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domingo, 19 de julio de 2015

Cojines de semillas de elefantes


Con la que está cayendo, y yo aquí con cojines de semillas, que calor!!!

Estoy preparando una canastilla y el cojín de semillas no puede faltar.

Como hay muchos nacimientos a la vista, ya me han encargado unos cuantos.


Siempre hago un mínimo de dos porque se tarda bastante menos que ir haciéndolos de uno en uno.

Si parece que están derretidos de tanto calor!!!


Si son para recién nacidos, sólo pongo 120 grs. de trigo y como siempre hay alguien que me pregunta donde lo compro: en las tiendas que venden comidas para animales porque en los herbolarios, al ser trigo ecológico, el producto es muy caro.

Y sigo coso que te coso...

viernes, 17 de julio de 2015

Invitación de boda


Mi hijo, entre otras virtudes, es un gran ilustrador, y yo sin explortarle!!!

Este dibujo que os enseño pertenece a la invitación de boda que ha hecho para su buen amigo Ricardo que se ha casado este mes con Isa.

La imagen parte de una foto de la pareja en Ginebra.

El dibujo sin colorear, también me encanta.




No es pasión de madre, me encanta el resultado.

También les obsequió con un comic, pero eso lo dejaré para otro día.

Ahora le tengo trabajando en un proyecto, se ha ofrecido para todo lo que quiera (no sabe en la que se mete), bueno de momento le he dejado irse de vacaciones, en cuanto vuelva le exploto.

Muchas gracias Raúl por ser como eres.

Y sigo coso que te coso...

P.D. La primera foto está sustituida, menuda diferencia!!!!
Las otras, aunque bocetos me gustan y no he querido eliminarlas.
17/07/15  a las 15:41 horas

Bueno, al final he eliminado los bocetos porque no eran los definitivos, y al autor no le gustaban. 18/07/15 a las 23:00

miércoles, 15 de julio de 2015

Plancha digital

Otra herramienta que andaba buscando para el Dear Jane, era la plancha digital, pues bien, ya la tengo, y quiero compartirla con vosotros.



Es un invento barato y, espero, me sea de mucha utilidad, sobre todo para planchar las piezas pequeñas.

Con la ola de calor que estamos sufriendo y las tarifas de las eléctricas, si el invento funciona, espero amortizarla enseguida.

Es de Clover y también os la enseño por el revés


Os paso el link, por si se os antoja.


No me parece mal precio: 4,61 euros si tenemos en cuenta que no cobran gastos de envío.

Ya os contaré como me resulta.

Y sigo coso que te coso...

lunes, 13 de julio de 2015

Relatos de COSOqueTEcoso (XXII)

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Ten en cuenta que antes de esta entrega se ha publicado otra a las 01:30 horas corrigiendo un error de orden de publicación, que lógicamente aparecerá debajo de este post.

Entre puntada y puntada
XXII


—Buenos días, madre.
—Uy, qué temprano se levanta la reina de la casa, como diría tu padre, quen gloria esté.
—Es que hace mucho calor. Y en to caso princesa.
—Sí, yo tampoco he descansao bien. ¿Quiés desayunar ya?
—Si, unas sopas de pan, pero no caliente usté la leche.
—Pues no se si hay y cómo estará. Voy a ver.
—Madre.
—Qué.
—Me voy a acercar a ver al Venancio.
—Hija, no me tiés que contar na que no quieras. Y deberías haberlo hecho ya, una cosa es darles cuerda y otra ahorcarlos. Y no tengas prisa en volver, hoy no toca escalera.
—Pero ayer la traje labor de doña Consuelo.
—A ver si ahora me vas a tratar como una inútil. 
—Usté dinútil tié poco. Pero antes voy a ver a la Gertru.
—Pues espera un ratito, no son horas de hacer visitas, hija. Mejor a la vuelta. Sólo hay que comprar pan y un clavel, llévate dinero cuando salgas. Y yo que tú, antes me lavaba el pelo, hija. Cuando hagas la escalera tiés que ponerte algo en la cabeza, si no, te llevas to el polvo en la cresta.

De rusttico.com
Al final, la Reme salió a media mañana, a pesar de haberse dado un madrugón. Eso sí, más limpia y lozana que una flor en primavera. A la señora Casta le dio tiempo a plancharle la blusa de los domingos. Había que verla, incluso parecía orgullosa de su cojera. Tal era la influencia que su madre y Venancio provocaban en ella. 

—Hija, no sé que te da ese Venancio, pero paeces otra. Estás preciosa. Hoy no te le despegas, te lo digo yo.
—Deje, madre, que me saca usté los colores.
—Anda, la tonta. A ver si crees que yo no estao enamorá… Anda, corre, que si no te vas no os va dar tiempo a na, ni a saludaros.
—Gracias, madre.
—¡Anda!, ¿por qué?
—Por todo madre, y por ser usté como es.
—Ahora me los sacas tú a mí.

Ambas rieron y la Reme se fue al mercao para vender esperanzas y comprar amaneceres(1).

———— o O o ————

La tarde anterior, el tío Eliseo pilló in fraganti a Joselillo rebuscando entre las verduras y frutas desechadas. El jovencito mintió, dijo que tenía hambre y que buscaba algo en vez de ir a casa a por ello. Pero la mentira no le salvó de la paliza. 

—Te voy a dar yo hambre, ¿qué harás? Siempre enredando. ¿No sabes queso vuelve luego como chorizos? Como te vea enredar ahí más no los pruebas, sinvergüenza. Tié questar uno en to, cojona. Desta no tescapas, zagal —el tío Eliseo, acorralaba a Joselillo según le amenazaba.

Y no se escapó porque no pudo. Pero en su interior creció con la misma fuerza que el dolor en su orgullo herido, la necesidad de no volver a recibir otra tunda. Decisión que poco después tomaría, en contra de todo su cariño. No quiso que Venancio le viera con un ojo a la virulé. Por eso no apareció por casa para cenar y esperó, sentado en el suelo frente a la ventana de su habitación, a que su hermano apagara la vela de la palmatoria.

De Wihipedia.org
—¿Enciendo?
—No, Venan, con la luz de la luna veo.
—¿Dónde tabías metío, chaval?
—Me quedé dormido con la Perla.
—Lo raro es que el tío no haya dicho ni mu por tu falta en la cena.
—Mejor. Hasta mañana, Venan.

Por la mañana no pudo esconderse, aunque lo intentó, pero Venancio quiso llevarle a casa para que desayunara. 

—Ahora lo entiendo, si estoy yo no te pone la mano encima, el muy…
—No quiero que madre me vea así. Se va a disgustar mucho.
—Venga, carga el carro y yo me echo algo al morral y te lo comes en el camino. Ayer ni cenaste, seguro. Me cagüen to…

—Eh, deja ahí eso, el que no se sienta a la mesa no almuerza. 
—Eso lo dirá usté. Y tié suerte de que madre nos oiga.
—¿Qué tengo que oír, hijo?
—Na, madre, na. Que no quiero discutir delante usté. Ya tié bastante con lo que tié. 
—Bueno, pues yablaremos. No se va a quedar aquí la cosa.
—Si usté lo quiere, así será. 
—¿Mamenazas?
—No, le doy la razón. Haremos lo que usté quiera. Pero cuando volvamos. Ahora nos tenemos que ir y Joselillo tiene hambre. Hasta luego, madre. 
—Y Joselillo, ¿no me da un beso?
—Luego se lo da, madre, vamos tarde. Adiós.

