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martes, 11 de abril de 2017

Trucos de máquina de coser. Videotutorial.

Me encantan los trucos de cocina, limpieza, casa en general y, como no, de costura, también.

No soy nada original, seguro que a ti también te gustan.

¿Los compartimos?

Si tienes trucos me encantaría conocerlos.

¿Me los cuentas?

Y sigo coso que te coso...

lunes, 10 de abril de 2017

CAP. 48 . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . Andanzas y tropezones de Dikembe Biyombo



De cómo el mundo es un pañuelo



unto a la casa en ruinas había un pozo todavía en uso. Es una de las características de aquellas gentes: el respeto a los demás. En otros lugares hubieran cegado el agujero antes de abandonar la casa. Y en otros, hubieran vallado la propiedad para que nadie se hubiera servido ni de ella ni del agua. Por ley natural, el agua es de todos, ni de los lugareños ni de de los propietarios de las fincas por donde discurre. Por eso me molestan los problemas que surgen cuando se habla de trasvases, por ejemplo. Si hay escasez del preciado líquido habrá que racionarla, pero siempre repartirla con equidad. Aunque nuestra idea era descansar, esta ocultaba el retardo de nuestra llegada a Fez. Dimos unas vueltas por Zebzat que, aun siendo una aldea agrícola, no estaba desparramada, sino concentrada en un pequeño núcleo urbano alrededor de una alcazaba que otrora nos hubiera impresionado de no haber visto Merzouga. En nuestro caminar era notoria la falta de ganas, aunque no era en realidad desgana, sino matar el tiempo sin saber qué hacer. Conseguimos que el sol decidiera ponerse y nosotros decidimos recogernos en aquellas ruinas para cenar y  dormir.  Nos costó conciliar el  sueño.

Oí como Adama daba vueltas bajo su manta, igual que hacía yo. Incluso se levantó a orinar dos veces y por lo que escuché sin mucha necesidad. A punto estuve de incorporarme y proponerle charlar un rato hasta que nos bendijera el sueño, pero, como sabía que diálogo iba a haber poco, terminé por aplicar el remedio casero de mi abuela Mayifa cuando en nuestra choza se iba el sosiego por la llegada de un Mbo borracho: “Dikembe, tú cierra fuerte los ojos y las orejas y piensa en cuando seas un guerrero”. Y funcionaba porque la violencia era ajena a mí. En cambio, aquella noche la desazón estaba en mi interior, había sustituido al cansancio que no habíamos acumulado durante el día. Así que, por mucho que cerrara mis cinco sentidos no conseguiría aislarme del  desasosiego porque estaba dentro de mí. Por supuesto terminé dormido, como mi amigo, aunque no sé quien cayó antes. Cuando me levanté, él ya estaba en danza. Y lo extraño es que me esperaba. Quería hablarme: «¿Dikembe, no sería mejor apretar el paso y quitarnos esto de la cabeza?». Que me hablara antes de desayunar casi me causó un ictus. No, es una exageración irónica con tintes de broma. Sí, tenía razón, no podíamos caer en un pozo de comodidad cuando estábamos tan cerca de alcanzar la meta. Desayunamos, recogimos las mantas y sin decir una palabra más dejamos atrás la casa en ruinas. Caminamos con rabia. El paso que cogimos nada tenía que ver con el del día anterior. Era una lucha para no dejarnos ir y quedarnos a las puertas de donde, curiosamente, deseábamos llegar. No es que voláramos, no, pero andábamos a trancos. Cada zancada nos alimentaba la ilusión que parecía perdida, pero que en realidad simplemente dormía. Cada poco cogíamos el relevo del otro, hecho que jamás se había producido antes. Siempre uno iba a la cabeza y el otro, un par de pasos retrasado, le seguía. Pero ese día cambiábamos la retaguardia constantemente. Uno tiraba del otro y viceversa. Era nuestra forma de demostrarnos que cualquier miedo se había quedado bajo aquellos escombros. Por ello, cuando llegamos al siguiente pueblo, pasamos de largo, así que no puedo contarte nada de Midelt, salvo que se parecía a las aldeas anteriores. Según el mapa, la siguiente con la que tropezaríamos sería Ait Toughach, pero como no sabíamos interpretar la escala no podíamos calcular la distancia, aunque en el mapa aparecían todas muy juntas. Además, al contrario que en otras ocasiones, no hablé con nadie, ni pregunté. Si alguien hubiese reparado en nosotros, se hubiera preguntado de qué huíamos. Nadie nos perseguía, éramos nosotros quienes íbamos detrás de un sueño que, ahora sí, veíamos exequible. De alguna manera, aquella galbana, ya abandonada, se debía a la relajación que las buenas circunstancias del viaje nos habían permitido. Desde que habíamos dejado atrás la dureza del desierto, avanzar se había hecho más cómodo, si es que este adjetivo cabe en estas andanzas y en el itinerario. También se había sumado el golpe que recibimos al haber dejado atrás también a nuestro amigo Hamal. Pero en aquellos momentos en los que al mirar atrás veíamos las montañas con los picos nevados, nos sentíamos seguros aun sin él. La naturaleza ya no era un enemigo, sino un aliado. Y lo sería hasta llegar a otro mar, este de agua y no de arena. Ese era el marco perfecto para que se desatara una tormenta adventicia porque natural era imposible por la falta de nubes. Después de entrar en Ait Toughach se produjo el primer relámpago y comenzó la tormenta en mi interior. El fogonazo y el estruendo, que me afectaron a mí únicamente, me dejaron paralizado amén de sordo y mudo, pero no ciego del todo. Contra esa blancura cegadora se dibujaba una figura tan temida como conocida. No podía creer que tuviera ante mí a Abu Dharr, el cabecilla de los terroristas para quienes había interpretado el papel de muecín. Al retirarse el efecto del shock y volver a ser dueño de mí mismo, observé que no estaba solo. Reconocí a alguno de sus secuaces, guerreros de Alá, que antaño fueron ficticios compañeros de armas. No solo deseé que la tierra me tragara, también que se los tragara a ellos en otro agujero distinto y más profundo. Cuando reaccioné grité a Adama: «¡Corre!». Y corrimos. Y como todo lo hacía bien, conseguí llamar la atención de tout le monde. Por allí nadie corre, todo el mundo anda como si le sobrara el tiempo. No como aquí, que parece que no haya una vida para hacer las cosas. Ya sabes qué opino de tus prisas siempre apuradas. Como te digo, por aquellas calles no corría ni el aire. Teníamos dos ventajas. Una, yo les había visto antes. Y dos, nuestra relación no estaba jerarquizada. Si bien, había una tercera que yo creo que fue la responsable de que pusiéramos tierra de por medio: Éramos más jóvenes. No es que fuéramos Usain Bolt, pero dos gansos de uno noventa tienen piernas y corazones que les permiten dar zancadas de metro y medio sin ninguna dificultad y una detrás de otra. Y si bien la adrenalina solo saturaba mis venas, Adama al verme correr de aquella manera, no la necesitaba. En un momento determinado nos encontramos en un callejón sin salida. A los lados casas y enfrente una pared de adobes. Nos miramos, y gracias al tiempo y las peripecias pasados juntos, supimos qué hacer. Y tuvimos más suerte que quien fue a buscar notoriedad y se encontró con la presidencia de una nación. Cuando caímos del otro lado del muro no nos recibió la tierra, sino el forraje recién cortado que trasportaba una carreta. El carretero lanzó un largo  “so” para que 


