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lunes, 23 de enero de 2017

CAP. 37 . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . Andanzas y tropezones de Dikembe Biyombo



De cómo encontré otros ojos



l trayecto hasta Tawrirt o Taourit iba a ser largo. Tanto como esa carretera a la que había dejado paso la pista de arena que bordeábamos desde encontrarla. Ni a Hamal, ni a nosotros, cuando le dábamos descanso, nos gustaba pisar esa superficie negra y rugosa que se nos pegaba a los pies. Preferíamos la arena, suelta o apisonada. Aunque valorábamos la información que gracias a ella nos llegaba. Sabíamos por los carteles que la carretera acabaría dentro de una ciudad. Yo creo que fue nuestra etapa más aburrida, a pesar de no tener qué comer, salvo alguna que otra raíz que encontraba aquí o allá. Harto ya de pasar hambre y contra la voluntad de Adama, al oír acercarse un motor, metí a Hamal en la carretera, me planté en medio con las piernas abiertas y empecé a cruzar y descruzar los brazos extendidos por encima de mi cabeza. La bronca del camionero me la llevé, pero después de que parara. Sin quitar a Hamal del medio como pretendía el gritón, y por encima de sus palabrotas, le conté que nos habían robado y que solo nos habían dejado el agua. La cara que puso no fue de credulidad. Y menos cuando, después de preguntar con retintín si nos habían dejado algo de valor, a parte del camello, le contesté que algo de dinero teníamos. Por una vez que decía la verdad, no me creían. Pero aquel hombre era un negociante y olió ganancias. Cambió de gesto y me explicó que habíamos tenido suerte porque se dirigía al zoco de Tamanrasset a vender los mejores dátiles de la región. Y con eso me dio pie para iniciar la compra que él ya había vislumbrado de antemano y que coincidía con mis intenciones al pararle. Puse por las nubes la fama de los dátiles de Tawrirt por su dulzor, su pequeña semilla y su carne apretada y esta vez, aunque le mentí, sí me creyó. Sin darme cuenta había subido el precio de su fruta. Pero mientras que él conocía mis pretensiones, yo no sabía nada de las suyas. «¿Entonces, cuántas canastas quieres, muchacho? Son solo de medio cántaro (1) cada una». En ese instante, se acercó Adama y me dijo: «Ni se te ocurra, no puede faltar mucho». Pero yo tenía más hambre que ganas de razonar, y contesté al negociante que solo una. Cuando vi la cantidad de dátiles que componían un cántaro pensé en la advertencia de Adama, me retracté y le pedí que nos vendiera menos. Pero él se hizo fuerte y se refugió en que su labor era de mayorista, que no vendía al detall. Y para convencerme de su postura llegó a ofrecerme toda la carga por un buen precio porque se ahorraba el porte. Fue Adama quien contestó muy poco educadamente: «¿Y por dónde nos los metemos, por el culo?». Adama sabía que si ese hombre salía de Tamanrasset para vender sus dátiles, no nos darían mucho por los 
que nos sobraran allí mismo. Y me ajusté a la menor cantidad posible. De diferente humor y ganas cargamos el saco en Hamal, pagamos los frutos a precio de oro y el satisfecho camionero siguió camino. Lo primero que oí después de que el motor se amortiguara por la lejanía fue un “eres tonto, Dikembe”. Me llené la boca de dátiles y le contesté con ella llena, por eso no sé si me entendió, ya que tampoco contestó: «Tonto es aquel que se muere de hambre por ser consecuente». Ya sabes el dicho aquel de que el junco nunca se quiebra, su resiliencia se basa en la flexibilidad. Lo que yo no estaba dispuesto era ni a buscar, ni a comer más raíces duras y ahogadizas. Pero estaba de acuerdo con mi amigo en una cosa: la compra daba para llegar a cualquier parte de África andando. No, no íbamos a pasar necesidad, salvo que el cabezón de Adama se negara a comer dátiles, cosa que no hizo. Pero no se los comió con las ganas y la alegría con que me los zampé yo. Ser cada lunes y cada martes consecuente te acerca, si no corriges el miércoles, a la rigidez. La virtud está en un término medio, aunque yo no tengo claro esa medida. No le faltaba razón al trujamán de dátiles en defender la calidad de su fruta, dulce y jugosa, por eso no me explicaba la cara de amargado que tenía mi compañero aun después de probar el primer fruto. Le pregunté, para hacerle hablar y encocorarle, si no le había gustado. «Lo que no me gusta es meterme la lengua en el culo, listo». Y bastante me dijo. Los dos sabíamos que por hambre se es capaz de hacer cualquier cosa, si es que puedes y, si no, te mueres que también es hacer algo. El día a día de aquellos a los que se niega el pan y la sal así lo atestigua. Cuando el mundo conoció, ya hace tiempo, la cantidad de niños, y no tan niños, que morían de inanición a diario en África, a poco se queda sin resuello. Hoy, que ya lo sabemos todos, no exigimos a quienes debiéramos que pongan freno a esa barbarie. Y eso que, normalmente, los elegimos nosotros. Será porque nuestras conciencias están construidas con la variable primordial de valoración por cercanía o por identidad nacional. Vaya usted a saber. Al menos ese es el cariz que se observa desde esta mi atalaya a la que solo te dejo subir a ti y a Adama. Pero él acertaba en aquel momento en el que me tildó de tonto, porque se confirmó y así lo reconocí. Eran demasiados frutos para que no se estropearan bajo el sol de justicia que nos caía. Estaba claro que el camionero no iba a entregar un pedido, sino a venderlos si podía. Otra vez me habían engañado como a lostontos de Carabaña, aunque no hubiera cañas ni cañerías de por medio (2) . Siempre engañamos mejor a quienes se fían de nosotros, lo difícil es engañar a los otros. ¡Qué razón tenía Adama, qué tonto y confiado era yo! Y fue entonces cuando decidí que solamente iba a confiar en él. Y la verdad, mi círculo en este sentido se ha ampliado muy poquito desde entonces. Recién tomada la decisión me costó más mantenerla, pero en cuanto recordaba que por fiarme de Moussa había perdido mi libertad, aumentaban mis recelos. En la vida te encuentras con todo tipo de gente, eso lo sabemos todos. Y por costumbre y simplicidad las adjetivamos de buenas o malas. A mí me ha costado mucho desestimar esa simpleza, este maniqueísmo que de otra forma me hubiera podido llevar a la radical idea de eliminar a los malos. Y no creas que esa convicción es tan rara. ¿o no? Eh bien, c'est ça, mon ami. Que hay mucho “salvador” por ahí suelto elegido con votos “Trump-a” (léase trampa), si me permites el chiste dejándome llevar por la actualidad. Llegamos a Tawrirt, hartos de  dátiles, con más  de  los
que habíamos comido y con la mitad de ellos echados a perder por la temperatura. Y que encima rezumaban del saco. Y como en mi juventud nunca quise dar mi brazo a torcer, por eso muchas veces me lo han torcido, me dediqué a separar los dátiles malos de los menos malos y de los podridos, que también los había. Los primeros y los últimos se los di a Hamal que no puso ni un pero. Y así se lo dije a Adama que me dejó por imposible. Como ya te habré dicho, él era eminentemente práctico, la antítesis de otros, que como yo, sueñan que el mundo se puede mejorar. La inteligencia puede definirse como la capacidad de entender nuestro entorno, todo aquello que nos rodea, tal como hace la propia naturaleza. Y, a veces, nuestros sueños ocultan la realidad.
Los sueños ocultan la realidad. Menuda sentencia se marca aquí Dikembe. A mí me ha dado qué pensar y he llegado a la conclusión de que tiene muchos números para dibujar una verdad que a muchos nos afecta. Por ahí anda una frase de Oscar Wilde que asocio con esta otra de nuestro protagonista: “Cuidado con lo que deseas porque se puede convertir en realidad”, aunque la primera es más rotunda y no deja salida. Recupero todo mi tiempo de brega y lo traslado al papel junto a los sueños que me movían mientras luchaba. Y, efectivamente, la realidad que leo desde donde estoy ahora, nada tiene que ver con la que veía en aquellos momentos. Ni siquiera los motivos de aquella lucha se salvan. No, no es cierto que lo hiciera por mis hijos. No. Lo hacía porque yo quería. Y ni siquiera por darles lo mejor. Te puedes tirar a un torrente a salvar a tu hija de ahogarse, pero nadie se tira a la calle todos los días de su vida laboral para conseguir lo mejor para ella. No. Y quien lo afirme miente. Y creo que es a eso a lo que se refiere Dikembe. Pero no tiene nada que ver con la satisfacción de haber salido a flote, hasta ahora. Así que a ello me agarro para no reconocerme un hipócrita. Pero a mi favor he de reconocerme que jamás les he pasado una factura. Y si fue así, lo siento, les pido disculpas.
Como es natural, una vez solucionado, aunque no del todo, el expediente dátiles, nos dedicamos a echar un vistazo a las calles de aquel pueblo para ponernos en situación. Notamos a la gente nerviosa y reticente, como si esperaran que algo pasara. Posteriormente buscaríamos el mejor escenario para nuestras representaciones. la khasba de aquella ciudad me impresionó sobremanera. Indagaríamos por separado. Si bien no estábamos de morros, tampoco se podía decir que estuviéramos a partir un dátil, como los vecinos que andaban como huidizos unos de otros. Por supuesto, Adama se fue solo y yo con Hamal. La primera tarde, mientras yo valoraba los motivos de nuestra pequeña rencilla al pie de un árbol, él se dedicó a buscar un lugar donde asegurar una buena noche. Encontró una pared al fondo de un pequeño callejón oscuro y sin salida. Por la parte superior el lugar estaba defendido por una tupida red de ramas a diferentes alturas que pertenecían a más de un árbol, todos hojecidos y frondosos. Al hojear de continuo los árboles, la hojarasca se acumulaba sobre la tierra, ante todo, en los dos rincones por acción del viento. Pues bien, aquella no sería habitación para una sola noche. Fue nuestro hogar en Tawrirt. Y lo fue por barata y umbría, no por limpia. Si bien, la tarde del segundo día la dedicamos a adecentarla un poco y, con ayuda de Hamal, vaciamos el almacén orgánico. De allí saldríamos todas las mañanas temprano para volver cuando el sol calentaba más, y también algunas tardes, en cuyo caso volvíamos antes de ponerse el sol por la lección aprendida en Tamanrasset y porque, cuando se cerraba la noche, no veíamos ni tres en un burro. Y como no queríamos llamar la atención nos aguantamos sin una vela siquiera. Tampoco nos hacía falta, porque cenábamos temprano, y nos dormíamos a la vez que el sol. Adama, en cuestión alimentaria, confiaba en mí, a pesar del incidente de los dátiles. Como te digo, salíamos temprano del rincón, él subía por la calle y yo bajaba por otra estrecha que desembocaba, en mi dirección, en otra más ancha, con farolas de luz y todo, que pocas veces veía lucir. Por la avenida discurría cierto tráfico de vehículos de todo tipo y también incluyo a los militares que eran muchos. Todos los días, me topaba con una escena que, al poco tiempo, tendría repercusiones en nuestras vidas. Se trataba, a mi entender, de un rito en el que una joven era acompañada por otras mujeres mayores, todas con el rostro cubierto, hasta que la acompañada se introducía en un automóvil negro y grande. Además de  un  sirvien

