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lunes, 26 de septiembre de 2016

CAP. 20 . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . Andanzas y tropezones de Dikembe Biyombo



uedó así Hamal a buen recaudo y sin que pudiera causar daños al huerto del cura. Él y yo tomamos una de las calles que desembocaban en la plaza. El paso del padre Lombardi, tal como él se presentó mientras me ocupaba del camello, era cansino. Debía ser por el uso de la sotana y la temperatura reinante en las calles. Pero no teníamos prisa. Al menos yo. Hube de ajustarme a su paso, que también se veía mermado por las faldas de su vestidura talar. Y fue él quien rompió el silencio después de echar el candado y que pasara un 
camión cargado hasta los topes de algo que yo desconocía, y que nos pidió paso al hacer sonar su claxon. Íbamos por medio de la carretera y nos echamos a un lado. Cuando pasó tragamos más polvo que en una tormenta de arena. Una vez dejada atrás la polvareda el sacerdote comenzó el interrogatorio. «Sabes que mentir a Dios es pecado, ¿no? Acuérdate del segundo mandamiento, no tomarás el nombre de Dios en vano. No solo es el octavo, que también, aunque ese ataña a los hombres». Sin ningún esfuerzo recordé que un día mi abuela Mayifa me dijo que Dios estaba en todas partes y sabía todo sobre nuestros actos. Me lo advirtió a raíz de desparecer de la despensa la última manzana. En casa nadie se hacia cargo de haberla consumido, ni mis hermanas ni yo. Me sonrojé y me azaré y ya no tuvo que preguntar más. Pero no me descubrió ante quien la culpaba de ser ella la glotona. Es increíble a la velocidad que pasan los recuerdos por tu cabeza. Yo creo que ocurren, por largos que sean, en un instante. Por eso contesté inmediatamente al padre Enrico que Dios estaba en todas partes y que veía cada uno de nuestros actos, por eso mentirle era una tontería. Supongo que quería escuchar eso mismo por su contestación. «Muy bien, pero allá tú con tu conciencia, Dikembe». Vamos, que de mi confesión no se había creído ni la mitad, y la otra parte se la cuestionaba, salvo que había faltado al octavo, claro. Deduje que ante los ojos de los intermediarios del Dios cristiano todos éramos sempiternos pecadores. Hoy en día me parece lógica esa postura porque al ser ellos hombres, saben de qué va el tema. Pero cuando ocurría esta conversación pensé que aquel hombre era un listillo, como yo. Que íbamos de pillo a pillo. «Bueno, dejemos el asunto religioso. ¿De qué piensas subsistir aquí?, porque, igual que tú, hay más de uno y más de cien que no encuentran modo de alimentarse. Y no me refiero a las personas como Thais, que no tiene donde caerse muerta, aunque sea lo único que le falte». Me sorprendió la crueldad con la que hablaba de mi benefactora y su fiel feligresa. Por eso le contesté un tanto airado que esa mujer me había ayudado y que eso era algo más que morirse en cualquier sitio. De hecho me había mandado a hablar con él para ver si, a su vez, su sacerdote podía ayudar a su pupilo, o sea, yo. «Veo que no me has entendido. Te pido perdón si te he violentado. Y para que me conozcas un poco mejor y no me veas cual ogro, te diré que a la hora de repartir lo poco que sale de mi huerto no distingo entre una mujer que sea católica, musulmana o animista. Todas son criaturas de Dios que tienen la necesidad de comer». Tras sus palabras volvió un largo silencio y seguimos con el paseo. «No creas que no sé que tienes buen fondo. Quien solo tiene dos, no suele dar uno a los demás, como has hecho tú con tu dinero. Supongo que sabes que Thais vive prácticamente de ese cepillo. Los ricachones católicos del lugar, que los hay, me dan el dinero en mano. Y les sobra mucho, gracias a Dios, aunque no me dan ni la décima parte de lo que deberían, pero tienen la necesidad de que yo me entere de quien y cuanto ayudan a la Iglesia. Por eso el cepillo lo usan los necesitados que comparten lo poco que tienen, no solo las sobras. Es decir, anónimos que se lo quitan de la boca para que otros lo pongan en su mesa. Y como bien me has contestado antes, Dios toma buena nota de todo, Dikembe». Se me escapó una sonrisa que se quedó en el anonimato. Me la trajo a los labios la idea de que dios debía tener muchos ojos y una memoria de elefante para ver y acordarse de todas nuestras acciones. Salvo que tuviera espías, que todo podía ser. «¿Tienes qué comer?». Le respondí que sí, que en las alforjas tenía tres bananas que me servirían de almuerzo y cena. Habíamos dado la vuelta sin darme cuenta y al final de la calle vi otra vez el campanario de la iglesia. «Si mañana sigues en el pueblo y no tienes qué comer, te pasas por aquí». Tomé nota y volví a sonreír, esta vez abiertamente porque su ofrecimiento lo apunté por duplicado. «No creo que me haga falta, padre, muchas gracias». La prepotencia de la juventud respondió por mí. «Ahora te indico cómo llegar al pozo más cercano, coges las cuatro tinajas y me las traes con agua. No tengo con qué pagarte, salvo con mis consejos y las monedas que tú mismo has echado en el cepillo. Es muy difícil apuntar a otro necesitado en la larga lista que ya tengo». Repliqué que lo entendía y le di el consejo de que no se preocupara por mí. Así que hice con gusto el mandado. No tenía otra cosa que hacer de todas maneras. Así me enteraba de donde había agua por los alrededores, aunque eso era fácil de saber, con seguir a un muchacho o una muchacha con un cubo era suficiente. Yo creo que si alguien se fijara desde un avión en estas zonas, vería un reguero de hormigas que tocan un punto y vuelven a su hormiguero. Tal es la cantidad de viajes que los aldeanos, generalmente niños, niñas y mujeres, pueden hacer en un día. Hamal pareció alegrarse al verme. El pobre no estaba acostumbrado a estar atado y no poder moverse, como cualquier hijo de vecino. Los dos contentos y el cargado, nos pusimos en camino hacia el pozo con las indicaciones del cura que, al final, no me sirvieron para nada, porque decidí seguir a la gente cargada de cantaros y todo tipo de recipientes para el agua. Cuando volví a la iglesia, las puertas azules estaban abiertas de par en par y por su vano salía una larga fila de personas variopintas. Todos eran ancianos o tullidos que, al vernos intentaron echarse a un lado para que Hamal pudiera pasar. Yo no sabía que nos esperaban a nosotros. Lo supe cuando me percaté de que todos llevaban algún pequeño objeto para recavar agua tal como una calabaza o un cuenco, incluso alguno había que llevaba una botella de cristal. Claro, ese pozo estaba relativamente cerca para ir en camello o volver sin carga, pero, si eras como Thais, la ida y vuelta, aun sin peso, te llevaría todo el día, y eso si llegabas. Por ello, después de descargar, pregunté al padre Enrico si traía más agua. «Si quieres… Pero no hay más cacharros grandes, salvo que te esperes a que repartamos todo el agua que has traído». Entonces le ofrecí mis dos odres que también había rellenado. Noté que me tocaban a la altura del culo y me volví rápido. En principio no vi a nadie hasta que bajé la vista. Era Thais. «Buenos días nos dé Dios, Dikembe. ¿Qué haces aquí, hijo?» «¿Y tú?», fue mi respuesta tonta. ¿A qué iba a haber ido? A por agua, al reparto diario. La cucaracha aquella se levantaba todos los días antes de que el sol saliera y se hacía cuatro viajes, uno con cada cántaro para que los más necesitados y castigados físicamente tuvieran su ración de agua. Y era verdad, entre esa gente alguna había de rezo musulmán. Se acercó a nosotros el sacerdote, saludó a Thais y a mí me dio las gracias y un consejo: La caridad bien entendida empieza por uno mismo. Esperé avergonzado porque otro supiera que estaba haciendo el bien a mucha gente. Es curioso, ¿verdad? Acompañé a Thais a casa porque la dije que yo la llevaría un pellejo entero después de que acabara en la iglesia. Cuando nos despedimos me dijo: «Que Dios te lo pague, Dikembe. Pero no se te olvide». Me sonreí, Thais sería genio y figura hasta la sepultura. Su lema: A Dios rogando y con el mazo dando. Lo tenía muy claro, pero que muy claro.  No me extraña que me recordara a mi abuela Mayifa. Al volver pensé en aquello de que la caridad empieza por uno mismo. No sé que quería decir el cura. Lo sabría mucho después. Y tampoco entendía la postura de aquellos ricachones, porque tenían que ver a estas gentes y ser conscientes de las necesidades que pasaban. Con esas llegué otra vez a la iglesia. Ya se habían vaciado los cuatro recipientes y faltaba uno de mis dos pellejos. La cola había bajado sensiblemente y el sacerdote me indicó que habían dado esta vez el doble de ración gracias a mí. Si el primer viaje le hicimos contentos, el segundo más todavía. No llegamos a jugar Hamal y yo por la alcallería, si no hubiéramos hecho de las nuestras. Después de cumplir con mis obligaciones voluntarias y rechazar la oferta de quedarme a comer con Thais, busqué un sitio cómodo y a la sombra donde comerme las bananas. Y lo encontré. Un espacio entre paredes con muchos trastos y montones de una arena dura y blanca y con un tejadillo de ramas de palmera en un rincón. Y me gustó. El recinto, sin puertas, me recordó mi “hotel” de Abéché y al viejo-tuerto-deslenguado que me ayudó a salir de aquella situación. Hoy pienso con ironía y con cariño que a mí me miró un tuerto, pero me miró bien, nada que ver con el imaginario español que gratifica con el mal de ojo a todo aquel al que le falta uno. Vosotros también creéis en el vudú, ¿o no? Eh bien, c'est ça, mon ami.

