira, ahí te has dejado un trozo sin pintar». Y al señalarlo estornudó y se le escurrió un poco la cuerda. Como decís por aquí se me pusieron de corbata y se me cayó el escobón con la que manchaba la pared. «Maestro, no mire al sol», le recomendé. Porque en la aldea donde crecí jugaba con mis amigos a los estornudos y los provocábamos al mirar al sol. Al quedarme sin herramienta tuvo que subirme a pulso y darme otra. Y, claro, al verme la cara, volvió intentar quitarme los miedos. «Tranquilo, hombre, que la soga es más corta que el minarete». Pero a mí me daban igual las medidas. Y más al mirar hacia abajo. «Te iré dando cuerda después de dar una vuelta completa, así podrás pintar en anillos. Luego volveré a deshacer la vuelta y así hasta que llegues abajo. Y cuanto más alto sea el trozo que pintes antes acabaremos». Y la pregunta se me vino a la boca y le grité: «Y si al maestro le pasa algo, ¿qué hace el discípulo?». Su respuesta fue clara y contundente: «Orar el tiempo que pueda, pero recuerda que no podrías entrar en la Yanna (1) si no fuera por mí». Tenía toda la razón del mundo, si no fuera por él, no estaría colgado ni fingiría ser musulmán. Y asumí la situación. Qué remedio. Con mi gran envergadura no tardé en dar mi primera vuelta. Después de la segunda escuché la voz de la experiencia: «Cuando se te acabe el cubo, en vez de subirte te bajaré. Luego subes por la escalera, haces otro cubo de revoque y, sin tocar lo pintado sigues». Tal cual ocurrió. Ataqué las restantes vueltas hasta que mis pies rozaron el tejado plano de la mezquita por segunda vez y acabé de una pieza mi trabajo al aire libre. No fueron los momentos que más miedo he pasado en mi vida, pero casi. Eso sí, me sirvieron de mucho. Por el acto en sí y por lo mucho que lo exploté. Lo primero que dije cuando nos juntamos abajo otra vez, después de él llamar a la oración, fue: «¿Maestro, tengo o no tengo fe en Alá?». Así terminé por ganarme la voluntad de aquel hacendoso y buen hombre que no sé si se sentía más orgulloso de mí  o del minarete. Aunque yo creo que fue por él mismo al haber convertido en un buen musulmán a un infiel. De tal guisa que en la clase nocturna, me regaló su Corán. «Toma, Dikembe, así se usará más tiempo para lo que fue concebido». Y no solo eso, sino que al día siguiente, viernes, divulgó durante su khutbah(2) entre la feligresía que yo sería quien le reemplazaría. Lo cual me asustó más que pintar el almiar del que todos dijeron algo bueno. Tampoco consideré un éxito llegar a ser el guía espiritual de aquellas gentes, pero para mí era una perspectiva agradable y tranquilizadora, tal como firmar vosotros un contrato laboral en el que os hacen trabajador fijo, pero que en definitiva es una ilusión. Creí que al fin tendría un futuro. Y pensé en Mayifa, pero enseguida distraje el pensamiento porque no estaba yo muy seguro de que le gustara mi futuro cargo. Pero había dejado uno peor, ¿o no? Eh bien, c'est ça, mon ami. Al menos la comida y el cobijo estaban asegurados por dar unos cuantos gritos al día y mandar a otros a hacer las cosas. Y, además, como entre los musulmanes no está contemplada la figura del intermediario entre dios y sus hijos, poco más había que hacer salvo buscarse un paria como yo para que se hiciera cargo del mantenimiento de la mezquita. De aquesta forma, como diría Cervantes, llegome tranquilidad y seguridad. Al menos esas eran mis sensaciones. Ahora mismo podría estar allí, ya envejecido e inhabilitado para subir los ciento setenta escalones cinco veces al día, para llamar a la oración a una veintena de fieles y otras tantas mujeres, algo que ya sabían de sobra que era su obligación. Pero, el diablo estaba detrás de la puerta(3) . De nuevo la suerte me negó su favor y entró en danza para modificar el curso normal de los acontecimientos. Un día de aquellos ya rutinarios apareció otro viajero por la puerta de la mezquita. Este hombre, ya entrado en años como mi maestro, pero sin ser viejo, nos dio una noticia que cambiaría tanto el futuro de Abd al-Rahman como el mío. Después de los consabidos “Salam malekum – Malekum salam” el forastero se presentó como Nadjim Asad y cuñado de mi bienhechor. Y contó que le había costado un año entero encontrar al hermano de su esposa que, por desgracia, había muerto de fiebres dos años atrás. El hermano se tomó con cierto escepticismo y pesar tanto el matrimonio como el fallecimiento de su hermana. Más tarde me lo comentaría él mismo, y agregaría que su hermana era muy rarita y muy fuerte. No soportaba a extraño alguno y menos si eran hombres, a los que dejaba en evidencia por el vigor que tenía. Pero el caso es que todo lo que contaba el viajero cuadraba con la vida de Raissa, al menos, la parte que concernía a mi maestro, como también me contaría al preguntarle yo por su cara de extrañeza al recibir la mala noticia. Aunque terminó por quedar convencido tras varias sobremesas en las que Nadjin relató detalles y vivencias entre los al-Rahman, de cuando eran niños. Cosas que según él solo conocían sus familiares cercanos. Por lo tanto no tuvo más remedio que aceptar al recién llegado como parte de su familia. Si bien, el familiar nunca aportaría prueba fehaciente alguna del parentesco político. Quien no quedó convencido fui yo, que intuí que aquel advenedizo quería quitarme mi herencia, mi trabajo y mi seguridad. Desde el primer momento y sin saber quien era yo, ni mis aspiraciones, ya nos caímos mal. La desconfianza entre uno y otro crecía según pasaban las lunas y más al enterarse de mi futuro. Estas suspicacias, como no podía ser de otra manera, violentaban sobremanera al titular de la plaza, porque también él intuyó con el paso del tiempo que aquel supuesto hermano político buscaba un sitio donde caerse muerto y, entre tanto, aprovecharse de las circunstancias. Tanta adulación a Abd al-Rahman y tanto desprecio hacia mí, así como mis razonamientos interesados sobre cómo enterarse de la vida de alguien, hicieron mella en el criterio del almuecín. Cuando este no estaba presente dábamos rienda suelta a nuestras desavenencias y llegábamos a los gritos. Y nos espiábamos mutuamente. Yo por miedo a perder lo que tenía y el por poseerlo. Según su planteamiento él tenía más derechos que yo, pero según el mío yo sería el elegido: «Eso lo veremos, mierdecilla», solía decirme. No sé lo que él descubriría en sus pesquisas porque no había nada ni nadie que, salvo yo mismo, me conociera. Pero yo, una mañana de las muchas que salía él, no sabía a qué, y aprovechando la segunda llamada a la oración, entré en su habitación después de cerrar con llave la puerta de la mezquita que siempre permanecía abierta. Tan solo descubrí en un rincón unos hatos de ropa. Los deshice y no encontré nada raro salvo herramientas para escribir. Pero en el jergón gemelo al mío, debajo de la manta, di con un escrito arrugado, como si alguien se sentara sobre él, a medio acabar. Leí todo, pero solo entendí parte porque estaba escrito en árabe. Era una especie de presentación. Esa carta la volvería a ver, unos días más tarde, todavía más arrugada, sucia y completa. Cuando se la entregó a su cuñado, poniendo como excusa, sobre la tardanza, su creencia de haberla perdido, no dudé en ningún momento: Nadjin Asad era un impostor. Y más cuando dijo que estaba escrita de puño y letra del imán de su pueblo. Yo contesté que eso lo decía él. La discusión no fue a más porque intervino quien intervino. En ese momento el parecer de mi maestro y el mío divergieron respecto a la verosimilitud del extranjero. Él creyó a pies juntillas el escrito y yo supe tanto de la falsedad del documento como del personaje. Otra de las situaciones que coincidieron con la llegada del farsante fue la visita casi diaria de uno de los fieles que solo aparecía los viernes. Y aparecía siempre con la intención de hablar en privado con el muecín. Yo no me atrevía a preguntar qué pasaba, porque, al poco, todos los vecinos imitaron al primero. Aquello se convirtió en un ir venir que ya hubiera querido la calle principal del pueblo. Mi curiosidad se vio una noche saciada durante la noche. Nuestro anfitrión compartió con sus dos invitados lo bien que el recién llegado se había ganado a los vecinos del pueblo, que todos hablaban maravillas de él, salvo uno. Entonces imaginé donde y qué iba a hacer todas las mañanas, pero guardé silencio. Él, en cambio, sonrió y alabó a Alá y a su profeta. Y mi maestro añadió que estaba bien que un almuecín tuviera de su parte a los fieles porque así cumplirían mejor con los preceptos divinos. El muy ladino había hecho campaña, como dirías tú, entre los votantes. Siempre hay alguien más preparado que tú para el engaño que, además, te toma la delantera en tus fechorías. Un día cayó enfermo quien no debía porque desde su jergón y ante mí, sin poder dejar de tiritar, rogó a mi enemigo que se hiciera cargo durante su convalecencia de llamar a la oración, que él no se podía mover de la cama, le dolían todos los huesos y era incapaz de subir un solo peldaño de escalera. Y esa misma noche, al cenar el encargado oficial y yo solos, me ofreció seguir en mi puesto cuando él se hiciera cargo de la mezquita. «Que te aviso, no será más allá de ramadán, si no es antes». Entre ese comentario y la prohibición de no dejarme llevar los alimentos al enfermo deduje, como Gila, que alguien estaba envenenando a alguien. Y me lo confirmó un fiel que se acercó a hablar con Abd al-Rahman y que al no poder hacerlo por expresa voluntad del almuédano de turno departió conmigo no sin rogarme que nos alejáramos un poco de los muros de la mezquita. Vino a contarme, en resumen, que aquel que había ido a hablar con él una mañana, no hacía mucho, no era otro que un libertino y disoluto ladrón que se había topado en su estancia en el pueblo de sus primos y del que todo el mundo huía por miedo y por vergüenza. No era trigo limpio, pero no se llamaba en aquel entonces como decía, sino Abdel Hadi el Divino. Se le apodaba así porque cuando se emborrachaba le daba por recitar versículos del libro santo en voz alta. Por ello nadie podía decirle nada. Incluso se hablaba en la ciudad de que era él quien se fabricaba el licor con el que incumplía el mandato divino de no beber alcohol. Sí, le contesté yo. Y cité: «Te preguntan sobre el vino y los juegos de azar. ‘En ambas cosas hay un gran pecado y también algunas ventajas para los hombres; pero su mal es mayor que sus ventajas’(4) ». Para algo debían servirme las clases de Corán, ¿no? Eh bien, c'est ça, mon ami. A pesar de decirme que no estaba seguro del todo, quería avisar de ello. Que le había costado decidirse pero que, al final, su mujer le había convencido porque a ella también se lo parecía. Le tranquilicé y le prometí que haría llegar sus palabras a nuestro imán en la primera ocasión que tuviera. Y el asunto es que ni lo hice ni pude hacerlo. No lo hice porque lo veía todo perdido. Y no pude porque, en las contadas ocasiones que le veía, estaba sumido en una inconsciencia tal que ni conocía. Nadjin informaba a diario del estado del convaleciente. Decía que cada día iba a mejor, y no nos dejaba verle porque según él podía ser una enfermedad que se contagiara. Pero no desperdiciaba ninguna ocasión para hacer méritos al añadir que con uno que se sacrificara ya valía. Que nadie del pueblo debía entrar en contacto con la enfermedad porque se propagaría como la langosta. Y que en último caso, cerraría la mezquita y solo seríamos tres los perjudicados. Lo que no sabía el muy canalla es que yo me colaba en la habitación de Abd al-Rahman porque tenía otra llave de su cerradura. Y de que estaba mejor nada de nada, estaba cada vez más ido. Hasta que se fue del todo. Por aquel asesino no soy yo muecín. Claro, que podría ser producto de mi imaginación y ser todo un cúmulo de circunstancias que, al fin y al cabo, no sería otra cosa que la vida. ¿Pero no tenéis aquí un refrán que reza: Piensa mal y acertarás? Eh bien, c'est ça, mon ami. Por ser malpensado y miedoso me alejé o me alejaron de aquella vida regalada. Le comuniqué al nuevo almuédano, confirmado por los fieles en el funeral de Abd al-Rahman, que había sentido la llamada de Alá el Grande. Me pedía recogimiento. Con lo que me iba a convertir en un morabito más. Por ello, partiría nen breve con el camello en el que todos me habían visto llegar. Eso se lo aclaré por si las moscas creía que Hamal pertenecía a los bienes de la mezquita. Aun así su contestación me dejó helado pues cuestionaba tanto la propiedad del animal como mis intenciones de asceta. Si bien tenía razón en lo segundo, no así en lo primero que en realidad era lo que me importaba. Le aduje que yo había llegado allí montado en ese animal y que en él me iría. Tanto me encendió su actitud que, olvidándome de que era un asesino, le espeté que solo me faltaba permitir también el robo del camello tras el hurto del humilde califato de Um Dukhun. Y me atreví a ir más lejos. Me apoyé en vuestro refrán: Calumnia que algo queda. Le dejé claro quien yo creía que era y lo que había hecho. Y que estaba dispuesto a pregonarlo a los cuatro vientos. De haberme visto Mayifa en esos momentos se hubiera sentido orgullosa de su nieto. Pero no me movía la valentía, sino la rabia. Y mi ciego ataque tuvo recompensa. Aquel tipejo debió pensar que si yo desaparecía también resolvería un problema. En fin, que cedió en su intento de robo a cambio de  estar tranquilo y perder de vista a un enemigo. Además, si sus fieles me habían visto llegar en camello no podría él negarlo ni aducir añagazas. Y él sabía, como yo, que los ingresos de la mezquita dependían de los vecinos del pueblo salvo que resucitara aquel que hizo construir el templo. Y así, un día salí de la mezquita mejor que llegué, montado en Hamal y con el Corán que me regalaran. Nadjin había registrado mi habitación y se había hecho con todas las llaves. Menos mal que el registro de celdas me pilló con el libro entre las manos en la sala de oración, aunque no rezaba, sino que pensaba mientras hacía aquello que mejor sabía hacer: mentir y disimular. Eso sí, salí con hambre y sin ningún avituallamiento, no fuera que las hubieran envenenado como último acto de venganza. Rechacé todo lo que me ofreció, pese a que no fuera mucho. Si hubiera podido elegir en la despensa, sí me hubiera provisto de víveres, pero aceptar cosas concretas de sus manos ni se me ocurrió sabiendo lo que creía saber. Con mi pellejo vacío de agua me fui al pueblo, quería hablar con aquel vecino que me contara sus dudas sobre el Divino. En el pueblo le encontré y le conté todo lo vivido en la mezquita desde la llegada de Abdel Hadi, como él le conocía. Bon, todo lo malo referente al advenedizo, claro. El buen hombre me felicitó por la decisión tomada. Incluso me cambió por uno suyo mi pellejo de agua. Y aunque me negué no pude más que aceptar sus favores, consejos, su agua y sus pobres viandas que compartió conmigo. Me dio indicaciones de donde encontrar más agua y la dirección hacia una aldea no muy alejada. Inicié mi nuevo deambular más tranquilo, pero con el 