pararan los bueyes y miró hacia atrás. Yo le miré, él me miró y como si no hubiera pasado nada, aguijó a los animales para que siguieran camino. Tanto Adama como yo, buceamos hasta las tablas del carro y, aunque un poco incómodos por los picores, nos sentimos un tanto seguros. ¡A ver quién nos encontraba allí! Y, al final, hasta se nos hizo largo el viaje. De modo que antes de llegar a destino, asomamos los dos la cabeza con la boca llena de hierba. Habíamos salido de Ait Toughach sin saberlo y como siempre en modo huída. Saltamos al camino y grité unas gracias al carretero que, sin volverse, las contestó al levantar la mano libre de la aguijada. Nos sacudimos las briznas que pudimos y nos miramos con una sonrisa tensa. Pero se conoce que ese día estábamos más conectados de lo normal porque los dos debimos pensar lo mismo: Vaya estupidez bajarse del carro, ¿no? Y corrimos de nuevo. Esta vez no tomamos el carro por arriba, sino por detrás. En él nos sentamos de sendos brincos. Tampoco asustamos mucho al carretero, porque ni se volvió. Solo expresó la idea que habíamos tenido nosotros: «¡Hay que ser tontos!». No te he dicho que nuestro salvador era un muchacho más niño que nosotros que al llegar a una encrucijada de caminos, se volvió y nos preguntó: «¿Hacia donde huís?». «Fez», tuvo la amabilidad de decir Adama. «Entonces, por ahí». Señaló y arrancó hacia el otro lado. Saltamos a tierra y antes de pisarla oímos un “¡Suerte!” que ambos agradecimos. Yo que no tenía todas conmigo le dije a Adama: «No estaría de más correr otro trecho». Cuando los pulmones no me daban más paré, me doblé sobre mí mismo y esperé a mi amigo. No tardó en llegar ni en preguntar entre sobrealientos: «Tú dirás». Y le conté según andábamos y recuperábamos la respiración. Cuando acabé, me lanzó una pulla: «No sé porqué he corrido, a mí no me conocían». Alfilerazo que yo interpreté como una broma irónica, más que nada por su gesto final. Nos alejamos de la pista de tierra pero no nos cundió mucho. No es lo mismo correr por un camino ya pisado que por las piedras y a tras campo. Adama, se debió percatar y sin decir ni mu, volvió al camino llano. Dudé un momentín en seguirle. Cuando llegué cerca de él, le vi intentar parar a un camión cuyo conductor le hizo el mismo caso que a mí: ninguno. Eso ocurrió varias veces más. En esto que vimos venir de lejos desde Ait Toughach, a los que iban no les hacíamos señas lógicamente, una nube de hatos de tela sobre la que se desplazaba
una docena de personas o más. Como avanzaba lentamente hasta pudimos observar  que solo se veía la cabina del camión. De sus lados, aparte de los hatos, colgaba todo tipo de enseres, hasta una bicicleta. Antecedía a otra nube negra que escupía por detrás y que envolvió varias veces a los pasajeros de la caja del camión. Le hicimos señas, pero de nuevo sin éxito. No se detuvo. Y Adama debió pensar que no era necesario que se parara, así que esta vez fue él quien, al sobrepasarnos el vehículo, dio la orden de correr. Según nos acercamos al bulto de enseres envueltos en humo varias personas nos saludaban y nos animaban. Solo le oíamos porque los gases no nos permitían ni ver, ni respirar. Fui yo el primero en alcanzar el camión. De un salto  me agarré a un bulto y busqué con la otra mano algo más apropiado para aferrarme y trepar. Una cuerda me sirvió para ello. Antes de llegar a la cima de la tongada unas manos amigas se extendieron sobre mi cabeza. Yo agarré la primera que pude y culminé el esfuerzo. Al poco Adama me acompañaba. Cuando eché un vistazo, me sorprendí al ver la cantidad de personas que anidábamos allí. Intenté contarlos. Éramos lo menos veinte entre niños, ancianos, mujeres y hombres. Eso sí, todos sonrientes. Di las gracias en francés, en árabe y en tuareg. Si hubiera sabido hablar mil idiomas, mil veces hubiera agradecido. Al rato, cuando encontramos un hueco donde aposentarnos, ya nadie nos miraba. De pie, como algunos iban, se corría peligro de desprendimiento. No por la velocidad, sino por los baches. Pero aquellas personas se divertían, sobre todo los críos, sin ver el peligro del que tampoco les advertía nadie. Miré hacia el pueblo que habíamos dejado atrás a toda prisa y no le pude encontrar ya con la mirada. Pronto conocimos a algunos de los compañeros con los que haríamos la excursión discrecional. Y pronto notaríamos la molesta humareda del gasoil al mal quemarse en el viejo motor. Cuando empujaba el viento a favor la lentitud del camión permitía que los gases nos alcanzaran.  De hecho, cuando la brisa se calmaba, no se nos movían los turbantes aunque nos movíamos hacia delante. Pero era mejor que caminar, aunque no se ganara mucho más terreno. Hoy, esa sensación la puedo comparar a aquella que imaginaba cuando leía que Aladino volaba en su alfombra. Aunque mis pulsaciones volvían a la normalidad, tanto el susto inicial como el miedo todavía circulaban por mis venas y palpitaban en mi corazón. Mi amigo, frente a mí, me buscó con la mirada inquisitiva y le grité: ¡Los guerrilleros! y noté cierto desahogo. Me oyeron todos, pero solo me entendió él porque una parte de los demás se puso a buscar con la vista por el horizonte. Pero al volver la normalidad, los compañeros ya no nos miraban igual. No puedo decirte si mejor o peor, pero sí de manera distinta. Otra vez me pareció que la verdad no me ayudaba mucho. La cara de Adama era de sorpresa. El mismo desconcierto que yo mismo había sentido al ver a Abu Dharr. De igual manera pronto se le cambió al rictus y el temor ensombreció su semblante. No sabía la distancia que nos separaba de Ait Toughach, sin embargo estaba seguro de que no iba a dejar de mirar atrás hasta no haber cambiado de continente. Ya no me sentiría seguro en ninguna aldea africana. Puede ser que en otro momento más favorable que aquel, y en este que vivimos, hubiera sido un refugiado político, pero los periodos de bonanza en este sentido será difícil que vuelvan, a juzgar por los resultados de las elecciones en el mundo libre. Al respecto, cierto es que olvidamos la historia de la misma manera que preterimos nuestros orígenes. Las crónicas demuestran como cualquier cultura dominante ha sucumbido al unirse su decadencia a la fuerza de otra cultura, tan legítima como la agonizante. Como ejemplo te pongo la Conquista del Nuevo Mundo. No solo se impuso allí un dios, una lengua, una arquitectura y unos valores, sino también unas enfermedades. Ellos, en cambio, los conquistados, no impusieron nada. Nos hicieron conocer el tomate, las patatas y el maíz, entre otras cosas importantes. Bien es verdad que todavía subsisten retazos de algunas de aquellas civilizaciones, menos mal. Otras se han barrido por completo al producirse migración, más bien invasión, de europeos, aparte de masacres como la Conquista del Oeste. ¿Pensarían igual aquellos indígenas de los emigrantes que llegaron en barco de lo que piensan los europeos de los que llegan hoy a sus costas en pateras por huir de situaciones límites y no por medrar, como los llamados colonizadores? Es curioso, al menos para mí, hasta el uso del lenguaje. Mientras unos “civilizan” un continente otros “invadimos”. Pacíficamente eso sí. Si los que llegan hoy al Viejo Continente llevan en la cabeza las mismas ideas que llevaron los colonos al viajar a las Indias, sí sería lógico tratarles como se les trata. Pero me da a mí que no, que ningún sirio, subsahariano o rumano pretende encontrar El Dorado en Europa, ni cambiar espejos por oro. ¿O no? Eh bien, c'est ça, mon ami. ¿O acaso es que la egalité y la fraternité llegaron después, en 1789? Será. Y he escrito en impersonal, y no en segunda persona, por respeto, porque creo que los africanos también sufrimos entonces, y ahora, vuestra “colonización” y porque parte de nuestras culturas se mantienen vivas también en América, llevados por los esclavos que españoles y portugueses “exportaron” a aquellas tierras que demandaban mano de obra de barata. ¡Y tan barata! Jamás he oído hablar del aborigen europeo, sí del australiano, del americano, del asiático y del africano. Será, supongo, porque en Europa no existen o porque la historia la escriben los ganadores. Y que nadie me contradiga con los triunfadores estadounidenses, porque esos ganadores también son de estirpe europea. Les pese o no, son hijos de emigrantes que rechazan a emigrantes. Sus apellidos lo confirman, ¿o alguno se apellida Toro Sentado? Eh bien, c'est ça, mon ami.