Imagino al Dikembe que escribe estas cartas como un anciano apóstata y utópico, partidario de la igualdad y ya tranquilo porque la acumulación de años, aparte de las canas, nos dota de serenidad. Como Muerte se hace visible, o si no la decadencia física y mental, los problemillas que antes nos parecían insalvables, al ser comparados con aquello que se acerca, nos obliga a darles menos importancia. Cuando la salud se alza como primera necesidad, al primer puesto de la escala de valores personales, la hemos cagado, como dirían los hijos de mi amigo José María. Y podrás tener el espíritu joven, pero la reuma ataca tanto a las piernas como al ánimo. El dolor y la enfermedad nos despreocupan hasta de la falta de recursos económicos. Nos sacamos la muela sí o sí, cueste el precio que cueste. ¿O no? Pues eso, mon ami, como escribiría nuestro amigo. Que desde la atalaya de la tercera o cuarta o quinta edad, las cosas se ven de otra manera, e incluso llegamos al convencimiento de que lo único que importa en el mundo somos nosotros mismos, como les pasa a los niños. Como nuestro protagonista, no sé de puntos y aparte, como veréis, pero no quiero omitir un detalle curioso sobre esta carta en particular. La primera vez que la desdoblé, la única sin sobre y que me costó encajar entre las demás, cayó al suelo un trozo papel, una nota escrita con la misma letra de Dikembe y firmado por él. Por supuesto, esta separata no pude encajarla en el tiempo ni interpretarla, salvo que imagine, sin esfuerzo alguno, que la escribió para mandar un regalo a mi amigo, en particular un libro, porque así parece decirlo el texto del mensaje: “En este libro, como en cualquier otro, hay verdades que son mentira y viceversa. No dejes de leerlo, tú que sabes, porque si no lo haces dejarás unos huecos en tu alma que nunca rellenarás con nada, además de encontrar tu propia verdad”. A mí, por pura curiosidad, me hubiera gustado descubrir de qué libro se trataba, pero no lo conseguí. Y no es que el hecho de leer nos haga ni más ni menos que los demás, pero nos permite descubrir otras opiniones, otras vivencias, otros lugares, otras culturas. En definitiva nos permite vivir otras vidas dispares a la nuestra y tan ricas como ella. Cualquier texto que lees ocupa un hueco que antes no tenías en tus recuerdos. Y cuantos más recuerdos tiene una persona es que ha vivido más. Siempre defenderé la lectura, no como un ocio, sino como un enriquecimiento de la persona.
Y pensé con tranquilidad que mi convivencia con terroristas era agua pasada. Y si me buscaban esos animales, difícil sería que lo hicieran entre la grey cristiana y practicante. Esa idea me serenó todavía más. Dejé a Hamal a su aire en ese recinto. Si bien, sellé el vacío de la entrada con una cuerda de pita que no aguantaría ni la furia de una leve brisa, pero al atravesarla de lado a lado de la salida Hamal entendería que debía quedarse allí dentro conmigo. Estaba mejor enseñado que muchos de las personajes que había conocido desde que me quedara huérfano haría algo más de un año diría yo. Pero medir el tiempo en aquellas circunstancias, no servía para nada y era bastante difícil, salvo que fueras un ejecutivo de tu calaña obsesionado con la hora, los minutos y los segundos. Otros, es verdad, estábamos obsesionados con sobrevivir y si nos hubieran explicado y posibilitado el cambio por uno de vosotros hubiéramos aceptado con los ojos cerrados, aunque más de uno, entre los que me incluyo nos hubiéramos arrepentido en poco tiempo. Yo no sería capaz de hacer como tú haces, amigo. Eres una ametralladora de decisiones, capaz de tener tres reuniones en tres ciudades europeas distintas a la vez y no llegar tarde a ninguna. ¿O me equivoco? Eh bien, c'est ça, mon ami. Después de comerme las dos piezas de fruta me quedé amodorrado mirando a Hamal. Estaba en reposo, como yo, él sobre su tripona y yo sobre mi culo y espalda. Y debí de cuajar en algún momento. Te puedes imaginar con quien soñé. Sí, con la propietaria de aquellos ojos que habían alumbrado mi capacidad de amar de forma tan desconocida. Aquella mirada me perseguía hasta en sueños. Al menos no eran pesadillas, ya que encontraba a la dueña y no en el sentido cervantino(1) , sino en el de propietaria. Incluso me dio tiempo a ponerle un nombre: Dangara. Estaba en lo mejor de la cabezada cuando se me escurrió de las manos su dulce cara al notar unos golpes en mi cadera. Al entreabrir los ojos, Dangara se convirtió en un hombre entrado en años que me miraba desde lo alto con severidad. Me restregué los ojos y puse mi mirada a la altura de su barbilla. Aquel que me hablaba era más alto que yo y más voluminoso. Iba más que dignamente vestido con joyas y todo. Me costó volver del sueño y cuando entendí sus palabras no supe qué contestar. Si bien es  lo normal en mí, pues mi velocidad de volver de los brazos de Morfeo es más bien lenta, ya lo sabes. El desconocido, paciente, me dio una nueva oportunidad. Aun así, me costó contestar que había entrado allí a comer y a descansar porque había visto sombra y no puertas. Y muy al hilo me contestó que porqué había puesto yo una si él, «amo del lugar», mantenía franca la entrada. Ya más despejado aduje que la cuerda no era para evitar la entrada, sino la salida de mi camello mientras yo dormía. No se lo creyó y tuve que demostrárselo. Menos mal que ya habíamos empezado a jugar Hamal y yo y este había aprendido ciertas órdenes como la de “¡Arrêtez!” o “¡Avant!(2) y sus homólogas en signos. Si le ponía o le tiraba algo delante, él se paraba. Si lo quitaba o retiraba, él seguía. Así nos divertíamos por las tardes. Después de nuestra demostración, que pareció convencer al ‘amo del lugar’, este siguió con su interrogatorio. Hube de explicarle de donde venía y qué pintaba en Salal. Por supuesto la mayor parte de mi relato fue inventado y exagerado. Dudo que me creyera a pies juntillas. Añadí que era familia lejana de Thais y que trabajaba «para el padre Enrico», y añadí «Enrico Lombardi» para parecer más creíble y ser más persuasivo. Y fui por ahí porque aquel personaje llevaba en el pecho una ostentosa cruz de oro que colgaba de una cadena gruesa también del precioso metal, signo evidente de su religión y estatus, tal como la cruz de madera que deslucía a Thais. Preguntó por ello y sacié su curiosidad. Me dedicaba a llevar agua para que el sacerdote la repartiera entre los pobres tullidos y ancianos. Noté en su gesto que la información era de su agrado. Empezaba a estar claro que yo no podía ser un tunante. Añadí que la iglesia disponía de poca alcallería. Y me preguntó algo que me hizo pensar que muchas luces no tenía el ricachón: «¿Haces tú los cuatro viajes solo?». Señalé a Hamal como si no le diera importancia a la estúpida pregunta. Si él era tonto a mí me interesaba parecerlo más. Y seguí en ese sentido y me censuré por no ser capaz de cargar todas las tinajas en la silla de montar de mi mehari. Muy orgulloso comentó que eso tenía fácil arreglo. Juzgué su comentario como presuntuoso, seguí con las mentiras y metí el dedo en su llaga: «Esta mañana he tenido que hacer más de un viaje. Los pobres han tenido que esperar lo suyo porque el pozo está lejos y hay mucha gente». Insistió en que iba a solucionar el problema, pero que antes debía hablar con el padre Lombardi. No tenía todas consigo respecto a mí. «Vamos, acompáñame y deja de gandulear. A este mundo hemos venido a trabajar, muchacho». Y yo pensé que no todos, que algunos habían venido a tocarse los cojones con las dos manos, mientras otros no tenían suficiente con las que les habían tocado en el reparto para salir adelante. Evidentemente no dije ni mu, pero llegué a la conclusión de que Hamal no era el único animal que había en el corral. Y tenía más razón de la que creía porque en ese momento, asomó un caballo árabe tan negro como yo, pero mejor enjaezado y tan enjoyado como su dueño, al menos en lo 