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desasosegante sentimiento de que me habían robado un futuro. Un porvenir si no feliz, sí cómodo y seguro. Eso sí, ya te lo he contado, aprendí que siempre hay alguien más listo que tú, alguien que está dispuesto a llegar donde tú no te ves capaz. También supe que yo no podría matar jamás a nadie. Eso también lo tenía claro, aunque estaba dispuesto a hacer cualquier otra cosa por sobrevivir. Aquel convecino me había dicho que, si me daba el sol de mañana en la espada y en la cara el de tarde, en diez jornadas, a la grupa de mi camello, llegaría a otro pueblo más grande que Um Dukhun. Y aunque no podía darme raciones para tantos días, también sabía que en el trayecto podría encontrarme con un oasis. Allí, aparte de agua, conseguiría hacerme con algunos dátiles y alguna raíz para proseguir camino. «No cojas todos ni dañes nada», fueron sus sabías palabras. La primera tarde de viaje, al ver cómo se ponía el sol, pensé en no tener en cuenta el oasis y cuando parara a dormir hacer una valoración de mi despensa con el fin de alargarla para los diez días. Lo cierto es que tenía miedo de no encontrarlo. Fui incapaz de engañarme. No podría subsistir durante diez días con aquellos regalos. Tuve que incluir el oasis en mis planes y reconocer que si no lo encontraba no llegaría a ningún sitio. No obstante, comí y bebí prudentemente, la ración mínima para poder seguir el día siguiente en busca de las palmeras. Aunque no era la primera vez que sentía la más absoluta soledad, aquella noche me atrapó y me dormí entre sollozos, envuelto en la manta que Hamal llevaba debajo de la silla. Y pensé que siendo yo un hombre y él un animal le necesitaba yo más a él que él a mí. Y no solamente para ir más rápido y descansado. Ahora veo irónico que un animal racional, el todopoderoso hombre, dependiera de un bruto. Pero ni fui el primero ni seré el último.