Razones no le sobran a Dikembe para expresarse así, desde luego. Sus ejemplos son, para mí, incuestionables. Los países quieren defenderse contra el terrorismo islámico y es los suyo. Pero negar la entrada a cualquier persona de origen musulmán es una barbaridad. Pensar hoy en día que cualquier ciudadano de un país islámico es un yihadista, es lo mismo que pensar que toda mujer musulmana lleva el velo obligada. Pocos saben que en Irán hubo una ministra antes de que la zona fuera geopolíticamente importante y bastante antes de que la señora Tatcher llegara a ser primera ministra, para desgracia de los mineros británicos. Yo no soy analista político ni lo pretendo, pero no hay que olvidar que realmente, la primera vez que se habla de islamistas insurgentes es en la guerra fría, cuando la URSS mete las narices en la guerra civil afgana, en 1978. Esta ingerencia hace que los EEUU y Arabia Saudí apoyen a los muyahidines (nacidos en 1970), que, curiosamente, son yihadistas. Esos dos países envían gran cantidad de dinero y armas a estas tropas. Lo que luego, como todos sabemos, se volverá en contra de ellos con el pasar de los años, sobre todo de USA. Algo parecido ocurrió con Been Laden. Hay muchas diferencias entre los cuatro grandes facciones musulmanas: en su mayoría Suníes, Sunitas, Chiítas y Chiíes. Hasta el punto de estar en guerra entre ellos. Realmente quienes más sufren el terrorismo islámico son los musulmanes de bien, que los hay, y muchos. Eso no hay que olvidarlo, aunque, normalmente, los medios de comunicación hacen hincapié en las noticias referidas a los asesinados en nuestro mundo. O en Turquía, como mucho. Otros, más lejanos, les ocupan menos. Me he extendido un poco para defender que lo vivido por Dikembe en su edad adolescente es viable, aunque entiendo, a mí me pasa también, que cuando ubicamos en el tiempo la lacra mundial del terrorismo islámico lo hacemos en el momento de los atentados de las Torres Gemelas, por lo que supuso y por la propaganda.

