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martes, 27 de junio de 2017

Alfombrilla de patchwork para el ratón. Videotutorial 31

A nosotros que nos gusta tanto el patchwork y tan poco, al menos a mí, los materiales plásticos, ¿cómo vamos a tener un trozo de caucho para mover el ratón?

Pues no, en un momento nos hacemos una alfombrilla y ya está.

Podría estar a juego con la lámpara de mesa, con las cortinas, o con el vestido que nos hemos puesto esta mañana.

No, mejor, mucho mejor, hacemos varias y las vamos cambiando según nuestro estado de ánimo.




Espero que os guste!!!

Y sigo coso que te coso...

lunes, 26 de junio de 2017

CAP. 59 . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . Andanzas y tropezones de Dikembe Biyombo

De cómo voy a acabar


i había aprendido el peor español en la obra, con José me doctoré. Él era de un pueblo de las Hurdes, Ladrillar, según nos contó. Allí, en el mercado, prácticamente no había madrileños. Todos eran foráneos. Eso sí, Adama y yo éramos los que habíamos nacido más lejos de Madrid y más distintos de los madrileños. Y se nos notaba, vaya si se nos notaba, pero no solo por el color de piel. Al día siguiente, estábamos allí, en el mercado, antes de que saliera el sol, aunque tampoco fuimos los primeros. Allí, en el gran patio o dentro de las naves siempre había gente. Unos esperaban, otros no paraban. Pero jamás estuvimos solos. Hacía frío y nos calentábamos dando saltitos mientras esperábamos a José. No le conocimos hasta que nos habló. Iba envuelto en varias prendas. Entre la bufanda y el gorro de lana, solo se le veían los ojillos. La tripa se disimulaba por la holgura y el volumen de la pelliza que vestía. «Güenos días nos dé dios», saludó, «Por lo menos seis puntuales». Nos invitó a pasar a la garita porque tenía un brasero. No sabíamos que era aquel artilugio, pero aprendimos enseguida cómo se encendía y para qué servía. Luego fuimos nosotros los encargados de mantenerlo, a cambio nosotros, de vez en cuando, nos colábamos en el cuchitril y nos calentábamos. Ese segundo día no solo descargamos el camión de cebollas. El siguiente fue de tomates. Venían en cajas de madera muy fina. Con ellas me destroce la palma de una mano. José nos dejó un par de guantes de trabajo que compartimos. «Más vale que tagencies un par, sino vas acabar como tu amigo. Qué leches, pero al jodío manco le van a salir más baratos», y se rio de su ocurrencia. No nos fue difícil conseguir tres guantes. Primero fue Adama quien distrajo uno de encima de entre dos torres de cajas de naranjas. No tuvo toda la suerte de cara porque era de la mano derecha. Le dio igual, se lo calzó y, si bien no se le ajustaba, hacía su labor. A mí me costó un poco más además de una bronca. Riña que no acabó en pelea porque al final pude explicarme y mentir. Pedí perdón, argüí que eran igual que los  míos y puse cara de bobo. Es más productivo pasar por tonto que por ladrón o listo. En el segundo intento, me aproveché de un accidente de carretillas en el que mandarinas y manzanas rodaron por los suelos. Con el corro formado por si había pelea, como en mi caso, pude elegir entre varios pares. Aparte de mi juego, tomé prestado uno de la mano izquierda para Adama. Ya solo me faltaba aquella caperuza para protegerme el pelo y el cuello y parecer todo un arrumbador profesional. Ese día también comimos algo a medio día porque salimos temprano. Estábamos reventados y nos tiramos a la bartola a descansar. Solo nos levantamos a calentar la cena y a comérnosla. Como habrás observado, una de las muletillas que he usado continuamente, bien porque no soy ágil con la pluma, bien porque no hay otra manera de transmitirlo, ha sido “por primera vez”. Y es que, cualquiera que escriba sobre su infancia y mocedad no puede negar que durante esas etapas son muchos los descubrimientos que se producen, sean estos verdaderos o falsos. Siendo esto último lo de menos. Cuando todo es nuevo todo nos parece viejo. Y por primera vez tuvimos una herramienta profesional: los guantes. Aunque fuera sugerida y robada. Mucha empatía dirás y dejamos a otros sin sus guantes. Pero reconocerás que todavía nos ajustábamos a la ley llamada de la selva: La Ley del más fuerte. O del mal listo si quieres entenderlo a la española. Después de todos estos años puedo asegurar que la ciudad y la selva, en cuanto a leyes, poco se diferencian y que nada tienen que ver con el Código Civil o Penal. Esas normas dictadas por legisladores y las otras, nacidas de su ausencia, conviven en paralelo, sin entrar en colisión por tanto. La eticidad y el cumplimiento de las leyes no tienen nada que ver, aunque las dos sean humanas. Aquí, entre paredes y hormigón y en el lenguaje coloquial, los apelativos suelen ser más suaves (trepa, pelota, correveidile, etc.) y se hable de pisotones o zancadillas. Allí el predador mata a dentelladas, asfixiando a su presa o destrozándola, son asesinos diarios, incluso de recién nacidos, pero matan para comer o defender su despensa. Lo salvaje no cabe en un texto legal, ni lo ético tampoco. Y no voy a contarte otra vez el paso de Adama por el hospital de Tamanrasset, pero sí recordártelo. La Ley contempla el hecho y sus circunstancias, la Ética la intencionalidad y la finalidad del acto. Si robas a los que más tienen para repartirlo entre quienes no poseen nada eres tan ladrón como quien mete la mano en el erario público para hacerse un chalé. Yo no me puedo ajustar a vuestras leyes, si bien las respeto, pero ante todo no juzgo porque los hechos que hoy me parecen aberrantes, mañana me pueden parecer normales. ¿Recuerdas que, también en aquella ciudad, nos salió al paso una pandilla que a punto estuvo de darnos una paliza? Bien, al ir un día Adama a por agua a la fuente de la placita Chamberí, se cruzó con una cuadrilla de indeseables que se metieron con él. En contra de su costumbre respondió y se armó la marimorena. La peor parte se la llevó él por ser ellos más y por no tener Adama con quien repartir las patadas y los puñetazos, salvo con el bidón, cuyas paredes quedaron pegadas. Y eso fue lo más doloroso para él: la pérdida del recipiente. Y tampoco es que en el hospital que le llevé, a la casa de socorro no podíamos volver, la historia fuera