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lunes, 22 de mayo de 2017

CAP. 54 . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . Andanzas y tropezones de Dikembe Biyombo



De cómo llegamos a Ceuta





o nos impacientamos. Sabíamos que llegaría el día en que Fadoul nos liberaría de la deuda. Y no fue antes, estoy casi seguro, por el bien que Adama hacía a su esposa, cuando, en realidad, era ella quien cuidaba a mi amigo. No le importaban lo más mínimo mis miradas y palabras de sorna, Adama, simplemente, se dejaba querer. Y un día que Mobarak y yo volvimos de vacío supimos que habíamos cumplido con el viejo. Ese día no había salido Adama porque sus manos estaban en carne viva y la mujer, a través del marido: «Será mejor que hoy no salgas por tu bien y por el mío», le prohibió echarse a la mar. Si te digo que saltamos de alegría, mentiría. Pero sí que me sentí liberado de una carga. Kaima me disfrazó de hijo musulmán y quedamos en salir aquella misma noche hacia Ceuta.
¡Madre mía! ¡Qué recuerdos! Nada gratos, salvo la visita que me hicieron mis padres y mi novia durante mi estancia obligada en Ceuta. Y algunos momentos compartidos con otros compañeros de mili. Recuerdo aquel año como el más inútil jamás vivido. No es que no aprendiera nada bueno, es que desaprendí. Me comieron tanto el tarro que no me reconozco ni yo en mis recuerdos. Me convirtieron en un borrego miedoso y descerebrado. Anularon mi voluntad por completo. Ahora entiendo aquello de “la obediencia debida” sin que la justifique porque siempre he creído ser dueño de mis actos. Bueno, no sé a qué viene todo esto aunque está claro. Los recuerdos saltan a la que menos te lo esperas y más si te dan un punto de partida como a mí me ha dado Dikembe: Ceuta, y tú aportas otro: la mili.
Pero hubo un pequeño cambio en los planes. Tras la vuelta de Fadoul al mar su salud sufrió un revés del que todavía no se había recuperado. Se vio obligado a pedirle a su sobrino que cumpliera con su parte del trato. A cambio Mobarak recibiría en vida todas las pertenencias de su tío menos la casa. También debería respetar la partición de las capturas si su mujer le sobrevivía. De esa manera tan sencilla y ventajosa para toda la familia, el viejo y sabio pescador solucionó nuestro problema y salvó su palabra. No haría falta decirte que el beneficiado mayor aceptó, pero si no lo hago se quebraría el desarrollo de los acontecimientos. Y como colofón, Fadoul argumentó que, si ese viaje no salía bien, como había que esperar un tiempo para intentarlo de nuevo, él ya estaría recuperado. Todos sabíamos que mentía. Por la mirada que le echó su compañera y porque la enfermedad de la vejez nunca mejora. Pero él se quedó tranquilo pese a al sufrimniento que le daban sus huesos. La diferencia entre su situación y la mía era que yo tenía el tiempo y la fortaleza necesarios para que el dolor se alejara, pero él no. Ni lo uno, ni lo otro. Y así, aquel anochecer, nos embarcamos para hacer la última travesía de nuestras andanzas por esos mares y tierras de dios. La vieja pasó un mal trago al despedir al sucedáneo de hijo. A la luz del sol, sus bellos ojos brillaban como los de las leonas en plena noche. Mientras, Fadoul, que la abrazaba con un brazo, nos despedía con la otra mano. Esta fue la despedidad más triste que he vivido, aunque creo que puede que haya otra. Pero eso es una cuestión que ya veremos si se hace realidad. Me senté y enganché el remo antes de que a Adama se le ocurriera cogerlo. Pero mi amigo me volvió a sorprender. Saltó de la barca, se acercó a la vieja y la abrazó. El abrazo pareció eterno. Cuando volvió a subir con los ojos tan brillantes como dos lunas, el otro remo lo usaba ya Mobarak que había aceptado no gobernar solo la barca. A mi amigo solo le quedó la opción de manejar el timón y guiarnos de manera que no perdiéreamos de vista la costa. El viejo zorro había elegido una noche de luna llena y de cielo  lim-
pio de nubes. Por eso sabía que podrían vernos. Pero, en el mar, según él, es mejor ver y que te vean que ir a tientas y emboscado. Aquel detalle, el de las manos de Adama, marcaría la diferencia física entre los dos. Si bien éramos ya de la misma altura, la corpulencia no era la misma. A la luz de la luna y del candil, a mo-
do de fanal, que lucía tímidamente en la proa de la barca, lo primero que debíamos hacer era pescar algo para que sirviera de coartada ante nuestros posibles captores. Tres hombres en una barca pueden hacer muchas cosas en el mar pero, si en su barca hay aparejos de pesca y peces, es que son pescadores. Y más si van anunciando su presencia con una luz, mortecina, pero que en la oscuridad de las aguas canta más que yo en una salina. Miraba a mi amigo entre remadura y remadura, y le entreveía elegante y triste, con la cabeza medio girada hacia atrás. Era consciente, como yo, de que allí hubiéramos podido ser felices, pero la fuerza que nos movía era aquella de los volantones que abandonan el nido. Verle con aquel chaleco naranja desvaido por el sol sobre otro gris, que ocultaba una camisa tan blanca como el alma de quien se la había dado, me trajo a la cabeza una pregunta de las mías. Y me acuerdo por eso, por el pensamiento tan absurdo que se me cruzó por la cabeza: “¿Para que sirve una prenda de abrigo sin mangas?”. Hicimos dos buenas capturas, unos seis o siete kilos de pescados menores y el capitán se dio por satisfecho. Así, cumplido el requisito preventivo, pusimos rumbo norte sin perder de vista la espuma de las olas al batir contra la costa. Mobarak intentó que Adama le revelara con el remo, pero yo me negué. Hube de enfrentarme a los dos. A uno le dije que era tonto y al otro que nanay, que el tonto me lo bailo de mi amigo no estaba para remar y que durante esa travesía no mandaba él. Justificó su postura con que tenía que volver solo y yo le contesté que nosotros habíamos pagado porque nos llevaran y bastante hacía yo con ayudarle a remar. Al ver las orejas al lobo nuestro patrón recogió velas y se mantuvo calladito durante toda la travesía, como el resto de la tripulación. Justo después de que Mobarak volviera a hablar para decir que debía faltar poco porque divisaba ya el faro de Ceuta ocurrió el desastre.  De la nada apare-