referente a la silla, si bien sus adornos eran tanto de de plata como de oro. Cada uno montó su animal y nos encaminamos hacia la iglesia. Me vi en la obligación de retener el paso del camello por dos motivos. Uno: la pachorra de aquel hombre era compartida por el bello animal, eso o que pesaban hombre y bestia lo mismo. Y dos: quería mostrar que yo era consciente de la diferencia de condición social entre un camello y un pura sangre árabe. Él por el contrario, no tomó ninguna medida sabedor de que su animal era más rápido que el mío, pero eso era porque no conocía a Hamal y porque no era consciente de su propio peso. Me hubiera gustado verme en esos momentos junto a mi acompañante. Un muchacho delgadete, aunque espigado y en camello, junto a un hombre obeso y alto sobre un caballo árabe que apenas llegaba a metro y medio de altura. Hamal llegaba a los dos. Por eso me quedé atrás, para que no tuviera que mirarme hacia arriba. Es fácil que se te vengan a la cabeza la pareja más famosa en España: Alonso y Sancho, aunque no todo cuadre con el perfil de aquellos dos caminantes de La Mancha. No veía yo por ningún lado la torre de la iglesia, pero en breve mi curiosidad se despejó. El caballero giró y entró en un patio y detrás entré yo. Llamó a gritos a alguien, que tardó en aparecer. Un hombre vestido con ropas árabes que asomó por detrás de la casa le hizo una reverencia. Este recibió una bronca por su tardanza seguida de unas órdenes. Yo, que me había quedado junto a las puertas de forja del patio, no entendí mucho. Solo cacé el tono en el que Abraham habló a su criado, como era evidente. Este desapareció tras hacer una inclinación de cabeza. Mi orden fue que esperara. Y lo hice mientras el mandado desaparecía por donde había aparecido. Al rato volvió a aparecer. Tiraba sin muchas ganas de un camello ensillado para la carga y con dos cántaros cómodamente instalados en ella. Pensé que la galbana era común entre las gentes de esa casa. Salió el amo y volvió a darme otra orden: «Sígueme, muchacho. ¿Cómo dices que te llamas?». Se lo recordé. Montó su caballo y le seguí. Sin más llegamos los dos hasta la plaza de la iglesia. El tercero tardaría en aparecer todavía un rato. El ricachón entró en la iglesia como Pedro por su casa, si bien cumplió con los preceptos, a mi entender malamente. Primero metió la mano en la pila, junto al cepillo, hincó una sola rodilla en tierra y se santiguó muy deprisa y sin hacer una cruz muy ancha. Le imité en todo. Yo no me sentía menos que él. Tenía que demostrar que yo era tan cristiano como cualquiera. Así que me adelanté por el pasillo y al pie de la escalera me arrodillé con las dos rodillas sobre el primer peldaño, como Dios manda, bajé la cabeza y moví los labios. Mis pensamientos quedan para mí, pero tenían que ver con mi abuela Mayifa.  No  sé  si  obligado  por  mi actuación,  o 
porque procedía, motu proprio me imitó. Me levanté y subí lentamente las escaleras, con excesivo respeto y afectación. Quería darle tiempo a que me adelantara. Al fin y al cabo era él quien había tomado la decisión de acudir allí. Lo hizo y se encaminó hacia la puerta por la que había visto salir al padre Lombardi. Llamó con los nudillos pero no esperó a que le contestaran, por eso escuché franco el “Pase, está abierto”. Entramos en una especie de despacho pero que también hacía las veces de dormitorio a juzgar por el camastro  perfectamente hecho con su embozo blanco sobre una manta gris oscuro. También vi un ropero muy grande y las cántaras vacías que ya conocía. Se saludaron muy efusivamente y el sacerdote no escondió su sorpresa por vernos juntos. No cuadrábamos en ningún sentido. Yo, desde la puerta y con la cabeza gacha, les observaba. Después de los parabienes, el cura hizo sentar frente a él a Abraham. Este le contó nuestro encuentro. Estaba claro que intentaba confirmar mi historia. Pero no hizo las preguntas correctas y mi ficticia historia quedó por verdadera, porque bien sabía el cielo que yo ni era pariente de Thais, ni trabajaba para la iglesia, ni había hecho cuatro viajes, uno por recipiente, esa mañana. Pero claro, si preguntas que si «este trae el agua» y que si «este viene de parte de una tal Thais», pues te contestan que sí. Y añaden que sí, que hoy “este” ha traído el agua para los pobres y que conocía a “este” gracias a la feligresa Thais. Aquel hombre, por supuesto, no era un experto en interrogatorios, sino tan solo un curioso que se creería cualquier cosa dicha por un cura que le pusiera en buena situación ante su jefe. El ricachón informó a su confesor que un sirviente venía de camino con dos cántaros y una silla de carga específica para traer todos en un solo viaje. Esa era su donación para que Dios dejara pasar por el ojo de una aguja a su camello y a él, por supuesto. Estas son palabras mías de hoy, él se refirió a los pobres, aunque se descubrió al final «…y Dios me lo tendrá en cuenta». Palabras que el padre Enrico confirmó con un “amén”. Yo esa palabra la había oído más de una vez, pero no supe hasta mucho después que era latina y significa: Así sea. Tras eso el padre Enrico me mandó acercarme y me entregó un manojo de llaves sujetando una que identificó como la que habría el candado de la verja del patio. «Descarga allí el donativo de Abraham y no te olvides después de cerrar bien el candado». La confianza que demostró el sacerdote en mí terminó de convencer al rico feligrés. Salí a la calle sin hacer el paripé del buen cristiano porque en la iglesia no había ni un alma. El criado no había llegado todavía. Me senté en el suelo, me recosté contra la puerta y esperé a la sombra de Hamal y el caballo negro. Una mujer con la cara descubierta dejó caer entre mis pies un par de monedas sin decir nada. Las cogí y cuando iba a decirle que se le habían caído, la mujer se me adelantó: «Que Dios sea contigo, hermano, y esto te ayude a comer hoy». Y siguió su camino. Estaba claro que tenía un buen día. Así que agarré las monedas y me levanté del todo al ver que se acercaba quien esperaba. Metí las monedas en las alforjas de lana y saludé con la mano al recién llegado. Pero antes de que nos justáramos salió su amo. «Ves, Dikembe. No conozco hombre más lento y perezoso en todo Salal que Epafrás. Si no fuera por sus hijos…». Después se volvió hacia el vago y le amonestó directamente: «Ya está bien. Casi llegas con la puesta de sol. No me extraña que tardes todo un día en ir y volver del pozo. Este hoy ha hecho cuatro viajes y le ha sobrado el mismo tiempo que tú has invertido en hacer uno. Anda, haz todo aquello que él te diga y luego vuelves a casa con el camello. Pero llega antes del desayuno de mañana». Exageró e ironizó Abraham mientras montaba en su caballo. Ni se despidió. ¿Para qué? Abrí el candado, solté a Hamal y abrí las puertas. Pasó Epafrás y su camello y luego animé al mío y pasé yo. Le ordené a Hamal que se echara por si le daba por irse al huerto. Y animé al criado a que descargara las tinajas, las albardas y las aguaderas. Me miró un tanto descarado y me contestó que eso era cosa mía. Que a él solo le habían ordenado traer al camello. Ese fue nuestro primer enfrentamiento. Lo gané yo con ayuda del cura porque en ese momento abría la puerta de la sacristía que daba al patio para que pasáramos los trastos y yo aproveché para sentarme junto a Hamal con las piernas cruzadas. El sacerdote le indicó al descarado donde debía dejar el donativo de su amo. Aun así me miró como si preguntara: “¿Y ese?”. Momento que aproveché para sonreír burlonamente. No tuvo más remedio que obedecer al sacerdote y por consecuencia respetar mi vagancia. Y, además se llevó otra reprimenda porque había quien tenía otras cosas que hacer que mirarle como ganduleaba, aunque a él los pecados le resbalaban, como a mí: «Vamos, que es para hoy. No puedo estar aquí como un pasmarote cómplice de tu  pereza.  Ponlos  ya  en  la  cantarera.