distinta que en el africano, burocráticamente hablando y pese a tener más recursos este que aquel. Tampoco me fueron a mí mejor los días que anduve solo en Legazpi. Nadie quería hacer pareja conmigo. Y nadie la hizo. José opinaba que no era cuestión del color de mi piel, sino de envidia y resentimiento porque Adama y yo habíamos demostrado el poco tiempo que se puede tardar en descargar un camión. Eso jamás nos lo iban a perdonar. Y ahora te vuelvo a expresar mi opinión sobre la estupidez del ser humano, aunque en este caso también intervenga la variable de los celos. A los estibadores nos pagaban por kilo descargado. Por lo tanto, aunque tardáramos mucho tiempo tiempo en aligerar la mercancía del camión, cobrábamos lo mismo. Y por ello los asentadores siempre estaban encima de nosotros, igual que los camioneros, estos para irse antes. No creo que a José le faltara razón, pero yo intuí que algo de racismo también había. En fin, que cada uno piense como quiera. Durante los días que anduve de non en el mercado, me dio tiempo a observar que no todos los vehículos que llegaban eran motorizados. Muchos otros eran de tracción animal. Y estos últimos, son los que yo podía descargar solo, una vez vacíos volvían y se perdían en los barrios periféricos de Madrid. Volví a acordarme, ¡cómo no!, de Toujoursoui y Hamal, pero ya no lo hacía con los ojos húmedos. José, por verme mano sobre mano, me apañó otra tarea. Eso sí, me advirtió que iba a ganar menos que descargando. «Venga, coño. Que tan parío pa trabajar. No hace na eráis tos esclavos». Se trataba de mover sacos y cajas en su puesto y, en los momentos que él tenía que ausentarse, echar un ojo a todo. Acepté por varios motivos. El principal: Las pesetas. Algo era algo y menos era nada. Segundo: El agradecimiento. Al ser poco el jornal, le agradecía a José su trato para con nosotros. Le dejaba todo el tiempo del mundo libre para estar en la taberna, barucho que alguien había montado en un rincón de la nave. Las veces que tuve que ir a buscarle fueron más que los sacos que moví, te lo aseguro. Él vendía a los minoristas que por allí se acercaban para ver el género y discutir el precio. En principio una vez hecha la venta en el puesto, llevarse la mercancía era asunto del comprador. Y José, que sabía más que los ratones colorados, empezó a ofrecer el servicio de carga gratis. Y por ello aumentaba unos céntimos el precio del kilo de tomates. Eso le daba para pagarme a mi mis servicios y aun le sobraba para gastárselo en la taberna. Lo cierto es que yo no tardaba nada en cargar los carros y motocarros de los fruteros. Mientras se enrollaban o se iban a celebrar el negocio a la tasca, me daba tiempo de sobra. Todos me daban las gracias, pero nada más. Y algunos hasta reconocían a gritos mi labor: «¡Anda, José. Menudo negrazo tas agencío. Qué jodío, así cualquiera». Al final de la jornada, mi jefe me pagaba más en especies que en dinero. Me lo explicaba ya con la lengua gorda después de tanto viaje a la taberna, pero yo ya me había acostumbrado a su manera de hablar y le entendía perfectamente. «Anda, Mikembe de los cohones, agada lo que quiedas, pedo questé tocao. No tagencies na que pueda vended mañana. Y coge algo de fruda pa tu amigo el manco». A mí me llamaba Mikembe y a Adama el manco. Siempre que me pagaba así salía yo ganando. Él no podía sacar la mercancía con alguna tara o maca y a nosotros nos la refanfinflaba, como diría él. Las frutas avanecidas y con defecto solían acabar en la cocina del hospital donde estaba ingresado mi amigo el manco. Una clínica de la beneficencia. Las verduras y hortalizas eran las que me llevaba yo. Esas acababan en la lata del palacete donde las cocía cuando llegaba por la noche. Los días que anduvo Adama hospitalizado, me largaba antes del puesto y me pasaba a verle y a estar un rato con él. Pocas veces hablábamos pero no hacía falta. El me veía y yo notaba como sus hinchazones iban mejor y como empezaba a levantarse. Menos mal que no le rompieron más huesos que un par de costillas. Durante aquella convalecencia fue cuando le diagnosticaron la malaria pues sufrió unos episodios febriles de los suyos. Y fue un médico quien se hizo cargo personal y privadamente de su cura. Todo sea dicho, el doctor Muñoz investigaba esa enfermedad y consiguió que los ataques de mi amigo disminuyeran y fueran más suaves. Volvió a la quinina, por supuesto. Pero no nos costaba nada porque se la facilitaba el médico. Al recuperarse de la paliza, volvimos a ser pareja laboral. Y tanto asentadores como camioneros nos buscaban. Sobre todos estos últimos, que tenían ganas de acabar cuanto antes. Hasta que la siguiente somanta nos la llevamos juntos y esta vez nadie nos llevó al hospital. Nos la dieron a última hora de la mañana y en contra de la opinión de José que no pudo pararla. La envidia no apreció por ningún lado, pero nuestro color de pie fue citado antes de cada golpe: «¡Toma, negro de mierda!». Aunque también citaban a los primates: «Monos, iros a los árboles». Incluso la geografía: «Largaos a África, a comer plátanos». Aquella gente era culta, dominaba todas las ciencias y sobre todo la de golpear. José no se atrevió ni a acercarse. Desde luego no se lo echamos en cara. Aquello que surgió por un tropezón hombro con hombro, acabó como una diversión de fin de jornada a la que se sumaron casi todos los descargadores. Ninguno quedaría al margen, por lo que fue imposible defendernos. En mi vida he recibido más golpes durante tanto tiempo. Pero, seguramente, a no ser por esa zurra, tú y yo no nos hubiéramos conocido. ¿Lo recuerdas? Vaya pregunta más estúpida. ¡Cómo no vas a recordarlo! Déjame mencionar la cara que pusiste al descubrir a un negro en vez de una bomba sin explotar dentro de aquel palacete. Es una imagen que, junto con otras, jamás olvidaré. De tanto recordarla, la tengo fijada en la retina. He hablado de un ángel porque eso me pareciste, allí, en la puerta, rubio e iluminado por una halo de luz que se colaba por la ventana. Eso sí, un ángel con hambre que dejó de masticar el bocadillo que comía. Merienda que luego compartiste conmigo y con Adama: «¿Queréis un mordisco?». Y no solo ese día. Hagas lo que hagas, jamás te crecerán cuernos y rabo en mi memoria.