Ya en el camino, bajando la Cuesta de las Perdices y después de que Joselillo devorara los trozos de pan y chorizo, se usaron las palabras.

—Jo, me duele to el cuerpo, Venan.
—Hoy no haces na. Te tiras en el carro y yastá.
—Hestao dándole al magín to la noche. No me podía dormir.
—Ya te oído.
—Y lo tengo decidío.
—¿Qué tiés decidío?
—Que no vuelvo, Venan.
—¿Cómo que no vuelves?
—Que hoy me quedo en Madrí. Que zurzan al tío Eliseo.
—¿Y madre? Se va a llevar un disgusto de no te menees, José.
—Pa eso estás tú. La consuelas, pero que no vuelva no quié decir que no vaya a verla. La dices que iré a escondidas, que no se procupe por mí. Si le cuentas lo ca pasao, yo creo que lo entenderá. Y pa disgusto el que se llevaría si me viera así, molío a palos.
—¿Pero, aónde vas a vivir?
—No lo sé, pero a mi ese hombre no me pone otra vez la mano encima.
—No tiés dinero, ni na.
—No lo nesecito.
—¿Cómo que no? El dinero es necesario, José. Lo que saquemos hoy te lo quedas, luego se lo pido a madre y se lo doy al animal ese. Y mañana si tacercas te traigo más.
—No, Venan, esos dineros son pa lo que son. Pa conseguir lo qués nuestro. Entonces volveré.
—Piénsalo bien.
—Cuando más lo pienso más que seguro estoy.
—¿Y qué vas hacer?
—Lo mismo me meto a soguilla(2), ya veremos.
—¿Tú, con la pinta que tiés? Ya me dirás… Y además, a esos les llueven palos de tos laos. 
—Al menos será por algo, no como ahora.
—Prométeme que vendrás a verme tos los días.
—Sí, pero tos los que pueda.
—Y si nesecitas algo y no estoy yo, ve a ver a la Reme. Ella tayudará. Hoy, si viene, se lo cuento.
—No te procupes, me dijo que sí. Además, mecho amigo de su madre, fue la que nos dio los mantecaos y los diarios.
—Sí, me se paece a madre antes denfermar. Se llama Casta, no se te olvide.
—A mí no me se olvida na.
—Eso es lo bueno y malo que tiés, José.
—Yo creía que eso era solo bueno.
—No, porque algunas veces, es mejor olvidar.
—Pos no lo entiendo.
—Pero lo entenderás, chaval… Si quieres échate atrás un rato, todavía queda un trecho.
De abc.es
Mientras que Venancio era corpulento, moreno de tez y castaño de pelo, Joselillo era lo contrario. Apenas llegaba a la mitad del volumen de su hermano. No parecían de los mismos padres. En el mayor predominaban los genes paternos y en el pequeño los maternos. Delgaducho, y blanco como la leche, como su madre, sobre su piel destacaban unos ojos vivos y negros y una maraña de cabellos del mismo color. Lo único que lograba el sol era sacarle a relucir unas pecas que le aniñaban más que su tamaño y delgadez. Para verle moreno, habría que haberlo pintado. De aspecto enclenque, engañaba porque la falta de musculatura escondía una fuerza nerviosa que no se correspondía ni con su edad ni con su apariencia(3). Y esa fortaleza también era mental, no sólo física. Le gustaba correr como a las gacelas y la miel como a los osos. 

———— o O o ————

Don Mauro subiría todos los días a ver a Gertru, y muchas veces lo haría solo. Pero no pudo tener una conversación a solas con ella. Bien Pepita, bien Paulita, no se moverían de la cabecera de su cama. Para ellas hubiera sido un pecado que la pareja se viera bajo su techo sin mediar una tercera persona y sin haber pasado por la vicaría. Por todo ello, don Mauro no podría hablar de todo lo que tenía pendiente con la joven. Por otra parte, la policía no interrogó a Gertru. En el parte de ingreso al hospital el médico había escrito que la causa de las heridas había sido un accidente fortuito en las escaleras de su domicilio. La policía estaba demasiado ocupada como para interesarse por el accidente de una modistilla. Si la “accidentada” hubiera sido una condesa o una marquesa, se hubiera involucrado hasta el Ministro de la Gobernación. Y contando con la candidez y el conocimiento de que doña Elvira había muerto, la Gertru tampoco interpuso denuncia alguna. Y como ella era la única persona viva que conocía los hechos, el asunto se archivó como lo que no fue, un desgraciado accidente. 

La mejoría de la accidentada era evidente y eso que sólo había pasado unas horas fuera del hospital, en las que recibió las visitas de Don Mauro, la Reme, Servanda, doña Casta y, acompañada por Susana, doña Consuelo que, en la creencia de que las señoritas tenían potencial de futuras clientas, mató dos pájaros de un tiro, el de la curiosidad y el comercial. Lo que no sabía esta última era que la tercera hermana realizaba labores de encaje y costura en el jardín a la luz de la luna, para mayor gloría de Jesús y de su abuela, como a ella le gustaba decir. Por lo que las señoritas del tercero estaban bien servidas desde Villanueva del Arzobispo, donde llevaba sus hábitos la hermana Encarnación, más concretamente en el convento de Santa Ana. 
Convento de Santa Ana. De cronicasoficiales.con. Foto de J. Beato
A pesar de esa visita, doña Consuelo estaba ávida de noticias, ya que Gertru no contó nada de su accidente, y lo que es peor, no hizo referencia siquiera al asesinato y posterior suicidio en el primero izquierda. Claro, ¿qué iba a saber ella? Esa visita sería totalmente estéril para sus intereses y para su curiosidad y posterior uso de la información. El ultimátum encubierto que diera a la Reme, se debía más a esta sed de nuevas que a su necesidad de mano de obra, aunque en realidad debería haber sido al revés, pero “ca uno es ca uno” como decía la señora Casta. 

———— o O o ————

Y hubo que ir a casa de la hermana. Don Cirilo se armó de paciencia y de su bastón, el preferido de los sobrinos de doña Carmina y bajó a  buscar un coche de punto para que les llevara, nada más y nada menos, que a Pozuelo, pues su mujer no aguantaba el tren; tren que les hubiera salido mucho más barato. El paseo en coche, la verdad, es que fue muy agradable. Y como el cochero no conociera la zona, tuvieron que preguntar en más de una ocasión. El Pintor miraba mucho la peseta, pero aún así le dio una buena propina al cochero, por lo que éste le preguntó si quería que les recogiera a alguna hora. Preguntada por ello doña Carmina contestó que sobre las ocho y media tenía pensado volver a Madrid. Y en eso quedaron los dos hombres.