Que no solamente pecáis vosotros, sino que hacéis pecar a los demás».  Volvió a mirarme el gandul y yo a sonreír. Estaba claro que me había ganado un enemigo. Pero lo hice por el motivo que hacen las cosas los niños, por inexperiencia y por jorobar, a ver qué pasa. Si yo hubiera sabido la calaña de aquel tipo, te aseguro que le hubiera reído todas las gracias. Pero esa es harina de otro costal. Ya abriremos ese saco cuando corresponda. De momento déjame que piense en otras cosas que no sea yo mismo. Te echo esta carta al correo, me doy un paseo y compro el pan. Ya sabrás más cosas de mí. Un saludo, amigo. Y que sigas con el disfrute de tu trabajo. 







(1VG) [↑][Volver] El párrafo que a continuación reproduzco tiene que ver con la 6ª, 7ª y 8ª acepción que podemos encontrar en la entrada dueña del DRAE. La negrita es mía. «Unos personajes que dieron mucho que hacer a D. Quijote y a Sancho fueron las dueñas; son difícilmente concebibles en el mundo actual. Su misión era multifacética, por lo que leemos en la obra de Cervantes. El estado civil de las dueñas era diverso: así tenemos que «dueña» era lo mismo que señora, y, antiguamente, significaba mujer principal casada. Se deriva ese vocablo del latino ‘domina’, transformado más tarde en ‘donna’ y, finalmente, en Doña y dueña. Por otra parte, se llamaba también dueña a la mujer no doncella y a las señoras viudas y de respeto que vivían en palacio y en las casas de los nobles, para guarda de las demás criadas, y como autoridad en las antesalas. Se vestían de negro, con unas tocas blancas que, pendiendo de la cabeza, rodeaban el rostro, se unían debajo de la barbilla, se prendían en los hombros y, finalmente, descendían hasta la mitad de la falda. También llevaban un manto negro prendido en los hombros. Las ‘amas de llaves’ que después hemos conocido son, en cuanto a la función que desempeñaban -todavía subsisten algunas- lo más parecido a aquellas severas y envaradas dueñas; aunque, eso si, suprimidos los lúgubres ropajes negros y las complicadas e incómodas tocas. Existían también las denominadas ‘dueñas de retrete’. Eran dueñas de segunda clase que, a diferencia de las principales, cuidaban de las puertas del retrete. En casa de los grandes señores había una versión equivalente que eran las ‘dueñas de medias tocas’». Fuente: Revista de Folclore, número 114 de fecha de 1990, Usos y costumbres en El Quijote, Manuel López Isunza. Encontrado aquí
(2VG) [↑][Volver] ¡Quieto! ¡Adelante!, respectivamente en francés. 


Imagen 1. Foto bajada de amazighen.wordpress.com.
Imagen 2. Foto bajada de tipshomedesign.xyz
Imagen 3. Foto bajada de www.verpueblos.com

Imagen 4. Foto bajada de www.monbelen.com

viernes, 23 de septiembre de 2016

Mantel individual


Sigo con mis prácticas de acolchado, la verdad es que noto "leve" mejoría, pero mientras progrese, aunque no sea adecuadamente, ya me voy conformando.

Tengo buen conformar, además de otras virtudes.

Lo convencional sería coger una tela, más o menos vieja, pero para mí eso es aburrido y nada productivo.

Así que yo simulo lo más parecido al trabajo que estoy haciendo, más que nada porque no tengo que cambiar el chip de bloque. Ya puesta, hago un mantelito invididual, lo acolcho y tiene la doble función de servir de regalo, si me sale muy mal me lo quedo, que no soy "delicá".

Esta vez se lo regalé a mi sobrino Pablo, ya sé que no le entusiasmó, cumplió 15 años y no está en "momento mantel", pero igual en un futuro hasta puede que lo use.