Relata Dikembe que sintió la soledad más absoluta. Y le creo. Quien la ha sentido nunca deja de lado ese agujero negro. Siempre intuye y reconoce el desamparo que conlleva. Es una neblina que te humedece hasta la esperanza y que, incluso, la pudre. Te obliga a no ver más allá de tu ahora porque en la soledad nada cabe, nada hay. Es un sentimiento individual y no recíproco. Tiene su origen en el desamor y la imposibilidad de ser valiente para, apoyándote en ella, llegar a ser quien puedes, pero no quien quieres. La soledad solo lleva a la tiranía. Y la tiranía a la soledad. La compañía ni debe ni puede imponerse. Únicamente  puede desearse. Y dar, si es que eres capaz de estar cuando te has ido. La soledad es un canto desesperado a la tristeza. Y sus notas son jirones de una partitura que nadie recuerda. Un pentagrama que está ahí donde debía estar quien esperas que esté. Y, en cambio, encuentras ese vacío húmido y déspota que te manosea el alma con manos pantanosas, conciencia que se seca al sol del ayer o del pudo ser y no fue. Entiendo a Dikembe de la manera que se me antoja. Ahora bien, de una forma absoluta. Empero tras esa soledad insondable, recupero una voluntad que yo he perdido en algún punto del camino. Ah, pero juego con ventaja, sé como acaba su historia. Tu crónica, lector, por el contrario está por escribir: ¡Huye de la soledad!