te que era quien habría la comitiva. En la escena que se repetía a diario, solo actuaba un hombre, porque el otro, el chófer con gorra y pistola al cinto, se la vería después, esperaba sentado ante el volante, mientras el otro abría y sujetaba la puerta para que la joven subiera. Después de cerrar muy despacio la puerta, el sirviente daba un golpe en lo alto del vehículo y este arrancaba, sin hacer ruido, y se alejaba. Y allí nos dejaba a todos, mujeres, sirviente y yo, envueltos en una nube de humo y polvo ante la puerta abierta por donde volvía a desaparecer el séquito. Yo, siempre curioso, echaba un ojo dentro de aquella propiedad con la excusa de apañar algo en la silla de Hamal. La inspección duraba poco porque el sirviente cerraba las dos hojas de la puerta enseguida. Pero me daba tiempo a admirar el cuidado jardín y la fachada del resplandeciente palacete donde destacaban los arabescos y lacerías. Y algún día también vi soldados con sus correspondientes armas que paseaban por entre los setos. No le hubiera dado a estos episodios más que la importancia que le damos a un hecho fortuito y casual, salvo porque, justo antes de subirse al coche, la joven se asomaba por encima de su velo, y de la puerta negra con cristal tintado, y me miraba fugazmente para luego desaparecer tragada por aquella ballena negra y reluciente. Ni los ojos ni la mirada se parecían a aquellos otros que me turbaran durante una eternidad, según la medida del tiempo que yo aplicaba entonces. Las nuevas miradas me resultaron anodinas y caprichosas, o así juzgué a la joven, a pesar de todo el boato. Y me duraba en la cabeza menos tiempo que utilizaba para fisgonear, y así hasta el día siguiente en el que se repetía el episodio. No se lo comenté a Adama porque no consideré que fuera digno de comentario. Él, por su lado, cuando volvía de sus pesquisas, tampoco me contaba nada, por lo que deducía que no había encontrado el lugar adecuado para nuestras representaciones. Por ello seguimos con la búsqueda todas las mañanas. Sí le comenté que no veía en aquella ciudad tanto trasiego de extranjeros como en Tamanrasset. Me pareció ver conformidad en su cara y me reafirmé en la idea de que allí iba a ser difícil trabajar con Hamal. Poco más hablamos ese día y los anteriores. Por las tardes seguía con mi costumbre de jugar con Hamal. De todas formas, hacía demasiado calor para andar por las calles. Pero para jugar nunca hay impedimentos, salvo si hay mayores. Durante esos días observé que el camello estaba menos motivado, le tenía que repetir las cosas para que me hiciera caso, aunque yo notaba que me entendía. No me lo explicaba, pero hoy sí. Hamal, como todos, se hacía mayor, no viejo, no me entiendas mal. Pero ya las ganas de jugar no eran como las de antes. Él maduraba el doble de rápido que yo. Los camellos suelen vivir entorno a los cuarenta años más o menos. Y ya sabes, con la edad se suelen perder las ganas de jugar, que no es otra cosa que probar a vivir sin riesgos. Por ello, el juego debería ser objeto de más respeto, tanto o más que la educación reglada y callejera. Yo jugué poco para lo que me hubiera gustado. Pero lo suficiente como para aprender a encontrar bajo tierra esas raíces y tubérculos que en más de una ocasión me curaron las puñaladas del hambre y me dieron fuerza para dar un paso más. Y cualquier camino se anda así, no te olvides, paso a paso. Para mí el hoy ha sido siempre más importante que el mañana. Aunque eso ya lo sabes tú, ¿no? El tiempo parecía pasar despacio, pero nos dimos cuenta de que llevábamos en Tawrirt cerca de un mes, según Adama. Un día, que al salir de la callejuela, miré hacia arriba, me pareció ver a la joven del coche en una de las ventanas superiores de un torreón del palacete que daba a nuestro callejón. Me llevó a pensar que si no la veía fuera de su casa, la veía dentro y sonreí. El azar hace que, a veces, los hechos parezcan premeditados. Hoy creo que así era, al menos el momento elegido para subir al automóvil. Cuando rodeé el muro que resguardaba el edificio, comprobé, por la vestimenta y las joyas que la muchacha de la ventana era la misma que salía envelada por la puerta principal. Tanto la mirada como su huida al yo verla, se volvieron a repetir una vez más. Después de unos días en los que no cabe destacar nada, salvo que al salir del callejón cogí la costumbre de mirar hacia esa ventana en la que veía fugazmente una figura que suponía era de la joven de marras que a continuación aparecía en la calle, me miraba y desaparecía dentro del coche. Y, claro, terminé por comentárselo a mi amigo. «Ándate con ojo, Dikembe, alguien que no debiera se ha fijado en ti. Y huelo algo raro en el ambiente». En este caso no di valor alguno al comentario de Adama porque para mí todo aquello era una casualidad. ¿Quién se iba a fijar en mí? En todo caso en Hamal. Lo que tengo claro es que jamás he conocido el enfoque femenino de la vida. Y en aquellos momentos menos. ¿Menos? No. Igual que ahora. Y eso no quiere decir que no lo acepte. Y esto no debes confundirlo con un juicio de valor encubierto. La única persona que me hubiera convencido de que una mujer me podía hacer caso hubiera sido mi abuela Mayifa. Pero ella ya no me podía dedicar piropos enigmáticos del tipo: «Si tu abuelo hubiera tenido tu cuerpo, hubiéramos tenido más nietos». Pero claro, cuando me requebraba así la pobre yo no me enteraba. Pero si ella hubiera querido que lo entendiera, seguro que así hubiera sido. Muchas veces pienso en ella y me planteo, si cuando se manifestaba de esta guisa no lo hacía para que yo me enterara, sino que hablaba a algún otro u otra.  Bon, el caso fue que una tarde, cuando Hamal y yo jugábamos en las afueras de la ciudad, se me acercaron dos hombres muy correctos y limpiamente vestidos. Al llegar a la altura de la sombra del árbol que me cobijaba, reconocí a uno de ellos como el sirviente que abría la puerta del coche y cerraba las de la mansión. Al otro le ubiqué dentro del vehículo por la gorra que usaba así como un traje y unas botas de caña alta que yo nunca había visto antes. Me llamó la atención que ambos iban armados, uno con una daga dentro de la faja y el otro con una cartuchera al cinto. Me saludaron en francés, aludiendo a Alá, y me preguntaron quien era yo. Podía haber dicho: “¿Y a ustedes qué les importa?”, pero como parecían venir en son de paz, aunque armados, y se habían expresado con tanta educación, me salió el Dikembe mentiroso y sagaz, y tuve la idea de bautizarme otra vez, pero esta con un nombre elegido por mí y sin agua bendita: «Mi nombre es Mobutu Mudinga y no soy de esta tierra». El suave, pero largo interrogatorio, terminó por cansarme, aunque a mi amigo le vino de perlas porque le vi resguardarse del sol bajo otro árbol y, allí sentado, esperaba que yo terminara de hablar con aquellos humanos a los que contestaba con una mentira detrás de otra. Y es que no sabía cómo acabar la conversación. Eran tan educados y amables que no veía el momento de cortar. Me preguntaron sobre todo, y todo referido a mí, a mis creencias y a mi intimidad. Inclusive cosas que no entendí y así se lo hice saber. Así que acabé siendo musulmán, hijo de un mercader, huérfano y dueño de un camello que me esperaba para volver a casa. Esto fue lo único cierto que dije. «Así que me tengo que ir». Y me despedí cordialmente, monté a Hamal y me largué de allí tan rápido como pude. Al entrar por el callejón ya le contaba con gritos a Adama aquel encuentro vespertino. Me obligó a volver al principio porque no sabía de lo que hablaba al no oír mis primeras