Fijaos que mono, por delante


Y también por detrás.


Sigo con las telas africanas que me trajo Gilly. Muchísimas gracias, no sabes el uso que les estoy dando y lo que me queda....

De estas telas en tonos grises que compré el año pasado en la Feria de Patchwork de Birmingham, ya apenas me queda.


Y sigo coso que te coso...

jueves, 22 de septiembre de 2016

Arte urbano en punto de cruz

Hay que ver la creatividad que anda suelta....


Aunque os cueste creerlo, es punto de cruz en la fachada.


A mi estas creaciones me dejan sin palabras, vamos a recrearnos más de cerca:


También puede ser en los bolsillos de las camisas, uno:


Dos

Y tres



No lo he encontrado yo en la Red, ha sido mi hijo.

Muchas gracias Raúl por pensar en mi, y, para los que queráis seguir disfrutando, lo ha publicado Raquel Rodrigo, y el enlace os lo dejo aquí.

Y sigo coso que te coso...

martes, 20 de septiembre de 2016

Quilt camisas de Mateo IV

¿Qué os parece el quilt en azul?

No me he equivocado es el IV porque es para mi hermana que es la benjamina de la familia, pero la he colado, porque había fiesta en su casa y me apetecía llevárselo.

Sigo necesitando muchos kilómetros de acolchado, pero de lejos hasta parece que está bien.

Como tengo poca vergüenza, bueno, ninguna, un primer plano:


¿Os dais cuenta como necesito mejorar? Pero no importa, tiempo hay.

La etiqueta, también un poco regular, creo que me voy a tener que tomar un descanso.


Algún bloque en primer plano:


Otro

Más
Alguno más

Gracias por seguir aún, vamos con el último


Ahora, vamos con el envoltorio, una bolsa con tres bloques, por un lado:



Y por el otro:


Por dentro forrado, como no, con una camisa de Mateo.


Un paseo por el jardín con la bolsa y el quilt para despedirme de ambos.


También por la otra cara

Os diré que a mi hermana le encantó, que enseguida lo puso en el respaldo del sillón, ya le he dicho que por favor que pruebe a taparse con él, que es un placer.

Espero que sienta el cariño de mi padre y el mío, que siempre vamos a cuidar de ella.

Si os habéis perdido el quilt de mi madre, os invito a verlo aquí.

Y sigo coso que te coso...


lunes, 19 de septiembre de 2016

CAP. 19 . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . Andanzas y tropezones de Dikembe Biyombo

De cómo me acerqué a la liturgia católica

uera de la choza se estaba de maravilla. Pero ya le había dado suficientemente la brasa a la mujer. Antes de irme y después de despedirme, Thais me pidió que, al día siguiente, me pasara por la iglesia y le dijera al padre Enrico que iba de parte de ella: «Seguro que te socorre». Nada le había contado de aquellos ojos que me tenían obsesionado, aunque apunto estuve de hacerlo. ¿Qué iba a preguntarle? No sabía nada de esos ojos salvo que tenían el pelo moreno y llevaban a un niño de la mano. Además, del crío no recordaba nada en absoluto. Quité la piedra y nos sumergimos entre las chozas y las casas de Salal. Paseamos sin rumbo fijo. Todo estaba en calma, oímos músicas, llantos de niños, reprimendas de madres, ruidos de pucheros y después el silencio. Iba embelesado en mi recuerdo. Disfrutaba con la imagen de aquella cara que descubrí gracias a una corriente de aire. La misma que acariciaba mi cara. El viento nos trae de todo además de arena. Gracias a este ejercicio de memoria que tengo que hacer por estas cartas, me veo algunas veces a mí mismo de chico, como si yo no estuviera dentro de la remembranza, ¿cómo explicártelo? Como si yo fuera un espectador ajeno y privilegiado de esos retazos que componen mi vida pretérita. Veo, en una toma cenital, a aquel muchacho seguido de su camello que caminan sin meta alguna por una pista de tierra. Tanto ha cambiado mi vida que pienso que ese pasado no es el mío. Comparo aquella vida con esta otra y no soy capaz de contestarme en cual de las dos he aprendido más después de mis primeros tres años. Y mira que tú me has hecho estudiar y leer. Pero, aun así, si me pusieras en el brete de elegir, me decidiría por aquello, aunque seguro que me corregiría al minuto siguiente. Así que, mejor dejarlo estar, tampoco va a servir de mucho saberlo. Anduve y soñé un buen rato. Conocer el nombre de donde estaba parecía tranquilizarme, sin saber el motivo. Al asomarme a una especie de plaza informe se alzó ante nosotros un campanario. Deduje que esa era la iglesia a la que se refería la vieja. Tampoco debía de haber muchos templos católicos por allí. No podía equivocarme por la cruz que coronaba el edificio, que dejaba claro el mismo grito que el colgante de Thais:  Me debo a Cristo.  Sí,  la cruz nunca deja du-
das. En cualquier situación te puedes agarrar a ella. Si te digo que no dudé entre entrar y no molestar, te mentiría. Lo acaecido en la mezquita con abd al-Rhaman influía en mí, pero al final dejé a Hamal atado a una verja, saqué las monedas de las algorjas y entré. Aquel santuario no parecía tan grande por fuera, me sentí mínimo allí dentro. No estaba acostumbrado a estar encerrado en una construcción tan enorme. De hecho, era la primera vez que no veía el techo a un palmo de mi cara. Comparado con el habitáculo que usaba Thais aquello era un universo. Las imágenes y las pinturas que decoraban las paredes llamaron mucho mi atención. Los trabajos en madera que hacían cuando chico en mi pueblo no se pintaban, por eso la policromía de aquellas tallas me sorprendieron tanto como la limpieza del lugar. Llegué hasta el fondo, hoy sé que se llama altar mayor en el que un retablo servía de fondo a un Jesús crucificado y casi desnudo. Sangraba por un costado y por las heridas que le hacía una corona de espinas. No me extrañó entonces que alguien tuviera fe en aquel que me miraba con una mirada protectora y dolorida desde las alturas. La verdad es que quedé impresionado. La diferencia con el interior de la mezquita, por la que tanto había caminado, era más que notoria. Se me hizo que la disparidad se asemejaba a la del día con la noche. Y llegué a la conclusión de que tanto aquello como esto no era obra divina, sino humana. No podía haber tanta diferencia entre un dios y otro. La imagen del crucificado estaba suspendida de dos cables que se anclaban en un techo abovedado. Todo estaba limpio, el altar cubierto por una tela cuyo blanco no se ocultaba a la semioscuridad. Con la simple llama que lucía junto a una caja de oro tenía bastante para refulgir. Y todo estaba dispuesto para intimidar a todo aquel que pisara el suelo que también resplandecía y que yo notaba frío con mis pies desnudos. Desde luego era lo único en que se parecían aquella iglesia y la mezquita. En aquella parecía todo diseñado para que hablaras con dios desde tu intimidad sin que nadie te molestara. Esta otra casa de oración parecía más destinada a pedir perdón ante dios y ante testigos. Como si te  invitara a reconocer tus pecados ante  los  de-
más. Parecía más disuasoria. En la iglesia que yo había pisado tan solo había una cruz de madera dentro de un barracón con la mesita que hacía las veces de altar y una lamparita de aceite que ardía siempre. Al principio no me había dado cuenta, pero arrodillada entre los bancos había una mujer mayor y delgada con la cabeza baja y el tronco erguido, no como los musulmanes. Al llegar al pie de las escaleras que llevan al altar mayor, de una puerta lateral salió un hombre con una especie de chilaba negra con alzacuello blanco como el del padre Pierre, aunque aquel otro cura vistiera camisa negra y pantalones. Dejó las vinajeras a un lado del ara y al volverse me vio. «Muchaho, ¿y tú quién eres? ¿Eres cristiano?». Y como estaba acostumbrado a mentir, le dije que sí y volvió con otra pregunta que me sonó a reprimenda: ¿Y por qué no muestras el respeto que se merece la santa eucaristía?, dijo señalando la caja dorada junto a la vela encendida. Y como la mejor y más recurrida defensa es la ignorancia, le pregunté cómo. Y él, un poco desconcertado, me contestó que arrodillándome y santiguándome. Según él, el cuerpo de Cristo estaba allí metido. Sin hacer ningún gesto de pasotismo me hinqué de rodillas e hice la señal de la cruz mal, pues me llevé primero la mano al hombro izquierdo antes que al derecho. Los zurdos somos así. Y aquello me costó otra reprimenda soterrada. Y me empecé a arrepentir de haber entrado allí. En esto oí ruiditos detrás de mí. Era la mujer que se iba. Cuando estuvo en el pasillo, con gran esfuerzo, hincó la rodilla y se santiguó. Y el cura aprovechó para ponérmela de ejemplo. Contesté, porque ya empezaba a cansarme, que al ser la mujer tan mayor tenía que saber hacerlo mejor que yo que había tenido que ocultar mi fe muchas veces. Ya tenía claro que no había entrado en la iglesia para ser amonestado, sino por curiosidad. Pero esta mata al gato, ya sabes. Me sentía en territorio enemigo. El cura, que debía ser el benefactor de Thais, al ver que llevaba dinero en la mano, me dijo que no sé qué estaba en la entrada, junto a la pila del agua bendita. Pero que encender una vela me podía salir más barato. Aunque me explicó que lo recaudado en el primer lugar era para los pobres y encender velas servía por quien se pedía y para el mantenimiento de la iglesia, «que cuesta lo suyo». El padre sabía vender el producto mejor que los campesinos en el zoco. Y empecé a dudar de hacer lo sugerido por la anciana porque allí dentro, ya te digo, que me sentía presionado. Y más desde que apareciera aquella cucaracha que nada tenía que ver con la persona que había imaginado por los comentarios de Thais. Al recorrer el pasillo central hacia la salida me vino a la cabeza que el padre Enrico daba dinero a los pobres que, como Thais, no tenían ingresos ni forma de ganarse la vida. También recordé que ella no había querido cogerme las monedas directamente a mí, y eso que la coliflor vendida le pertenecía. Cuando llegué a la altura de la pila del agua bendita ya sabía en qué iba a usar el dinero. Metí todas las monedas por la ranura bajo el cartel escrito a mano “Boîte aumônes(1)” y me quedé con el billete. Y, aunque no supe entender la leyenda, me imagine que ese era el lugar. Me sentía observado y giré el cuello. El cura no me había quitado la vista de encima, pero ahora su severo rictus había trocado en una sonrisa. Yo también le sonreí, eso sí un poco forzado, pero es mejor tener amigos hasta en el cielo. Salí a la calle y allí aspiré una bocanada de aire y lo expulsé de golpe. Me sentía rábido y como si hubiera estado sumergido hasta el límite de mis pulmones. Notaba en mi cabeza el bombeo de la sangre de mi corazón acelerado. Me acerqué a Hamal, le solté de la verja y con la jáquima en la mano, me senté junto a un árbol en cuyo tronco apoyé mi espalda. Si el camello hubiera sido una persona le hubiera contado aquello que sentía. Pero no volqué la talega con él. No se trataba de desahogarme, sino de encontrar respuestas. Y Hamal pocas me iba a proponer. 