Todo este rollo te lo he soltado porque no sé quien se cree que es el europeo. Vosotros sois mestizos. Descendientes de los aborígenes africanos que tuvieron los cojones de buscar nuevas tierras. Ellos se arriesgaron a viajar más allá de lo conocido para encontrar comida y no para hacer su agosto. Normalmente los sistemas se corrompen y luego reciben un golpe desde el exterior o el interior que los desintegra. Y no siempre es mejor lo que viene que aquello que se fue o viceversa. No estoy seguro de que ni tú ni yo nos veamos dentro de una nueva cultura o de que estemos inmersos en un cambio cultural y no nos estemos dando cuenta de ello. Lo dudo porque a mí no me cuadran las cuentas e intuyo que algo o mucho cambia a mi alrededor. Y no solo por la influencia de Internet. Llegará un día en que nos obligarán a asumir otros valores de los que vivimos en tu Europa, moles más grandes han caído. Salvemos, si estamos a tiempo, lo bueno de las democracias desdibujadas y corruptas que buscan el equilibrio en lo inestable. Hitler aprovechó unas circunstancias históricas para hipnotizar a todo un pueblo con ayuda de la radio y de unos pupilos que sus madres abortaron y, porqué no decirlo, con el consentimiento de unos enemigos que, al final, pagaron un precio desmesurado por no parar los pies en su momento al dictador asesino. Nadie creyó que esta gente fuera capaz de tan tamaña animalada. De la historia hay que aprender que no nos queda más remedio que actuar a tiempo, porque todavía y por desgracia abortan muchas mujeres. Como habrás leído en esta, te cuento más de mis pensamientos recientes que de mis andanzas pretéritas, así es que sigamos con ellas. Subidos en el camión, cruzamos sin parar otra aldea que, según anunciaba un cartel era Zaida. El nombre en ára-
be también aparecía en primer lugar. Tuvimos que parar dos veces a causa de los animales que, en rebaños, transitaban a su antojo por las calles polvorientas de Zaida que, tras nuestro paso, no mejoraron porque al polvo se unió el humo del tubo de escape. Desde nuestra atalaya móvil, saludamos a una muchachada que, cual coro discorde, nos devolvía el detalle con gritos y movimientos de brazos y manos. Otros, más tarde y mayores nos apedrearon. Su juego causó un herido leve entre los viajeros. El hombre sangró un poco por la frente y se olvidó de la travesura que nadie corregiría. En el fondo, un camión cargado de miserias, es un objetivo al que resulta tan fácil saludar como apedrear. Si era triste que anduvieran días iguales persiguiéndose, más funesto fue cuando aparecieron las sorpresas que, las más de las veces, se convertían en traspiés. La frase subrayada es del gran poeta chileno Ricardo Eliécer Neftalí Reyes Basoalto, más conocido como Pablo Neruda, y define, para mí, la rutina. Mis días solo fueron así cuando me encontré solo ante un desierto que, por mucho que pueda extrañar, me ofreció la vida. Durante esa época sí que anduvieron días iguales persiguiéndose. En mi caso fueron para bien, pues, en mi pensamiento de niño, me alejaba del mal y pensaba en llegar a un lugar donde ni violaran a mis no hermanas, ni mi no padre se emborrachara y en el que mi no madre, sino abuela, se tuviera que prostituir para dar de comer a sus hijas, a su madre y a su nieto. Bien es verdad que quien me perseguía era un fantasma, ¿pero acaso no huimos todos de los nuestros? Por otro lado, tampoco sabía que una utopía se formaba en mi cabeza. ¿Pero, en el fondo qué son los sueños? Yo, al menos, los tenía porqué estoy seguro que dejé atrás a otros muchos que ni soñaban , ni comían, y que morían como moscas tanto de lo uno como de lo otro. Y como no siempre es un camino de rosas por el que discurrir, justo al salir de Zaida y de que nos lanzaran las piedras, el motor del camión dijo que hasta allí había llegado. Con un ruido bronco, que todos oímos y notamos, acabó de servir para algo y, aunque el vehículo avanzó unos metros, terminó por pararse al pie de un repecho. Muchos compañeros curiosos echaron pie a tierra para no perderse ni ripio de lo acontecido. Ahora el humo salía por debajo de la cabina y no por el tubo de escape del camión. Lo poco que pudieron ver fue lo mismo que aquellos que nos habíamos quedado arriba. El conductor, al levantar el capó dejó libre una nube densa de humo negro que, durante unos segundos, impregnó nuestras pituitarias de un olor desagradable y desconocido, al menos para mí. Después, como un recordatorio de la muerte del motor, este soltó un estertor y una columna del mismo humo y vapor de agua se elevó con dificultad hacia el cielo en el que algunas nubes rompían su azul. De la misma manera también se convirtió en humo el deseo de muchos de llegar a Fez con sus enseres. Al poco, si no antes, quedó claro que el viaje motorizado se había acabado. Bajamos el resto a la carretera y, al ver los gestos del chófer que, cruzado de brazos se recostaba contra el cadáver, dejaba claro que aquel viaje se había terminado. Y asistimos a dos escenas, al menos, curiosas. Una violenta y otra conformista. Voy por partes. La violencia se desató al exigir muchos viajeros la devolución del importe del billete, boleto que nadie esgrimía, pagado hasta Fez. El pobre chófer no se defendía de los leves empujones que recibía y que no le causaban problemas porque estaba apoyado en el camión. Eso sí, gritaba a su vez que a él todavía no le habían pagado y que había perdido el camión, con lo que se reveló como propietario de la avería. Después del primer impacto de la impotencia en la voluntad de los paganinis que se sentían estafados, saber que el camionero estaba en igual o peores condiciones que ellos, hizo mella en su rábido espíritu y atemperaron un tanto sus humos y formas depredadoras. Creo que por eso no llegó la sangre al río. Y porque alguien, con buen criterio, gritó que cuanto antes se pusieran en camino, antes llegarían. Aunque no todos podían. Y así llegamos a la escena acomodadiza, digna también de animales, en este caso caracoles. Y verás porqué. El reparto de los objetos y hatos comenzó. Estos últimos envueltos en sus telas con su correspondiente nudo del que se manejaban, volaban hasta las manos de sus propietarios desde la cresta del camión. El acontecimiento era digno de ser contemplado. Los únicos que partimos sin peso fuimos nosotros. Y lo hicimos los primeros porque nada teníamos que cargar ni reclamar. Según nos alejábamos me preguntaba qué puede llevar uno encima cuando se busca una oportunidad. Bastante llenas llevas las alforjas como para sumar el peso de los pocos bienes poseídos. Aunque hay quien se adhiere al refrán: Benditos mis bienes que mis males remedian. Pero muchos bienes no pueden llevarse encima, salvo que sean joyas, porque los inmuebles… Debido al estorbo del equipaje y demás, más de uno iba a soportar el peso de dos. Como te digo, ya les observábamos desde cierta distancia. Volvíamos la cabeza y a nuestra normalidad. Si los días iguales seguían persiguiéndose, no te digo nada de los pasos que habíamos dado, dábamos y daríamos. Si bien es verdad que tanto el tiempo como el movimiento nos acercaban a nuestro destino, también es cierto que podían sumirnos en un pozo sin fondo. Llegamos los primeros a Boulaajoul y supimos que nos quedaban 170 kilómetros hasta Fez, según rezaba un cartel pintado en la fachada de una casa encalada. El dato nos decía poco. Miramos atrás pero no vimos a ningún caracol. Solo las nevadas montañas que tanto nos impresionaron ante las que quedamos admirados. El


Atlas se alzaba majestuoso y nevado. De allí veníamos y volvimos a sentir el frío. El falso llano nos engañó. Al ver las calles empinadas como se cerraban en curvas sinuosas fuimos conscientes de ello. Y como lucía el sol, cientos de prendas multicolores intentaban levantar el vuelo como grandes pájaros tropicales para unirse a las nubes que, por su lejanía, no amenazaban a nadie. En contraste con las casas de piedra que trepaban por la pendiente, las palmeras, los pequeños huertos verdes y la tierra roja. Y esta herida por el azadón de los primeros pobladores que hogaño se mantenían tan limpias y rectas como antaño. Las acequias, solución perfecta para domar el agua que bajaba de las montañas, servían para hacer parir la tierra con aquello que conducían. Eran las mismas que los árabes, al conquistar el Levante español, construyeron durante los ocho siglos que anduvieron por la península, donde también dejaron infraestructuras, palabras, músicas, bailes y demás restos culturales que todavía hoy contemplamos y disfrutamos. Vimos dátiles en las palmeras y, entre las casas, gran número de animales de carga, en su mayor número burros y algún camello que otro. Pero mi recuerdo es de muchos burros, más que personas en una primera impresión. Por lógica, acabamos en la plaza y yo esta carta por cansancio. Sé que me pongo tarde a escribirte pero, por algún motivo, necesito un recogimiento que no encuentro a otra hora para hacerte estas confidencias. Cada uno es cada cual y como dice el cantor: Baja las escaleras como [y cuando] quiere (1) . Un saludo,









(1VG) [↑][Volver] Dikembe se refiere a la canción Cada loco con su tema (1983) de Joan Manuel Serrat, cuya letra dice: “…/cada uno es como es,/ cada quien es cada cual/ y baja las escaleras como quiere…/”




Imagen 1. Foto bajada de cultura.elpais.com ©Joaquín Mayordomo Sánchez. Original en color.
Imagen 2. Foto bajada de historiadecovaleda.wordpress.com
Imagen 3. Foto bajada de alegriasedesabafos.blogspot.com.es. Original en color.
Imagen 4. Foto bajada de www.meltycampus.fr. Original en color.


jueves, 6 de abril de 2017

Acerico hexagonal


Supongo que nos pasa a todos, hay días que necesitamos hacer algo rapidito y de resultado inmediato.