ció una luz potente que nos iluminó y que nada tenía que ver con la gran baliza ceutí. Al ver que mi compañero dejaba de remar, le imité. Tras el susto escuché el motor de una embarcación que se confundía con el propio del oleaje. Una voz amplificada y metálica nos ordenó algo que solo entendió Mobarak. La sinestesia me trajo, junto con aquella voz ininteligible, el olor del sonoro fracaso. La frustación me puso la piel de gallina y sentí el frío y la humedad por el sudor de mi espalda. La lancha se puso en paralelo a la nuestra y el haz recorrió de proa a popa varias veces el mojado suelo de nuestro bote. Durante las pasadas de luz, esta hizo tres paradas, una en cada uno de nosotros. Después oímos otra vez, sin amplificar y cercana, la voz de aquel soldado. Mobarak chapurreó una respuesta, supongo que la tenía preparada para el caso. Señaló la nasa con las capturas y ocurrió algo que nos dejó pasmados a Adma y a mí. Un cubo voló desde la lancha. Mobarak lo cazó al vuelo y lo llenó de pescados. Después dio un grito y alguien debió de tirar del cabo que llevaba atado y lo recogió mientras nuestro generoso intérprete lo guiaba con un bichero. El viaje del cubo se repitió y después la lancha motora despareció tal como había aparecido mientras Mobarak soplaba la vela del fanal y nos decía: «Vamos, tenemos media hora hasta que vuelvan. Y no me pueden encontrar aquí». Ojos que no ven… Nuestra libertad valía dos cubos de sardinas. Un precio bastante asequible para quien solo tiene sardinas. Aunque otros ya vendieron su reino por un plato de lentejas. Entre la alegría y las prisas remé hasta la playa sin sentirlo. Adama debió seguir a la perfección las indicaciones que recibía del otro remero y nos llevó hasta una caleta junto al faro, al pie del monte Hacho que debe su nombre a este último. «En cuanto piséis tierra, poneros las babuchas y olvidaros de andar descalzos. Llamaríais mucho la atención». El calzado lo llevábamos en los bolsillos de unos pantalones largos a los que tampoco estábamos acostumbrados. Apretaban en la cintura y en los muslos y abrigaban en exceso.  Estorbaban más que la camisa y el chaleco desabrochado. Lo primero que deberíamos hacer al llegar era correr en línea recta y de frente, hasta llegar a un grupo de árboles que no podía llamarse ni boscaje. Allí, si alguien no contactaba con nosotros debíamos buscar una luz pequeña e intermitente. Supongo que esa era la idea que también llevaba en la cabeza mi amigo al pisar la tierra oscura y húmeda. Mobarak hubo de trabajar lo suyo para que pudiéramos saltar de la barca sin mojarnos mucho las perneras de los pantalones. A la luz de la luna, la arena era tan oscura como nuestra piel. Te lo digo porque yo creía que todas las playas eran del mismo color de la que veníamos. Sin sacudirnos la arena nos calzamos las babuchas, pero no pudimos echar a correr de inmediato porque no sé que le pasó a Adama con la chilaba y el calzado que se ponía porque acabó revolcado en la arena como una croqueta. Acertó a calzarse el pie que le faltaba, le ayudé a ponerse en pie y entonces sí corrimos hacia los árboles, sin necesidad, la verdad, porque estaban cerca y por el revolcón anterior. El haz de luz del faro pasaba sobre nosotros cada vez más deprisa, como la pala de un ventilador de techo. Nos metimos debajo de aquel ramaje bajo y pinchudo. Terminamos sentados hombro con hombro, en situación antiparalela y a la búsqueda de aquella luz intermitente. De esa manera teníamos una visión de 360 grados. Al poco escuchamos nuestros nombres, pero de lucecita nada. Era la contraseña para reconocer a nuestro contacto. Nosotros debíamos preguntar por Nadim, y así lo hice yo. Ya sabes que a Adama no le gusta mucho hablar. Pero en vez de un contacto vimos dos siluetas, una de mujer y otra de hombre. Este vestía como nosotros y aquella como Kaima. Nos levantamos y yo me di un coscorrón contra una rama. Anduvimos agachados hasta salir a cielo abierto y Nadim nos dio unas órdenes en francés. «Tú, grandote, atrás, conmigo. Y tú larguirucho, con Adiba. Iréis delante. Si alguien os habla, no contestéis, lo haremos nosotros». Ambos confirmamos con la cabeza y nos pusimos en nuestros lugares. Al girarse la mujer, noté su vientre abultado. Su estado de gestación era muy avanzado o traía trillizos. Adama también se percató y me miró con una sonrisa y un gesto capital. Adiba andaba con cierta dificultad y bamboleo pero lo hacia con paso seguro y firme, como si su estado no la influyera. Pero sí repercutiría sobre nuestra caminata como verás. Después de un buen rato, durante el cual nadie nos molestó y eso que nos cruzamos con más de un uniformado, Adiba rompió aguas. Evidentemente, todos los planes se fueron al garete y la cuadrilla al hospital. En un primer momento fue Nadim quien se echó en los brazos a la parturienta, pero en una pequeña cuesta noté como su estabilidad se deterioraba, sus piernas se doblaban y su ritmo descendía, con el peligro de irse los dos al suelo. Entre las quejas de Adiba por sus dolores y los “maltratos” involuntarios de su marido se la arranqué prácticamente de los brazos sin esfuerzo ni resistencia por ninguno de los dos. Hice un gesto con la cabeza para que siguiéramos y se pusiera él delante para que nos guiara hasta el hospital. Entonces, avanzamos más deprisa. Incluso pude correr cuesta abajo y en llano. Sabía que Adama tomaría mi relevo si hacía falta porque no se separó de mí en todo el camino. Nadim miraba más tiempo hacia atrás que hacia delante. Sufría por ella y por su orgullo, pero el miedo y las prisas acallaban cualquier queja. No tardamos en  ver  un  edificio  grande  dentro de una plaza para