palabras. Cuando acabé dijo: «El cerco se cierra, amigo». No es que pensara que se había vuelto loco al oír su resumida opinión sobre todo lo contado, pero como entendí qué me quería decir pensé lo más fácil y a mano: que él vivía en su mundo y yo en el mío. Y aunque esto último sea cierto hoy todavía, lo primero era y es erróneo porque Adama vivía y vive en  todos los mundos que le interesan. Él sabe más de mí que yo mismo, pero se lo calla. Una tarde con él te hubiera valido por todos los ratos que tú y yo hemos pasado juntos. Aunque incluyamos todas las cartas que yo fuera capaz de escribirte. Claro que otra cosa es que en esa tarde Adama abriera la boca para decir algo. Y la ironía que uso no es una broma. Lo cierto es que, a raíz del comentario tan arcano de mi amigo, empecé a fijarme más. Eso sí, me di cuenta de que desde cualquier punto de la ciudad se distinguían los dos minaretes que se elevaban hacia el cielo dentro de aquellos jardines que, entre otras personas, debía disfrutar aquella joven. De eso me enteré en la frutería porque pregunté por la casa. Me contaron más chismes de la caprichosa niña y del orgulloso padre que algo tenía que ver con minas y yacimientos. Pero aquellos encuentros siguieron, aunque siempre ocurría lo mismo. No, miento, porque el sirviente de las puertas al verme me saludaba con una inclinación de cabeza y la mano puesta en la daga. El chófer no podía ver, salvo que mirara por el retrovisor, pero eso lo sé hoy. Podría haber variado el camino de salida del rincón y girar hacia el otro lado, pero no tengo ni idea del motivo por el que no lo hacía. No era consciente de aquello que alimentaba. Y no es que me gustara la escena o no pudiera vivir sin que ocurriera, pero ahora creo que me atraía por el morbo de poder ver la cara de aquella joven en un descuido. Adama y yo nos habíamos repartido la ciudad a conquistar y eso que no sabíamos que estaba en disputa. Él se ocupaba del norte y yo de la zona pobre. Ya me había acostumbrado a girar a la izquierda, como siempre, al salir del callejón. Interés no tenía, era rutina. Ah, también me contó el tendero que la tal Fátima era más fea que Picio, para que me entiendas, pero eso sí, era la niña de los ojos del padre con ínfulas de emir. Convertí también en costumbre repetir a Adama, cuando volvía a casa, el nuevo cotilleo que me habían contado el tendero. Los más largos venían generalmente de la frutera a la que reñía el marido por cómo y que contaba, pero ella decía que no eran palabras suyas, sino de las clientas a las que despachaba y que a los soldados esas tonterías les resbalaban. No hace falta decir que mis cotilleos con Adama no encontraban respuesta alguna y que, aparentemente, le importaban poco, si bien yo intuía que algo le preocupaba. Pensaba que era, como en otras ocasiones, por la falta de trabajo, es decir, de ingresos. Nunca pensé que el objeto de su preocupación fuera yo, y menos por los motivos que él ya adivinaba, aparte de que el ambiente belicoso tampoco se le escapaba. Total, que una tarde, cuando volvíamos de jugar relativamente temprano, me abordaron otra vez aquellos dos hombres justo en la esquina del callejón, entre las dos casas. Es decir, entre el palacete y nuestro rincón. De nuevo los saludos corteses y galanos. Esta vez fueron directamente al grano y me preguntaron si tenía ropa adecuada para asistir a una cena de gala. No tuve que contestarles. Mi gesto de sorpresa y desconcierto hablaron por mí. Entonces el sirviente tomó las riendas de la situación mientras el otro se hacía con las de Hamal y le metía en el callejón. «Tu a migo se hará cargo del camello. Acompáñanos», sugirió agarrándome suavemente del brazo. Me pillaron con la guardia baja, pero me dejé de preocupar al decirme: «Bien, pues lo primero es elegir un buen vestuario. ¿No querrá aparecer por palacio vestido de tal guisa? A la princesa Fátima no le gustaría». Esa fue la primera referencia al origen del asunto, pero un adolescente tan atolondrado como yo, no caería ni siquiera cuando Adama trató de explicarme todo el asunto que, en realidad, se resumía en: Niña antojadiza y rica, conoce a chico pobre y de buen ver, se encapricha de él y trata de hacerse con un marido. Aunque el asunto no acabaría así, ni sería tan sencillo porque, evidentemente, y como mínimo, las emociones del posible consorte también contaban. Llegamos los tres a una tienda atiborrada de ropas colgadas y con un olor particular. Allí, mis dos acompañantes me entregaron a un viejo que se empeñaba en que levantara los hombros y la barbilla. Se ponía detrás de mi con una cinta en la mano y me apretaba primero un hombro y luego otro: «Buen cuerpo tienes, hijo. Vaya anchuras». Después estiraba la cinta entre la axila y la muñeca mientras me decía: «Quieto, quieto. No te muevas muchacho». Hoy sé que fue el único día que me tomaron medidas. Toda la ropa que me han regalado, que he robado o he comprado ha sido de prêt-à-porter. Abandoné el comercio disfrazado de príncipe consorte de los pies, con babuchas, hasta la cabeza, con turbante. Más bonito que un San Luis, como decís aquí. Al menos es lo que me devolvía aquel espejo de cuerpo entero ante el que me preguntó el sastre aquel si era de mi gusto. Como sabía que me iba a dar igual decir sí que no, afirmé. Aquel que vi ante mí era más grandote que la imagen que recordaba cuando fui el Señor de la Piedra gracias a Sinafasi Benga. Pero los ojos y la mirada eran los mismos. Me duró poco el disfraz porque lo siguiente fue visitar unos baños públicos donde mis acompañantes eligieron para mí el aseo más completo, que incluía servicio de peluquería y todo. Y eso fue lo primero que me quitaron allí, el pelo. Después el polvo y la mugre que se había fusionado con mi piel. Descubrí que tenía rojas las rodillas después de que aquel servicial lavador se empeñara en darles forma con una piedra arenosa. Me quitaron también parte de las uñas, tanto de las manos como de los pies. Eso fue lo que más me gusto. No mientras cortaban, sino después. Me sentí liberado de un peso. Sentí una agradable sensación que recuerdo perfectamente. Cuando salimos a la calle el sol y mis tripas me dijeron que era hora de cenar. Les dije a mis acompañantes que ya llegaba tarde a comprar la cena para mi amigo porque nosotros cenábamos muy temprano. Ante mi sorpresa me informaron que Adama estaba perfectamente atendido. Que no me preocupara. Y me despreocupé. El buen trato y el sentimiento de inferioridad permiten que caigas en manos que usan la superioridad para su provecho. Aunque este no fuera el caso, porque aquel día Adama cenaría caliente para su sorpresa y su recelo, como luego me contaría. Para él siempre había un motivo para todo. Era newtoniano, causa-efecto. Al ejercer una fuerza A se produce una reacción B, por lo general dañina. Desde luego, aquella gente lo tenía todo pensado y estaba más que informada. Conocía nuestras costumbres al dedillo. Y yo pensando que quien conocía las de aquella joven era yo. Es curiosa la insuficiencia de nuestra percepción de la realidad. No solo nos engaña nuestra mente, sino nosotros mismos. Cuando nos acontece una adversidad nos preguntamos el motivo por el que nos ocurre a nosotros. Pero cuando el acontecimiento es grato a nadie se le ocurre pensar porqué le ha tocado a él. A lo más que llega es a imaginar que tras esa dicha se encadenarán varios infortunios porque tanta suerte no puedes tener. A nosotros mi hora de cenar nos debió pillar en otro comercio especializado en oro y plata donde tenían un gran surtido de joyas y otros trabajos de orfebrería.