Hasta aquí llega mi historia desconocida para ti. Como ves ha tenido que ocurrir algo importante para hacer mi primer punto y aparte. Nada más y nada menos que el final del relato. Y ahora déjame que me despida de ti. Pero no como tú crees y como he solido hacer con un soso saludo. Verás, de la misma manera que creció en mí, durante el viaje, el deseo y la esperanza de encontrar un mejor lugar donde vivir, ha nacido, no sé cuando, la necesidad de volver a mis orígenes. Fui consciente de lo primero al poco de llegar aquí. Te he transmitido en mis cartas cómo un sentimiento, que no enfocaba, se formaba en mi corazón y en mi cabeza su correspondiente pensamiento velado. Ahora sé que es la llamada de mi abuela Mayifa. Me grita que mi sitio no está aquí, que esto era solo una etapa. Que donde debo cumplir es allí donde nací. En África. ¿Te sorprende? Yo creo que no. Que en el fondo los dos lo sabíamos. Ya no pesa sobre mi conciencia haberla fallado. Ahora me veo como un guerrero. Quizá entendí mal su deseo. Guerrero no solo es aquel que guerrea, sino aquel que lucha y da guerra. Y yo no he dado otra cosa en mi vida que guerra y no he hecho otra cosa que pelear. Creí haber perdido todas las peleas. He peleado por mí y por otros. Pero no confundamos luchador con héroe, como se suele hacer en estos tiempos. Y voy a seguir en la pelea, pero corresponde hacerlo allí donde están enterrados mis antepasados. Y queráis o no los vuestros también. Es lo consecuente, el deseo de mi corazón y aquello que me dicta la razón. Creo haber devuelto, aunque será en parte, todo lo grato que esta sociedad me ha dado. Lo mejor de mí se lo han llevado todos mis alumnos, tanto aquellos que quedaron contentos como los otros que me odiaron y los pocos que no admitieron que les enseñara un negro su propio idioma. Y también creo estar en deuda con toda esa gente que día a día soporta el peso de un continente que en algún momento deberá explotar y ser referencia del resto. No sé donde iré, ni qué haré. Pero igual me ocurrió al iniciar mis andanzas y mira donde he llegado. Los tropezones no han hecho más que anduviera más deprisa porque nunca me he caído. Los traspiés tienen ese efecto, si no te caes recorres más terreno. Adama todavía no sabe nada de mi penúltimo viaje. Tú eres el primero. Pero no creo que me siga. Será otra separación dolorosa pero necesaria. Un suelo nos juntó y otro nos separa. Sí sé que me entenderá, como tú. Ya no me importa cuando vuelvas porque ya no estaré. Dejo todo lo que tengo a Adama. Esa es mi misión de hoy ante un notario. A ti te nombro albacea. Dejo a mi amigo los datos del fedatario público para que te pongas en contacto con él si quieres. Siento los problemas que te pueda causar. Te ha tocado. La condición es que si Adama no admite mi “herencia” pase a tus hijos, hecho que también tendrá que aceptar a su muerte si aprueba mi parecer. De ahí que estés tú por medio, como siempre. Me voy con la tranquilidad del deber cumplido y del agradecimiento debido. Y me mueve lo contrario. Parto con la ilusión del niño que nunca he dejado de ser. Y esa es la diferencia con Adama, él nunca lo pudo ser. Y no creas que añoro mucho de África. Sé que no me voy a encontrar con mi abuela Mayifa o con Hamal o con Monami o con Toujoursoui. O sí, quién sabe. A lo mejor es lo que busco. Me voy, como dijo Machado, ligero de equipaje, aunque no sea un hijo de la mar. “Cuando uno pierde los miedos y llega a la felicidad por la tranquilidad, es capaz de afrontar cualquier situación”. Esta frase no es mía, se la debemos a Pedro Cerolo, aunque no sé si la recuerdo literalmente. Me he preguntado qué pinta un filólogo de español en la República Centro Africana. No encontraba respuesta hasta que he caído en que la pregunta es errónea. No vuelve un filólogo, vuelve un hombre ilusionado. Y como no busco nada todo aquello que encuentre será un tesoro. Será una serendipia obligada si ocurre. Por otro lado soy consciente de que este Dikembe va a encontrar todo lo bueno que toda aquella gente me dio, incluso me daré de bruces con aquellos u otros que me hicieron daño y esclavo. Pero toda ella, quiera o no, es mi gente. Es mi grupo de identidad. La sociedad de consumo no me satisface, ni creo que tenga vuelta atrás, como ocurre con esta mal entendida globalización. Ambas me son ajenas. Sí es cierto que he tardado mucho en darme cuenta de ello, pero es que Adama no me ha hecho pensar en ello. Ahora, tampoco hay que despreciar el poder de toda la maquinaria dedicada a mantenerte dentro del sistema. No encajo en él. Un sueño no puede ser jubilarse después de toda una vida trabajada. Tiene que haber algo más. Y más vale encontrarlo tarde que nunca. ¿O no? Eh bien, c'est ça, mon ami, que salgo de España con menos pero con más. Aunque sea un oxímoron, tú ya me entiendes. Sea. Adiós José María. Y recuerda que Adama y yo podemos contar esta historia porque no sabíamos que era imposible.


No he querido interrumpir la última carta de Dikembe para que no perdiera su esencia. Ahora, una vez acabadas de publicar todas, me reafirmo en mi actuación. De la misma manera que a mí al leer la historia me ha cambiado la manera de entender mi entorno, he de suponer que ocurra a más personas. Es cierto que me quedo con las ganas de saber cómo les fue a nuestros dos amigos después de separarse, pero, en el fondo, eso es lo de menos. Simplemente imagino que bien y me quedo tan a gusto porque ese es mi deseo. Por el motivo que sea, necesitamos un final. Pues que cada uno ponga el suyo, ¿no? Lo importante de esta historia es que, como ya he dicho, ocurrió. No como nos la cuentan, pero ocurrió. Por mucha imaginación que le eches, la realidad siempre te supera y te sorprende. Aquel que la protagonizó entró en España en una maleta. Y cómo no serán sus andanzas que el Gobierno reconoció su esfuerzo y le “premió” con la nacionalidad española, si bien tuvo que pelear lo suyo. Quizás todavía ande en trámites. Y no puedo por menos que pensar lo poco que me ha costado a mí ser español y lo mucho que lucho por ser persona y verme con dignidad.