No tuve que emplear los conocimientos que aprendí de Wahid Okoye porque viajé siempre de día. Cierto es que por el desierto se viaja peor con sol que con luna, pero por el contrario se duerme mejor. Además nunca me he podido quedar dormido, y es una exageración, con luz, salvo que estuviera reventado. Y, a pesar del cansancio, no descanso el mismo tiempo. Cada vez que comía me ponía de mal humor, al contrario de lo que me pasaba y pasa normalmente. Y es que en ese momento veía que las provisiones mermaban más rápido de lo que yo necesitaba, a pesar de que las raciones que me permitía me dejaban con hambre y más débil. Pensaba que si me pasaba allí, en medio de la nada, lo mismo que ocurriera junto a la mezquita, nadie habría para socorrerme. Si no encontraba el oasis lo iba a pasar muy mal para llegar a algún lugar civilizado. Y es un decir. Cuatro jornadas llevaba ya de camino y lo único que se veía era lo que se tenía que ver: arena y más arena. Y mejor que estuviera calma, porque si se aliaba con el viento sur no te quiero ni contar. Quien no ha sufrido una tormenta de arena no sabe lo que es, como tantas otras cosas mejor no conocerlas. Solo ves dunas que, cuando las atraviesas, no te dicen nada, parece que transites siempre por la misma, como si anduvieras por una cinta continua de arena caliente. El calor no viene solo de arriba, sino también de abajo, de detrás y de delante, de la izquierda y de la derecha… He de reconocerte que en los momentos difíciles me ha sonreído la suerte. Y en este caso también lo hizo. Llevaba ya siete días de marcha. Ya no podía dividir más el rancho ni el trago de agua que quedaba en el pellejo cuando a media tarde divisé el tan ansiado oasis. Aquel campesino tenía razón. Hay que tener amigos hasta en el infierno. Yo tengo alguno y también enemigos, como Dante. Primero arreé sin necesidad a Hamal y luego, tras descabalgar, hice lo mismo que él una vez libre de carga, metí la cabeza en el agua. Tumbado como estado boca abajo y una vez saciada la sed y olvidad la angustia, roté sobre mí y contemplé el cielo azul a la sombra de tres palmeras. La visión también me tranquilizó. El sol estaba ya muy bajo, pero todavía no dejaba ver las estrellas. Pero yo sabía que estaban allí, agazapadas tras su luz. No había caído hasta ese instante, pero si adoptas la postura que yo tenía, dejas de ver la sempiterna arena y el azul te refresca la mirada. Y pasé tan buen rato que no me di ni cuenta del cambio tan drástico de panorama. Cuando me levanté, en el cielo brillaban millones de estrellas, tantas o más que granos de arena había contemplado de día. Lógicamente pasé allí la noche y cené dátiles recién cogidos. Trepar nunca se me ha dado mal. Ya sé que ya no, pero seguro que, aún hoy, trepo mejor que tú, y más si lo hacemos por palmeras. Tuve en cuenta el consejo de mi amigo y no cogí más de lo que necesitaba. Es decir, que no me harté. Decidí descansar. Dejé para el día siguiente el avituallamiento. Y me dormí enseguida, atado y muy cerca del camello al que también noté satisfecho después de un recorrido por las matas que teñían de verde el contorno de la charca. Él no dejó para el mañana lo que pudo hacer ese día. Me desperté cuando el sol ya había asomado, pero no hice nada. Me quedé arropado hasta que la manta me estorbó. Y ya con más calor que frío se me ocurrió zambullirme en la pequeña laguna que daba vida a un pedacito de infierno. Y así lo hice sin guardar el respeto debido, ¿pero quién me decía a mí que no lo habían hecho otros antes? Me quité los pantalones cortos y mi camiseta, o lo que quedaba de ella, y luego volví a ponérmelas porque pensé que también se merecían un buen baño, que quizá fuera el primero y el último que vivirían. Hoy recuerdo con cierto triunfalismo que fueron mis primeras vacaciones. Con la mente en blanco y medio sumergido en el agua, me olvidé de todo y de todos. Hasta de mi abuela Mayifa a la que siempre tenía en mente y en el corazón. Y, mira, quizás haya llegado el momento de confesarte el motivo y el modo por el que Dikembe vino a este mundo. Y no lo digo en términos alegóricos, sino reales. Pero, espera, que ya es mucho lo escrito hoy, mejor lo demoró. ¿Vale? Así te dejo un tanto intrigado que, mira tú por donde, lo consigo muy pocas veces. Un saludo.    










(1)[↑][Volver] Yanna. Paraíso islámico.
(2)[↑][Volver] Khutbah. Sermón de los viernes.
(3)[↑][Volver] Refrán aprendido de Varinia, si no recuerdo mal.

(4)[↑][Volver] Corán 2:220. Fuente: www.ahmadiyya-islam.org.

lunes, 8 de agosto de 2016

CAP. 13 . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . Andanzas y tropezones de Dikembe Biyombo