Allí, mientras esperaba sentado que eligieran mis ya casi amigos, me sirvieron un té y me ofrecieron unos dulces que no rechacé. Después del cuarto pastel, no sabía qué hacer con los dedos pringosos hasta que un niño me acercó un lavamanos y un lienzo de tela para secarme. Tras volver para retirar el cuenco y la toallita, también se llevó el plato de golosinas que yo me hubiera acabado, si me hubieran dejado, claro. Primero eligieron para mí unas sandalias con adornos de plata. Sustituyeron las babuchas y me  las calzaron. Me hicieron levantar y andar con ellas. Ni me preguntaron. Hubiera expresado mi alegría por otros zapatos nuevos, pero estaba claro que mi opinión no contaba para nada.
«Estas son para pisar palacio, así que cámbiatelas». Después vistieron mi dedo anular derecho con un anillo de oro que al joyero le costó meter en mi dedo. Y del que me quejé de camino al palacio. Me apretaba. «Pues haber elegido mejor». Ante tal respuesta me quedé mudo y parado y ellos apretaron el paso. Imagino que por jorobar, porque prisa no me había parecido que tuviéramos. Llegamos al palacete por la callejuela paralela a nuestro rincón. Tras abrir una negra y pequeña puerta y decir el sirviente una frase que no venía a cuento, penetramos en un silencio y frescor que no reinaban fuera. Si bien, la puerta de hierro tropezó con un soldado que al punto se retiró para dejarnos pasar. No sería el único que veríamos antes de entrar en palacio. Los setos, perfectamente arreglados, delimitaban un camino recto de graba que seguimos en fila india. Por supuesto yo iba en segundo lugar. Noté que el porte de ambos había cambiado al pisar aquel jardín. Me parecieron más serviciales. Yo no hacía más que mirarme el anillo que me molestaba y veía los destellos que el oro emitía contra la luz de la luna. Y tropecé. «¿Te has lastimado?», escuché. Y me extrañó. Si hubiéramos estado en la calle me hubieran llamado tonto por trastabillarme. Giramos noventa grados a la derecha y pasamos bajo un arco de ladrillos. Allí el ruido del agua al caer hizo que mi curiosidad cambiara de objetivo. Así pude apreciar unas cuantas fuentes y acequias que adornaban aquel oasis en el centro de la ciudad. Nos paramos frente a un venero y allí cumplimos con las abluciones de nuestros pies, como si fuéramos a pisar una mezquita. A mí me dieron las sandalias y me sugirieron calzármelas. Así lo hice mientras un soldado cruzaba por delante y me miraba con curiosidad. Les entregué las babuchas. Allí sentado en un pollo de piedra, con el roce de la piel fina en los pies y el canto de las fuentes en mis oídos me sentí como en el paraíso. Eso sí, duró poco. «Señor, deberíamos entrar ya». Y entramos. Si fuera se permitían los murmullos del agua, dentro del palacete debía estar prohibido hacer cualquier ruido porque el silencio era total. Avanzamos por habitaciones abiertas al jardín y con muy pocos muebles y grandes alfombras. Noté que en ellas reinaba el aroma de las flores que había visto fuera. Aquel ambiente no era el que se respiraba en nuestro callejón, y eso que éramos vecinos. Y como es tan largo y curioso el recuerdo de aquellos momentos, te lo relataré en la siguiente. No esperes nada especial, como las aventuras de un buscón llamado don Pablos, pero el lance tiene miga, te lo aseguro. Un saludo,