Si a ese deseo le unimos que había hecho varios acericos hexagonales y que no me había quedado con ninguno, pues todo resuelto.

Así que me fui a mi cajita de aprovisionamiento hexagonil y decidí que sería bicolor, sin más, algo sencillo que ese día debía estar yo biplana.

Fui al departamento de fotografía con unos bonis de pajaritos que ya tuvieron su protagonismo en el último vídeo.


Uhhhh, se me han colado otra vez, hay que ver lo revoltosos que están.

Y sigo coso que te coso...

martes, 4 de abril de 2017

Cómo hacer rag quilt. Videotutorial.

Como me paso el día "catando", una de las técnicas que probé de inmediato fue el rag quilt.

Fácil, rápida y resultona.




¿Qué más se puede pedir?

Creo que si alguien aún no se ha atrevido a empezar con el patchwork, podría hacerlo con este proyecto.

Permite el reciclaje de: vestidos, camisas, vaqueros, telas de tapicería.....

Se puede emplear para: cojines, bolsos, plaids, quilts....

Os dejo con el vídeo por si os puedo aportar algo.


Muchas gracias por vuestra compañía y comentarios.

Y sigo coso que te coso...

lunes, 3 de abril de 2017

CAP. 47 . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . Andanzas y tropezones de Dikembe Biyombo