He de aclarar que mi amigo José María jamás me habló de Dikembe durante el tiempo en el que convivimos. Y no es que no se lo perdone, pero me duele. Cierto, nunca dejas de asombrarte: ¡Mi amigo Mendes llevaba una vida paralela a la que compartía conmigo! Ahora recuerdo ciertos detalles que en aquella época no tenían importancia: «¿Quedamos a las cinco en la placita?». «No, más tarde, mi padre no me deja salir a esa hora». ¡Mentiroso! ¿Cómo no me di cuenta de que cuando llegaba a la placita lo hacía desde el paseo del Cisne y no desde la calle Luchana? Pero bueno, las cosas son como fueron. No le demos más vueltas. Por cierto, la descripción que hace Dikembe de un ángel rubio se ajusta al recuerdo que yo mismo tengo de aquel amigo.

jueves, 22 de junio de 2017

Sorteo 1.000 suscriptores en Youtube y van 5.000

La verdad es que cuando no conocemos la redes sociales, éstas nos sorprenden y mucho.

Hace  un mes celebraba los 1.000 suscriptores en Youtube y sorteaba una cesta, hoy voy por 5.000



Pensé que el crecimiento de suscriptores en Youtube, llevaba el ritmo de seguidores en el blog pero nada que ver.

Voy a publicar la lista definitiva de participantes, con los números asignados. Ya no hay posibilidad de apuntarse. El ganador será el que sus dos cifras coincidan con el premio de la ONCE del próximo viernes 23  

He decidido que reparto del 00 al 99 y así le toca a alguien seguro. Para los que madrugaron más cuentan con dos papeletas.

00 y 73 Belén Cerezo
01 y 74 Blanca Reyes
02 y 75 Ani Segovia Arce
03 y 76 JabyXtreme
04 y 77 María Oyarce
05 y 78 Isabel bm
06 y 79 MsSpurspurs
07 y 80 Elrefined
08 y 81 Isabel Suarez
09 y 82 Sonia A
10 y 83 Mariló Monteverde Villar
11 y 84 Silvita Polanco
12 y 85 Digna López
13 y 86 Anayancy Colorado
14 y 87 Marta Martínez de Velasco
15 y 88 Malú
16 y 89 Rosario Solves Rodríguez
17 y 90 Prado Ocaña
18 y 91 Mª José Lax
19 y 92 Ruth
20 y 93 Kattia Fernández Fallas
21 y 94 Tina Castro
22 y 95 Yolanda Rivas
23 y 96 Almudena Robles
24 y 97 Rosa RJ
25 y 98 Mariona Puigmona
26 y 99 Angela Izquierdo Sanz
27 Remel María González
28 Cal Stone
29 Luisa Molina
30 Ligia Valladares
31 Magnolia González
32 Yuli Brujita
33 Cristina González Muñiz
34 Beatriz Muñoz González
35 Okiluz
36 Ramón López
37 Marisol Vallespin Sánchez
38 Lupe Na Mur
39 Almudena Sánchez - R Aceituno
40 Amparo Lazaga
41 Nita García
42 Lucía Ramos Ortiz
43 Montserrat Valladares
44 Amanda
45 Herminia Regolf
46 Elena Piña
47 Pipibelm Beles
48 Inés González
49 Soledad Vidal
50 Melissa López
51 Yolanda Barreiro
52 Reina Morales
53 Cecilia Molinos
54 Adan Martínez
55 Puri Parra
56 Carmen Soria
57 Teresa García
58 Nito2mito
59 Natalia Velázquez
60 Graciela Madrazo
61 Cecibel Pincay
62 Gema Bautista
63 Silvita Polanco
64 Montse Mi
65 Juana Vargas Cano
66 Angeles Ramirez Camacho
67 Noemí Ortiz Gimeno
68 Amparo Castro
69 María López
70 Cristina Sánchez
71 Soledad Monterrubio
72 Norvy Tejada

Muchísimas gracias por participar, los que habéis participado, y a todos por seguir el canal.

Y sigo coso que te coso...

martes, 20 de junio de 2017

Cómo rematar con la trasera. Videotutorial.

Una técnica que me ha costado mucho, se me resistía y no sé el por qué.

Bueno, sí, porque no estaba bien sujeta la trasera, así de simple.

He desarrollado este videotutorial que, espero, os guste.



Y sigo coso que te coso...

lunes, 19 de junio de 2017

CAP. 58 . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . Andanzas y tropezones de Dikembe Biyombo