(1VG) [↑][Volver] Cántaro. Medida de peso argelina que equivale aproximadamente a 46 kilos. Fuente: Tesoro del Comercio, tomo VII, publicado bajo los auspicios de La Real Junta de Comercio de Cataluña. Imprenta de Juan Aliveres y Gabarró, 1837. Consultada en books.google.es.
(2VG) [↑][Volver] Dikembe se refiere aquí al dicho: ‘A los tontos de Carabaña se les engaña con una caña’ y que se usa en muchos lugares de España, siendo Carabaña un pueblo de la Comunidad de Madrid, que yo sepa. Es una expresión que se usó mucho entre los chavales y chavalas, allá por los 60 del siglo pasado. Si te interesa saber el origen, entra aquí


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viernes, 20 de enero de 2017

Un par de cestas

Hay algunas cestas en casa que ya me están cansando un poco.

Son de las primeras y me piden a gritos la renovación/sustitución.

Como me encanta probar nuevos materiales, en esta ocasión he usado una tela de tapicería de sofá de los 80.

Con un niño pequeño se me ocurrió tapizar los sillones de este salmóncasicrudo.

Creo que duró poco, igual menos que poco.

Pero mira, después de más de 30 años con un retalito se da vida a un par de cestas para el baño.


Hoy mismo las estreno.

Cada vez que las mire, recordaré a Raúl intentando subirse gateando al sofá.

Que recuerdos!!

Calculo que ya he hecho más de 100, si todavía no te has decidido, aquí te dejo el tutorial.

Y sigo coso que te coso...

miércoles, 18 de enero de 2017

Mi recién estrenado marido de finales de los 70 del siglo pasado

El título ya va diciendo algo...

Pero si queréis pasar un rato conmigo, invitados estáis.


Hay que tomarse la vida con filosofía.

Ya me veis a mi.

Y sigo coso que te coso...

martes, 17 de enero de 2017

Cojín manta para Elena


Estas fiestas, el regalo estrella ha sido el cojín manta.

Como soy de piñón fijo, estaba en momento exploding block y así que hice unos cuantos.

También en modo batik

No es que lo diga, es que os lo demuestro, yo de pensar poco, pero poco, poco, que luego igual profundizas y no te gustas.

Pero el regalo si que ha gustado, ha sido para Elena, mi sobrina favorita, no tiene mucho mérito, porque haga lo que haga a ella le gusta. Es muy agradecida. 

Que mona eres Elena y cuanto te quiere tu tía.


Como su habitación está en moradosberenjena, intenté que el asunto fuera de esos tonos.

Estoy convencida que arroparé tus sueños y, en algún momento, estaré contigo.

Y sigo coso que te coso...

lunes, 16 de enero de 2017

CAP. 36 . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . Andanzas y tropezones de Dikembe Biyombo