Esta es una característica de la soledad. Cuando uno anda solo y sin recurso alguno pocas respuestas encuentra fuera de su cabeza. Quien es tutelado, quien puede acceder a los libros o a Internet, quien va al colegio, quien tiene amigos tiene un conjunto de herramientas que no tenía Dikembe en aquel momento. Convertir en realidad el refrán “Como Juan Palomo, yo me lo guiso, yo me lo como” no es peyorativo en este caso. Sino todo lo contrario. Tienes que tener la cabeza muy bien amueblada para llegar a conclusiones que te sirvan, que no te hundan más en la miseria, en la económica y en la espiritual. Entonces los verbos timar, robar, estafar, hurtar adquieren otra dimensión incluso si el perjudicado no es un ricachón. Es la única forma que Dikembe encuentra para que la justicia social y el reparto de bienes sean más justo, aunque solo sea para él. Pero no hay egoísmo. Y no hay que olvidar que nuestro escribiente amigo se está jugando que le corten las manos cuando actúa fuera de la ley. Pero, ¿para qué te sirven las manos si no tienes nada que coger para echártelo a la boca? ¿Para comértelas? Aunque le hubiera ido la vida en ello, hubiera actuado igual. Y no es que yo justifique el delito, es que yo, de necesitarlo, espero tener su clarividencia y no quedarme sentado en un rincón a la espera de Muerte y encima con hambres. Eso sí que sería un delito contra la vida. Hay que vivir, amigo mío. Y ahora recuerdo la letra de una canción de Joan Baptista Humet que lleva por título la frase anterior. Y que, después de leída y escuchada otra vez, tiene una vigencia que se me antoja muy actual aunque date de 1981. La voy a volver a oír y luego sigo con la composición de esta carta, aunque mejor sería decir con la copia de la misma, porque como ya os he dicho he intentado ser literal, salvo error tipográfico o de copia, porque la letra es tan clara como el alma de este muchacho.