De cómo descargar camiones



ltimamente, acaso por tanto tiempo libre y porque algo me llama, cada vez caigo más en el error de comparar aquello con esto. Aquello es África, te aclaro. Y lo curioso es que, salvo excepciones, perdéis vosotros, a pesar de las penalidades pasadas allí y la estabilidad ganada aquí. Sin llegar a ser optimista, sabes que siempre me ha alegrado más lo bueno que pesado lo malo. Son dos cosas que nada tienen que ver, te lo aseguro. Me refiero al optimismo y a la alegría. Será porque echo de menos a aquellas gentes, no a todas por supuesto. Solo a esas que me ayudaron a ser mejor persona, a aquellas que me hicieron sentir y ser uno más en este juego de la vida. Las malas personas son iguales en todos los sitios. Las otras no. Para nada. Aquí nunca me he encontrado con alguien como Thais, Belkassem, Almahamoudo como aquel viejo tuerto y deslenguado y tantos otros de los que te he hablado, sin olvidar a mi abuela Mayifa.  Y no es que sean mejores unos que otros, pero sin ellos yo no sería. En cambio, sin aquellos que me habéis ayudado aquí, no habría sido profesor. Siendo “ser” el mismo verbo, en intransitivo es más absoluto que en copulativo. Mis alumnos, por ejemplo, no tuvieron la voluntad de dar. Y, en cambio, se llevaron, sin quitármelo, todo aquello que las gentes de allá me dieran. No quiero comparar las relaciones que he tenido. Todas son diferentes. De la tuya y la mía no quiero hablar, me metería en un jardín del que no sabría salir. Pero bueno, estas ideas y sentimientos forman parte de otra creencia y sensación que ya ha tomado forma en mi cabeza. Ya te hablé de que algo me rondaba por el corazón sin tomar forma en mi mente. Pero antes, acabemos la historia de Adama y Dikembe. Al salir todos los días a por comida y agua, para lo que compré un bidón, también de plástico, mi español mejoró. Sobre todo el coloquial. El “buenos días tenga usté, señora” ya no tenía secretos para mí, ni el “un litro de leche, caballero” tampoco. Mi capacidad de aprendizaje, he de reconocerlo sin presumir, siempre ha sido superior a lo normal. Ahora lo sé porque puedo comparar. Antes, con solo un rival, no podía. Y menos, si la referencia era Adama. Por supuesto referido todo a los idiomas, porque respecto al resto de asignaturas, salvo en amistad, no llego a la media. Al revés que  Adama, que parece que le ha hecho el oído un zapatero, claro que con su hablar parco tampoco necesita mucho las palabras. De la misma manera que yo no podría pasar sin el idioma hablado, él podría vivir sin él, pero no se perdería un detalle de ninguna situación o conversación. No podemos ser más diferentes ni más complementarios. Ese debe ser el secreto de nuestra amistad, junto con las cuitas compartidas. Este comentario, desde la mentalidad europea que todo lo simplifica y capitaliza, consigue explicar cualquier idea a riesgo de perder su esencia. Desde mi parte africana te diría que nuestra amistad es producto de la magia y del viento, eso sí, comprendería que no me entendieras. ¿O no? Eh bien, c'est ça, mon ami.
Curiosa crítica esta que hace Dikembe sobre las capacidades de la mentalidad europea: “Todo lo simplifica y capitaliza…”. Me dio qué pensar y ahora la comparto. Por el motivo que sea necesitamos ser simplistas para que otros nos entiendan. Ello nos obliga a desnudar cualquier idea del resto de connotaciones que deberíamos de tener en cuenta para entender un todo. Decir que la amistad es producto de la magia es más certero que deducir que su origen es el resultado de una vivencia diaria. Pero para nosotros es más impreciso y con ello perdemos la vertiente emotiva y arcana que tiene el empatizar con alguien. Y respecto a capitalizar solamente decir que de no hacerlo no existirían las marcas, por ejemplo, ni el nombre de los modelos de los coches. Es cierto, capitalizamos hasta las ideas, véanse las patentes que no tienen en cuenta a todos aquellos que hicieron posible esa idea. Si nadie hubiera escrito un libro, si nadie hubiera leído, sería difícil que existiera una teoría científica. Es lo que yo llamo el eslabón ignorado. Por eso me gusta citar la fuente de todo aquello que uso. Por eso y por respeto. Pero otra cosa es la propiedad intelectual, en ese tema, de momento, no me quiero meter.
Preocupado por la lesión de mi amigo y tras conocer una farmacia, de la cual me llamó la atención otra cruz, esta verde, entré en ella. Expliqué como pude mi situación. La manceba, muy amable, me puso en la boca una historia que se inventó a raíz de simular yo que me hacía una herida en la mano izquierda. En este caso el arma fue mi dedo índice derecho: «Claro es que los cuchillos en la cocina son muy traicioneros». «Si, mujer, cuchillo cocina» contesté, y volví a simular el tajo en la mano. «Hay que tener cuidado, a mi madre, un día…». Me contó más de lo que entendí. El caso es que me vendió de todo, hasta pastillas: «Una al día…». Sus
consejos y los productos que me facilitó, supongo yo, ayudaron a la desinfección y al cierre de la herida. Recuerdo ahora un frasquito de polvos blancos con los que rociaba la herida antes de taparla con una gasa y esparadrapo. Debió de pasar un mes hasta que dejé levantarse a Adama. Cuando en mi aldea alguien salía herido, no le dejaban moverse en muchos días. Los viejos le rodeaban y le contaban historias, aparte de aplicarle emplastos vegetales. Unos salían adelante, otros empezaban con fiebres y terminaban sin vida. Yo hice lo mismo, distraía a Adama al contarle aventuras reales e inventadas acontecidas o no en mi pueblo. También le ponía al día con todo aquello que veía fuera del palacete y de mis adelantos con el español. Le reconocí que Hamal se hubiera muerto de hambre aquí, que acertamos al dejarle donde le dejamos. Se rio cuando le dije que no había visto ni un turbante. Pero le preocupé al enseñarle el poco dinero que nos quedaba. A eso sí contestó. Propuso racionar la comida, como si estuviéramos en el desierto, y me echó en cara lo gastado en la farmacia. No me lo tomé a mal. Una persona que no acostumbra a estar entre cuatro paredes y bajo un techo, aguantar casi un mes sin ver el cielo no es nada fácil. Así, cualquier humor se marchita. Tras su coz verbal, saqué la navaja y simulé cortarle la pierna. Después del juego y del