Después de los saludos, felicitaciones y parabienes, se hicieron los grupos, los varones con los varones y las damas con las damas. Al rato apareció don Cirilo en la sala, reservada para féminas, y preguntó:

—Bueno... Vaya paliza. ¿Qué hacéis?
—Charlando de los niños. Mi hermana me está contando sus travesuras.
—Pues yo vengo cansado de jugar con ellos. Vaya vitalidad, ¿qué les dais de comer? Si no tuvieran ese jardín para desahogarse, tendríais que echarlos al monte como al ganado. No sé qué haréis en invierno...
—Tienes razón, al final de cada jornada acabas deshecho. ¿Y Salvador?
—Se ha metido en su despacho a ver no sé qué de unos sellos que le habían enviado. Y no me extraña, tendrá el hombre tan poco tiempo para sus cosas.
—Y tú te has hecho cargo de ellos, ¿no? 
—Los niños, de visita, me encantan. Echo mucho de menos la infancia de mis hijos.
—Todas las noches les dormía en brazos, y cuando no pudo con ellos les leía cuentos y hasta novelas, los dejaba siempre dormidos. Claro, así han salido. Ahora devoran los todo lo escrito. Lo preguntaban todo...
—Eso lo hacen todos, Carmina. Alguno de esos fieras estará en la edad del "por qué". Lo que pasa es que corriendo y escondiéndote, poco puedes preguntar —matizó Cirilo las palabras de su mujer.
—Tienes razón, Cirilo, Andresito, el mediano, nos da la murga todo el día con el por qué. Y a Marquitos menos mal que ya se le ha pasado.
—Ves lo que te decía, Pura. Es que este hombre es un cielo.
—Sí, serías un gran abuelo.
—Deja, deja, eso son obligaciones.


———— o O o ————

Pendiente estaba Venancio de la calle Trafalgar, pero quien vio primero a la Reme fue Joselillo.

—Mira quién viene, Venancio. ¿Lo ves?
—Sigue tú, anda —pidió el enamorado que dejó a medio despachar a una clienta. Se quitó el mandil y salió de detrás del puesto. Corrió al encuentro de la Reme.
—Hola, qué alegría me da verte.
—Y a mí. Es que no he podío venir antes, Venancio. La Gertru…
—¿Qué la pasao?
—Que sa caído por las escaleras abajo.
—¿Y cómo está?
—Ya bien, no te procupes.
—¿Y tú cómo estás?
—Cansá, pero bien. Hestao con ella en el hospital to el tiempo. Y aunque no he cogío la abuja en días y no hacía na, me cansaba mucho. Pero Gertru yastá en casa.
—Vaya, malegro.

Se habían acercado al puesto de verduras y la Reme reparó en el ojo morado de Joselillo.

—¿Y a ése que la pasao?
—El tío Eliseo, ques un animal.
—Probecito.
—Y lo peor es que dice que no vuelve a casa. No he sío capaz de quitárselo de la mollera.
—Es tan tartamudo como tú.
—Si lo que quiés decir es ques cabezota, sí lo es, como yo, pa eso somos hemanos, ¿no? ¿Pero por qué me llamas a mi testarudo?
—Porque te se metió en la cabezota que tenía que ser tu novia y lo has conseguío.
—O sea, ¿que somos novios?
—Tú sabrás.
—Por mí encantao.
—Y por mí —sonrió traviesa la Reme.
—Pero no tacostumbres a los besos ni a las carantonias.
—Mujer… Los novios ya se sabe… Y si lo dices es porque has pensao en el otro día. ¿A que sí?
—¿Y aónde va a vivir? —cambió de conversación la declarada novia.
—¿Quién?
—Tu hermano, ¿quién va ser?
—Ah, nidea. No ma contao na, y se lo he preguntao, eh. También le dicho que cuente contigo si… Bueno si tie poblemas.
—Has hecho bien.
—¡Venan! —gritó Joselillo.
—Qué
—¿Cuantas son nueve y ocho?
—Diecisiete —contestó Venancio—. Tengo que atender, Reme. El domingo bajo a Madri, y si quieres nos vemos.
—Y yo estoy aquí, así que nos vemos. 
—¿Aquí mismo? Es cómodo pa dejar el carro y la Perla.
—Aquí mismo, entonces.
—Pero si pues venir mañana, mejor.
—Claro, mescaparé un rato, porque mañana toca escaleras.
—¿Me das un beso? —Venancio quiso sacar renta del recién noviazgo
—No.
—Bueno, mujer, como ya somos novios…
—Hasta mañana, Venancio —cortó la Reme por lo sano.
—Hasta mañana, Remedios.
—Espera —. Venancio se acercó al puesto y cogió lo primero que vio —. Toma, llévate esta sandía.
—Muchas gracias.
—Sólo pue dar muchas gracias quien tie tantas, preciosa.

La joven se giró un tanto turbada y abrazada a la sandía, y se alejó con la cadencia tan particular de sus andares.

—¡Reme! —llamó Venancio.
—¿Y ahora qué quiés, pesao?
—¡Questás mu guapa! ¡Quién fuera sandía!

Azarada y con los colores subidos, la Reme se giró y apretó el paso sin saber qué contestar, pero sí qué sentir. Llegó a casa más contenta que unas castañuelas.

—Mire, madre, qué man regalao.
—¿Y no había otra más gorda, hija?
—Yo no la helegido, ha sío el Venancio.
—Pues venga, la partimos y les subes la mitá a las señoritas y a Gertru.


———— o O o ————

Cuando Reme llegó esa tarde a casa de doña Consuelo, fue Susana quien le abrió la puerta. Prácticamente, la joven, salvo dormir, hacía su vida allí, junto a su patrona. Y no sólo aprendía y cosía, también hacía los recados, vamos, que sin cobrar realizaba las funciones propias de una criada, porque también había que aprender a planchar y a tender bien la ropa.