nosotros intimidante.  El temeroso marido nos dejó atrás con una carrera que no pude seguir y se metió por una puerta muy adornada. «Tout va bien?», escuché a mi lado. Lo mismo afirmé yo un poco jadeante: «Tout va bien, mon ami». Y agregué que era mejor que él no entrara en el hospital. Después de abrirme la puerta y sujetarla, Adama dio un paso atrás mientras yo entraba. Me encontré con una enfermera vestida muy raramente (te aclaro que era una monja de la Caridad) al mando de una silla de madera, también muy extraña, con ruedas grandes a los lados. Nadim ayudó a sentar a Adiba y con un movimiento de cabeza me ordenó que me largara de allí. Después se olvidó de mí y comenzó a acariciar y a besar a su mujer según avanzaban por un largo y estrecho pasillo. Me giré y salí en busca de mi amigo. Nuestro papel ya había sido interpretado lo mejor que sabíamos, ahora nos tocaba esperar. Me recibió con un “c’est la vie (1) ” que resumía todo lo acontecido desde nuestra llegada a puerto. Nos retiramos hacia un lugar menos iluminado. Nos sentamos en un bordillo, debajo de un árbol, y pensé en la diferencia entre nacer en Ceuta y en mi país. No sabíamos qué hacer salvo ocultarnos y esperar. La vida tenía absoluta prioridad, como debería ser siempre. Para nuestra sorpresa apareció un futuro y nervioso padre que interpretamos que nos buscaba. Por eso Adama silbó y Nadim se acercó. Estábamos en lo correcto, al menos eso nos confirmó él que incluyó en la aclaración que se temía que iba a ir para rato. No sabía yo que se tardaba tanto en nacer. Pensé que todo era ponerse y pum, ya está, a llorar. Al menos eso era mi creencia. Mayifa me contó como nací yo debajo de aquel árbol, «como los buenos guerreros», y se me quedó esa idea en la cabeza. Menudo guerrero estaba yo hecho. Nunca me había planteado cuanto había tardado yo en nacer. Pero aquel fue un momento adecuado. Luego sabría que cada parto es una historia diferente, como fueron los de tus hijos, sin ir más lejos. Aquel fue nuestro primer día en ver amanecer en tierra española donde ya se ponía todos los días, no como en la España de Felipe II. Aunque todavía se mantenía algún lugar continental fuera de la península bajo su vasallaje, amén de algún que otro islote. De la misma manera aguantaba la presencia de otra potencia más potente en su extremo sur. Y, curiosamente, ese peñón estaba justo enfrente de donde estábamos. Incluso nosotros lo veríamos ese mismo día sin saber que no era tierra española. Vimos entrar a otra pareja en el hospital. Esta llegó en un coche grande. También iban con prisas, él nervioso y ella con la barriga hinchada y abrazada, como queriendo evitar que se le cayera. Los andares de la mujer me recordaron al modo de caminar de los patos. Esa fue toda la distracción que tuvimos durante la larga espera. Lo que estaba claro es que no podíamos movernos de allí. No hubiéramos sabido donde ir. Ni tampoco debíamos hacerlo por nuestra propia seguridad. Teníamos hambre y desayunamos dos galletas dulces cada uno, por amabilidad de Kaima. Esta se las había dado a él a escondidas sin saber la mujer que era como dármelas a mí. Aquello me demostró una vez más las preferencias de aquella buena señora, predilección que no me importó nunca. Las galletas estaban un poco perjudicadas porque Adama las llevaba en un bolsillo de los pantalones. Pero nos comimos hasta las migas con pelusa que sacó de él. A media mañana salió por fin Nadim. Nos explicó que su mujer todavía no había dado a luz y que se iba acercar a casa a recoger unas cosas que necesitaba Adiba. Tuvimos que andar un buen tramo hasta el barrio de Benzú. Yo creo que cruzamos Ceuta de punta a punta. Nosotros habíamos desembarcado en la parte sur y este barrio está ubicado al norte. Como Nadim andaba nervioso y con prisas, y Adama y yo no queríamos perdernos, tardamos menos que canta un gallo en llegar a su casa. Eso sí, echamos el bofe. Y allí nos dejó, en una casa humilde y baja, al cuidado de su suegra. No nos entendíamos con la mujer ni por señas, porque la pobre veía menos que un político la realidad. Menos mal que antes de dejar marchar al dueño, Adama se atrevió a decirle que teníamos hambre. Nadim contestó con una seña dirigida a un puchero que parecía adornar el fogón. Al quedarnos solos con la anciana echamos un vistazo dentro de la marmita: estaba a medio llenar con un guiso. No supimos como calentar aquello, ni conseguimos hacernos entender. Así pues, nos comimos las patatas con arroz a temperatura ambiente. No calentamos el estómago, pero al menos, lo llenamos. Otra anécdota que recuerdo de aquella futura abuela es que tampoco debía andar muy bien del oído. Como pudo, a tientas, encendió un aparato, que resultaría ser de radio, que presidía la pequeña cocina. La voz atronadora de un hombre llenó hasta el último rincón de esa casa y, supongo, la de los vecinos también. Hubiera podido ser una oportunidad para distraernos, pero no entendíamos nada de nada. Tan solo cuando el locutor se callaba y sonaba una canción, nos parecía soportable aquel ruido insufrible. Pero para sufrimiento el de Nadim. Su hijo parecía no querer formar parte de las huestes humanas, y razones tenía para mantenerse en el seno materno. Parecía intuir que allí donde iba a nacer no le ofrecían las suficientes garantías. Y con el conocimiento de que no podía sacar billete de vuelta, no usaba siquiera el de ida. Así que, mientras su madre aguantaba lo indecible, el padre tenía que repartir su tiempo entre el trabajo, el hospital y su casa, donde se desahogaba tanto con su suegra como con nosotros. No sé como los dos cuerpos de aquel matrimonio aguantaron. Y menos mal que había familia detrás. Familiares que se sorprendieron de vernos instalados en casa del sobrino y primo. Más que nada por tener que aumentar las raciones de comida que llevaban para suegra y yerno. La casa se nos caía encima. Si hubiera sido posible, habríamos perdido el buen color de cara que da la vida al aire libre. Pero éramos y somos de piel más negra que el futuro de la humanidad. Y llegó el día en el que el bebé hizo su aparición. Y en su hogar, todo fue alegría y felicidad. Sobre todo para Adiba, que pasó de los dolores al insomnio. Nunca me había fijado en la nimiedad del ser humano, en su indefensión al nacer. Y me pareció que aquel bebé estaba más desvalido y vulnerable que otros que nacían en África. Pero esa apreciación era errónea. Para nada. En cuanto a naturaleza, quizás. En cuanto a recursos, por escasos que estos eran en su caso, desde luego que no. Al menos su madre tenía leche en las mamas y su padre un enchufe con un militar de rango. Después nos enteraríamos de que la buena asistencia sanitaria recibida por Adiba se debía a la larga mano del jefe de Nadim, un teniente coronel con mando en plaza. Por ello nos convencimos del riesgo que aquella familia corría al tratar con unos inmigrantes para aumentar las posibilidades del recién nacido, debido también al militar, mejor dicho, a la manera que este tenía de explotar a sus trabajadores. Y aquel riesgo, todavía no estaba monetizado porque no habíamos tratado el asunto del cambio de dólares a pesetas. Y no deja de ser curioso que aquel problema estuviera dentro del ámbito financiero del cambio de divisas. Cuando vimos más tranquilo