De  cómo me 'convertí' al Islam


olví de mear y me dije que en el fondo no debería importarme lo que pensara el viejo por llevarme el odre de agua. Sí, desconfiaba de él, pero por sólidas razones. Le había ofrecido un trago y se había bebido medio pellejo. Y cuando entré en la cueva no me callé. Me había calentado yo solo la cabeza y me había desahogado. Le dije que después del cambalache quien había salido con mermas era yo, que ni había bebido ni había comido y que su hospitalidad se reducía a ninguna. Él miró de soslayo a Hamal y me contestó que no me faltaba razón, pero que en el desierto camello y camellero eran lo mismo. No se podían separar. Y que por extensión, yo era tan ladrón como mi animal «devora almocelas», tal como llamó Makondele a Hamal. Yo me defendí como pude y le eché en cara que perteneciendo a una cultura tan milenaria como hospitalaria parecía mentira que en vez de socorrer, acoger y alimentar al caminante se le pusieran trabas para ello y se beneficiase el dueño de la casa de lo que debía proveer a su huésped. Y que yo no había visto por ningún lado la hospitalidad debida, sino más bien al contrario, que el caminante había sido el que había proveído. Aquellas palabras terminaron por enfurecer y enloquecer más, si cabía, al desnudo y flaco orate, de manera que ya no cabía ni en su casa. Por ello debió ser que me echó de la cueva al son de cajas destempladas. «Y no vuelvas, si no, también me proveeré de buenos filetes», dijo en clara alusión al mehari que golpeó en las ancas. Tiré del mencionado ladronzuelo, y posible vianda, y salí de donde me echaban. Ya en el exterior, miré a mi alrededor y, acaso por darle en las narices, me dirigí hacia su ‘maldito’ norte porque ya no me creía nada de lo que me había dicho Makondele. Y me volví para ver la cara que ponía. Pero lo que vi fue a un esqueleto envuelto en pellejo que saltaba sobre la arena como si esta quemara. También le oí maldecir e insistir en que en esa dirección estaba el mal. Y a mí, en vez de darme miedo, lo que me producía era risa. No sus palabras, sino ver sus atributos varoniles como colgaban y rebotaban con sus saltos. Me hacían olvidar sus advertencias y su tremendo enfado. Esto es la primera vez que lo cuento sin que sienta vergüenza ajena. ¡Pobre vejete, jamás dejará de hacerme gracia! Parece que le estoy viendo y hace ya de esto más de cincuenta años. Hay imágenes que nunca se borran de tu mente, y no todas son malas. Supongo que a ti te pasa lo mismo, al fin y al cabo, barajamos todos los mismos sentimientos, aunque cada cual juegue sus cartas como quiera, ¿no crees? Eh bien, c'est ça, mon ami. Tras coronar la cuarta duna, hice arrodillar al camello, le golpeé el cuello con cariño y le felicité: «Bien hecho, mon ami, si se tiene hambre, se come», y me eché a reír. Después, me subí a su grupa y noté que su paso era más alegre. Ocho dunas más allá averigüé el insistente interés del viejo Makondele para que no tomara dirección norte. Distinguí brillos y sombras en la lejanía. Y con el paso cansino de Hamal y ciertas precauciones, hacia allí me dirigí. Cuando murió la luz del sol confirmé que aquello que veía era más una aldea que el campamento de una partida perseguidora o el infierno. Y mandé correr al camello. Ya tenía ganas de encontrarme con alguien que no pudiera confundir con una cabra. Para confirmar que todo aquello había sido un mal sueño me volví y no vi roca alguna. Después tanteé el odre y confirmé lo contrario. Pero ya me daba igual. Si me había hecho un mal juicio del viejo, empeoró al sentirme cerca de la gente de aquella aldea. ¿Por qué no me había dicho que estábamos a un tiro de piedra de un pueblo? ¿Por qué era el mal? ¿Por qué vivía allí, alejado y sin disponer de nada? Pronto daría contestación a esas preguntas, supuse. Pronto sabría los motivos de aquel personaje tan mentiroso y ladino. Estuve por maldecir mi suerte, pero me di cuenta que si lo hacía sería injusto con mi destino, al menos con el recién vivido. Así que, me tragué las maldiciones y las troqué por una sonrisa al verme entre otros semejantes más semejantes y porque daba por acabada la larga huida de los ‘norienses’. Todavía tenía tiempo de pensar cómo me iba a presentar ante aquellos aldeanos, porque estaba claro que no podía hacerlo como lo que era, un esclavo huido, fugitivo y ladrón de camellos. Tenía que inventar otra historia. Una sencilla y creíble. Pero el caso es que yo era un extranjero en aquella tierra. Yo no había nacido en el desierto, ni junto a él. No, yo había nacido en una tierra fértil con selvas, ríos y lagos, praderas, ganado y animales de todo tipo. Todo lo que sabía del Sahel era lo que había aprendido de los tuaregs, lo que me habían enseñado Moussa, Souleymane, Fahdag y Mutabazi que, aunque fuera bueno para mí, no servía como para pasar por un nómada, y menos con mi color de piel. Debía inventarme otro pasado reciente, pero la necesidad acuciaba. Aquel viejo loco solo me había hecho perder el tiempo y ganar en hambres. Dudé entre hacer noche en las dunas o en la aldea. La duda fue corta. Mi voluntad tuvo que ver poco con la decisión. Me vi entre aquellas gentes. Tanto pensar en una mentira creíble y nadie reparó en mí. Ni los famélicos perros que andaban olisqueando por las esquinas y en la basura. Tan solo repararon en mí un par de niños menores que yo. Eso sí, la mirada que nos dedicaron la mantuvieron acaso dos segundos, y creo que no fui yo el admirado. Aquella aldea, tan destartalada como mi vida y tan pobre como yo, me acogió con una frialdad impropia de aquellos lugares donde el sol se adueña hasta de las noches, porque entonces se le echa de menos. Aguzado de hambre como estaba no supe qué hacer. Acostumbrado a la impotencia, la inactividad y la falta de iniciativa no iban conmigo, pero la debilidad comenzaba a pasarme factura. Y lo único que se me ocurrió fue resguardarme del sol junto a la tapia de una mezquita. Y su alminar fue lo último que vi antes de caer desde lo alto de Hamal. Esto lo supongo. Porque entre el sofoco que me dio al mirar el yamur del minarete y el fresco que sentí al despertar en una habitación en penumbra, no tengo recuerdo alguno. Ni lo tengo mientras te escribo, ni lo tuve. Y tampoco lo pregunté, la verdad. La habitación, sin mueble alguno, era de paredes y techo blancos. Habría que ver a un negro allí dentro. El contraste debía ser llamativo. Esas eran las tonterías que se me ocurrieron al entreabrir los ojos y tomar conciencia de donde estaba. Mi mano, en la que fijé la vista para ahuyentar los vahídos, me pareció más oscura. De eso si que me acuerdo. La primera tontería que pensé fue que la habitación sería tan blanca para distinguir con claridad, en aquella penumbra, a las personas de mi color. 
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Después caí en la cuenta, no sentía esa hambre que te 
atenaza el estómago en un abrazo de ausencias. Pero no recordaba haber comido nada. Mejor así, pensé. Me habían contado que llega un momento que no sientes el hambre, y que ese es el principio del fin. La constante ausencia de algo que digerir inflama las tripas y dota al hambriento de una imagen cruel e incongruente. Inmediatamente palpé sobre mi ombligo. No noté hinchazón alguna. Tenía el estómago tan liso como siempre. Los huesos de las caderas al mover la mano así lo testificaban. Todo aquello era muy extraño. Eso no me importó. No sé si me volví a quedar dormido pero sí perdí la noción del tiempo y de la realidad porque, después de lo que me pareció un parpadeo, noté que habían pintado las paredes y el techo de un amarillo anaranjado. Colores que bailaban con un gris que en algunas zonas alcanzaba a ser negro. Más despierto vi el candelero que, en el rincón opuesto al que yo ocupaba, brillaba tímidamente porque no me hirió los ojos al fijarlos en la llama, y temblorosamente por el aliento que se colaba por debajo de la puerta en la que la pintura blanca lucía menos. Intenté incorporarme, pero apenas pude separar mi pelo de la estera, que enrollada hacía las veces de almohada. Lógicamente concluí que no había llegado sobre la estera por mis propios medios. “¿Y Hamal?”.  Si yo estaba bien, él también lo estaría, camello y camellero en el desierto son una unidad al que se trata igual. Me arrepentí de haber pensado mal de aquella aldea y de sus habitantes. Y luego me entraron otra vez las dudas y me preocupé al recordar una de mis recientes pesadillas. En ella unos tuaregs me asaltaban en medio del desierto y me robaban hasta los harapos que vestía. En ese sobresalto andaba cuando oí el tosco picaporte de la puerta. A continuación esta se abrió y una sombra se interpuso entre la vela y mis ojos. Escuché una voz lejana y grave que hablaba en tono interrogativo. Contesté un “bien” y acabé con un débil: “très bien, merci”. La siguiente pregunta sí la entendí perfectamente. La voz me preguntaba si tenía frío. “Non, monsieur, merci”. Le respondí sorprendido porque por primera vez en mucho tiempo alguien se preocupaba por mí. El amable interrogatorio prosiguió. Sí, un poco de hambre sí que tenía. La Figuera se me acercó, dejó algo en el suelo y me ayudó a incorporarme. Quedé con la espalda apoyada en la pared y la manta en los riñones. Luego aquel hombre me advirtió de dos cosas. Que tragara despacio y que tuviera cuidado no me quemara, pues el caldo estaba caliente. No le hice demasiado caso, así que no solamente me quemé la lengua, sino que me atraganté. Un tajante ”¿Estás sordo, muchacho?” me hizo tomarme más en serio las admoniciones de aquel desconocido. Antes de cada sorbo de consomé soplaba la superficie más cercana a mis labios. Así, despacito, en silencio y entre soplos me tome todo el caldo, aunque a mitad de su consumición ya no quemaba. Cuando entregué el cuenco vacío me llegó otra orden disfrazada de consejo y acabada en un parecer: «Ahora descansa, muchacho. Mañana estarás mejor. Y da las gracias a Alá porque un campesino te haya visto y recogido, si no…». Me agarré a un brazo fuerte que me ofrecieron y me deslicé por la estera hasta tocar con la cabeza la manta enrollada. Suspiré y mamullé un “merci, monsieur”. Según acataba con sumo gusto los deseos de mi benefactor, me pareció oír que me iban a apagar el candil porque no me iba a hacer falta y una oración que incluía: «…que Alá te acompañe y proteja en tu sueño», tras lo que oí un suave portazo. La siguiente comida consistió en lo mismo. Pero cuando me quedé solo no volví a la somnolencia de días anteriores. Y pensé que ya había dormido suficiente, aunque después me enteré de que habían sido más de dos días. Fui capaz de incorporarme otra vez yo solito y apoyar la espalda en la pared. Crecido intenté vislumbrar la puerta, pero ni siquiera entraba luz por debajo ni por la lumbrera del techo abovedado. Pensé que era igual, sabía que la puerta esta justo frente a mí según yacía, así que con andar recto tres pasos llegaría a ella. Además, no había donde tropezarse. Sentado ya en el centro de la estera. Intenté ponerme de pie despacito, pero a penas mi cabeza ganó altura me ganó también un mareo que me hizo hincar la rodilla en tierra. Conseguí recostarme y esperé a que mi mente se hiciera cargo de mi cuerpo otra vez. Lo que no ocurrió hasta el día siguiente al oír las llamadas de mi enfermero: «As-salamu aláikum ¡Garçon, garçon! Bon jour…(1) ». Me traía una sorpresa, un segundo plato que consistía en tres triángulos de queso de cabra que, no siendo de mi agrado, disfruté como un enano y que estos últimos me disculpen. Vuestro idioma es rico y precioso, pero también lo es en los refranes y en las frases hechas por el pueblo llano y que nos han llegado con el tiempo. Y ni los enanos, ni los chinos, ni los sudamericanos, ni las mujeres, ni maricas, ni los gallegos, ni los catalanes, ni los de Lepe, ni murcianos, ni los negros, ni demás gente de mal vivir, nos libramos de las chuflas o de los agravios, bien comparativos, bien descriptivos. Podéis poner a pingar a cualquiera, amablemente y sin usar un insulto directo. Por ejemplo, ayer, en la frutería, escuché un refrán, según me aclararon muy antiguo que dice: el melón y la mujer son malos de conocer. En serio, ¿quién se puede creer eso? Bon, salvo que con melón te refieras a un varón, claro.