—Hola, Susana. ¿Qué tal?
—Bien, Reme. ¿Y tú?
—Bien también, ahora mejor con la Gertru en casa.
—Me alegro, la hemos estado visitando esta mañana. Tú, habías salido. Os hemos echado de menos a las dos.
—Gracias, mujer.
—Doña Consuelo estaba muy preocupada. Qué mala suerte ha tenido Gertrudis.
—Ya.
—Hola, hija mía —se levantó doña Consuelo que soltó dos besos en las mejillas de la recién llegada—. Sienta, sienta. ¿Cómo va todo? ¿Y Gertru?
—Bien, yastá en casa.
—Bueno, en casa… —cuestionó la señora de la casa.
—Ya, no. Quería decir que yasalido del hospital y eso.
—¿Y la cuidan bien las dos hermanas? Porque tu madre, claro, con lo de la portería ya tiene bastante.
—Y yo con ayudarla y venir aquí, también.
—Hija, lo dices como si yo te obligara. Me haces sentir ruin. Mira, para que veas que esa no es mi intención, hoy cobras el jornal y no haces nada. Así descansas y si quieres te desahogas con nosotras, que no tienes con quien y también estás pasando lo tuyo. Y para olvidarnos de nuestros problemas nada mejor como hablar de los ajenos y una copita de anís. Susana, sírvenos una copita a cada una, cada vez me cuesta más levantarme, hija —tras lo cual la patrona volvió a la carga. Menudo susto os llevaríais con lo del teniente ese y su mujer, ¿no?
—Sí.
—Tú conocías al matrimonio, ¿no?
—Sí, claro, como a tos los vecinos, de saludarlos y eso.
—Bueno, a algunos más que a otros, supongo. ¿Y fue así, de sorpresa?
—Sí.
—O sea, que nadie lo esperaba, ¿no?
—No.
—Hija, la que tiene que desahogarse eres tú, y hay que sacarte las cosas con sacacorchos. Sólo hablo yo.
—Yo, doña Consuelo, es que no tengo ganas dablar—. A Reme, aquella conversación le recordaba la declaración que le exigiera la policía aquella aciaga mañana.
—Ay, hija. Una no debe quedarse con la penas dentro, luego le entra a una la melancolía y, ya ves. Mira cómo acabó esa familia. Claro, que no me extraña. Aquel hombre, bueno, lo que quedó de él en la guerra… Verse así y luego la pérdida del hijo…
—Fue al revés.
—¿El qué?
—Que primero perdió el hijo y luego, la pierna, el ojo, y to lo demás.
—Ah, claro, claro. Era una forma de hablar. Pero bien está aclararlo. Supongo que la desesperación… Al menos, eso es lo que cuentas los diarios. Fíjate, yo creo que la mató por amor, por no dejarla sola. ¿Tú qué crees, Reme?
—Nidea. Sólo los saludaba. Pero matar de un sablerazo a alguien por amor… No sé yo.
—¿Y qué me dices del dije? 
—¿Qué dije?
—El que apareció en la mano de él, y que ella llevaba siempre al cuello.
—Quera de plata, eso decía mi madre. Pero yo no entré. Mi madre abrió la puerta y entraron los vecinos, pero yo no, ya no estaba, me fui con la Gertru al hospital.
—Ah, fue tu madre quien abrió. ¿Y cómo se la ocurrió?
—No, a ella la buscaron los vecinos que oyeron el tiro, y como todos salieron a la escalera menos ellos…
—¡Ángel a María!(4).

Poco más sacaría doña Consuelo de la Reme esa tarde, a pesar de su insistencia y de no dar puntada sin hilo(5). Pero, cuando esta mujer no se hacía con información veraz, construía una historia a base de lo poco que conocía de un tema, y eso sería lo que, haciéndose rogar, contaría ese sábado a sus compañeras de pastas y té inglés. Su egotismo la obligaba a ello, en la presunción de que no hacía mal a nadie. Al fin y al cabo, aunque conocedora del octavo mandamiento, cada uno interpreta las leyes como quiere, mientras no sea juzgado por otros.

———— o O o ————

Al pasar Joselillo su primera tarde “en libertad” se ahorró la escena que tuvo lugar en su casa, horas antes de que llegara su primera noche fuera de ella. Venancio volvió de Madrid más ligero que de costumbre, lo que pagó la Perla, ansioso y afligido por contar a su madre la mala nueva. 

—Madre, no se procupe, usté.
—Pero ¿cómo no voy a procuparme, hijo? Joselillo es poco más que un niño, aunque trabaje como un hombre. ¿Dónde va a vivir, Dios mío? ¿Y qué va a comer? ¿Quién le va a defender si no estás a su lao? —se quejaba Lorenza al recibir la noticia de que su hijo menor no volvería a esa casa. Venancio abrazó a su madre en un esfuerzo por consolar a quien no tenía consuelo.
—Vamos, madre —susurraba el hijo como una letanía—. Vamos, madre. Todo se arreglará. Ya verá.
—¿De quien habláis a hurtadillas? ¿Qué murmuráis como viejas comadres? —. Entró y preguntó el tío Eliseo.
—De José —contestó el sobrino al deshacer el abrazo filial y consolador, con lo que dejó a la luz la cara contraída y llorosa de Lorenza.
—¿Y qué pasa ahora con ese malandrín?
—Que no ha querío volver a esta casa.
—Por tu culpa, mal hombre —añadió Lorenza.
—¿Cómo que no ha querío volver? —desoyó Eliseo el insulto de su cuñada.
—Lo que oye —contestó cortante Venancio.
—Y supongo quentenderás porqué —apostilló la amenazante madre—. Si mi Cornelio estuviera aquí le ibas a poner tú la mano encima a uno de sus hijos… Bestia.
—¿Bestia? —por fin, el insultado no hizo oídos sordos a los insultos—. Valiente sinvergüenza están hechos tus hijos y los de mi hermano…
—Sinvergüenzas hay muchos, y no todos lo parecen a primera vista.
—No insinuarás, mozalbete, que…
—No insinúo, tío, afirmo —aun en contra de su juventud Venancio ya era diestro en manejar la gramática parda(6)
—Pos como te dije otrora no sólo seredan los campos, Venancio.
—No sé lo que dices, Eliseo —contestó Lorenza.
—Yo sí, madre. Pretende que yo maga cargo del trabajo que hacía José.
—Tú solo no. Os lo repartís entre los dos, madre e hijo. Eso o te casas, y me traes una buena jaca o una acémila trabajadora. Tú verás.
—Está usté listo. Ya le diré yo lo que le voy a traer. Ni lo uno ni lo otro, ¿sa enterao? —subió el tono Venancio.
—Mira, Venancio —Eliseo armó sus palabras de un tono chulesco— tiés dos ociones: acatar lo que yo digo o ya podéis largaros daquí, tú y tu madre.
—A nosotros no nos echa naide de nuestra casa. Es tan nuestra como suya. Usté no pué tratarnos como perros.
—Vaya que no. Y ya veremos si no os largáis daquí cuando vaya al cuartelillo.
—No tié usté redaños. Satreve con mujeres y con niños, pero ya veremos… Y si echa en falta las manos de José ya me dirá si sumamos las de madre y las mías. A ver qué vacer usté solo con la Perla, que son tal para cual, aunque yo creo ques más persona la burra que usté.
—¿Ahora me chantajeas y minsultas?
—No. Le aclaro. Porque encima de bruto y degoíasta, es usté tonto, como tos los de su calaña.
—No te consiento… —las voces de los dos hombres las debía oír Joselillo por el volumen que habían adquirido. Lorenza asistía con la boca abierta a la disputa. Seguía con las lágrimas y se temía lo peor, pero sin querer detener a su hijo, más por su estado de shock que por voluntad propia.  
—¿Qué no me consiente? —vociferó Venancio—. Intente conmigo lo que le hizo a José. Venga inténtelo.
—Venancio, hijo, por ahí no —logró articular palabra su madre.
—Deberías hacer caso a ésta.
—Sí, siempre le da la razón cuando le conviene a usté. Y mi madre no es ninguna ésta, se llama Lorenza, bien lo sabe usté.
—Eres tan bocazas como lo fue tu padre. A ver si te va a pasar lo mismo.
—¿Qué intenta decir? ¿Por qué habla de él ahora y en pasado?
—Que tu padre era un cobarde, eso es lo que tintento decir.
—Yastá bien, no hable mal de mi padre también, que le…
—Espera, Venancio —Lorenza agarró del brazo a su hijo y se dirigió a su cuñado parapetada tras el corpachón de Venancio—. Eliseo, ¿has dicho que… que sabes lo que la pasao a mi marido?
—No, yo no he dicho eso, mujer.
—¿Cómo que no? Has amenazado a Venancio diciendo que le iba a pasar lo mismo que a su padre. Y eso quiere decir que lo sabes.
—Mujer, no sabes lo que hablas. Y no te metas en las cosas de los hombres, que naide ta dao vela en el entierro.
—Sí, claro que tié vela, es más tié cirio pascual, ¿sentera? —la crispación de Venancio llegó al máximo—. Y va usté a responder a mi madre, si no…
—Si no ¿qué? —preguntó el tío al sobrino mientras se andaba en la faja y sacaba una navaja de carraca. La abrió y se oyó el ruido característico y amenazante, y la gran hoja quedó desnuda—. Si no ¿qué?, bravucón —empuñó el arma Eliseo—. ¿Me vas a hacer algo o te vas a poner a llorar como tu madre y tu padre? —volvió el tono chulesco a las palabras de Eliseo.
—¿Tú? Dios mío —gritó Lorenza al intuir la verdad.
—Sí, yo. Sí, él. No valía pa na y encima te trajo a ti, que sirves pa menos quél. Sí, yo, con esta misma navaja le maté y con estas manos lenterré en el olivar de Frascasio, junto a lacequia, pa que siguiera cazando ranas. Allí se pudre vuestro queridísimo Cornelio. Y allí os vais a pudrir vosotros también. ¡Desagradecidos! —el tío Eliseo se echó hacia delante, pero la reacción de Venancio fue instintiva y no se hizo esperar. Y fue demasiado rápida para que su tío la evitara. El botijo, colgado de un gancho, voló y se hizo añicos contra el suelo después de golpear el hombro del armado. Momento que aprovechó el joven para abalanzarse sobre él y golpearle con toda la rabia contenida. Después del tremendo puñetazo, el cuerpo golpeado quedó inerte sobre el charco de agua. Y Venancio terminó de desahogarse al asestar una patada en las costillas a aquel cuerpo caído y odiado.
De www.porsolea.com
—Y esto por el José y por mi padre. ¡Asesino!