De cómo perder un mapa sin que nadie se entere


quellas gentes con las que nos habíamos encontrado en mitad del desierto venían de Tiaret. Nos aconsejaron que tomáramos rumbo oeste. En esa dirección encontraríamos agua más fácilmente y con más frecuencia. Antes del amanecer me despertó el trajín de los tuaregs que reemprendían camino. Vi que Adama también se revolvía bajo su manta, pero él no se levantó. Yo sabía que estaba despierto y esperaba a que la pequeña caravana se pusiera en marcha para emprender el día. A veces, mi amigo parecía, o lo era, antipático. Las despedidas y los formulismos le gustaban tanto como hablar. Cuando se desperezó y volvió a ser persona, me le quedé mirando a los ojos a modo de reproche. «Los tuaregs no me gustan», fue su disculpa. Hoy puedo asegurarte que, salvo Hamal y yo, todo el mundo le desagradaba. Y poco ha cambiado. Creo que las experiencias con sus semejantes le han llevado a desconfiar de todo el mundo. Y no tengo en cuenta solamente el sufrimiento de aquel niño en África, también incluyo como fue, fuimos, tratados al  llegar a España e inclusive todavía hoy. Aún hay gente que nos repudia por tener la piel de otro color. Y, a veces, nos demuestran ese rechazo hasta violentamente. Adama cuenta en su haber, o en su debe, con dos palizas callejeras que le hicieron pasar por el hospital. Donde también se encontró con problemas, digamos burocráticos. Si bien debo decir, porque soy testigo de ello, que el personal sanitario se portó estupendamente con los dos. Muchos de estos profesionales actúan en contra de las instancias superiores y a favor de su juramento. Asunto que se agradece a todos los niveles, incluido el legal. Una persona que tarda 10 ó 15 años en esforzarse para hacer un juramento, no va a dejar de cumplirlo porque se lo ordene un ministro de tres al cuarto. A mí, al menos, me parece más importante e imprescindible un solo médico que todo un gobierno en pleno, se ponga los demócratas como se pongan. Debemos mejorar muchos aspectos de nuestros estamentos, tanto allí, en África, como aquí. No me duelen prendas, mon ami. No sería solo la xenofobia la culpable de que Adama acabara en un centro sanitario. Su malaria también le obligaría más de una vez. Y si bien está casi curada, le ha dejado huella. Y en su favor debo decir que, siendo un “simpapeles”, le permitieron formar parte de un grupo de cobayas en el que se ensayó una droga contra el paludismo. Otra vez aparece la incongruencia de vuestras leyes. ¿Si no existes civilmente, cómo narices puedes contribuir a la ciencia?”. Todos esos desajustes desaparecerán, no cuando se hagan leyes justas, porque es imposible, sino cuando todos tengamos los mismos derechos en cualquier momento y lugar. Para mí es así de sencillo. Pero si yo fabrico peines, no quiero que haya calvos. Y si esos peines usan balas, la paz no me interesa. Quien no quiera entenderlo y sea partidario de armar hasta a los niños, más le valdría no haber nacido. Un mundo que debe vivir en paz no les necesita. Y digo que no deberían haber nacido, porque me guste o no, una vez paridos tienen el mismo derecho que yo para expresar su opinión.
¿Qué queréis que os diga? Bastante dice Dikembe a su amigo José María. Ante sus palabras poco puedo añadir, aunque alguien las discutirá. Pero quien quiera que lo haga tendrá que explicar porqué llegan armas a manos de tantos niños. Y no le valdrá la escusa del cuchillo que también sirve para cortar el pan porque en un arma no hay nada bueno, nada. Yo me sumo a la reflexión y postura de Dikembe. A los niños hay que amarlos, no armarlos, como hacen por África actualmente. Todos arrimamos el ascua a nuestra sardina, aunque este refrán falla cuando no hay ni una parrocha que arrimar.
Seguimos camino también nosotros hacia el oeste con el regusto dulce de aquel azúcar tostado con almendras, así como de la grata compañía, al menos para mí, porque ya conocemos la postura de Adama ante los tuaregs y no tuaregs. Al cruzar una pista de tierra, mi amigo me planteó seguirla. Iba hacia el norte. Le propuse que cavilara un poco. Después de que se volviera hacia los cuatro puntos cardinales sus pasos me indicaron la dirección que “habíamos” elegido. Y hablo en plural porque aunque las decisiones las tomáramos individualmente siempre eran por consenso. Cuestión de confianza. Igual que la presunción que tú asumes cuando te pones al volante de un coche ante los demás conductores. Si no tuvieras la seguridad de que nadie va a ir contra tu vehículo, no conducirías. Confías ciegamente en que todos vais a cumplir las normas de circulación. Y, en cambio, sabes perfectamente que muchos os las saltáis a la torera. Pues es lo mismo que nos pasaba a nosotros. Atinaría o erraría, pero yo presumía que en ese momento la suya era una decisión acertada. Éramos como una mujer maltratada que siempre consiente, en su caso por lo contrario que nosotros. Supongo que le ayudó a decidir oír junto al murmullo del viento el traqueteo lejano de un motor. Y ello implicaba el encuentro con otro humano. Evidentemente dejamos la pista por la que se caminaba mil veces mejor que por la arena suelta, pero que, precisamente por ello, atraía más caminantes y vehículos motorizados o no. Sin volverme, oí alejarse el monótono ruido mecánico, y volvimos al silencio que se ve inundado por el viento, que esta vez nos daba de cara. Nos subimos las camisetas hasta la nariz, de modo que si nos hubiéramos cruzado con los fantasmas de nuestros familiares no nos hubieran conocido. Hamal no necesitaba ni de turbantes, ni de pañuelos, ni de camisetas para defenderse de la arena que traía el aire. Los camellos son capaces de sellar sus narinas a voluntad para que no se vean afectadas sus fosas nasales. Lo que ya no sé es por donde respiran los “jodíos”. Como tampoco necesitan la vista para caminar en línea recta, al menos Hamal. Lo sé porque en nuestros juegos yo le ponía mi camiseta en la cabeza, me alejaba, le llamaba. Él acudía por el camino más corto. Por ese motivo y porque la tempestad de arena arreciaba, nos pusimos en su lomo y nos dejamos llevar hacia la profundidad del desierto. En nuestros corazones, sin alimentarlo ni saberlo, crecía el sueño de una tierra que nadie nos había prometido pero en la que, en mi caso, buscaba a Kataku. Sí, es cierto que Adama hablaba poco y andaba siempre absorto en sus pensamientos, pero cuando hablaba decía algo, no era como yo. Creo que me repito, pero es fácil caer en la tautología. Te lo digo, porque durante una de esas noches de travesía, bajo las estrellas y nuestras correspondientes mantas, racionalicé mi deseo de llegar allí donde todos los de mi aldea ubicábamos a aquel joven que marchara. No buscaba contestación alguna, porque no había pregunta, tan solo reconocimiento de un anhelo íntimo y profundo que no creía tener . Mi sorpresa fue escuchar una confesión en tan solo tres palabras: «Yo solo huyo». Adama no iba a ningún sitio en particular, solo huía. Quería evaporarse, no estar en ningún sitio. Aunque eso cambiaría. Y sin querer ser protagonista de nada, creo que fui yo el motivo. Bon, moi y supongo que algo tuvo que ver también Hamal. Le entendí perfectamente porque eso creía yo que hacía desde que dejé atrás a Wahid Okoye. Aquella noche, imaginé más que dormí. Mi amigo, sin intención, ya me había contado los motivos de su constante evasión. Y yo confundía mis recuerdos con sus delirios durante su enfermedad. Cada uno vive las situaciones similares como puede y sabe. Ninguno respondemos igual ante lo mismo. Y, aunque sean semejantes esas vivencias, calan y desgarran, en su caso, diferentes partes del alma. Y considerando que no hay dos almas iguales, a pesar de que las hay gemelas, pensé en las diferencias de nuestras heridas ante hechos semejantes. También llegué a una conclusión que desecharía durante el viaje. A la sazón asumí que aquello vivido en nuestras respectivas aldeas, tanto Adama como yo, era consuetudinario. Como decís vosotros, que era el pan nuestro de cada día que debía llegarle a todo el mundo. Bien es verdad, como te he dicho, que antes de llegar a estas tierras que hoy piso, ya había corregido esa sensación. Porque, también, en nuestro largo y ancho peregrinar, vi que en África hay personas que no sufren la amputación de sus seres queridos en el momento que más los necesitan. Sin llegar a pensar que nuestras soledades, la de Adama y la mía, eran raras o particulares. Según nos levantábamos caminábamos hacia nuestras sombras, siluetas que por las tardes nos seguían a nosotros. Recordé con alegría que un anciano de mi aldea, cuando no era yo más que un mocoso, se reía de mí porque siempre andaba corre que te corre para pisar mi sombra. Y me decía que nunca conseguiría adelantarla ni dejarla atrás, que era como el dolor, que siempre le tenemos delante y que siempre está detrás, en la memoria. Y este recuerdo final, me torció el gesto. Así que dejé de recordar y punto. Y mira tú por donde, si cuando sale el sol le das la espalda y sigues en esa dirección a la tarde has conseguido dejar tu sombra atrás. Aquel viejo no tenia razón, cualquier cosa se puede dejar atrás, aunque luego vuelva a estar delante. Basta con seguir tu caminar y echarle paciencia. Adama, al ver las sonrisas que por estos pensamientos se me venían a la cara, me miró con extrañeza. A lo mejor se preguntaba si tenía motivos para sonreír o quizás pensara que su compañero se había vuelto loco. Terminó por esbozar forzadamente otra sonrisa que apenas terminó. Y como me gustaba pincharle me acerqué a él y le pregunté, exagerando: «¿Y tú de que ríes?». Fue la única vez, que recuerde, que me dio la sensación de que Adama hablaba por hablar. «Porque tú lo haces», me dijo, respuesta que en aquel momento juzgué vacía. Pero de banal tenía poco, porque hoy reconozco en ella su amistad, la pura alegría de ver que el otro está alegre. En esa sonrisa había cariño, había admiración. Sí, a veces, las palabras separan, otras muchas expresan más de la idea que representan. Ojala las palabras, incluidos los insultos y las mofas, fueran las únicas armas para luchar entre nosotros. Aunque hay algunos que no las entienden. Poco te cuento, como verás, de la travesía por el desierto, pero es que tan solo pasaban los días y las tormentas de arena. Hoy reconozco que el desierto no fue solo duna tras duna. Si algún día fue verde, debió ser impresionante, acaso un paraíso. A nada que se le hubiera hecho caso a aquel físico, matemático e inventor, Augustin Mouchot, que ya en el siglo XIX pensó en la energía solar, hoy el Sahara y otros desiertos generarían más energía que aquella que obtendremos nunca al quemar todo el carbón y el petróleo que arrancamos a la tierra. Y sin ningún riesgo para nuestra salud. Pero, como siempre, la economía se impuso a la lógica. Después de la Exposición Universal de París de 1889, donde monsieur Mouchot presentó su invento para explotar la energía solar, el hundimiento del precio del carbón