Quedé un rato ensimismado y con la mente en blanco, aunque cuando me di cuenta tenía la mano con la que apretaba el billete sudorosa. Una vez liberado del acoso que había sentido o imaginado dentro de la iglesia me levanté y monté a Hamal. Ya no pintaba nada en aquel pueblo, pero el recuerdo de aquellos ojos contradijo mis ideas y me llevó allí donde los había visto. Seguí mi instinto infantil que me dictó hacer lo mismo que hiciera antes de que aquel velo volara, pero no conseguí que se reprodujera la escena añorada. Quedé en medio de aquella explanada sin saber qué hacer ni donde ir. Y pensé en mi abuela Mayifa. Ella me hubiera ayudado. Sabía de amores porque me lo dijo, aunque no me contara nada porque, según sus palabras, «antes debes prepararte para ser guerrero, Dikembe. Los amorios vendrán después». Y pensé que lo llevaba claro. Si tenía que hacerme un guerrero antes de conocer el amor, ya me podía ir olvidando de aquellos ojos y del resto de su cuerpo, figura que no podía ni imaginar, pero que barruntaba maravillosa. Volví a notar la punzada del hambre en el estómago. Desde lo alto de Hamal me pareció ver salir de una puerta a una mujer con un capacho que parecía pesado. No distinguía las palabras pintadas encima de la puerta, pero presumí que allí vendían. “Espero que sea comida”, pensaba mientras me acercaba. En efecto, vendían fruta entre otras cosas. Me apeé y con el billete en la mano entré. Fue un error que aquel viejo viera el dinero. Vi unas bananas y le pregunté cuantos me daba por el dinero que le enseñaba. El anciano no dijo una palabra, pero esgrimió un solo dedo. Yo, sorprendido, le dije que no y me volví como medida de fuerza. Entonces el buen comerciante sí habló: «Era broma, muchacho. Con eso en otro sitio compras tres, pero yo te doy cuatro. Estás muy delgaducho». Me volví y me clavé en el suelo de tierra. Levanté la mano libre y separé los dedos con mi palma hacia su cara. Él hizo un gesto de estar de acuerdo pero con dudas. Aceptó al final la oferta con palabras: «Vale, sea. Pero los que yo diga, no los que tú elijas». Esta vez transigí yo porque sentía haber hecho un buen negocio después de todo. Entonces destapó una caja de madera, con más años que él, y extrajo unos frutos más de mi color que el del sol. Negué con la cabeza. «De esos no, de estos que he visto al entrar». Y como allí se regateaba hasta el aire que se respira al final el billete compró tres frutos sanos, otro pasado y el último negro. Aun sin saber el valor del billete ni el precio de las bananas quedé satisfecho. De uno a cinco había mucha diferencia, pero eso también lo sabía el tendero. Nunca sabré quien de los dos hizo negocio, aunque mi intuición me ha dictado siempre que fue él. Nuestras edades también eran muy diferentes y nadie da duros a peseta. Primero me deshice de la banana en peor estado, aunque decir deshacer no sea lo más correcto. El color de la pulpa no invitaba a hincarle el diente, pero me dio igual. La había pagado y tenía hambre. Si la dejaba un par de horas más, no me la podría comer. Sabía un poco fuerte y su textura era mantecosa. Y para quitarme el mal sabor de boca, me comí otra en su punto que me supo a gloria. Por eso si puedo elegir, prefiero primero lo malo y luego lo bueno. Las otras tres fueron a las alforjas, aunque después me arrepintiera y me comiera la que estaba a medias por si las moscas. También soy hombre precavido, ya lo sabes. Al final la pequeña coliflor la habíamos disfrutado tres, Tahais, Hamal y yo. El mehari se comió tan a gusto las pieles de las bananas. Y eso de momento, porque a alguien le tocaría el poco dinero del cepillo. Todos contentos, aunque el único que disponía de toda la información estaba también enfermo del mal de amores. Por eso decidí encontrar a mi Dulcinea a toda costa. Decidí dormir debajo de aquella gran palmera y pegado a la pared de una casa que hacía recodo. Cuando me desperté, desanduve mis pasos y me planté otra vez delante de la iglesia. Até a la misma verja a Hamal y me fui en busca del desagradable cura. Pero no me lo puso fácil. Después de presentarme como hijo de padres católicos y muertos, al menos la mitad era verdad, bautizado y ferviente creyente en Cristo, casi me pongo a contarle mi encuentro con aquellos ojos en su ciudad. Cambié a tiempo el relato y me referí a los ojos de aquella anciana que me había socorrido. Al oír que era una anciana encorvada, contestó que sus ojos no eran muy allá, que eran más bien pequeñitos, si me refería a Thais. Se lo confirme pero le argüí que me refería a ellos en el mismo sentido que cuando se habla de un gran corazón. Pareció ser que mi argumento le convenció. Y quedó satisfecho con la explicación. Pero lejos de derivar la conversación hacia donde yo pretendía, me plantó una pregunta a la que no supe qué contestar. Y mira que era fácil responder: Nunca. «¿Cuánto hace desde tu última confesión, Dikembe. Porque habrás hecho la primera comunión?». No dudé al contestarle que no me acordaba de lo primero y que por supuesto en mi vida había habido una primera vez. Y aproveché para intentar despertar su comprensión y su lástima. Le conté cómo y porqué habíamos abandonado mi aldea siete personas, de las cuales solo quedaba vivo una, pero con más necesidades que un piojo en un calvo. Pero como esas circunstancias no son extrañas por aquellos entornos, ni antes ni ahora, no conseguí llevarle donde pretendía. Me paró la lengua con un movimiento de mano y me soltó: «Espera, no sigas. Lo primero es lo primero. Debes estar en paz con Nuestro Señor». Que yo supiera jamais había estado en guerra con nadie, y menos con un dios. A nadie se le ocurre tal cosa. Y me llevó al confesionario, no te jode.  Estuve por gritarle que yo en mi  vida  le
había contado a nadie mis cosas, y que, desde luego, no se lo iba a contar a una cucaracha sin corazón o al primero que pasara por allí. Lo primero él no era dios. Eso pensaba y eso pienso. Para poder adorar a dios hay que comer todos los días. Dios aparece en la vida del hombre no cuando tuvo alma, sino cuando tuvo las necesidades primarias cubiertas. Como el arte. ¿O no? Eh bien, c'est ça, mon ami. Pero los ojos de aquella muchacha me miraron otra vez y me convencieron de lo que ese cura no me hubiera convencido en cien años. Hay que dar por bueno que dos tetas tiran más que dos carretas, colega. Lo hemos comentado varias veces al hablar de mi alumnos, ¿verdad? La vida es como es. Otra cosa somos nosotros, sobre todo por nuestros intereses. Pero, bueno, allí me tienes, de rodillas tras una tabla con agujeros que impedía que nuestras miradas se juntaran. Cuestión que no entiendo. Si tienes que decirle algo a alguien, díselo a la cara. Tampoco vas a insultarle ni a retarle, simplemente le vas a contar qué has hecho y él tampoco te va a pegar, ni nada semejante. Como si no supiéramos ambos quien estaba al otro lado de la rejilla. ¡Memeces! Eso sí, dejé que el padre Enrico llevara todo el peso de la conversación. Yo tan solo puse voz de compungido y tuve que contestar sí o no a sus preguntas. «Has pecado contra el primero, Dikembe». De ese sí me acordaba “Amarás a Dios sobre todas las cosas”. Y, aún me acuerdo. A eso contesté que no, que no había pecado. Así llegamos al quinto sin que me acordara de más. Bon, sí me acordaba de alguno más, pero no en el orden correcto, así que me daba igual. Contesté a boleo. Ya en el sexto cambió la rutina y me preguntó: «¿Has cometido actos impuros, Dikembe?». Supuse que eso debía ser malo, así que contesté que no. «¿Has robado?». Claro que había robado, y si no, ¿de qué narices había comido las más de las veces? Pero no le convencí. Hasta robar por hambre estaba mal. Así que tomé la decisión de negar todas sus preguntas, aunque cuando tocó el asunto de la mentira le dije que sí, que había echado alguna mentirijillas que otra, pero nada importante. Y no se molestó. Así llegamos al acto de contrición que, por supuesto, no sabía en qué consistía. Yo