De cómo ser amigo


ue llegar el sol a cierta altura en el segundo día de encierro y por fin apareció Adama. Llegó en unas condiciones tales que me alegré de haberme quedado en prenda a pesar de todo. Parecía como si le hubieran colgado un peso superior al que podía soportar su esqueleto. Arrastraba los pies y, a la vez, parecía flotar. Nunca lo supe, pero estoy seguro de que no durmió tanto como yo aquellas dos noches. Es más, se podía deducir que se las había pasado anda que te anda. A esa conclusión llegué cuando al salir de Karrandou me dijo: «Tengo que descansar, Dikembe. No puedo más». Y como a mí tampoco me iba a sentar mal una siesta, buscamos la sombra de un árbol junto al río y allí nos echamos. Ya caída la noche, me despertó el frío. Tapé a Adama con la manta y prendí un fuego. Él se despertó al día siguiente, temprano, cuando yo tiraba piedras al río para matar el tiempo. Como habrás imaginado, Adama había aparecido antes de que madre e hijo se fueran a comer. Me libraron de la cadena y pude salir al aire libre. Tras frotarme el tobillo y revolver el pelo del chico en actitud amigable me quejé a Mahraz del estado de la fruta y la noche que había pasado casi in albis: «Señora, los frutos están verdes». Quedamos entonces en que nosotros correríamos un alto riesgo para eliminar el suyo. Debíamos actuar como dos ladrones después de que madre e hijo se fueran a mediodía. Ninguno, ni Adama ni yo, estábamos en condiciones de discutir acuerdo alguno. Por lo tanto aceptamos su propuesta sin discutirla. Adama pagó a la mujer y se cobijó del sol en mi habitación, mientras yo me senté fuera y me recosté en la pared del chamizo también a la sombra. Una vez se hubieron ido no quise despertar a mi amigo y me puse a recolectar fruta yo solo. Tampoco encontré mucha en sazón, pero sí la suficiente como para casi llenar las alforjas. Y entonces sí le desperté. Nos dimos prisa en salir de Kerrandou. Yo me hice cargo del peso porque Adama andaba como un sonámbulo. El par de horas, a lo sumo, que había dormido no le habían valido para mucho. Y encima tuvimos que agradecer que nadie me viera arramplar con lo que era nuestro. No dejaba de ser una ironía. Daba igual que robáramos o compráramos, siempre teníamos que huir como delincuentes. Pero no tuvimos problemas en dejar atrás el pueblo y en encontrar donde pasar el día restante con su correspondiente noche como te he dicho ya. Nos llevamos en las alforjas más que la fruta. Adama se despertó con mejor cara y al acercarse al río vi que ya no tenía los hombros hundidos ni arrastraba los pies. Volvimos bajo el árbol y Adama devoró literalmente la primera manzana que apañó de las alforjas. No había caído en que durante su solitaria aventura debía de haber comido poco. Aunque al verle desayunar esa mañana se podía deducir que no había ingerido nada. Así había aparecido con esas pintas. Me arrepentí de no haber hecho té para cuando se levantara en vez de jugar con las piedras. Sabía que si se lo sugería diría que no, así que lo asumí y le dejé comer a gusto, tal como lo hice yo. Eché fuera la culpabilidad al pensar qué le hubiera ocurrido de haber comido la fruta que a mí me sentara mal la primera noche de fungir de prenda. Por un momento me sentí paternalista. Por supuesto, no le conté nada de los percances que me habían ocurrido durante su ausencia. Bastante tenía él con lo suyo, de lo cual nada supe a su vez. Un amigo no está para sufrir tus penas, sino para prestarte su apoyo, y nunca para cargar con tus pesadumbres, aunque las adivinará.   
No sé de donde viene la frase: No cargues con mi peso, pero ayúdame a llevarlo. Tampoco recuerdo que sea literal pero sí expresa la misma idea. No me gusta por el contrario el final de aquella que, más o menos, reza que “tener un amigo es duplicar las alegrías y dividir las penas”. Un amigo con que esté ya cumple su función. Los detalles quedan para los fisgones y cotillas que nada tienen que ver con apoyarse. Y por supuesto, como el amor, la amistad hay que alimentarla y, evidentemente, no tiene precio, aunque no todas. Y todo lo positivo de estas ideas soy capaz de leerlo entre las líneas de estas cartas. Y me alegra porque entiendo y conozco el sentimiento que unió a estas dos personas e incluso al animal. Proyecto la admiración que me causa este reconocimiento hacía mí mismo y me solazo por ello. Sus vidas no parecen haber sido fáciles, y por contra, hay momentos en que los envidio, aunque no sé si les falto al respeto por ello. Este canto a la amistad es otro de los motivos de no arrepentirme de hacer pública la historia que su propio protagonista cuenta a nuestro común amigo José María. Y ya se sabe: los amigos de mis amigos son mis amigos.  
Iniciamos camino y cada uno dejó atrás las malas experiencias tenidas en aquellos días. De nuevo fue Adama quien tomó la iniciativa y yo me alegré, y no solo por un motivo. Además me pareció que sabía por donde y hacia donde marchaba. Y como confiaba en él, y me sentía deudor, le dejé hacer. Su bien solo podía ser el mío. Aparte de que quien se había estudiado el mapa había sido él. Le gustaba y siempre me hacía leerle el nombre de los pueblos y las aldeas. En un momento determinado, se volvió y me dijo: «Al final de este valle está Thamidanté». Y eso me confirmó todo lo que te he contado y otra cosa, que aquel camino no era nuevo para él. Hay que ver lo mucho que se puede conocer de alguien sin cruzar apenas dos palabras con él. Adama y yo siempre nos hemos comunicado de una forma animal: sin palabras. Nos hemos basado más en los hechos y en nuestra empatía. No sé si soy justo o injusto con mi amigo al comparar nuestra comunicación con aquella otra compartida con Hamal. Intuyo que a Adama no le disgustaría ese paralelismo sabedor de la unión que experimenté con aquel animal y que también él compartió en parte. Y más si se piensa que es más fácil querer a un animal que a un semejante. El animal es tal como tú quieres imaginarlo, en cambio una persona es como es. Y eso, a veces, no nos gusta. Lo primero que hay que aceptar de los otros, y que tienen que asumir de nosotros, son los defectos. Y, por supuesto, que tú no vas a ser el maestro de nadie ni el perdonavidas de nadie o su salvador, aquel que va a hacerle cambiar para bien. Ni tu madre se va a reencarnar en tu pareja, seas varón o hembra. Ni el príncipe azul o la princesa rosa son reales. Y si lo fueran estarían juntos. Y perdóname la alusión de estos dos tópicos para explicarme. Te insisto en que las penurias propias del viaje habían cambiado para bien nuestro día a día. Por ello íbamos más deprisa, si bien esta ventaja tuvo un hándicap: la ausencia del animal, ya que todas las etapas las hicimos a pie y cargados. Lógicamente, terminábamos el día más cansados físicamente, pero no mentalmente. Como conocía la forma de ser de Adama, no solía preguntarle mucho pero en este caso que te cuento sí lo hice porque el motivo de nuestra última experiencia me tenía muy intrigado. Me contestó con un encogimiento de hombros. Pero insistí y llegué a decirle que se mojara una vez. Fingí enfado y le espeté que no concebía que dos personas que viajasen juntas no conversaran. No sé si fue por esa obcecación o por mi simulado enfado, pero al cabo de un tiempo se volvió, se paró y me dijo: «Creo que es lo mismo que les ocurre a los mineros: mafias». En un principio no le entendí, como casi siempre. No uní las dos ideas, pero a los diez pasos ya había caído en lo que pensaba Adama. Aquella gente trabajaba la tierra para alguien. Y ese alguien controlaba absolutamente todo y quien se salía de sus normas la cagaba. Entonces llegué a imaginar que la viuda lo era porque ese cacique le había dejado sin marido por vender sin su permiso. Así ocupé la mente durante unos kilómetros, tras los cuales fui yo quien se adelantó. Le pedí perdón: «El enfado era fingido, lo siento». Nunca andábamos a la par, siempre uno iba unos pasos por delante. Me contestó que ya lo sabía y que no me faltaba razón. Y, claro, me dejó sin palabras. Y mira que es difícil que yo no tenga una contestación al punto. Sabes que eso me ha ayudado tanto en mi vida como migrante, como en mi vida posterior y profesional. Para dar clases de Filología a tanto joven descarado no solo vale con transmitirles tus conocimientos, es necesario darles argumentos para que sean ellos quienes busquen y encuentren la cantidad de información que a un simple titulado como yo le supera. Es decir, que reducir su información a la mía, por muy preparado que estuviera, es de una cutrez manifiesta. Sí, hay que acostumbrarles a distinguir lo posible de lo incierto, que no se crean lo primero que lean, que lo contrasten, que sean ellos quienes se pregunten y quienes se contesten. Que el idioma es un organismo vivo que solo morirá cuando la última humana muera. Saber hablar es saber pensar también. Y no es que yo haya esperado jamás que todos mis alumnos fueran como Adama, pero sí pretendí que no fueran como aquel Dikembe que él conoció. Y es curioso como algunos de ellos no lo entendieron. Veían que era más cómodo sentarse ante mí a esperar que yo soltase el discurso leído de un libro y luego repartiera fotocopias para aprendérselo como un papagayo: «¿Esto entrará en el examen?». Eso ya no vale. Yo no estaba por encima de ellos en posibilidades de adquirir conocimientos, sino todo lo contrario. Sobre todo cuando Internet estalló. Y, al final, incluso alguno de ellos me recomendaba a mí leer algún libro o ensayo que habían encontrado publicado en la Red. Perdona, hasta ahora había tratado de dejar al margen mi profesión pero, como dices tú, soy un chota, no me puedo callar nada y me meto en todos los charcos, aunque no haya llovido y este sea del tamaño de la educación de toda una generación. Pero mis supuestos tienen origen en mi curiosidad y la humanidad no sería nada sin ella. Por eso hay que alimentar ese fisgoneo en los jóvenes, pero no solo desde el entramado educativo, sino también desde la familia, los amigos, los políticos, etc. Un alto porcentaje de las tonterías que cuento a tus hijos están destinadas a que piensen, a que indaguen. En definitiva a agrandar su curiosidad. Si consiguiéramos que todos mantuviéramos la curiosidad con la que nacemos, otro gallo nos cantaría. Sin ella no hubiéramos aprendido nada. Y sabes muy bien que un bebé aprende el 80% de sus conocimientos durante sus tres primeros años. En este charco es en el que me he metido para deducir todo lo planteado anteriormente, porque es lo más importante que he aprendido durante mi docencia. Por eso he acudido a ello. No porque sea un chota. El caso fue que entramos en Thamidanté o Thamidant cuando anochecía. Habíamos llegado sin tener que pasar hambre. Sed por supuesto que tampoco. Viajar paralelo a un río es una bendición, no del cielo, sino de la tierra. El agua es vida y esta acompaña. ¿o no? Eh bien, c'est ça, mon ami. Anocheció rápido, como siempre así que, en vez de comprar alimentos, ya teníamos dirhams, tuvimos que coger prestado de un huerto algo que llevarnos a la boca. Pasamos la noche al raso, bajo un árbol y juntos debajo de las dos mantas porque hacía un frío del demonio. El calor de otro cuerpo no solo calienta si es humano. Dormir con alguien es uno de los actos más íntimos que dos personas pueden compartir. Y me refiero solo y exclusivamente a dormir, no es un eufemismo. Que tú tienes la mente muy calenturienta. Yo, por ejemplo, no he vuelto a dormir con otra persona. No he tenido ocasión. Hacerlo implica un grado de confianza muy alto. ¿A que a ti no te importa dormir con uno de tus hijos y viceversa? ¿A que no lo harías por el contrario con el panadero de tu calle, con el que nos llevamos tan bien? Eh bien, c'est ça, mon ami. Haz la prueba, ponte en ese caso con quien tengas enfrente y verás. Eso sí, deja el sexo a un lado, si no te vas meter con muchas mujeres en la cama. No, en serio, haz este ejercicio. Y ya que estamos pregúntate si dormirías conmigo. Y no soy pedante si digo que yo no tendría problema en hacerlo junto a ti. Poco te puedo contar de Thamidanté porque, al levantarnos, ya vimos hortelanos en sus huertos y no tuvimos problemas en hacernos con alimentos por la vía legal. Desayunamos y seguimos camino hacia Fez sin más. No hay nada mejor que saber adonde vas. Al tomar rumbo norte, dejamos atrás el río Ziz, al que tanto habíamos acompañado y tanto debíamos. Muchas de las deudas que he acumulado nunca las podré pagar. O sí, ya veremos porque por la cabeza y el corazón me rondan unas mariposas que hoy, todavía, no consigo atrapar. Y tengo claro también que muchos de los favores que yo hice los presté por propio interés. Hablo en general, porque en los pocos casos en que no fue así ya los habrás deducido de mis palabras anteriores. Pregunté al agricultor que nos vendió los alimentos y me contestó que no tendríamos problemas en llegar a Fez, porque todos los alrededores dependían de la gran ciudad. Y, además, como mojones en el camino encontraríamos muchos pueblos cercanos unos a otros. También nos aconsejó abrigarnos. Estamos acostumbrados a pensar en África como un lugar ardiente y seco, pero no todos los lugares son así, en particular en la ruta que seguíamos la nieve no era nada extraña. Ya la habíamos pisado y volveríamos a hacerlo. Pero el hecho de haber tanto pueblo cercano nos relajó y alegró. Adama lo expresó a su modo: «No, si al final vamos a tener suerte». Con las palabradas del hortelano salimos más reconfortados que de costumbre y también mejor informados. El camino más directo pasaba por atravesar las montañas por el paso que nos marcó en el mapa: «Después todo es cuesta abajo y la carretera está asfaltada. Hay tráfico de camiones porque Fez es una ciudad que necesita mucha comida. es muy grande». No es que fuera coser y cantar alcanzar el siguiente pueblo, Tillicht, pero andar nueve Kilómetros no nos costó mucho. Al estar tan cerca unos pueblos de otros, las características socioeconómicas no variaban más que en matices. Por ejemplo, Tillicht estaba más volcada en la ganadería que en la agricultura. Y ello marcaba su día a día, su alimentación y su paisaje. Respecto al entorno recuerdo que vimos una escena que jamás habíamos visto y no volveríamos a ver: unas cabras capaces de trepar a los árboles. Y es que aprendes cualquier cosa antes de morir