Cuando Venancio se volvió vio otro cuerpo en tierra. Su madre se había desmayado.

—¡Madre! ¡Madre! ¿Qué le pasa? —se agachó y la incorporó—. Madre —decía Venancio mientras acariciaba la cara de su madre— Madre —Venancio la dejó delicadamente en el suelo y buscó un paño. Lo encontró, lo empapó de agua dentro de la tinaja y se lo puso en la frente después de limpiarle la cara—. Madre.

Lorenza abrió los ojos y se abrazó a su hijo sollozando. 

—Tu padre… Tu padre…
—Ya sé madre, ya sé… Padre no volverá nunca, pero tu Joselillo sí, ya verás.

[Continuará]


(1)José María Lizar, letra de la canción el Vendedor, cantada por Mocedades
(2)Los soguillas eran mozos de cuerda ilegales. En fotomadrid.com podemos leer: “Una competencia tremenda la representaban los soguillas. Estos individuos así llamados se hacían pasar por mozos sin serlo. El nombre les venía por ponerse una cuerda para simular el oficio. Muchos eran ladrones y timadores que actuaban con mala fe, pero otros eran hombres sin oficio que, desesperados y no pudiendo siquiera llegar a ser mozo de cordel, intentaban ganarse algunos cuartos trabajando sin licencia. Eran un producto más de la miseria de la ciudad. Actuaban preferentemente en las inmediaciones de las estaciones de tren, siendo los forasteros sus principales clientes o víctimas, dependiendo del caso. A veces lo de la soga al hombro solo servía para llamar la atención de la gente y pedir limosna sin que hubiese la más mínima intención de llevar peso alguno“. 
(3)La descripción de Joselillo se la debemos a JeruVT, que así se le imagina, como apunta en su comentario del día 28 de mayo.
(4)Así escrita esta expresión, a lo mejor no se reconoce porque se pronuncia con “liason” francesa, es decir ¡Ángela María! En Rinconete de la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes del 29 de junio de 1998 podemos leer: “La expresión «¡Ángela María!» no refiere originalmente a ningún nombre de pila; viene de la sorpresa de la Virgen María cuando el arcángel San Gabriel le anunció que sería Madre de Dios, sin intervención de varón, por obra del Espíritu Santo. Por tanto, sería más exacto escribir «Ángel a María».
(5)En un principio se dijo no dar puntada sin nudo: ”Para coser, es necesaria tanto la aguja cuanto el hilo, pero si al hilo no se le hace el nudito típico en su extremo, se escaparía por el ojo de la aguja. Por eso, la referencia a que la persona es muy cuidadosa en su accionar. La frase sufrió la deformación no dar puntada sin «hilo»". Fuente: ciudad-real.es. El DRAE, 2014, en su entrada puntada, dice: no dar alguien ~ sin hilo, o sin nudo. 1. locs. verbs. coloqs. Obrar siempre con intención, de una manera calculada, en busca del propio beneficio o provecho.
(6)Gramática parda. Citado por Nita García en su comentario del 1/6/2015. He leído mucho sobre el origen y el significado de esta locución. También tengo mi opinión basada en lo leído en cada una de las novelas picarescas que se reconocen como tal, pero, curiosamente donde se resume perfectamente es en un blog que encontré por casualidad (www.bloglengua.com) que dice: «La expresión gramática parda significa ‘habilidad o capacidad para desenvolverse en la vida o situaciones complicadas, sin necesidad de tener cultura o conocimientos teóricos’; Este es el significado que recogen casi todos los diccionarios para las construcciones “tener o saber [mucha] gramática parda”. En épocas turbulentas y de crisis siempre es conveniente manejarse un poco con la gramática parda. Otro sentido, aún no recogido en los diccionarios, equivale peyorativamente a ‘desviación o incorrección lingüística. […]». Lo que sigue es interesante y si quieres leerlo, pulsa aquí.

Relatos de COSOqueTEcoso (XX y XXI)

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El listo del autor ha metido la pata hasta el corbejón. Ha publicado en mal orden las entregas XX y XXI. Cosas que pasan. Es decir, se ha comido una entre el XIX y la XXI que debería haber sido la XX, pero con este número está publicada la semana pasada la XXI. Y como no sabe cómo arreglarlo, ha optado por re-publicar el XX (erróneo) como XXI y la entrega que se ha comido como XX. En este XX que es el correcto ocurren situaciones que pueden explicar las futuras, por eso la publico. Ahora bien, también publico, aparte, la que sigue a la antigua XX que ahora es la XXI, y que cierra el lío como la XXII. Espero haberos liado tanto como me he líado yo. En definitiva, me he comido una entrega que es la de aquí abajo, y para que no se pierda el hilo, a continuación dejo la que debe continuar y que ya habéis leído, y publico la XXII en otro post. Lo siento de verdad, soy un desastre. 