hizo que todos se olvidaran de sus proyectos. Todos menos un multimillonario, gracias a la invención del cristal de seguridad, que, treinta años después, montó en Maadi, Egipto, una planta solar capaz de bombear del Nilo 23.000 litros de agua por minuto para mantener irrigados varios campos de algodón. Este pionero fue Frank Shuman. Esta vez no fue la economía, o sí, sino la II Guerra Mundial el freno. Y después el bajo coste del petróleo. Las grandes industrias optaron por quemar petróleo y la liaron. Era todavía más barato que extraer carbón. Y así se fue al traste el gran invento que pudo evitar el desastre que hemos provocado por el uso de los combustibles fósiles. Y la energía solar quedó arrinconada hasta que en 1970, por necesidad, se retomó. Es decir, que perdimos medio siglo estropeando, además, nuestra atmósfera. Si algo es notorio en la humanidad es su estupidez. Aunque alguien pueda pensar que a cojón visto, macho seguro, cualquier tonto como yo podría haber pensado que se acabaría antes cualquier mineral que la luz del sol. Y ya, de paso, evitar el cambio climático, aunque en aquella época pocos, por no decir nadie, pensaba en ello. Pero lo que queda claro es que unos pocos arrastraron a la mayoría, no hacia el bien común, sino hacia el bolsillo propio. Como a nosotros nos arrastró nuestro silencioso caminar hasta Im Amguel. La ciudad no nos esperaba, aunque tampoco sentimos que fuéramos un estorbo. Fue como seguir en el desierto porque nadie reparó en nosotros. Todo el mundo iba a lo suyo, como nosotros, que primero nos avituallamos y luego jugamos en el río mientras Hamal comía. Y, de paso, nos quitamos el polvo del camino. Y, aunque no chapoteamos solos, tampoco extrañó a nadie que lo hiciéramos. Tan solo nos quitamos las túnicas, los turbantes a punto estuvieron de desaparecer en la corriente, pero nos lo pasamos en grande al perseguirlos. Adama, como no sabía nadar, me animaba a perseguirlos y cuando los alcanzaba se tiraba hacia atrás para celebrarlo. El camello, sin prisas, bebió lo suyo, que como ya sabes es mucho y nos esperó con la paciencia que le caracterizaba. Nos secamos al sol y al sol dejamos los turbantes extendidos sobre la hierba mientras comíamos a la sombra de un frondoso y recio árbol. Cuando acabamos de comer nos tumbamos a descansar. Ni él ni yo dijimos nada sobre seguir camino. No hicimos noche bajo aquel árbol, junto al río, por los mosquitos. Trasladamos nuestro culo junto a una tapia de barro con unos contrafuertes y allí dormimos resguardados del viento que se levantó cuando bajó la temperatura después de irse el sol. Al despertar, lo primero que vi fueron unos frutos que colgaban de un árbol cuyo tronco ocultaba la valla. Las ramas de  otro  árbol  también  asomaban  por encima del muro, al