débil forcejeo, me miró, sonrió y me pidió perdón. Adama ha entendido siempre mejor los gestos que las palabras. Como verás, seguíamos siendo unos críos. Poco faltaba ya para que tú y yo nos volviéramos a ver por segunda vez. Fue Adama quien corrigió mi memoria, al decirme que ya te había visto antes, cuando otro muchacho presumía de la valentía de su hermano ante la verja del palacete. Y te confieso que me es muy difícil pensar en ti, o verte, y no rememorar a aquel mozalbete rubio con un flequillo mal cortado y tan corto como el resto del pelo. Pero también te quiero dejar claro que esa imagen no afectó ni afecta al respeto que te procesé y proceso. Bon, en breve llegaremos a nuestro encuentro y se acabará la historia que desconoces de mí y que tanto trabajo me ha dado. De la misma manera comenzará la otra historia que se inicia con la importancia que tuviste en mi vida. De momento, sigamos con nuestro “aterrizaje” en esta ciudad que tan bien nos acogió. Y no es una frase irónica, ni hecha. Madrid, en aquella época, era un pueblo muy grande. En ella mucha gente sobrevivía. Explotaría como ciudad después, cuando nosotros ya vivíamos en ella. Y si bien no hemos vuelto a ser vecinos de aquel gran pueblo, estamos muy cerca. La precariedad actual ha favorecido que los madrileños aspiren a subsistir. Sus ingresos no dan para sentirse ciudadanos, ni las circunstancias dan tampoco para medrar sin artimañas. Otro asunto es que te dediques a la política. En ese campo la prosperidad es el pan suyo de cada día, medrados estamos con el tema, aunque ya no es nada inesperada la noticia de un nuevo “manossucias” o una nueva prevaricación. En este último caso la Casa Real es buen ejemplo. ¿O has visto a algún político o ex-político en la lista de desahuciados? Eh bien, c'est ça, mon ami. Vamos, que ahora, el más afortunado de mis vecinos se emplea en un trabajo tan mal remunerado que ha echado por tierra cualquier sueño material. Solo aguantan los utópicos, por su fe inquebrantable en un futuro mejor. Qué pena que no viva Quevedo, con sus textos y poemas nos divertiríamos más. Antes éramos pocos, aunque nos parecían muchos, aquellos que nos acercábamos a Cáritas Diocesana para que nos alimentaran o vistieran. Ahora son multitud quienes acuden no solo a la parroquia, sino a cualquiera de las mil oenegés que han nacido por ese motivo y por otros peores. Y ves como vuestras leyes son complicadas: La Iglesia Católica, imagino que el resto tampoco, está libre de impuestos, tampoco tiene obligación de declarar sus ingresos ni propiedades. Acaso por eso es capaz de realizar la enorme labor social que desde la conferencia Episcopal se dicta y que, junto con las oenegés aconfesionales, le viene tan bien al estado como a los ciudadanos. No solo hay discriminación por sexo o color, también la hay por fe, porque a aquellos que creemos que el bien y el mal están dentro de cada uno de nosotros y no en el cielo ni en el infierno, sino aquí, en la misma tierra, no nos eximen de nada. Aunque también seamos quienes aportamos todos los ingresos de todas las oenegés, sea directa o indirectamente. Otra vez me he desbocado, ¿verdad? Lo siento. Dejemos el siglo XXI y volvamos al XX. Adama empezó a salir a la calle siempre conmigo. Por ello nunca tuvo la necesidad de aprender el idioma. Me tenía a mí de mal traductor. Destacábamos donde fuéramos. Las miradas huidizas de los adultos contrastaban con el descaro de los niños. Ellos hasta nos señalaban. Y nosotros, que nunca habíamos querido llamar la atención, encogíamos nuestros corpachones sin conseguir nada. Como todo parroquiano, me acostumbré a comprar en los mismos puestos del mercado. Cuando cogí cierta confianza con el frutero, le pregunté: «Yo trabajar». Aquel hombre joven y calvo me entendió a la perfección. «Pregunta en las obras. Siempre necesitan a alguien». Si bien tuvo que aclararme qué era una obra, para lo cual se sirvió de una pequeña que hacían en otro puesto, junto al suyo: «Eso, pero más grande», señaló y dijo. «Construir casas, ¿entiendes?». Sí le entendí. Yo era negro, no tonto. Así pues, al día siguiente, Adama y yo salimos en busca de un puesto de trabajo. La verdad es que lo hicimos con cierta ilusión. Supongo que como lo hace cualquier joven que intenta entrar en el mercado laboral. Y más cuando se ignora todo sobre este asunto en una economía desconocida. Y desde luego sin prejuicio alguno. Ese día nos pisoteamos el barrio en balde. Nadie necesitaba mano de obra barata. Y ya nos corría prisa. Entenderás porqué. Si bien no estábamos acostumbrados a ganar, sí a salir adelante. Los días siguientes ampliamos la zona de búsqueda. Terminamos por encontrar un trabajo para cada uno en la misma obra. No sé el jornal que ganaban los otros peones, pero el nuestro era bien escaso, sobre todo el de mi amigo que cobraba la mitad que yo por tener la mitad de brazos que el resto. Por ello nos daban para poco aunque los juntáramos. Algunos compañeros tenían hijos, así que, si cobraban tanto como nosotros, se comerían los mocos, supongo. Además, el tajo estaba casi a las afueras de Madrid. Tardábamos, calculo yo ahora, una hora larga en llegar y otra en volver. Podíamos haber buscado otro alojamiento más cerca, pero tanto Adama como yo estábamos muy a gusto en el palacete del paseo del Cisne. Además salíamos tan cansados por la tarde que solo teníamos ganas de llegar a nuestro mansión derruida. Si a ello le sumamos que cada vez salíamos más tarde, entenderás que ni lo habláramos. Adama podía cumplir las órdenes que le daban porque se las explicaba yo en francés. Eso sí, las oía con cara de interés y con humildad. Solo se necesita eso para que el interlocutor se sienta importante. Pero mis interpretaciones le valían más veces una bronca que una felicitación, aunque a mí me pasaba lo mismo: «Quién ta pedío er cemento, shaval. Trae pacá larena, sino te corto los güevos». Fue cuando descubrí los entresijos de vuestro idioma. En España, pocos hablan español, incluso hoy en día. Lo sé porque me he recorrido vuestra geografía. Hoy sé de lo que hablo. Como te digo, cada día salíamos más tarde. Los compañeros se iban y a nosotros todavía nos quedaba labor. Que si subir sacos de cemento o yeso, que si llenar los bidones de agua, que si quitar los tablones