Entre puntada y puntada
XX (la que me he comido)

Todo el vecindario quedó sumido en un estado de indolencia. Nadie se lo podía creer. Se saludaban en la escalera con susurros, y al pasar por la puerta del primero izquierda apretaban el paso, como si quisieran huir de lo que muchos vieron en el comedor de esa vivienda, gracias a que la portera abrió esa puerta. Y lo que algunos leyeron en los diarios, amplificado por la pluma deformadora de hechos, produjo cierto enfado. Ni la casa estaba maldita, ni los vecinos querían ser protagonistas de sórdidas historias inventadas. Tardaría tiempo en entrar en aquel edificio la rutina acostumbrada. Hasta que los curiosos y los reporteros dejaron de visitar el inmueble. Si bien la muerte del matrimonio pasaría a los anales de los crímenes más famosos de la historia de este país.

De urbancidades wordpress com
Mientras, en la Escuela de Matronas y Casa de Salud Santa Cristina, donde, aparte de la enseñanza teórica y práctica de las futuras matronas, se buscaba el alivio de mujeres desvalidas, las noticias sobre la Gertru pasaban del “no corre peligro” al “lo siento, ha perdido el niño” y al “se recuperará, pero…”. En estos casos, el pero es lo peor. Nadie sabía interpretarlo y a todos les daba miedo preguntar por él. La Reme no se movió de la cabecera de la cama donde yacía su amiga hasta que la señora Casta, el domingo siguiente, la obligó a hacerlo. Mientras, comía de lo que don Mauro llevaba y compartían en silencio. El estado de shock en el que entro la Gertru duraría unos días. El doctor Ullastres, en calidad de amigo de don Mauro, pasó también por allí y se felicitó de haber tomado la decisión de enviarla a la calle O’Donnell, al recién inaugurado hospital.

———— o O o ————

Pero no solo ese fatídico día convulsionó la vecindad de la calle Españoleto, también, en el pueblo de Pozuelo de Alarcón, ocurrieron acontecimientos que marcarían el devenir de muchas personas. Y su origen, como muchas otros hechos de importancia para las personas, fue una chiquillada.
De blogbou.blogspot.com.es, retocada
La tarde que sucedió a la mañana famosa, y como todos los días, Venancio y Joselillo recogieron los productos no vendidos y el carro. Uno más feliz que unas pascuas y el otro mirando a hurtadillas la felicidad de su hermano. Durante el camino de vuelta el mayor no podía ocultar que todavía tenía en los labios el sabor de la Reme. Hasta el punto de que el único espectador de la escena amorosa que, normalmente callaba durante el viaje, le espetó:
—Tiés una cara bobalicón que no es normal, chaval.
—Tú que sabrás, pequeñajo.
—Seré pequeño, pero sabo más de lo que tú te crees.
—Sé.
—¿Qué?
—Que se dice yo sé y no yo sabo. Que no sabes ni hablar, chavalín —corrigió sonriendo Venancio, lo que enfadó a su hermano.
—Te vas a enterar, chavea.
—¿De qué! A ver ¿De qué me voy a enterar?, listillo.
—Le voy a contar a tío Eliseo lo del besito desta mañana tras el carro —dijo con retintín Joselillo.
—Como se te ocurra, te haces los viajes detrás del carro, andando, como la burra.
—¿Y quién me va a impedir subirme?
—El menda, y espérate no te de un empujón y tengas que volver a pata, chivato asqueroso.

Viendo la marea que se le venía encima, Joselillo ció y se parapetó en su silencio habitual. No hablaron más hasta que casi habían llegado a su casa, que fue cuando Venancio recordó su amenaza.

—Ya sabes, si no quieres cansarte, achanta la mui.
—Eso será si me da la gana, imbécil.
—¿Imbécil? —. Tras la pregunta vino el empujón, y Joselillo dio con sus huesos en tierra.

Se hizo daño, pero su orgullo tan herido como su rodilla, le hizo levantarse, y con lágrimas en los ojos, que ocultó a su hermano, corrió hasta la cercana casa en la que desapareció. A Venancio le tocó desenganchar a Perla y ocuparse de ella, así como descargar y limpiar el carro, por lo que llegó tarde a la mesa. 

El tío Eliseo era muy estricto en este punto. Le gustaba que se comiera en familia y presidir la mesa. La idea que este hombre se forjara de joven no impediría que se responsabilizara de dos chavales y una mujer con la que no tendría trato carnal. La muerte de su hermano menor echó al traste los planes de irse a la capital y encontrar allí más comodidades y un trabajo menos esclavo que el de agricultor. Había asumida esa obligación al prometérselo a su hermano en su lecho de muerte. Y cuántos días se arrepentiría de haber contestado que sí a la última pregunta que le hiciera su hermano. Hombre de palabra, nunca pensó en no cumplir lo prometido. Pero ello no evitó su dolor por sentir que la vida que vivía era la de su hermano y no la suya. Llevaba a los chicos más derechos que una vela. A la mujer no hacía falta decirle nada. Cumplía en exceso sus labores, agradecida de que sus hijos tuvieran donde caerse muertos y un futuro, que si bien no era de príncipes, sí les permitiría ganarse el pan. 

—Estábamos esperando a que el señor marqués tuviera a bien sentarse a la mesa. ¿No sabes que en esta casa se come siempre  la misma hora?
—Perdone tío, es que he tenío que hacer yo todo solo. No sé donde estaba el vago este —. Venancio sumó al insulto un pescozón en la cabeza del hermano.
—El vago, como tú le llamas, estaba contando al tío Eliseo tus andanzas en la capital.
—Lo que tenía que hacer Joselillo es ayudar más y meterse en sus cosas.
—A mí no me contestes así, Venancio, que te quedas hoy con hambre.
—Eliseo, por favor —quiso interceder Lorenza por su hijo.
—Calla mujer, aquí se hace lo que yo digo, y que yo sepa, nunca he dicho a naide que pué dejar el puesto solo y ponerse a besar zagalas. Vamos digo yo. ¿O no?
—No, tío, le pido otra vez perdón. No volverá a pasar —la mirada que echó a su hermano fue de las que matan. Y por como se sucedían los acontecimientos, Joselillo ya se arrepentía de haberse ido de la lengua. Se sentía más cómodo del lado de su madre y de su hermano que del otro que ahora sufría.
—Bien, así nos entenderemos mejor. Hasta el domingo, cargas y descargas tu solo. Este que se ocupe sólo de la Perla. Y si llegas otra vez tarde a comer, te quedas en ayunas. ¿Estamos? Pues a comer que ya sa hecho tarde, cojona. Venga, Lorenza, sirve, haz algo.