y descansado a Nadim le expusimos nuestra realidad. Nos volvió a prohibir salir solos a la calle. Y solos quería decir sin Adiba o sin él. También nos advirtió sobre el hecho de que nadie nos oyera hablar ni en francés, en árabe no importaba. Teníamos que aprender algunas palabras en español y esperar la oportunidad para dar el salto cuanto antes, porque él tenía ya mucho que perder. En cuanto a las 5000 pesetas por barba, nos teníamos que fiar de él. El domingo se acercaría a cambiar los dólares y saldríamos de dudas. Nos contó que junto al puerto se situaban los que manejaban el mercado negro de divisas. Intentaría sacar lo más posible. Quedamos en que yo le acompañaría, pues «hablo árabe». Parecíamos dos leones enjaulados. Habíamos pasado de una vida silvestre y activa al aire libre a otra absolutamente sedentaria y recogida entre cuatro paredes y un ruido infernal. Todos los días, antes de irnos a dormir, Nadim nos daba clases de español para que supiéramos al menos saludar. Y si hubiera tenido capacidad para ello me hubiera dado cuenta de la facilidad que yo tenía para los idiomas. No hacía falta que el ceutí me repitiera el “hola” y el “adiós” para que yo los reprodujera sin ningún acento. Podría haberme dado cuenta cuando Abd al-Rahman me enseñó el árabe, pero en aquel momento no tenía con quien compararme. Adama no perdía el acento ni callado. Aun hoy lo conserva. Quizá perjudiqué a mi amigo porque Nadim seguía mi ritmo de aprendizaje, no el suyo, y cada vez se retrasaba más. De hecho, quien al final terminaría por enseñar español a Adama sería yo. Claro, que así lo aprendió. Llegó el domingo en cuestión y, a media mañana, salimos hacia el puerto. Varios individuos de aspecto musulmán parecían esperar que se les acercara alguien. Es muy difícil ver a un musulmán parado en la calle solo y callado. Aparte de la vestimenta y la pose, todos tenían algo en común: un zurrón colgaba de su cuello, cuya correa les cruzaba el pecho. A su vez todos tenían dentro de él un brazo hasta el codo y un semblante de precaución. Esas eran las señales para reconocer a un agente de cambio y bolsa callejero. Al primero que nos acercamos lo abordó Nadim en español. Le entregó los dos rulos de dólares y después de contarlos dentro del talego con una mano cantó una cantidad que me tradujo Nadim. Según él no daba para pagarle las 10000 pesetas a él. Así que recuperamos nuestro dinero y antes de guardarlo subieron la oferta, pero, aun así, el importe era insuficiente. Me di cuenta que al estar separados por el idioma perdíamos fuerza en nuestra postura. Así que al siguiente, le entré yo en árabe. Después de un rato de tira y afloja, Nadim me informó disimuladamente que ya cubríamos la deuda. Y cerré el trato. Los dólares no volví a verlos, y los billetes de peseta tampoco. Bon, miento, después de contarlos Nadim, me dio unos pocos. Según volvíamos a su casa me acordé de Hamal para darle una vez más las gracias. Nunca dudé de que estuviera bien cuidado. Estaba seguro de que Belkassem volcaría sobre él todo el cariño que hubiera querido volcar en mí. Esa certeza o ese deseo y los chalecos salvavidas que compramos me sirvieron para volver a mi guarida más que contento. Claro, también ayudó el dinero que llevaba en el bolsillo. Quería compartir con Adama la alegría que sentía. Y decirle que ya había entendido aquello que me dijera en Gao sobre el dinero: «también se puede comprar». Después del encierro que sufríamos necesitábamos una buena noticia, al menos, para poder seguir adelante y no volvernos majaretas, entre otras cosas, como ya te he dicho, por el  volumen de la radio, consecuencia de que la recién abuela estaba como una  tapia. Y menos mal que ahora solo se oía cuando el benjamín de la casa no dormía: «Madre, quite usted la radio, que he acostado a Samir». Y como ocurría muy a menudo la sordera de la abuela era más llevadera. Samirera el único que frenaba aquel tronar. Aprendimos a jugar a cartas. Nos enseñó Adiba entre toma y toma de su hijo. Ella era consciente de nuestro encierro y aburrimiento. Pero no sería baldía nuestra condena. En ese mes y medio me dio tiempo a hablar el suficiente español para hacerme entender y admiración de nuestro maestro. Y otro aspecto que no era menos importante, podía seguir las conversaciones entre madre e hija que siempre se producían en español y a gritos. Veía la fascinación de Adama en sus miradas y se convertía en un acicate para mí. Y así, tan mal preparados, decidimos dar el salto final. El día de la partida, Nadim nos dio varios consejos y una navaja que no hacía más que abrir y cerrar mientras hablaba. Entre los primeros dijo que huyéramos de los uniformes verdes y grises. Aunque eso se lo podía haber ahorrado. Bon, no. Los hombres de gris no sabíamos que fueran peligrosos. Otra sugerencia fue que evitáramos las vías asfaltadas y grandes. Era más seguro andar por caminos de tierra y de noche. Allí, donde queríamos llegar, Madrid, estaba a 600 kilómetros aproximadamente de donde nos dejarían. No nos convenía coger el tren. El trayecto era más conveniente hacerlo a pie. Cuestión que no nos preocupó en absoluto. Es más, estábamos con deseos de andar. Otra posibilidad era tomar un autobús. Al tren solían subir guardias civiles, de verde, o policías, de gris, para hacer inspecciones oculares. Pero era muy difícil que pararan un autobús de noche para inspeccionarle. Eso sí, si el vehículo hacía alguna parada, nos exhortaba a no bajar. Según él este sería el mejor medio de transporte: en autobús y en recorrido nocturno. Él nos acompañaría a puerto, subiría a La Paloma para echar un vistazo y, si no veía nada sospechoso, sacaría los billetes y subiríamos nosotros. Nos dejaría antes de que el barco iniciara su travesía. A partir de ahí, dependeríamos de nosotros. La Paloma era el barco que hacía el trayecto entre Ceuta, Tánger y Algeciras todos los días. El navío, de la compañía Transmediterránea, llevaba el nombre de Ciudad de Ceuta, pero todos lo llamaban La Paloma. No
había otra forma de llegar a la península o a Ceuta, salvo que quisieras y pudieras pasar por varias aduanas. En aquel barco solo cruzabas una, pues Ceuta era un puerto franco. Tan franco como yo porque te voy a dejar con la miel en los labios. Quiero contarte de un tirón nuestra llegada a la península y ya tengo la mano cansada de escribir, así que, será en la próxima.