no sentía ni dolor de contrición ni ningún otro en aquel momento. En la catequesis del padre Pierre me dedicaba a imaginar donde podría encontrar las mejores bayas o las raíces que se podían comer. Y si no, la forma de convencer a Kama para que me dejara su gorra. Si el padre Pierre me preguntaba para ver si me había enterado, yo encogía los hombres y él me decía lo zoquete que era. Me costó algún capón, eso sí. Pero este otro sacerdote se portó mejor, tan solo me ordenó que hiciera el acto de contrición que, como no sabía que era eso, me encogí de hombros y me callé. Y no hubo capón ni nada. Me preguntó si me arrepentía de mis pecados, le dije que no. Tanto se sorprendió que cambié la respuesta por un sí y le perdí perdón por el despiste. La inercia del no me traicionó, pero supe salir del apuro a tiempo y otra vez. Mentir tiene eso, que empiezas y no acabas. Después me ordenó que rezara no sé cuantos padrenuestros y más avemarías aún. Y me sugirió que acudiera a misa todos los días, no solo las fiestas de guardar. Y que cuidadito con lo ajeno, «que esas manos van al pan». ¡Anda que sabía aquel pollo el tiempo que hacía que mis manos no cortaban pan! Pero bueno, por sus advertencias supuse a qué mandamientos dije que había faltado, aparte de al sexto. Pero para mí robar en aquel entonces no era un pecado, sino una solución a un problema bien gordo. Hoy sigo sin entender cómo alguien te puede condenar por robar para comer o para dar de comer a tus hijos si no tienes otra salida. Este hecho debería hacer pensar cómo es posible que alguien llegue hasta ese extremo y no el castigo que no merecen esas personas. ¿Quién que se encontrara en ese dilema no lo haría? Pues te lo voy a decir yo: Toda esa panda de cobardes que piden justicia por ese supuesto delito. Les pagaba yo un viaje al Sahara para que se lo cruzasen con una cantimplora vacía. No sé el motivo por el que toco estos temas, porque siempre acabo de mal humor. Pero es inevitable si tengo que contarte mis peripecias. Así es que, aguanta mi mal humor. Lástima que estés tan lejos y te llegue tan amortiguado, porque la culpa la tienes tú, jodío. El caso es que mi confesión acabó con otra orden: «Y santíguate bien, no como antes. Los zurdos también tenéis mano derecha». Aquello me hizo pensar que los diestros también tenían mano izquierda. ¿Y qué? ¿Es que hay tazas para ambas manos? Aquel cura estaba de lo suyo, pero hay que tener en cuenta la época, eso es verdad. Y también el aislamiento y los ataques que vivían los católicos por aquel tiempo en África. ¡Anda que no han muerto misioneros y misioneras a manos de salvajes! Porque cualquiera que se permite matar en horda a gente de paz es un salvaje, viva donde viva, vaya desnudo o vestido, sea civil o militar o del color que sea: ¡Salvajes! Te lo dice Dikembe. Otro enfado, y ya van dos. A la mierda, cambiemos de tema. Me pasé en la iglesia un buen rato, arrodillado, e imité la postura en la que había visto a aquella mujer cuando entrara la primera vez. Cuando me pareció oportuno, me senté en el banco y me restregué las rodillas desnudas, y me despedí de mi abuela Mayifa que me reñía por estar donde estaba. Y me conformé al pensar que el deber de un nieto era desobedecer a una abuela. En ese momento el cura oficiaba la misa, de eso sí que me acordaba, pero, al contrario que en mi aldea, el sacerdote estaba de frente, no de espaldas. Si hubiera sido así, mis amigos y yo no podríamos habernos dedicado a enredar y a jugar durante la misa. Tampoco hice mucho caso porque no atendí mucho en las misas aquellas de mi aldea. Y seguí allí, sabía ya de antes que no podía interrumpir. E imité a los pocos feligreses que habían acudido a ese oficio temprano. No sería domingo, y supuse por ello que la iglesia no estaba llena por eso. O al revés, supe que no era fiesta porque la iglesia estaba vacía. ¿Bon, qué más da? No me acuerdo y punto. Tampoco es que supiera en qué día vivía, como comprenderás. Perdona, pero todavía me dura la mala leche. La misa se me hizo eterna, y cuando ya dudaba entre largarme o sufrir otro rato más el cura, que se había puesto encima del negro un chaleco muy largo y vistoso de colores verdes y oro, me hizo señas de que me acercara. No pensé en aquel momento que yo fuera tan importante y, aunque sentí un poco de vergüenza, me acerqué a las escalinatas. Me recibió con un ofrecimiento y con un “El cuerpo de Cristo”. Me acordé de que allí había que arrodillarse por la vela y me metió en la boca un trozo de algo blanco. Se giró, subió las escaleras y volvió tras el altar. Yo me quedé allí arrodillado. No sabía qué hacer, y me puse a saborear la fina galletita que se me deshacía en la boca. No estaba mal, pero tampoco estaba tan bueno como para tirar cohetes. Y como fui el único al que se alimentó, pues me sentí un tanto orgulloso. A lo mejor era la forma de recibir a los nuevos. Y si me había dado a mí el cuerpo de Cristo, para los demás no quedaba nada. Así discurría yo por esos años. Y me alegra en este caso recordarlo, porque veo mi ingenuidad en su mayor esplendor, aunque me gustaría no haberla perdido. Es la característica humana contraria a la esperanza, porque es lo primero que pierdes por esos caminos de dios. Todavía me rió al recordar todas las supuestas tonterías que pensé. He de explicarte que, si bien yo ya había asistido a misa con Mbo y Kady, jamás había atendido a liturgia alguna. Por supuesto me juntaba con mis amigos dentro de la choza comunal y nos colocábamos en la última fila de bancos mal hechos que raspaban las piernas. Nos pasábamos el oficio entre cuchicheos, puyas e insultos. Nadie nos veía, pero nosotros tampoco veíamos mucho. Y antes de que el cura acabara de decir eso de “podéis ir en paz”, que era la única frase que nos sabíamos, ya estábamos en la calle grita que te grita y pelea que te pelea. Más de una vez nos riñó el padre Pierre por ello. Pero la maldad no habitaba por aquel entonces entre nuestras almas inmortales. Por ese motivo todo aquello era novedoso, el cura se disfrazaba para dar misa, la gente cantaba con él y daban de comer, poco, al nuevo feligrés. Te veo la sonrisa que pones al leer esto último. Yo también lo hago y echo de menos aquella mirada inocente que me arrancaron de cuajo. Bon, dejemos ese tema. Mejor seguir con la sonrisa en la boca, aunque no tengan nada de inocentes ninguna de las dos. Sigo: Esperé al padre Enrico, a que apareciera otra vez por allí. Se fueron todos y me quedé solo, bueno, con Dios, porque la luz junto al sagrario seguía encendida. Siempre he aprendido muy deprisa y a la primera. Tú sabes que es verdad. Salió el sacerdote de la sacristía ya sin el largo chaleco colorido y se acercó hasta mí. «Vamos a dar un paseo, Dikembe. Todavía no hace mucho calor ahí fuera». Así que salimos y le pregunté qué hacía con el camello. «¿Es tuyo?», se sorprendió. Y yo con media sonrisa le contesté que “ahora” sí, pero que me lo había ganado. Con un “entiendo” cerró el asunto Hamal, si bien antes me dijo que lo metiera en el patio. Para ello tuvo que abrir con llave un candado que junto a una cadena cerraba la cancela donde estaba atado mi amigo. «Átalo, no sea que se coma los frutos que crecen en el huerto de ahí detrás. Luego me ayudarás con él a traer agua. Yo pierdo mucho tiempo». Y aquellas palabras que eran más una orden que una petición serían mi salvación más adelante, como verás. Aunque ya te adelanto que aquellos ojos no los volvería a ver si no era en mi imaginación. No esperes una etapa rosa en mi vida, esa solo la pasan los genios como Picasso. Yo soy un simple mortal profesor de literatura, filólogo y amante del idioma español en último caso. Exdocente que hoy se despide de ti y que echa mucho de menos a sus alumnos y sus visitas, aunque alguno pasé por aquí de vez en cuando para tomar un café. ¡Ah!, y se me han pasado los cabreos. Vienen como se van, menos mal. Tu amigo,








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