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Al tercer día la Gertru abrió los ojos. Y por la tarde ya sabría que el fruto de su violación se había perdido. La noticia le sumió en un estado de indolencia lógico. No recordaba nada de lo que había pasado. Los médicos la informaron de que había perdido mucha sangre y que le habían practicado un legrado, pero que eso no impediría tener otros hijos. También le informaron de que, aun con riesgo para su vida(1), habían tenido que hacerle dos transfusiones de sangre, una de su amiga y otra del caballero que la visitaba todos los días. Una vez que los cirujanos se fueron, la Reme, que había estado presente durante las explicaciones, quiso animar a su amiga, siempre con la crudeza que la ignorancia dota a los consuelos.
—Ves, todo va bien, Gertru. Además, tas quitao un poblema dencima. Que se jorobe el señorito ese, que su mal linaje no continuará. Así que tranquila y a ponerte buena. 
La Gertru seguía conmocionada por el accidente, por las noticias que recibía y por los comentarios que le hacían. 
Don Mauro la visitaba todos los días y algunos aparecía con flores, otros con bombones que la accidentada no probaba. La Reme los repartía a todos los de su alrededor, sin distinción de cargo o estado. Hasta el punto que se ganó en el hospital el apodo de la Bombonera.
—No traiga usté más, don Mauro. Ella ni los prueba. Los tengo que repartir por ahí pa que no sestropeen. Y, además, deben ser mu caros…
—No importa, Reme. 
—Las flores sí parece que lalegran. A ver si la ve usté un día despierta, aunque es difícil, anda to el día adomorrá, como si no quisiera despertar.

Y la percepción de la Reme era más exacta de lo que a primera vista pueda parecer. La mente de Gertru no entendía ya las agresiones que su cuerpo sufría, hasta el extremo de que una desconocida le hubiera tirado por unas escaleras. Tampoco entendía la incongruencia de quedarse embarazada a la fuerza y de perder un hijo que aún no sabía si quería o rechazaba. En una mente simple, en el buen sentido de la palabra, esos sentimientos implicaban caos. Y ella huía del caos de una forma inconsciente y simple a la vez, no se levantaba del suelo donde cayera después del incidente con doña Elvira. Y de ese alebrarse le rescataría el cariño de la Reme, de la señora Casta y de don Mauro. Sin esa relación de amistad, fraternidad y maternidad que nada exige, la Gertru no hubiera salido adelante. Por otro lado era asturiana, y como dicen los mineros asturianos: sólo nos arrodillamos ante Santa Bárbara. 

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 Don Cirilo llamaba la atención en los puestos que compraba por ser el único varón que lo hacía. Le llamaban el Pintor, porque a las persistentes miradas a sus manos manchadas, él respondía con un breve "es que pinto". Y la verdad es que en ese, y en otros muchos sentidos, era una persona muy descuidada. Cuando volvió de la compra encontró a su mujer montando la labor sobre el bastidor arreglado.
—¿Te va bien?
—Sí, sí, muchas gracias. Fenomenal. Pero no me toques los trapos que tengo en la alacena, esos sólo los toco yo. Si quieres algo, me lo pides, por favor. Me voy a la salita a bordar que ya he acabado de planchar, aunque no sé porque no lo doy fuera. No sé yo qué hubiera pasado si en vez de a ti, me hubiera dicho el médico a mí que no hiciera esfuerzos de ese tipo. Bueno, sí lo sé, que la tonta seguiría planchando. 
—Carmina, venir cargado del mercado casi todos los días no es...
—Eso es un paseo, si no fueras a la compra, no saldrías de casa nunca con tus libros y tus pinceles. Hay que ser positivo, ver los vasos medio llenos, no medio vacíos, como haces tú. Ay, sin mi alegría esta casa parecería la funeraria. A mí la vida me pide más, y nunca me llevas a ningún sitio.

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Doña Consuelo sufrió mucho la ausencia de la pareja de jóvenes. Ella y la Susana no eran suficientes para sacar el trabajo adelante. La chica, que ponía todo su empeño y tiempo, carecía de la experiencia para ser totalmente productiva, y ella y su vista por lo contrario. No eran lo que habían sido antaño. Por ello hubo de acudir a talleres para no dejar en la estacada a sus clientas. Aunque alguna protestara por el resultado de los trabajos que “no son de la calidad con la que me tiene acostumbrada, doña Consuelo”. Por otro lado, también las echaba de menos por la escasez de información que sufría. En Madrid, y sobre todo en el barrio, no se hablaba de otra cosa que del crimen de la calle Españoleto. Y ella sabía que las jóvenes sabían. E intuía que el accidente de la Gertru estaba relacionado con él. Era mucha casualidad que las dos desgracias no fueran de la mano. Egotista ella, en sus meriendas sabatinas le gustaba destacar, ser el centro y sabía que sin información no lo sería. Incluso acudió a la tía de su aprendiza sabedora de ésta manejaba como nadie la información de la calle y de la policía. Por algo estaba casada con un guardia. Pero la señora Julia, en esta ocasión, sabía poco. La policía no se explicaba los motivos que habían llevado a don Jacinto a llevarse por delante, y de esa manera, a su mujer. Aunque sí entendían el suicidio, como todos. Y como todos obviaron a la Gertru, que acaso, su testimonio podía arrojar alguna luz a los motivos del salvaje crimen. Y tampoco tuvieron la intuición de doña Consuelo, porque, entre otras cosas, no eran conscientes del accidente de la joven. En el parte que el hospital mandó a la policía sólo se especificaba que los daños de la paciente antes citada, se habían producido “como consecuencia de un accidente en las escaleras de su domicilio”. Y la Gertru seguía empadronada en la calle Luchana veintidós. 

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—Hijo mío, tu tío, desde la desaparición de tu padre, se ha hecho cargo de nosotros —decía Lorenza a Venancio—. Sé que no es un hombre fácil, pero yo sola no hubiera podido criaros a tu hermano y a ti. A no ser por él, seguramente hubierais acabado en la inclusa o en otro sitio peor. Tío Eliseo tiene sus rarezas y su forma de ser, como tú o como yo, pero no es malo. Siempre ha buscado lo mejor para esta familia.
—No madre —contradijo Venancio a su madre—, siempre ha buscado lo mejor para él. No es normal que desde que padre no está, no hayamos visto un real. Ni usté ni nosotros. Y yo sé lo que lentrego tos los días de la venta en Madrí, al cabo de un mes esos dineros no son una miseria, se lo aseguro. No soy tonto y los pocos años que pisé la escuela del pueblo, me dieron paprender la suma y la resta. Y por otro lao, ¿por qué me sacó a mí? ¿Y por qué Joselillo no ha ido nunca a la escuela? No, madre, no. Nos puso a trabajar como burros desdel primer día. No busca nuestro bien, sino el suyo. Es un ruin y un egoísta. Si padre estuviera con nosotros…
—Hijo, piénsalo bien. Comemos tos los días, no nos falta abrigo…
—Si usté supiera lo que echo de menos a padre.
—Hijo —Lorenza abrazó a su hijo—, lo siento, yo no he podido cumplir ni siquiera mi papel de madre. Tentiendo, ¿cómo no voy a entenderte?, si tu padre para mí era el sol que salía todos los días. Desde que nos conocimos en La poza, donde yo lavaba la ropa, hasta el día que se fue no existió otra cosa que él. Por eso caí enferma cuando noté su falta. Así que, por su memoria, ten paciencia, Venancio, por favor, ten paciencia. Queda poco pa que seas mayor dedad(2). Aguanta hijo, aguanta.
—Ya veremos, madre.
De diarioprogresista.es
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Por fin, un mediodía, don Mauro encontró despierta a la Gertru, que poco a poco volvía al mundo de los vivos. La anemia cedía poco a poco y comía como un pajarillo, pero empezó a comer. Otro signo de mejoría según los doctores.