(1VG) [↑][Volver] Así es la vida (francés). Anteriormente (“Tout va bien?”) ¿Todo va bien?


Imagen 1. Foto bajada de relatoskayakeros.blogspot.com.es (original en color). Retocada.
Imagen 2. Foto bajada de fabian.balearweb.net (original en color, modificada).
Imagen 3. Foto bajada de ceutaenimagenes.blogspot.com.es ©Foto Juan Alonso (original en color).
Imagen 4. Foto bajada de elcruasandeaudrey.blogspot.com.es. ©Foto del libro: 150 años de fotografía en Ceuta” de Francisco Sánchez.
Imagen 5. Foto bajada de www.facebook.com/yotambiensoydeceuta.






viernes, 19 de mayo de 2017

Renovando cestas


Hace ya varios años que hice un montón de cestas para el cuarto de baño y ya estoy cansada de ver todos los días las mismas.

Así que me dije: anda, ya te vale, podías hacer unas nuevas.

Probé con tela plastificada y loneta de lunares rosas, uff, no, no es lo que busco.



Hice otra con la misma tela plastificada pero con la loneta de lunares en tonos tierra, uff, tampoco es lo que busco. Por cierto, la he debido de regalar porque no la he encontrado. Que desastre!!

Al final busqué en mi staff de telas una loneta en un tono rosa muy pastel.

Justo!!! Di con el clavo, eso es lo que buscaba, algo pastelón, que estoy yo muy dulce.


No todas tienen  la misma altura, porque las baldas de la  estantería que tengo en el baño tampoco la tienen.

Para aprovechar el final de la pieza, hice esta más chiquitita, de nata, vainilla y fresa. Al rico helado!!!




Como estamos en primavera, si alguien todavía no ha probado, por favor, que no deje de hacerlo, quedan ideales y no llevan mucho tiempo.



Y sigo coso que te coso...

martes, 16 de mayo de 2017

Funda para pendientes. Videotutorial 22

Hoy os ofrecemos una funda para pendientes, bueno para pendientes, para las agujas de coser a máquina, para perfumes.... cada uno puede usar la funda para lo que quiera.

Lo que si os garantizo es que en menos de una hora podéis tener vuestra funda "paloquesea", hasta para regalar a una amiga que te ha invitado a café.


Ni que decir tiene que con otras medidas ya estamos preparadas para hacer fundas para todo. No quiero dar más ideas, que os veo como locos enfundando todo lo de alrededor.

Sabéis que no me gusta nada hacer la pelota, pero no tengo más remedio que daros las gracias por los comentarios tan, pero tan cariñosos que nos hacéis a mi y al fotógrafo/cámara/editor.

Y sigo coso que te coso...

lunes, 15 de mayo de 2017

CAP. 53 . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . Andanzas y tropezones de Dikembe Biyombo