de hambre. Y no es que se tratara de una especialización mercantil por la cercanía de Fez, sino del ajuste natural a las condiciones agropecuarias de los lugares. Al alejarte del río, lógicamente había menos agua y la agricultura solo daba para el autoconsumo. Así que la solución era el ganado y, sobre todo, las cabras que se comen hasta las piedras. Amén de que las rocas y los riscos, aunque dispongas de agua suficiente, no puedes sembrarlos, aunque sí puedes aprovechar toda la vegetación que crece entre ellas para criar cabras, ovejas, burros, camellos o vacas. Llegamos a Tillicht sin que el día se hubiera acabado, por ello pudimos ver las diferencias con Thamidanté. Y como prisas no teníamos allí nos quedamos a dormir. Acaso tardaríamos un día más en llegar a Fez, pero no nos importaba porque compramos carne y la asamos al fuego. Ambos teníamos ganas de hincar el diente a una pierna de cordero bien chamuscada. Aquel labriego había calculado que en seis días llegaríamos a la gran ciudad, pero qué más daba un día más, no habíamos quedado con nadie allí. Y si la vida nos trataba tan regaladamente mejor que mejor. Yo creo que veíamos tan cerca el final de nuestro periplo que nos arrugamos un tanto. Supongo que era el miedo al éxito. Te recuerdo que, en el momento que cumples un sueño, la ilusión que le acompaña también desaparece. Y sin sueños no se puede vivir. No sabíamos que en aquel momento iba a comenzar otra guerra. Menos sangrienta pero más sibilina. Aunque si no la ganas acabas peor que muerto, porque volver a la casilla de salida es mental y físicamente imposible. Y eso les pasa ahora a todos los chicos que con quince o dieciséis años son devueltos a sus lugares de origen desde países como España que no los acogen, como si nuestros viajes sean por capricho y no por necesidad. Ante esto me pregunto si está más protegido internacionalmente un refugiado político que un refugiado por hambre. No tiene ningún sentido. Si a mí me hubieran devuelto a Gwane, me hubiera ido en busca de un león y le hubiera insultado para enfadarlo más. Y mira, en cambio, yo gané una vida digna y España un profesor de lengua que ha enseñado treinta años a sus hijos su propia lengua. Y no quiero ponerme de ejemplo de nada, solo hacer notar hasta qué punto puede ser útil una persona nacida en cualquier sitio. Por otro lado, como ahora pasa en España, cualquier joven que se va a trabajar al extranjero es una pérdida incalculable e irremplazable para el propio país. Y no solo, por la inversión que se hace en su formación, sino por el potencial que se va. ¿De quién es el futuro? Pues de quien puede vivirlo, ¿no? Eh bien, c'est ça, mon ami.  Allí en Tillicht descansamos, comimos  y  charla- 