Las quejas de Dikembe son entendidas. Al menos por mí parte, que disfruto tanto del lenguaje. Es imposible no ser machista en el hablar si te ajustas a las frases hechas, a cómo se habla en la calle, entre amigos e, incluso, en sociedad. Estos y los tacos salen a veces sin medida por la boca. La misma suerte corres en el aspecto homófobo o racista. Son incontables los proverbios, medio refranes, frases de moda, chistes, giros chulescos y palabras que usamos para herir, porque así lo dice incluso el diccionario de la RAE (buscaros por ejemplo la entrada barragana, veréis). Si le llamo a un tío “barragán” (que también es un apellido español) le ensalzo. En cambio, en cuanto llamo a una tía barragana, ya la he jodido. Uso de un insulto. Ella ya no es ni fuerte ni valiente, como mucho camarada, pero si conoces el adjetivo lo conoces por peyorativo. De hecho las dos únicas acepciones que no están en desuso son vejatorias respecto a las féminas (y si usamos la entrada zorra, ni te cuento) y la última, la quinta, ¿se puede dar aquí en España, o también está en desuso? ¿Esta academia no debería enseñar y corregir algo más que las palabras que llevan hache? No debería añadir una abreviatura más para marcar esas expresiones o palabras peligrosas que deforman la realidad cotidiana. Por ejemplo, y ya que la RAE aplica adjetivos a las entradas, en la acepción 7ª de zorra, aparte de “despect.” y “malson.”, yo agregaría “mach.” Creo que a nadie habría que explicar esta abreviatura. Pues eso, como dice nuestro protagonista en su insistente coletilla (eh bien, c'est ça, mon ami). Nada más que añadir por el momento. Y perdón por la interrupción. Hay veces que no puedo callar. 








Bon, dejemos el idioma, que me despisto. ¿Por dónde iba? Sí, que después del festín aquel del queso, el almuecín me ayudó a levantarme  y a recorrer unos pasos, hasta salir de la habitación. Tras atravesar parte del sahn y la saqifa(2) , llegamos frente a la grande y fresca sala de oración. Estuve a punto de perder el equilibrio al descalzarse mi lazarillo, justo cuando dejaba su calzado en el cajón dispuesto para ese fin. Yo no hube de hacerlo porque iba descalzo. Una vez dentro, noté la diferencia de temperatura entre el suelo interior y el exterior. Sin mediar palabra alguna, aunque sí fuerzas, me depositó dentro de la macsura, donde había unos grandes almohadones sobre los que yo me acomodé. Una vez a gusto sobre los cojines vino el problema. Como otras tantas veces la boca y la ingenuidad de mis doce años me traicionaron, porque, después de comentar el almuédano que me convendría orar a Alá, no se me ocurrió nada más que contestarle con la verdad por delante: «Pero si yo soy católico, señor”. La que armé. Toda la delicadeza del traslado desde la habitación se convirtió en prisas y brusquedades para salir de aquel reservado. Sus quejas, según salíamos de la sala de oración, las medio entendí. Se refrían a la solicitud del perdón por haber ofendido a Ala, el único Dios y a Mahoma, su profeta. Pero al llegar al patio, el tono de oración trocó amonestación tanto para el infiel como para el creyente. El volumen creció y llegó, supongo, a las groserías, porque, a partir del último “merde”, ya fuera de tierra santificada, se pasó del francés al árabe y habló tan deprisa y tan despreocupado de mí, que yo bastante tuve con seguir agarrado a su chilaba, temeroso de caer. Hecho que llegó a ocurrir12 en mitad del sahn donde me dejó tirado sin darme explicación alguna, aunque, después de unos minutos, supe el motivo del abandono y de las prisas porque le oí llamar a la oración desde el almiar. Como te digo, a partir de ese momento todo el cuidado y la atención recibidos cesaron de golpe. Aquel caldo vigorizante que tenía que tomar a sorbos cortos porque me quemaba los labios, más parecía el agua de mi pellejo cuando me mojaba el gaznate por el desierto. Me lo dejaban mientras dormía junto a la bujía que jamás volvió a lucir en aquel dormitorio. Incluso la manta que fungía de almohada debió destinarse a alguien más cercano a Mahoma, porque desapareció. Y volvimos al menú de plato único. Supongo que se enteró de que el queso no me gustaba. Lo que hacía, porque ya podía, era pasear arrastrando los pies, despacio y con sumas precauciones por el sahn y la saqifa. De las pocas palabras que después de aquello me dirigió el enfadado almohacen fueron estas: «Cuando estés recuperado, infiel, ya sabes donde está la puerta» y «No te quiero ver por aquí cuando haya rezo». Lo primero era evidente y pensaba hacerlo. Lo segundo lo cumplí de inmediato, pero no como él lo hubiera querido. Aparecí, pero nadie me vio, que era lo que él pretendía. Y eso que era difícil que alguien no te viera en aquel magnífico edificio que nada tenía que ver con la corta imagen que pude retener al llegar al pueblo. Y he de decirte que en los oficios del viernes, apenas una veintena de hombres parecían esperar a muchos más en la sala de oración. Aquella aldea debió vivir tiempos mejores. Daba penita ver aquel gran salón apenas ocupado. El volumen del runrún de las oraciones contradecía el número de bocas que las recitaban. Tal era el efecto que el espacio vacío y las paredes desnudas provocaban en los sonidos de las palabras. Diríase que las ensalzaban. Y sé que había veinte porque conté veintiún pares de babuchas en los cajones de la entrada, más vacíos que llenos. Desde luego, aquella aldea era una ciudad venida a menos, como ha ocurrido con tantas otras árabes según he leído después, si exceptuamos las grandes urbes islámicas. Granada, sin ir más lejos, ya no es capital de ningún califato. Y, esperemos que no lo sea nunca más, ¿verdad? Si no, malo. Aunque los motivos de la despoblación rural son distintos según la época y el lugar, la verdad es que el pez grande siempre se come al chico. En eso coinciden todos los éxodos. Al menos eso creo yo. La mejora de todos los sistemas de comunicación han hecho que lo que se denominó “necesidad de mano de obra” de las capitales industrializadas, ahora se designe como “efecto llamada” de los que han llegado a ellas porque les llamaron. La manipulación es bien clara. Para mí, claro: Ahora que nos sobráis, quedaos donde estáis, coño, no nos jodáis, que bastantes puestos de trabajo hemos creado ya. Para hacernos dueños de todo, añadiría yo. Bon, bon, bon, que nos dispersamos otra vez. Con la cabeza más despajada y los miembros más útiles llegué a la conclusión que mi estancia en aquella mezquita o bien había terminado o bien tenía que dar un profundo giro que no superara los ciento ochenta grados, desde luego. Si atendía a las fuerzas y a las gorduras de aquel muecín llegaría a una fácil conclusión. Si bien a mí se me había alimentado con un caldo y poco más, ese no era el menú normal de los que allí dentro vivían. Mi dieta era la que Mayifa aplicaba a todo el que salía de una enfermedad. «Líquido, mucho líquido y con sustancia es lo que necesita esta cría. Anda, Dikembe, trae más agua a Mayifa, anda hijo». Aún recuerdo sus palabras exactas. Deducido todo ello pensé que allí no se debía comer mal y más de una vez al día. Pero, claro, mi infidelidad me ponía muy difícil, por no decir imposible, mantenerme debajo de aquel techo. Estaba seguro de que una vez me viera recuperado, para lo que ya faltaba poco y menos, me daría la patada en el culo. Y, hala, otra vez a trabajarme el desierto. No, no podía ser. Si tenía que rezar cinco veces al día, se rezaban las cinco. Si el viernes tenía que ir al salón de oraciones a orar con los demás, pues se iba, tampoco tenía tanto que hacer, ¿no? A mí qué más me daba ser católico que musulmán. Bueno, no me daba igual, por eso me planteaba pasar a ser un negro muladí. Lo único que me mantuvo un rato más sin decidirme fue el ramadán. Pero pensé que no era peor que las normas del Vaticano durante la cuaresma.
 