De cómo faenar en el mar



adoul nos contó que, a veces, los pescadores de la zona se metían en aguas españolas y los soldados y marineros caballas, como ya les conocían de otras veces, les avisaban y ayudaban a volver a aguas marroquíes. Aquello había dado pie a que, desde que la pesca escaseaba, esos mismos pescadores se dedicaban a sobrepasar el límite jurisdiccional no por despiste, sino por dinero. Pero, claro, no iban solos. Sus clientes eran gente como nosotros. En Castillejos, un poco más al norte, muchos se dedicaban tanto a la pesca como al transporte de personas. Y, cada vez más, remató. «Pero actualmente ya no lo hacen cuando quieren o lo necesitan, sino cuando se lo mandan otros hombres venidos de lejos. Y pasan miedo por hacerlo obligados. Aquí todavía no han llegado esos extranjeros. Quizás porque estamos más lejos de Ceuta y somos muy pocos. Son como vosotros». Adama ante la comparación saltó: «Nosotros no somos así». Y el pescador aclaró que solo se refería a nuestro color de piel, que él sabía distinguir a la gente honrada. En esta ocasión y por una vez, el bocazas no había sido yo. Por eso me reí. Y por esto otro me gané un puñetazo en el hombro. Pero Adama corrigió enseguida su metedura de pata al preguntar: «¿Abuelo, usted nos pasaría?». Fadoul reconfirmó que no era difícil, pero que se necesitaba un contacto en Ceuta para acoger al que llegaba durante algún tiempo y más si no se hablaba español, como era el caso. Tema en el que coincidimos Adama y yo. «¿Y usted no tiene ningún conocido allí?». Y esta vez fue él quien asintió. «Pero tendría que ponerle en antecedentes y cobraría dinero por hacerse cargo de vosotros y manteneros. En este asunto nada es gratis porque todos nos jugamos mucho. ¿Tenéis dinero, muchachos?». Antes de confirmarlo, nos miramos y llegamos al acuerdo que en ese momento era mejor decir la verdad. Y entonces nos explicó que tendría que viajar él antes para preparar nuestro traslado y, en el caso de que le dieran el alto, habría que esperar un mes para volver a intentarlo. El tiempo suficiente como para que no se viera extraño que un viejo se extraviara otra vez por el mar. Aquel viejo sabía más que Lepe. En cuanto las mafias se dieran cuenta de que era su mejor competencia una de dos, o le incluían en nómina, o le hacían desaparecer. Pero a nosotros Fadoul nos venía de perlas y no nos importaba que nuestro dinero se lo ganara él honradamente. No era como los mafiosos que pretendían lamernos la poza. No le veíamos tirándonos al mar ni agujereando una barca vieja, más que nada porque él iba a ir a bordo. Por ese lado podíamos estar tranquilos. Además no intentó imponer sus condiciones a priori, sino que fue Adama quien propuso pagar un adelanto y que una vez estuviéramos en Ceuta, y antes de desembarcar, satisfaríamos la deuda. El pescador lo entendió, pero pidió otra entrega a cuenta para el contacto de Ceuta. Y a nosotros nos pareció justo y lógico. Tampoco hubo ningún problema para fijar el precio final, sobre todo porque teníamos el dinero suficiente y aún nos sobraba. Si bien él quería cobrar por cabeza y Adama esgrimió que el esfuerzo para trasladar a uno era el mismo que para trasportar a dos. Ante eso la otra parte adujo que no come lo mismo un buey que una yunta. Y ambas partes nos avenimos a razones. También quedó claro que nosotros pagaríamos el resto de los emolumentos que pidiera el caballa por mantenernos un mes en su casa. El ceutí resultaría ser su sobrino. Había buena voluntad de todos y todos quedamos satisfechos del trato. Estas personas, aparte de buenos negociantes, también son muy hospitalarias. Saben perfectamente que un negocio debe satisfacer a las dos partes, si no, no llega a buen puerto, y nunca mejor dicho. Estuvimos unos días de montanera en su casa. Y por aquel entonces me acordé de que Adama, después de salir de Agadez huyendo de aquellos ladronzuelos, me había preguntado si yo sabía nadar. Así que, se lo pregunté yo a él delante del pescador. Contestó como era su costumbre, sin palabras y con un gesto negativo de cabeza. En cambio nuestro guía contestó de palabra: «Yo tampoco». Mientras reconocía este hecho, se levantó. Ahora deduzco que aquel hombre solo sufrió el mar, jamás jugó con las olas, si bien este le bendijo con sus alimentos. Por tanto, dejó de reparar la red, recogió sus herramientas y con estas y aquella en los brazos se alejó: «Esperadme aquí». Sus arrugas, tan marcadas como la boca en su cara, no se ajustaban con sus ágiles y rápidos movimientos. Una red como aquella pesa lo suyo y él la acarreó sin aparente esfuerzo. Cuando ya no nos podía oír, hice públicas mis dudas: «¿Te fías de él?». «Más que de las mafias ¿Qué remedio?». Adama tenía razón, qué podíamos hacer más que confiar en aquel hombre. Desde luego era mejor opción que los hombres de blanco. Volvió acompañado por una mujer a la que presentó como su esposa Kaima. Ella nos llevaría comida y todo aquello que necesitáramos. Y como quiera que él partía nos trasladó la responsabilidad de cuidar de ella. Esta aparente tontería, me hizo terminar de confiar en él. Nadie deja a tu cuidado a nadie y luego te la juega. Para protegernos del sol y dormir podríamos usar la cabaña donde guardaba los aparejos y en tiempos mejores la barca que se pudría ante nosotros. Si algo nos estorbaba teníamos su permiso para sacarlo fuera. La cabaña no era muy grande y contenía diversas objetos: remos, cabos, redes, boyas, bicheros, nasas… No tenía ventanas. Dentro, olía de una forma peculiar pero no me desagradó. Fadoul nos pidió que lo último en salir fuera la red que acababa de reparar. Allí nos dejó y allí dejamos las mantas y las alforjas. Hicimos sitio al colocar ciertos objetos y dejamos libre una zona donde acostarnos sobre la arena, porque la cabaña no estaba solada. Después de un buen rato, le vimos salir de su casa con un hatillo al hombro. Subió a su barca después de acercarla a la orilla tirando de un cabo anclado en la playa y nos saludó con la mano. Adama, curiosamente, correspondió con un “suerte” en voz baja y yo, más extrovertido, con movimientos de  brazos. Creo que el deseo de mi amigo era egoísta, porque la suerte íbamos a necesitarla nosotros. Y allí esperamos y pasamos tres días de playa. No sabíamos que el agua del mar no servía para lavar la ropa. Kaima nos riñó sin hablar y arrampló con chilabas y jerseys después de vernos restregar con arena las prendas y sumergirlas entre las olas. Lo cierto es que no sé si jugábamos o hacíamos la colada. De tanto meternos en el agua, cuando nos secábamos, yo notaba que nuestra piel quedaba blanquecina. Pero no dije nada. Simplemente creía que el mar tenía propiedades mágicas para aclarar nuestra piel. No sabría la verdad hasta que Fadoul volvió de su viaje. Si bien, antes de hacerlo, yo, con la espera, me tensaba más. Notaba que estábamos muy cerca y que por cualquier fallo todo se iría todo al traste. Pero estaba más equivocado que Carracuca. La espera, eso sí, se me hizo interminable. Me habían entrado las prisas, como ves. Vimos como volvían las barcas a aquella pequeña caleta, pero ninguna era la de Fadoul. No era mucho el fruto del mar que descargaban, pero lo compartían con Kaima. La mañana que siguió a la noche que volvió su  marido,  llegó  un  mercachifle