de los andamios, que si cambiar de sitio los ladrillos y las rasillas, que si un camión llegaba tarde y le teníamos que esperar para ayudar a descargar… Siempre había un motivo. Incluso un día pasamos en la obra la noche porque el camión no apareció. Eso nos sirvió para para hacer un amigo, Macario, el guarda de noche de la obra. Él nos hizo tomar conciencia de que Adama y yo éramos diferentes a los demás trabajadores o, al menos, que nos trataban de forma distinta. Incluso nos descubrió que nos habían gastado una broma, porque ningún camionero iba a llegar hasta el día siguiente, como llegarían también las risas de todos al encontrarnos en la caseta, dormidos. Pese a todo, Adama defendía que era el primer peldaño y que él era la primera vez que tenía un trabajo remunerado. Pero un trabajo, aunque no lo supiéramos, debía servir para vivir dignamente. Si nosotros hubiéramos tenido que pagar un techo nos hubiéramos muerto de hambre. Eso sí, aprendimos una profesión y yo mejoré mi español y mi castizo, sobre todo en el arte de soltar tacos y hablar soezmente. Ah, y también aprendí muchos piropos que por supuesto no terminaba de entender. La calle es uno de las mejores aulas para aprender, aunque la mitad de esas enseñanzas sean muy dudosas. El frío también hacía mella en nosotros. Ni con el esfuerzo físico que nos exigían entrábamos en calor. Y aunque los más viejos encendían un fuego dentro de un bidón, a nosotros no nos daba tiempo a acercarnos a él. Gracias al verdulero del mercado, conocimos las patatas y cómo cocerlas. La única comida que hacíamos al día, la cocinábamos a la luz de la luna, bajo aquel agujero en la techumbre del palacete y sentados en la escalera. El combustible no nos faltaba. Al principio, cocíamos los tubérculos sin pelar y sin lavar. Luego usamos la navaja y nos fue mejor, incluso nos bebíamos el agua de cocción. Ya no podíamos comprar fruta a diario y aprendimos de los compañeros que la mejor manera de quitarse el hambre era con pan. También era la más barata. Así pues, nuestra dieta estaba basada en patatas cocidas, eso sí, con sal y una barra de pan cada uno. También nos vimos obligados a usar menos la lechera. Pero, al menos un día a la semana disfrutábamos de las vacas. Lo cierto es que hambre, lo que se dice hambre, no pasábamos, pero sí necesidades. El otro problema, el frío, nos lo solucionaron parcialmente en la iglesia. El capataz de la obra tuvo la deferencia, creo que fue la única, de aconsejarnos que fuéramos al ropero de
la iglesia de la calle Fortuny, cerca del palacete. «Allí dan ropa dabrigo a los probes». Y bien sabía él que éramos “probes”. Recuerdo que este pequeño templo era, y es, una preciosidad. Me impresionó, pero no recuerdo su nombre. Tenía escrito en sus paredes la historia de  todos aquellos que habían ayudado a mantener y engrandecer aquella hermosura. Lo sé porque volví ya sabiendo leer. Y allí seguía aquel cura bonachón y pequeñajo que nos atendiera la primera vez. A él no le mentí en nada, como a ti. Para mí pasó a ser el Curilla, porque tampoco recuerdo su nombre. Además de sendos abrigos, nos facilitaron pantalones, jerséis de lana y unos guantes. Como solo había un par, nos lo repartimos. Pero poco nos duraron. Eran, como todo, de balde y, además, de baldés. Por ello a los dos días, con el trajín que les dimos, terminaron como la dueña de la piel con que estaban hechos. No está hecha la miel para la boca del asno. El resto de prendas nos duraron más. Menos mal. Poco a poco, en liza
con nuestra paciencia, nos invadió la sensación de no haber llegado a ningún edén, sino, más bien, a otro lugar de expiación. En todos las partes cuecen habas. También, gracias a Cáritas y al Curilla cambiamos la dieta. Incluimos en nuestro menú el arroz que nos dieron, tres kilos, si no recuerdo mal, y unas latas de fuagrás y sardinas. Con estas últimas rompimos la navaja. No sabíamos cómo abrirlas y tuve que preguntar en el trabajo, donde, cada día que pasaba, nos consideraban más tontos e inferiores. Como ves, no todo mejoró. La obra se terminó y nos quedamos sin las míseras pesetas que apenas nos mantenían. Si habíamos reconocido ya que estábamos en el purgatorio, nos dirigíamos directos al infierno. El hambre no entiende de geografía y el averno está en todos los lugares, al contrario de lo que decían el padre Pierre y el padre Lombardi de dios. Ambos mentían porque su dios no aparecía por ninguna parte. Si acaso sus valedores, como ocurría con mi Curilla, pero al otro no le veíamos el pelo. A lo mejor porque la idea que me habían trasmitido de dios era la equivocada. Dios no es un Rey Mago al que se le puedan pedir juguetes o soluciones. O te los fabricas o te los solucionas. Dios no está para eso. Te lo puedo asegurar yo, como uno más de entre todos los mortales. Sería un ángel rubio quien apareciera. Pero todavía no es momento de hablar de ese encuentro, aunque falte ya muy poco. Antes querrás escuchar el final de mi relato, supongo. Volvimos a echarnos a la calle. Y comenzamos un viacrucis en espiral por las calles de Madrid. Se le ocurrió a Adama, no el calvario, sino la forma de avanzar para no volvernos locos. Manejábamos la información que nos facilitaba el sol y con ella nos movimos por la ciudad. Así llegamos a un lugar parecido al puerto abandonado de Gao, a las afueras de Madrid sin que nos dieran un sí. Este otro puerto, junto a un colosal depósito de agua, estaba en
uso y, en vez de barcos, recibía camiones. Nunca habíamos visto tanta patata junta, ni tanto tomate, ni tanta fruta. La mercancía entraba a raudales. Unas cuadrillas se acercaban a los vehículos y descargaban a hombros sacos y sacos, cajas y cajas llenas de toda clase de alimentos. Por aquella época, prácticamente todo se vendía al detal, hasta el aceite. El gran patio estaba atestado de camiones y el ruido era infernal. Cansados, nos quedamos emboba