            


Perdonad que corte aquí a Dikembe otra vez, pero he de hacer una aclaración por si alguien ve una incongruencia temporal. Hasta 1966 con el Concilio Vaticano II recién estrenado no se eliminaron las normas católicas que prohibían comer carne todos los viernes del año, al igual que poder pagar un dinerete a la Iglesia, la bula papal (la dispensa de la Santa Cruzada), para poder darte un festín de carne roja, verde o negra, si te daba la gana. Bien, aunque nuestro protagonista nunca fechó sus cartas, en el matasellos de algunos de los sobres aparece un año, da igual cual, pero que sitúa su infancia anterior a ese año citado. Y, a mí desde crío me ha llamado la atención eso de las bulas. Noconocía yo el dato este de 1966, pero sí las bulas que se vendían en el medievo alto o en cualquier otro rato (chiste fácilón) con las que más de uno hizo fortuna, sobre todo el papa correspondiente aunque fuera para gastárselo en guerras (otro chiste facilón) contra los infieles en Jerusalén. Quizá yo fuera un niño “mu listo”, además de “probe”, pero aquello no me gustaba. Más que nada porque yo pocas bulas hubiera podido comprar, aunque entendía que algunas eran muy baratas para que el Espíritu Santo también entrara en casa de los menos favorecidos. A lo mejor a mi familia y a mí nos hubieran dado para un desayuno de viernes, ya que para comida y cena no todos los días había. Pero siendo crío es muy fácil explicarse las cosas. Sí, las acatas y ya está, aunque tu madre te acueste a las seis de la tarde en invierno. Mi madre nos mandaba a mis hermanos y a mí a la cama y punto, había que irse a dormir. (“¿Por qué, mamá?”. “Vaya pregunta… Porque mañana hay colegio. Venga a dormir, y no me contestes!”). Aquel, como este que describe Dikembe, eran otros mundos. No es que uno se conforme cuando conoce detalles de la vida de los demás, pero, me es difícil no congratularme por haber nacido donde lo hice y no en África, como Dikembe y tantos otros sin voz ni voto. Yo, al menos los tengo desde hace, más o menos, cuarenta años, y los he vivido todos en paz. Perdón otra vez porque creo que me he enrollado un poco y es la segunda vez.                                                                                                                                                                        