que aprovisionaba a las pocas familias de pescadores de diversos artículos y, en especial, de sal, imprescindible para ellas. Al verle llegar, Fadoul se tensó y antes de que aquel se apeara de su camello, este nos advirtió que no habláramos ni de nuestro acuerdo ni de nuestras intenciones. «Recordad, viajáis hacia el sur, no hacia el norte. Debéis inventar una historia». Por supuesto, la mentira no debía tener nada que ver con cruzar el estrecho. Si nos preguntaba el buhonero, lo mejor era no contestar o eludir la pregunta. Yo me sonreí. Eso a Adama no le iba a costar ningún trabajo, aunque a mí, por ser un boca chancla, estar callado me iba a costar más. Pero, esta vez, me propuse imitarle. No tuve ocasión de meter la pata porque el pescador prácticamente nos encerró en su cabaña. Le oímos decir que habíamos llegado del oeste con una enfermedad desconocida. Que tosíamos mucho y estábamos muy calientes. Eso me dio pie para interpretar mi papel y casi me destrozo la garganta de tanto forzarla para toser y que me oyera el comerciante. Este, ante la perspectiva de contagiarse, no alargó su visita más que lo preciso para hacer sus ventas y comer gratis. Aquellas familias mantenían su hospitalidad hasta con quien sabían que no debían. Por ello tuvimos que esperar a la tarde para enterarnos de las buenas noticias que traía de Ceuta el viejo. Durante la visita Fadoul entró en la cabaña nos pidió paciencia y un billete. A ambos nos extrañó que tan solo nos pidiera uno y a escondidas. Más tarde se aclararía el asunto sin que preguntáramos, como verás. Una vez desapareció el mercachifle, pudimos hacer nuestra voluntad y lo primero fue preguntar, como entenderás, al pescador como le había ido en Ceuta. Con una sonrisa en la boca nos contestó que tal como esperaba, aunque había un pero. ¿Cómo no? El precio de la estancia en la ciudad española. «Al decirle a mi sobrino que erais dos negros robustos y fornidos, y apoyándose en que las cosas se estaban poniendo feas, me dijo que el precio no podía ser el mismo». «¿Entonces, cuánto?». La respuesta vino en pesetas: Cinco mil por cabeza. Nos quedamos como estábamos. No sabíamos si teníamos suficiente o no. Nosotros habíamos atesorado dólares no pelas, como luego aprenderíamos a decir y Fadoul se manejaba en las dos monedas, la marroquí y la española. Jamás se nos había planteado un problema matemático de tal calibre. Un ejemplo claro de que para andar por la vida es conveniente saber un poco de todo y no un mucho de algo y nada del resto. Ser un especialista en mitocondrias no te exime de necesitar una hipoteca. Y si no sabes qué es la cláusula suelo, el interés fijo o variable, o el TAE ya sabes lo que te pasa. Ir al cole y tener más de un trabajo es mejor que saltarse el primero y engrosar el paro o saltarse el primero y caer en el paro. O cumplir con la escuela y apuntarte al paro, Porque la posibilidad inversa es casi imposible. ¿O no? Eh bien, c'est ça, mon ami, que el viejo nos devolvió el billete y descubrió nuestra intriga. Había contado al buhonero que un turista loco y raro había pasado por allí y les había comprado pescado en salazón. Y como les pagara en esos billetes, que eran los únicos que tenía, quería saber si valían algo. El comerciante le había dicho que sí, que sí valían, y que en el mercado negro podría obtener una buena cantidad de dirhams. Es más, también le contó que si pasaba alguna vez a Ceuta y se pasaba por un banco sacaría cincuenta billetes o más por cada uno que tuviera de esos, porque en España se pagaban más, eso sí, en pesetas. «Así que, vosotros sabréis si tenéis bastantes de esos dólares para pagar a Nadim». Al ver nuestras caras y las miradas que nos echábamos se convenció de lo contrario. Habíamos llegado a un punto ciego más que muerto. Como ves, el dinero trae preocupaciones y complicaciones. Nosotros habíamos conseguido moneda marroquí pero era el que habíamos entregado como adelanto a Fadoul. Solo nos quedaban los dos rulos de dólares. Y allí donde estábamos nadie sabía multiplicar. Ese fue el motivo que retrasó nuestra entrada en Ceuta. Después de darle muchas vueltas al asunto los dos que discurrían mejor que yo encontraron una salida al entuerto del dinero. No era la perfecta, pero al menos nos permitiría dar un paso al frente. Verás, pagaríamos al viejo en pescado y una vez en Ceuta, cambiaríamos los dólares a través de su sobrino Nadim, porque él tenía pasaporte, y veríamos si le podíamos pagar. ¿Te imaginas como íbamos a conseguir lo primero? Pues pescando. ¿Cómo iba a ser, mon ami? Pero el viejo ya no salía a faenar a pesar de poseer una barca y todos los aparejos en perfecta conservación porque le gustaba y le entretenía. Y, además, presumía de tener las mejores en buen estado. Íbamos de problema en problema. Esta vez la salida fue propuesta por el armador. Tenía otro sobrino que andaba detrás de heredar en vida sus bienes de pescador. Podía hablar con él y hacer un trato para que saliera con nosotros a pescar. Pero esto obligaba a hacer seis partes de las capturas. Dos se las quedaba él como armador. Otras dos se las llevaba el capitán y el resto se lo repartía a partes iguales la tripulación que salía a faenar. No había otra posibilidad porque si salíamos a pescar Adama y yo solos no comeríamos en un año. ¿Y cuándo habríamos saldado la deuda con Fadoul? Ahí debíamos confiar en él porque iba a depender de la valoración de las capturas diarias y de la calidad de las mismas. Lo segundo era evidente, pero lo primero era la cuestión. Cuando solo hay una salida no existe la duda y más si las circunstancias no dependen de ti. Su sobrino debía aceptar, pero estábamos seguros de que el viejo pescador se lo pondría fácil. La tripulación que le imponía desde luego no era la que él elegiría: dos negros de tierra adentro que habían conocido el mar en ese momento y que vivían de la caridad de su tío. Aquello hacía más fácil confiar en él. El primer contacto con el pariente fue negativo. Aquel sobrino no debió ver conveniente ni productivo embarcarse con dos incompetentes y bisoños pescadores. Pero ante la insistencia de nuestro valedor y al ofrecerle este el usufructo de la barca desde aquel momento, no le importó la tripulación. Al fin y al cabo sabía que en poco tiempo nosotros abandonaríamos el arte de la pesca en el mar. Y el trato se cerró. Creo haberte dicho ya que el generoso viejo sabía más que Lepe, Lepijo y su hijo. Hacía negocio con todo y con todos, a pesar de tener poco, amén de que todos quedábamos contentos. Con este trato se aseguraba comer todos los días mientras vivieran él y su sobrino, porque la barca no iba a heredarla Nadim, el sobrino caballa que, según su tío, sabía pescar tanto o menos que nosotros y al que le daba miedo el mar. Así que, de pronto, una vida y un jefe nuevos nos esperaban. Y más duros de lo que imaginábamos. Pero el joven también salía beneficiado. Cuando muriera su tío sería también el armador de la barca y cuando nos fuéramos recurriría a sus compañeros de trabajo para componer una buena tripulación y ser más productivo. En poco duplicaría sus ganancias y a la larga los cuadruplicaría. Eso sí, tenía que ser capaz de manejarse con dos advenedizos durante un tiempo. Y llegó el día de echarse al mar. Vi a Adama bastante preocupado. Recuerda que no sabía nadar y que su mano, digna de una damisela del romanticismo, no estaba hecha para el trabajo manual, bon, de ningún tipo en realidad. Pero dos hechos le hicieron mudar el visaje. Nuestra cocinera, Kaima, después de echarnos un almuerzo en la barca para los dos, le hizo un gesto para que se acercara. Antes de hacerlo, su marido ofreció a mi amigo un viejo y gastado chaleco salvavidas que no rechazó. «Dile a Dikembe que solo tengo uno». Y después, en silencio, como todo lo que hacía esa mujer, le vendó la mano con mimo y con unos trapos viejos. Cuando me llamó a mí le grité que yo no lo necesitaba. Y se rió. Y te diré que con toda la razón del mundo, porque cuando regresamos hubo de hacerlo, pero no por precaución, sino por las heridas del roce de redes, remos, sol, salitre y demás. Y lo hizo con otra sonrisa, esta más socarrona que la primera. Los siguientes días, hasta que se me curaron las palmas de las manos, Adama no me dejó coger el remo. Me devolvía el cuidado de su mano. Kaima me las curaba al amor del fuego, en su cocina, y ante un Adama interesado. Siempre hemos seguido el refrán que reza: Manos que no dais, ¿qué esperáis? Aunque hasta no llevar en España algunos años, no lo conocimos. Lo cierto es que siempre nos sorprendemos de todo aquello que uno dio y da al otro. Y viceversa. No dejé que nadie me