mos con un pastor.  Es decir, charlé yo con un pastor. Él era del siguiente pueblo siguiendo aquella carretera, Zebzat, pero en su recorrido llegaba hasta los alrededores de aquel otro. Nos animó a seguir camino porque según nos dijo, era cuesta abajo y era un pueblo muy bonito. Compartimos con él algunas frutas y él cortó unos trozos de queso que a Adama le debieron encantar porque dijo que estaba riquísimo y se lo agradeció a Hakim de palabra y todo. Yo, en cambio, comí un trozo por compromiso, porque me pareció mal no aceptarlo. Ya sabes que no me gusta y que me trae a la memoria recuerdos nada agradables de mis tiempos de esclavitud y sabores amargos de culpabilidad. Ido el pastor y como teníamos la tarde por delante decidimos seguir hacia Zebzat porque dedujimos que debía estar cerca. Si el pastor se había llegado hasta allí, no podía estar muy lejos. Pero nos equivocamos. Nadie nos había dicho que el pastor llevaba una semana fuera de casa. Y tampoco es que el camino fuera cómodo. Después de varios resbalones por el suelo pedregoso tuvimos que pisar el asfalto que tan poco nos gustaba y soportar el paso de los camiones con sus correspondientes humos malolientes. Adama no tenía la misma actitud ante la risa que ante la charla. La predisposición ante ellas era contraria. Siempre estaba dispuesto a reír. Y esto chocaba con la posible adustez que su silencio le proporcionaba. No obstante, a mi amigo hay que conocerle. Para con él no vale la primera impresión. Es una personalidad que, como la cebolla, tiene muchos cascos y algara, que es lo primero que ves. Yo, a pesar del tiempo que le conozco, todavía no he llegado a la última capa. Hace poco me enteré por él de que uno de sus sueños incumplidos es no ser padre. Jamás me lo hubiera imaginado, te lo aseguro. El caso fue que o bien el pastor había calculado mal, que lo dudo, o bien nosotros nos dormimos en los laureles o perdimos demasiado tiempo, pero cuando el sol se ocultaba ni siquiera vislumbrábamos Zebzat. Aunque tampoco nos importó hacer noche junto a una charca que solo usamos para lavarnos la cara al despertar, tal como mi abuela Mayifa me había enseñado y que en tan pocas ocasiones había hecho durante el viaje. La gran lata que me acercaba para ello fue lo más cerca que estuve del agua corriente en casa. Y como dicen los políticos, esto, el agua corriente dentro de casa, deberíamos ponerlo en valor. La rutina tiene la capacidad de normalizar lo extraordinario, igual que hace con el amor, por desgracia. Y hay quien dirá, asistiéndole el derecho y la razón, que contra la costumbre la voluntad y la imaginación se imponen. Pero yo solo puedo hablar por mí. Ganar la partida al día a día es tan difícil como vencer al sistema, te posiciones fuera o dentro de él. Y quien conozca a alguien que lo haya conseguido que lo diga. Es más, si existe una persona mayor de cincuenta años que no piense como yo me extrañaría mucho.
Y llegamos a Zebzat que se encontraba en las últimas estribaciones del Atlas Medio y ello significaba que estábamos más cerca de Fez. Nos quedamos allí porque encontramos una casa medio en ruinas, con algunas paredes en pie, en la que nos sentimos a gusto. Aunque si hubiéramos echado la vista atrás, hubiéramos salido zumbando porque era muy parecida a aquella otra en Tamanrasset, donde encontramos al pobre Emmanuel y tras la que murió el mafioso Abdelkader. Pero en aquel momento no nos acordamos de todo aquello. Insisto en el abismo al que te asomas cuando acaricias casi con la yema de los dedos el triunfo. Ese miedo nos frenaba. Yo me di cuenta de ello mucho después y lo tengo hablado con Adama que, cuando se lo comenté, asintió. También había llegado a esa conclusión después de pensar sobre el tiempo que desperdiciamos o recuperamos en Marruecos. Y ese día también hablamos sobre la ignorancia del peligro que pasamos en aquel nuestro viaje. No es lo más grande que he hecho en mi vida, pero sí lo más peligroso. En cambio, salvo momentos puntuales que habrás adivinado, nosotros no percibíamos esa amenaza, si bien siempre íbamos cargados de miedos. Hasta ese momento, habíamos cumplido todos los objetivos que nos habíamos propuesto. Generalmente era Adama quien proponía el final de la etapa a cubrir y, como te digo, casi siempre cumplíamos. Hacerlo nos satisfacía, nos animaba a seguir. Al cumplir el reto diario nos crecíamos, nos hacía ver la realidad de otra manera. Y esto no se ve peligroso si vas a pie o en camello por el desierto. Habías sido otro acierto de Adama: plantearse desafíos que podíamos cumplir. Si después de quedarme solo, cuando murió mi última tía, alguien me hubiera dicho que vagaría por África durante casi cinco años, con lo que implicó, no me hubiera movido de Chad. Al principio, sin Adama y sin Hamal ni siquiera sabía adonde iba. Por eso te hablo de nuestra relajación al pisar tierra marroquí y al echar la culpa de nuestra galbana al notar el final cerca. Como sabes no sé la fecha en que vine al mundo, por lo tanto no sé la edad exacta que tengo. Cuando rellené los papeles para hacerme español la casilla correspondiente la rellené con aquella en que se firmó el armisticio de la II Guerra Mundial porque en ese momento leía un libro al respecto y me pareció una fecha esperanzadora y que no se me iba a olvidar. No mentí en la casilla “Hijo de:”, pues escribí: “Desconocido”. En la siguiente casilla sí mentí: “Y de:”, pues, sin cortarme un pelo la rellené así: “Abuela Mayifa”. Y al darme cuenta, hube de tachar bien tachada la primera palabra. ¿Te imaginas la cara del funcionario al leer: Hijo de: Desconocido y de: Abuela Mayifa? Yo creo que hubieran rechazado mi solicitud por mentiroso. Y no les hubiera faltado razón. La única defensa que hubiera tenido es que solo les había engañado en un 50%. Para mí en aquella época era un porcentaje muy bajo. Menos mal que a lo largo de estos años españoles, he compensado tanto embuste. Hoy ya no tengo necesidad de mentir a nadie, ni siquiera a mí mismo. No podría cualificar ni cuantificar la cantidad de veces que he faltado a la mitad final del octavo mandamiento, porque jamás he levantado un falso testimonio a nadie. Si bien, todavía no tengo claro que podamos vivir sin la mentira. Quizás por ello, estemos inmersos en la época de la “posverdad” que no es ni más ni menos que un neologismo acuñado por los políticos para poder decir todas las mentiras que se les ocurren. Si es verdad que la humanidad no puede desarrollarse sin verdades individuales o colectivas, también es cierto que sin la mentira los individuos no llegamos muy lejos. Y no hace falta ponerse moralmente dramático para defender esta idea. Muchas veces, el sí o el no, apenas cambia nada. Y otras no es la contestación a una pregunta, sino a la idea que oculta esa pregunta. No obstante, y por si no te queda claro, te diré que para que una relación satisfaga a las partes debe basarse en la sinceridad. Y me refiero a todas las relaciones humanas que se pueden dar. Cada vez hablo más de mí y menos del viaje. Es como si me estuviera ocurriendo lo mismo que entonces, que como veo relativamente cerca el final, me abandono. Bon, mon ami, seguiremos en la próxima e intentaré no aludir a otras cosas que no sean mis andanzas y tropezones. Un saludo,











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