Mi fidelidad a la fe católica era frágil, como verás. Pero ya me conoces, gasto la lealtad en otras cosas que no son la religión. El único problema que se me presentaba no era otro que Mayifa se revolviera en su tumba. Los musulmanes no le caían nada bien, ¿sabes? Los llamaba “brutos eruditos”, sabría ella el motivo para tal oxímoron. Pero, al estar lejos y ser cuestión de comer o no comer, tampoco pensé que fuera insalvable para su conciencia esto de apostatar de la cristiandad y abrazar el Islam. Pensé y decidí. La próxima vez que viera a mi descontento bienhechor le expresaría mi deseo de que Alá me bendijera. Desde luego no iba a aclararle los motivos. Estaba seguro de que él se los iba a imaginar o, al menos, se inventaría algunos mejores que los míos para no pensar mal de un posible hermano. Los móviles de la fechoría tan solo me atañían a mí. Lo que es cierto a toda vista, ¿no, mon ami? Eh bien, c'est ça, mon ami. La religión, como el sexo, es una opción personal de la que no hay que dar explicaciones a nadie. Ni siquiera al dios correspondiente que abrazas o rechazas. Y si hablamos de sexos con más motivo, hay uno o dos que no terminan de entender ni el cristiano, ni el mahometano. Quizás, después de leer esta parte del relato de mi vida, entiendas mejor el motivo por el que conozco la lengua árabe, idioma que tanto provecho hemos sacado juntos. En los dos casos, si has de vivir de alguien, dale lo que pide o, al menos, ves que necesita. Y si además no te cuesta trabajo y es cómodo y alimentoso, con más motivo. Aunque he de confesarte que me aburría como una ostra, tanto con Abd al-Rahman como contigo. Ni el ajo del Corán y ni el de tus informes me sabían muy bien, qué quieres que te diga… Como esperaba, volvió el caldo humeante y las tajadas de queso. Y por la noche la mejora: leche y dátiles. Como entenderás ya me remito tan solo al imán aquel, imán porque también presidía la oración canónica del viernes. Viernes que tú y yo dedicábamos al parloteo sobre tu presente y entorno y que tú, equivocadamente, creías que también era mi actualidad. Bon, te dejo a un lado ya, que nada tienes que ver con aquel tiempo. Eres pesadito hasta en la distancia. Como ves, tras mi primera clase algo cambió. No era poco alcanzar las dos comidas al día. Manutención y albergue. Aunque poco duraron las pitanzas a la luz del día. Eso sí, acabado el ramadán volvieron no el par, sino el trío de comidas diarias. Por eso di por bien pasado, aunque inoportuno, aquel mes de ayuno que trajo a la mezquita a más de un vecino de la aldea para su particular Ítikaf(3) . Y no es que me estorbaran, es que había más ojos a los que engañar, ¿no crees? Eh bien, c'est ça, mon ami. Pero, como nada dura para siempre, ni siquiera tus problemas(4) , estos aparecieron en forma de trabajos físicos para la mezquita. Y la verdad, en mi ingenuidad, no había yo contado con la faena, tan solo en no tener las tripas como los bolsillos, vacías. Las labores manuales rompieron el aburrimiento del estudio, tanto del árabe como del Corán. Mi mazestro recitaba y el nuevo creyente repetía como un loro. Al final, de tanto oír y tanto repetir las aleyas terminaban por fijarse en mi memoria. Un día, para romper esa monotonía, le pedí humildemente que me buscara un nombre adecuado, puesto que Dikembe Biyombo no lo veía yo muy adecuado para alguien que profesara la fe islámica y viviera en una mezquita gracias a la caridad de un buen almuecín. Coincidió conmigo y cayó en la trampa, pues conseguí distraerle.
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Eso sí, primero me explicó que al día siguiente, viernes, yo realizaría el shahāda(5) , primer pilar del islamismo, ante los correspondientes testigos como marca la tradición. Con ello ya me podría considerar musulmán, aunque debería ejercitar los otros cuatro pilares de la religión árabe. Después se enrolló con que eso no bastaba, que faltaban los otros cuatro. También me explicó que conocía el rito del aqiqah(6) para recién nacidos, pero que nunca se le había presentado el bautismo de un fiel que hablara. Al final me dijo, que si no estaba a gusto con mi nombre infiel, me llamaría Alí hasta decidir el definitivo. Y que me daría a elegir. Como ves allí hay menos burocracia que aquí. Que quieres cambiarte el nombre, pues te lo cambias. No hace falta que remuevas Roma con Santiago. También me informó de que el rito incluía el rapado del pelo de la cabeza, la circuncisión y un sacrificio. Como en aquel momento yo no tenía posibles para sacrificar dos corderos me insistió que lo hiciera el primer día que pudiera. En principio no me preocupó ni el afeitado de cabeza, ni la circuncisión, ni los corderos. El corte porque sabedor de lo que era, me vendría muy bien para sanear los rizos. La ofrenda porque yo no me veía, ni en sueños, propietario de dos corderos. Y lo tercero, porque desconocía el significado de “circoncision(7) . En mi vida había oído esa palabra. Jamás le hubiera dado el significado correcto. Pero te puedes imaginar qué cara puse cuando lo supe. Aunque como decís aquí trasquila y no desuelles. Por eso me callé, no quería ser ingrato con aquel pedazo de pan que Alá o Yahvé había puesto en mi camino de piedras. Reconoce que vuestro dios no es lo que era, ha cambiado mucho en dos mil años. En cambio el suyo es invariable. Después de las derrotas de sus guerreros en occidente, y por tanto su retira de territorios como tu España, y ahora es también mi país de referencia, gentes a las que debo más que podré pagarles nunca, como me pasa contigo. En el fondo las naciones, las ciudades, los pueblos, las aldeas son lo que son sus hombres, sus mujeres y sus circunstancias. Y esto no me lo he inventado yo. Un refugiado, un inmigrante, un extranjero solo tiene contacto con los que mandan en los filtros que habéis inventado para no veros inundados por gentes con otras culturas. Una vez pasados o rotos estos filtros quienes te marcan son aquellos con los que quieren convivir contigo. Sobre todo cuando llegas solo, aunque yo llegara con Adama, ambos llegamos solos. Bon, el caso es que yo supuse que el aprendizaje de un idioma, que algo entendía, y de una religión, tan enfrentada como cercana, iba a ser tranquilo y cómodo. Pero ni una cosa ni la otra. Aunque nada tenía que ver con el idioma ni con la fe, también había trabajos físicos dentro de la mezquita. Pero no lo sabía. Eso es lo que te pasa cuando jamás ha vivido bajo un techo con tejas, ni entre paredes de ladrillos. Que no sabes que hay que mantener el edificio. Y si encima la construcción tiene que ser ejemplo de virtud entre los fieles, la hemos jodido, mon ami. Y como se me va un poco la olla y no termino de recordar todo aquello que pasó mientras fui musulmán, aunque no sería la única vez, te dejo. A ver si en la cama, en esa hora tonta en la que se te ocurre de todo y a todo das vueltas me viene la aclaración de algunos hechos. Abrazos,








[1][Volver] Dios te de protección y seguridad (en árabe). ¡Muchacho, muchacho! Buenos días (en francés).
[2][Volver]  Patio (sahn) y galería (saqif) de una mezquita (en árabe).
[3][Volver] El Ítikaf consiste en que el creyente se retira a la mezquita varios días, aún comiendo y durmiendo en ella, y sin salir sino para lo necesario, dedicado a la adoración y sumisión a Dios. Fuente: www.nurelislam.com
[4][Volver] Frase atribuida a Arnold H. Glasow, Jefe del Estado Mayor de la USAAF (1949-1950)
[5][Volver] Shahāda. Profesión de fe islámica, primer pilar de los cinco que se exigen al fiel musulmán. La Shahāda puede traducirse como “el testimonio”, y consta de una frase que en traducción inexacta, pero habitual, es muy conocida entre los infieles: No hay más dios que Alá y Mahoma es su profeta. Frase que ha de decirse señalando el cielo y ante testigos. Para el que no sepa árabe, como yo, si conoce la bandera de Arabía Saudí, ha visto escrito este pilar encima de la espada.  Nadie tiene derecho a ser adorado más que Alá, y Mahoma es el mensajero de Alá.
[6][Volver] Aqiqah. Rito islámico que puede entenderse equivalente al bautismo cristiano y viceversa. Fuente: https://alkafala.wordpress.com.
[7][Volver] Circoncision. Circuncisión (en francés).