dos viendo tanto vehículo grande y junto. Lo que no vimos fueron grúas, ni grandes ni pequeñas. Muchos estibadores se ayudaban de carros de mano, donde apilaban cajas cuya altura rebasaba su talla, por lo que debían guiarse asomados por un lado, aunque otros, más avezados tiraban de los carros de mano en vez de empujarlos. Aquellos que usaban los hombros para mover los sacos usaban una caperuza que nos hizo reír porque nos parecieron tocas de monja. Quietos en mitad de una gran puerta sin hojas, veíamos el trasiego de hombres y mercancías. Y quiso un hombre malhumorado y con barba de tres días echarnos la bronca por estorbar allí en medio: «O sus movéis o me lío a hostías con los dos». Hombre, que recuerdo fortachón, retaco y tripudo. No creo yo que hubiera podido. Pero como siempre te he dicho, nuestra política era no destacar. Ante nuestra sorpresa, nos hizo señas para que le siguiéramos. Y le seguimos. No teníamos nada que perder, si acaso ganarnos alguna hostia, pero en aquellos momentos desconocíamos el sentido malsonante de la palabra, bon, ni el otro siquiera. Y aquel desaseado se puso a andar hacia un pequeño camión que maniobraba para ajustarse al hueco que ocupábamos. Como sería su “tripota” que se la veíamos de espaldas. Pero no le teníamos que haber seguido, sino quedarnos junto al lateral de la caja del camión, mientras él ayudaba al camionero, mediante señas, a ajustar el camión a la bocana del muelle de descarga para no estorbar: «¿Pero estáis gilipollas o lo qué? Venga, a descargar, que hay prisita». Al ver como quitaba el cerrojo derecho del lateral, le imité con el otro y casi le mato. La cartola giró hacia abajo y chocó con un estrépito contra el lateral del camión. Todos nos sorprendimos, pero el dueño de la tripa se asustó porque la batiente le pasó muy cerca de la cabeza. «¡Me cagüen to! ¿Deónde coño habéis salío, negros? Sus voy a meter un puro de cojones». El conductor al oír el estruendo, saltó de la cabina e inspeccionó su vehículo. «Joder. ¿Cacen estos gilipollas?». «Descargar, eso es lo que hacen. Venga, uno riba y el otro que ponga los sacos allí, en la báscula». Sería como fuere, pero este hombre siempre nos defendió ante terceros. Nos ponía a bajar de un burro, pero si otro lo intentaba le podía sacar los ojos. Y ese fue el primer camión que descargamos. Según lo hacíamos, escuché la conversación que se traían el uno con el otro. Versaba sobre dos negros que nadie sabía de donde habían salido, pero que al poco cambió sobre cómo era posible haber bajado la camionada en tan poco tiempo. «Joder, José, y eso quese jodío es manco». Con la eficacia, y sin saberlo, conseguimos que se olvidaran de donde veníamos y del incidente con la cartola. Tras lo cual José, el asentador, echó de allí literalmente al camionero y a la camioneta. Al poco vimos acercarse otro vehículo, también marcha atrás. Era el triple de grande que el otro. Esta vez, el batiente estaba en la parte trasera y José ni se acercó a los cerrojos. Adama se subió a la plataforma. Me acercaba una caja y yo la acarreaba hasta el peso. Y vino otra bronca. «¿A ver, pa qué san inventao las carretillas, tonto lhaba? Coge esa dahí, anda, ques del puesto». Y anduve raudo y mi amigo también, que, a pesar de su manquedad, se manejaba muy bien con las cajas y los sacos. Él no los cogía en vilo, los arrastraba y me los ponía en el filo para que yo me hiciera con ellos. Y por supuesto, a veces, me tenía que esperar. José nos dejó iniciada la descarga y se fue con el camionero a ajustar cuentas, supongo. Cuando acabamos, salté a la caja del camión y nos sentamos en el borde con los pies colgando a la espera de nuevas órdenes. Ambos nos miramos y sonreímos. Sabíamos que habíamos hecho las cosas bien, salvo no sujetar la cartola al liberarla y dejar caer un saco. Este se rompió y liberó unas cuantas patatas que yacían bajo nuestros pies. Pero ambos errores también ayudaron a las sonrisas, aunque no a la satisfacción del deber cumplido. Cualquier maestro echa un borrón, ¿no? Eh bien, c'est ça, mon ami. Además, nosotros éramos aprendices, qué caray. Al poco vislumbramos a lo lejos, dentro de la gran nave, a José y al camionero. Llegaron al portón y se dieron un apretón de manos como despedida. Al pasar el conductor se asomó a la caja de su camión y se fue haciendo alcocarras. Tras él vino la bronca del asentador. Se acercaba de frente y voceaba algo que no entendí. Señalaba el saco roto y el montón que yo había hecho con las patatas fugadas. Terminé por enterarme: «Cagon la hostía. Ya sabía yo questos negros no sirven pa na». El cabreo y los aspavientos fueron en aumento hasta que llegó a nuestra altura. Nos agarró de los antebrazos a los dos y de un tirón nos bajó a los dos del camión. «Sus voy a sacar delas costillas el estrozo. Tié cojones…». En ese momento se dio cuenta de que no quedaba ni un saco ni una caja por descargar. «No me jodas». Nos soltó y se dio la vuelta para mirar lo descargado. «No me jodas. No lo creo. ¿Los dos solos y este manco?». Se quedó de piedra sin que nosotros le diéramos importancia. Tampoco era para tanto. Nos lo habíamos tomado como un juego y nos habíamos divertido. «Venga, venid pacá, que os pago. Ese era el último de hoy. Cagüen diez con los negros. Ah, y os podéis llevar eso si queréis», terminó por decir al señalar el montón de patatas. No tardamos en llenarnos los bolsillos y en meternos entre la ropa y el cuerpo los tubérculos. Él siguió hacia la cabina del puesto y allí fuimos tras él y nuestro jornal. No todas las patatas llegarían a casa, porque más de una se nos caería y no recogeríamos por miedo a que se nos cayesen más. Cuando alcanzamos la pequeña oficina, José hacía cuentas con un lápiz en el margen de un papel de periódico. Tantos kilos a tanto, dividido por dos, total una peseta y seis reales para cada uno: «Tomad, y mañana sus quiero ver aquí temprano, llegan las cebollas y los puerros. Y no mimporta que trabajéis pa otros, pero primero cumplir con José». Le contesté que sí señor, y él nos despidió: «Pos venga, con dios». Adama salió del edificio más contento que unas pascuas. Le habían pagado lo mismo que a mí a pesar de su manquedad. Ese día, aparte de las patatas y el pan, nos comimos cada uno una naranja grande y redonda que nos supo a gloria. Mi amigo no quiso gastar más en previsión de tiempos peores. Y aquí te dejo, mon ami. Seguramente la próxima será la última en la que te auguro una sorpresa. Meterme ahora a explicarte la decisión que he tomado se me antoja arduo. Prefiero acabar nuestras andanzas y comentarte el futuro que me espera con más tranquilidad. Un saludo,









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