prohibiera tirar y recoger la red que me correspondía. Si no, las capturas hubieran disminuido, aunque no en números absolutos sí en porcentaje. Se hubieran quedado en el 50%. El capitán Mobarak ni remaba ni faenaba. Se dedicaba al timón, a gritarnos y a elegir el lugar donde echar las redes. Si bien, por la cuenta que le traía, nos enseñó a pescar. A gritos, pero nos enseñó. Lo bueno es que lo hacía en árabe por lo que Adama se reía y me imitaba en todo aquello que me veía hacer. En algunos momentos incluso lo pasamos bien. No decía nada, pero las manos me dolían que ni te cuento. Tanto como la mirada de mi amigo al no poder ayudarle a varar en tierra la barca. Quizás por vernos sufrir y con el pensamiento puesto en el futuro, a pesar de su edad, Fadoul decidió salir a pescar de nuevo. Sabía que si su sobrino se echaba atrás, perdería mucho. Ver a dos jóvenes luchar por sobrevivir le animó a ello, supongo. Y también, supongo que le traeríamos a la memoria a su hijo ahogado. Y, de alguna manera, le serviríamos de consuelo. Soy de la opinión de que las personas vividas y vivaces entienden que la muerte esconde la vida. Otra cosa es el dolor que causa, ese cada uno lo gestiona como sabe o como puede. Y esa decisión ajena, cambió nuestra mala racha de capturas. Fadoul sabía por donde se movían los bancos de peces. No podía explicarlo pero acertaba. Por más que le preguntaba Mobarak, su tío le decía que no era una ciencia, sino intuición. Yo creo que ese hombre había llegado a pensar como los peces. Y esa comunión entre el mar, sus habitantes y el hombre me trae a la memoria un libro de Ernest Hemingway, como te habrás imaginado, porque fuiste tú quien me lo dejó(1) y que tantas veces he releído. Bon, el caso es que el fruto de nuestro trajín con el viejo a bordo aumentó y disminuyó el tiempo que pasábamos en el mar. De dolerme todos los músculos y huesos pasé a reconocer que había algunos que ya se habían acostumbrado al esfuerzo diario que, por otro lado, me musculó. Igual le pasó a Adama. Mientras me duraron las heridas palmares mi amigo fue el que mantuvo en buen estado los aparejos del viejo. Si se me ocurría coger algo con las manos, aparecía Kaima, me lo arrancaba sin ninguna contemplación, le daba un pescozón a Adama y se iba sin decir nada. «Tal para cual» decía yo en voz alta para que me oyeran los dos, tanto mi amigo que me miraba y seguía con las reparaciones como Kaima que ni se volvía. Él y ella hubieran hecho una pareja perfecta. Y cuando todos aprendimos de Fadoul, incluido Mobarak, el maestro ya no hizo falta. Terminamos por ser un buen equipo los tres jóvenes. Prácticamente ni hablábamos. El marroquí había salido a su tía y yo me había acostumbrado a no distraerme mientras trabajaba. Y como los peces hablan tanto como el tercero en discordia, muchos días volvíamos a puerto sin haber dicho ni una palabra, salvo los tacos que yo soltaba cuando erraba. El matrimonio nos despedía todos los días. No nos faltaban ni los buenos deseos y ánimos de él como el almuerzo y el silencio de ella. Si no, no hubiéramos aguantado salir cada día con el sol en la cara y volver con él a la espalda mientras, en ambos casos, nuestras sombras se alargaban como la lengua de los camaleones. Al volver se equiparaban las posturas de la pareja. Ambos nos recibían con una sonrisa de alegría por el simple hecho de que volvíamos. No necesitaban más. Y si lo pienso ahora, yo tampoco, en aquellos momentos todavía no había aprendido a leer en la cara de las personas, si excluyo a Adama. Es grato que te despidan cuando sabes que te van a recibir mejor, independientemente de los frutos de tu salida. Fadoul con solo un vistazo sabía cuanto habíamos pescado. Y aun así siempre preguntaba como nos había ido el día. Aquel poder vivir del trabajo hizo que Adama se olvidara de sus miedos y sus limitaciones manuales. Aunque nunca renunciaría a sus trapos y a su chaleco. También le serviría de aprendizaje para el trayecto hasta Ceuta. Yo, tanto en los ríos en los que nos bañamos, como en la playa aquella, había intentado enseñarle a nadar. Pero, por el motivo que fuera, no aprendió. Ni él ni yo nos hemos rendido ante nada, pero hoy ambos sabemos nuestras limitaciones. En aquel momento no, y Adama había dejado atrás el sentimiento de inutilidad que revienta cualquier autoestima. Por eso los maltratadores lo primero que atacan en las mujeres, para dominarlas, es su afán de mejorar la propia actuación y su dignidad. También es cierto que los desvelos de Kaima y el cariño que proyectó sobre Adama, ayudaron tanto a uno como a la otra. La capacidad de amar de esa mujer se veía aumentada por todo el amor que no había podido regalar a su hijo adolescente. El amor nunca se pierde. Cierro los ojos y veo a un Adama muy bien vestido porque la exmadre así lo quiso. Aparte del afecto también le regaló la ropa del difunto. Y no expreso envidia, sino satisfacción, porque a mí también me tocó parte. Le veo avergonzado ante mis risas por ser mimado por Kaima y con la mirada huidiza ante la mía por no  conocer  ese   sentimiento.   En
aquel pueblucho de pescadores las necesidades que cada uno tenía encajaron entre sí como las leyes de una teoría científica. Vivimos unos meses de felicidad, me atrevería a decir hoy. Sí, de felicidad. Al menos es el poso que he encontrado en mi corazón de aquellos días tan duros como los anteriores y los posteriores. Volví mucho después, pero Rincon de Medik no era reconocible, tan solo el mar y en la lejanía. No encontré ni rastro de la pareja ni de Mobarak ni de otros pescadores. Ahora y allí pescan turistas. Y ya no es una aldea, sino un entramado de negocios hosteleros que se adentran en el mar y que han sepultado el origen de aquel rincón, para bien o para mal.    
Difícil es posicionarse cuando sobrevivir es una cuestión vital. Bien está que, como están las cosas, se luche por el medio ambiente, que se cuiden las playas, que el ladrillo no invada el paisaje, que posibilitemos a la naturaleza el mantener su equilibrio, pero si los recursos desaparecen o cuesta tanto poner un plato en la mesa, o te vas de donde vives o sucumbes. Lo primero es el ser humano pero, por ese mismo motivo, el cuidado del lugar en el que habita hace ulterior lo primero. De momento, la Tierra es la única ubicación factible para que el ser humano se perpetúe. Ojalá algún día cercano podamos elegir entre nuestro Planeta Azul y otros. Pero también es necesario que sea así, que podamos escoger al menos entre dos opciones y no tengamos que huir de nuestros orígenes, como ocurrió en aquella aldea marroquí de la que Dikembe nos habla.
Pensarás que cómo es posible que me acuerde de tantos detalles intrascendentes o no de mi vida. Es muy sencillo. Yo tengo tres memorias privilegiadas. La primera es a corto plazo, pero como no me importa qué he hecho hace una hora nunca la he trabajado. Además ha sufrido bastante por mi edad. La segunda, a largo plazo, no ha perdido nada con el paso de los años. Es más, yo diría que lo pretérito se ha avivado en mi cabeza. Y la tercera, la memoria fotográfica. Una gran ventaja. Hay que trabajarla, pero entre la anterior y esta me es fácil cerrar los ojos y trasladarme a cualquier momento de mi pasado y ver los rostros que conocí y los paisajes que contemplé. Y eso me lleva a los olores, a los sabores, a las palabras… Cuesta trabajo, aunque, por el tiempo del que ahora dispongo y la presión a la que me sometes, recordar es simplemente cuestión de ponerme a ello. Y al respecto he llegado a una conclusión: Si no fuéramos capaces de olvidar no podríamos vivir. De la misma manera que ser un genio es una condena, acordarnos de todo nos mataría. Ahí te dejo este corolario para que le des vueltas y me cuentes cuando vuelvas. Aunque no nos faltará de qué hablar, al menos al que firma. Un saludo,







(1VG) [↑][Volver] Dikembe se refiera a El viejo y el mar, novela escrita en 1951 y publicada al año siguiente. En mi opinión uno de los libros que debían ser de obligatoria lectura para todos los que han pasado de los 60 años, hayan tenido o no relación con el mar. 


Imagen 1. Foto bajada de http://www.stichtingdalel.org (original en color). Retocada.
Imagen 2. Foto bajada de allimite.mx (original en color).
Imagen 3. Foto bajada de m.saysay79.fr.gd.


domingo, 14 de mayo de 2017

Una mochila para Jon


La verdad es que no me faltan los encargos de mochilas, siempre tengo alguna/s en marcha.

Ésta ya hace tiempo que la hice aprovechando para realizar un vídeo:


Pero no me puedo resistir a enseñar las fotos, que esta vez el Sr. Fotógrafo se ha portado.

Ni se le ha olvidado la trasera


Ni enseñar el forro, ay!! como nos cuesta acordarnos del forro!!!


Eso si, como le gusta mucho mi bordado, esta foto nunca se le olvida.


Si queréis hacer la mochila, espero que en el vídeo esté bien, bien clarito.

Y sigo coso que te coso...