otro lado de un pilar que hacía el rincón que habíamos aprovechado nosotros para pernoctar. Quien cerró durante la noche el habitáculo así creado, fue Hamal que con su corpachón nos resguardó del aire y del frío. Y el camello también nos sirvió de nuevo como escalera para hacernos con aquellos frutos. Por todo ello fue un despertar agradable. Parecido al que vives tú a diario, que te encuentras, tras dormir, con un desayuno encima de la mesa, nosotros lo encontramos encima de nuestras cabezas. De alguna manera, un frigorífico natural, nos guardaba a nosotros un almuerzo sorpresa. Fue Adama quien se subió a Hamal y arrampló con casi todos los frutos que creyó en sazón. Los apretaba, calibraba su madurez y los arrancaba o los dejaba según le pareciera. Al verle, deduje que no era la primera vez que hacía aquello, pero no le pregunté. No es que fueran un manjar, pero no estaban mal aquellos frutos, y mejor nos supieron por la cercanía y el costo. Eran jugosos y sin hablar aprobamos a mordiscos y con gestos aquella suerte. Me vino a la cabeza mi bisabuela Mayifa que siempre sería mi abuela a pesar de todo. Ella siempre quiso que fuera un guerrero, de la misma forma que tú quieres que uno de tus hijos sea médico. Los sueños están matizados, como nosotros mismos, por nuestro entorno. De hecho, mi abuela Mayifa solo podía soñar con que su biznieto fuera el brujo de la tribu o un guerrero. Y mira tú por donde, las circunstancias me llevaron a ser filólogo de una lengua que, ni ella ni yo, conocíamos. Algo que Adama nunca se planteó. Él optó por la ignorancia, que no por la incultura, y lo hizo totalmente consciente. Y eso normalmente no ocurre porque la ignorancia suele ser impuesta. Él no es infeliz a su modo. Siempre ha querido que no se repitiera su historia, sin saber que solo le podían arrancar una vez de su infancia. Lo sabe, pero no lo quiere reconocer por si acaso. La herida de Adama es tan profunda como la muerte. Y no deja de ser curioso que él sea uno de los cicatrizantes de la mía. A mí me tira más mi tierra. A Adama le da miedo. Y eso que ya han pasado lo menos cincuenta años. Nos tuvimos que lavar en el río porque el jugo de los frutos nos dejó pegajosos. En el trayecto hasta el agua el polvo se pegó en nuestras manos y en nuestras caras. Y cuando llegamos a la ribera Adama parecía un negro esmirriado con barba canosa y espesa. Imagino que a mí me pasaría lo mismo. Yo me reí lo mío. Fue uno de los momentos más hilarantes que recuerdo. No paré de reír ni al lavarme, por lo que me atraganté al tragar agua. Cuantas veces, al recordar aquella cara amiga y sucia, he roto a reír. Hoy tan solo me sonrío al evocarla, pero me alegra tanto como entonces. Bon, el caso es que, después de preguntar a un comerciante, nos dijo que la siguiente ciudad hacia el norte era la lejana In Salah, y como era mañana volvimos a dejar el sol a nuestra derecha. Consultamos nuestro mapa y este confirmó las palabras de aquel. Y ya te puedes imaginar, arena sobre arena. Pero eso ya no es una novedad en estos relatos. Bastante te he escrito ya de tormentas de arena, de caminatas y cabalgadas sobre camello. Solo te diré que, a mitad de camino, es un decir, justo en un cartel de madera que encontramos en un cruce, medio enterrado, Adama cambió de idea y de rumbo. La señal también indicaba que si seguíamos la pista hacia el oeste llegaríamos a Taourirt. Y Adama sacó el mapa y lo estudió. Tuvo que pegarlo al suelo, porque el aire no dejaba de menearlo. Y esa pudo ser la decisión por la que acabamos aquí, aunque esta opinión es una simplificación. De haber seguido hacia In Salah, podríamos haber pisado tierra Libia y de ahí el salto hubiera sido a cualquiera de las otras dos grandes penínsulas europeas y mediterráneas. Pero eso no lo sabremos jamás. Ni importa, porque yo he sido feliz entre muchos de vosotros. Las etnias, las culturas son importantes para el desarrollo del hombre, pero los individuos que te rodean, son, al fin y a la postre, quienes te enriquecen. En realidad, no conocíamos nuestro destino, pero, ¿quién carajo lo sabe? ¿Acaso tú te veías cómo y dónde estás? Y no creas que solo éramos Adama y yo quienes desconocíamos nuestro rumbo. Ni siquiera aquellos que quieren que arribemos a puertos por ellos fijados conocen y manejan las tempestades y las olas del mar. Hay tantas variables en juego que ni un ordenador cuántico podría manejarlas. Y hablo de una sola vida. Pero si el hombre llegara a dominar todos esos factores, dejaríamos de ser humanos. No juzgo el hecho, solo admito la posibilidad de que se materialice. Y no olvidemos que la variable por excelencia siempre ha sido y será nuestra finitud. Quien resuelva la ecuación en la que está involucrada Muerte será tan dios como Imana. ¿Te acuerdas del cuento que te conté de mi abuela Mayifa? Eh bien, c'est ça, mon ami. Como casi siempre, Adama tuvo razón. Su desconfianza ante los tuaregs y los viajeros del desierto se  confirmaron  cuando
fuimos abordados por cuatro ladrones que solo nos dejaron el agua y, extrañamente, a Hamal. O sea, que no se llevaron mucho. El asalto fue visto y no visto. Las alforjas, pasaron de nuestro camello al suyo y los bandidos siguieron camino. Tan solo tuvieron que esgrimir una takuba(1) para convencernos de la transacción. Como dos tontos, parados en medio de la nada, dimos oídos a las risas de los cuatro jóvenes que se alejaban. Con ellos se iban nuestras provisiones, nuestras mantas y nuestro mapa, pero no los dineros porque los llevábamos encima, ya sabes donde. Después Adama me miró con ojos culpables. Me acerqué a él y le puse una mano en el hombro. A veces las palabras no hacen falta para perdonar, aunque las usé para dar ánimos: «Tenías razón». «Sí, pero no en el rumbo», fue su respuesta. No quise contestarle porque no sabía si tenía o no razón. Creo que los dos pensamos en volver a Im Manguel pero no lo discutimos ni lo decidimos. Mi amigo seguía afectado por haber cambiado el rumbo y por tener razón con los tuaregs. Hizo otro comentario sobre lo mucho que nos había costado conseguir el mapa y ya no dijo nada más al respecto. Por eso asumí yo la responsabilidad de las decisiones durante algún tiempo. Y la primera fue seguir hacia Taourirt. No sé el motivo, pero siempre ha decido ir hacia delante. Durante el camino, insistí con mis palabras de ánimo, no nos habían quitado lo más valioso. Taché a los asaltantes de ineptos ladronzuelos que, por suerte para nosotros, tan solo querían divertirse. Y hoy lo pienso en serio porque si no, ni Hamal ni el dinero hubieran seguido con nosotros. Aquello no fue más que una gamberrada. Ante mis palabras de aliento, Adama no se manifestaba. No sabía si hacían efecto en él, pero seguí erre que erre hasta que se cansó de oírlas y me mandó a freír espárragos. Y, aun así, no me callé. Menos mal que veníamos de una vida regalada en la que ambos habíamos cogido peso y la costumbre de hacer, al menos, tres comidas al día. El menos perjudicado por el atraco fue Hamal porque lo único que le quitaron fue un estorbo de encima. Y otra vez sería él quien tiraría de nosotros dos. Volvimos a ver otro cartel en el que se anunciaba la ciudad de Taourirt en árabe porque íbamos paralelos a una pista de tierra. De tanto en tanto veíamos un camión que se presentaba antes con el ruido del motor. Al tercer o cuarto que pasó, y en mis trece, comenté a mi amigo, que no todo el mundo que rodaba por el desierto se dedicaba a robar, como aquellos camioneros. Su respuesta fue lapidaria y me obligó a no decir ya más tonterías para animarle: «Porque no pueden». Y esta opinión poco ha variado hasta hoy, te advierto. Aunque ya contempla algunas excepciones. Por aquella época no descartaba a nadie, ni a mí. Bon, y ahora tampoco. Pero hace bien porque yo ante las mismas circunstancias e información volvería a repetir lo hecho. Y en ello, incluyo mi responsabilidad en el accidente que costó la vida a un indeseable. Peor hubiera sido que la boca del arma me hubiera apuntado a mí en el momento que se disparó durante el forcejeo. ¿No crees? Eh bien, c'est ça, mon ami. En esta ocasión juego con ventaja porque ya hemos hablado de este tema y hemos llegado a una conclusión compartida: Todos tenemos un precio. Y aquellos que se estiman menos o más no son peores o mejores por ello. Me gusta resolver estos asuntos éticos. Sobre todo si he protagonizado alguno. Estaré equivocado, pero tengo mi opinión. Aunque, como bien sabes, no siempre mis conclusiones se ajustan a mis reacciones. Es certera esa frase de origen cristiano que afirma que quien evita la ocasión, evita el pecado (hoy sustituido por “peligro”). Pero también es cierto que la vida sin riesgos solo da vueltas como un tiovivo. Todo aquel que no se pone a prueba, no aprueba. No vive, pasa por aquí de puntillas. Lo peor es que nadie aprenda nada de ti, que no aportes nada a nadie. Formamos parte de un todo y sería triste que ese todo siguiera igual después de darte un garbeo por esta santa tierra que nos acoge. No generar una sola pregunta o duda a nadie se me antoja de seres inútiles. Prefiero ser enemigo a anodino. Prefiero que piensen mal de los africanos a que no piensen en absoluto en ellos. Incluso prefiero al que se valora por el mal que hace. Y ahora me viene a la mente una fábula que mi abuela Mayifa me contaba sin que de crío me enterara del trasfondo. Verás, una mañana de verano despertó una hormiga y vio que estaba sola. No podía creerlo. Ni desayunó. Se puso a buscar a sus amigas. Pero no encontró a ninguna. Tras sortear una raíz se dio de cara con un lagarto de grandes ojos que se alegraron de ver parte del desayuno de su dueño. Reaccionó la hormiga ante esa mirada ávida y desiderativa. Convenció al reptil de que almorzaran juntos, pero en paz, un par de moscas muertas que había visto durante la búsqueda de su familia. Si por algo destacaba la hormiga era por su pico de oro. Satisfizo el desayuno más al grande que a la chica, aunque ella quedó más contenta por no formar parte del menú del ya amigo. Hablaban sobre todo del deseo de ser famosos en el bosque. Él posibilitó que su nueva amistad conociera a un papamoscas monarca que no se la comió por su verborrea y su valedor. Y terminaron amigos también. El sueño hormiguesco de ser notoria y que la conociera más y más gente crecía a cada paso, como el de su primer amigo. Y el pájaro también ayudó en este sentido, pues les presentó a una zorra que criaba a tres cachorros en una zorrera que a nuestra amiga le pareció un palacio de lo apañada que la tenía la raposa y de lo grande que era. La invitada tardó poco en hacerse con la voluntad de su anfitriona por la atención interesada que ponía en sus hijos. Todas las noches les contaba un cuento antes de dormir. Una madre agradece enormemente todo detalle con su prole. Se creció la hormiga y quedaba al cuidado de los cachorros cuando su madre salía a cazar y conoció a otras madres en el parque. Y, así, una tarde ella volvió con un cotilleo del bosque: El rey lobo estaba a punto de morir, y todo el mundo andaba revolucionado por ver quien heredaría el trono. En ello vio la hormiga una posibilidad de cumplir su sueño y alcanzar la fama. Lo más lógico era que eligieran a otro lobo o loba para un nuevo reinado, pero las artes oratorias y el apoyo de todos sus conocidos pesaron tanto en el resto de animales, que salió elegida ella como reina. Y lo primero que hizo fue dar una audiencia a cada uno de sus amigos en palacio. Así les agradecía su apoyo y amistad. Pasaron todos y el último fue el lagarto. Cuando este entró en la sala del trono, cerró con llave por dentro y se acercó a su amiga. Esta se extrañó y pensó que iba a contarle algún chisme. Pero no escuchó ningún cotilleo, sino su sentencia de muerte. Y ante la pregunta del porqué el reptil, también ambicioso le reconoció que comerse una hormiga anónima no era lo mismo que comerse a la reina del bosque. Y colorín colorado, este cuento y esta carta, se han acabado. Un saludo,










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