—Qué alegría, Gertru. Qué alegría poder ver esos preciosos ojos otra vez. 
—Gracias, don Mauro. Es usté mu amable.
—Y mu cortés —apoyó la Reme.
—Habíamos quedado en tutearnos. ¿No te acuerdas?
—No mucho.
—Entonces, tampoco te acordarás de lo que hablamos en el simón, en el viaje de vuelta de la verbena, ¿no?
—Algo, pero mis recuerdos se van y se vienen.
—Bueno, ahora no te preocupes por eso, lo importante es que te recuperes del todo y te manden para casa. La señora Casta te manda muchos besos y mucho ánimo. También me han preguntado muchos vecinos y, en particular, las señoritas del tercero, quieren que sepas que rezan todos los días por ti y por tu recuperación.
—Déles usté las gracias, por favor. Son mu amables y cariñosas, sobre todo la señorita Paulita. Y al resto también. Y a usté, que sé que viene tos los días porque me lo ha dicho ésta, no sé qué decirle, por eso y por las flores. Son mu bonitas. Pero no traiga más, ya no caben. Ni la Reme ni las enfermeras saben dónde ponerlas ya. 
—No te preocupes, también me ha dicho ella que te alegran, que te gustan.
—Y tampoco traiga bombones. ¿Sabe cómo llaman aquí a la Reme?
—Sí, me lo ha contado.
—Pos eso. ¿Y cómo anda Juanín?
—Hecho un bicho —contestó sonriendo don Mauro.
—¿Y la Servanda?
—Bien también. Te manda recuerdos cariñosos. Si se me olvidan me mata. Ya la conoces.

Don Mauro fue prudente. Estaba tan intrigado como el que más por conocer qué había ocurrido aquella desgraciada mañana, pero no preguntó a Gertru. Decidió que si ella lo quería contar, bien, y si no, pues no le importaba a nadie. Ese recuerdo sería doloroso para ella. Él había atado cabos, pero no tenía nada seguro. Todo eran elucubraciones subjetivas. Había declarado, como Servanda, dos veces ante la policía. Y, de tanto preguntarle lo mismo, había conseguido formarse en su mente un cuadro de lo que podía haber ocurrido y suponer los motivos que habían llevado al teniente a cometer semejante tropelía. No conocía mucho a las dos víctimas mortales, a pesar de ser vecinos de rellano, pero se hacía una idea de la forma de ser de cada uno por lo que había leído entre sus saludos en la escalera, y en boca de todos andaba la historia de la pérdida del hijo en común, por lo que sentía cierta pena y acercamiento a ellos. Pero al fin y al cabo, su conocimiento del asunto no era preciso.  

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A Venancio se le juntó todo. La discusión con su tío, la charla con su madre y la desaparición de la Reme. No entendía que después del furtivo beso, la que ya consideraba como novia, no apareciera más por el mercado. Se había enterado, cómo no, del ya famoso Crimen de la calle Españoleto, pero eso no tenía nada que ver con la Reme. Lo único positivo de esos días había sido recuperar el apoyo de su hermano que, tras presenciar la discusión familiar, y seguramente aconsejado por su madre, se sintió tan mal que, a su manera, le había pedido perdón por su chivatazo, y se había ofrecido a hacer frente común contra la dictadura del viejo labriego.

—Es que tú me diste un empujón que no veas, Venan. Anda que no me dolió la rodilla esta. Pero tío Eliseo es malo, mis amigos no viven como yo. No trabajan tanto. Y eso que el padre de algunos dellos también tié huertos, como el tío. Además, los domingos les dan alguna perra. Y a nosotros na de na. Lo único que nos da el tío miseria es trabajo y broncas. A mí también me tié jarto con tanta regañina por na y por to.
—Joselillo, los huertos del tío Eliseo también son nuestros. Que no se te olvide nunca. También eran de padre, y si padre no está, son nuestros, de madre, tuyos y míos. Y los frutos que den, porque nosotros los trabajamos, también son nuestros. Así que si los vendemos, los reales también son nuestros. ¿Entiendes? No digo que no sean dél, pero nuestros también.
—Sí, es un poco lioso, pero lo entiendo. ¿Tú crees que padre volverá algún día, Venan?
—No lo sé, José, no lo sé. Pero a mamá le vendría muy bien queso ocurriera.
—Toma, y a mí, no te fastidia.
—Venga, no te pongas triste. Madre no debe vernos malamente.
—Vale. Pero tú le conociste.
—Pero macuerdo una miaja na más.
—Cuéntame algo dél, mamá secha a llorar cada vez que se lo digo.

Y Venancio contó a Joselillo, ya en adelante José porque su hermano así lo entendió, lo poco que recordaba de su padre. De esa forma, los recuerdos del mayor, también pasaron a ser del menor, y éste que era más soñador, los explotó más y de mejor manera. Se inventó planes que hicieron sonreír incluso a su madre. Realmente fue el que mantuvo viva la idea de que algún día volverían a ver a Cornelio el Rana, como se le conocía en el pueblo, por su afición a cazarlas y comerlas.

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Don Mauro se ofrecería a que Servanda se hiciera cargo de la Gertru durante su recuperación, pero la señora Casta, tras explicar que a su hija y a ella les sería muy difícil, contó al caballero que las señoritas del tercero derecha, se habían adelantado a su ofrecimiento y con insistencia, para lo cual habían argumentado que la convaleciente no perdería el tiempo y se distraería con las letras y los números que ellas le enseñaban.
—Bueno será. Dígales entonces a esas buenas mujeres que Servanda les subirá la comida para las tres a diario. No me sentiría bien si no participara en su recuperación. Al fin y al cabo, intuyo que a Gertru no le dio tiempo a decirme que sí. Al menos esa es la impresión que uno tiene.
—¿Pero usté lo ha pensao bien?
—Pensar, pensar, señora Casta, no he pensado mucho, la verdad. Mi padre decía que todas la decisiones importantes de su vida las tomó con el estómago, no con la cabeza.
—Usté sabrá, pero le van a poner como hoja de perejil(3). Además, usté no es de su clase…
—Para las cuestiones del corazón poco importan las clases, incluso no existen. Y para los otros asuntos no deberían existir.
—Bueno, entonces, quedamos en eso. La señorita Pepita ya ma dicho que han preparao una alcoba para cuando la Gertru salga del hospital. Y Servanda les subirá la comida. Yo me hago el cargo de las cenas, y la Reme de hacer los mandaos y de acompañarla cuando pueda.
—¿Son como uña y carne, verdad?
—Ya lo creo. No era bueno pa mi Reme que la su mejor amiga fuera su madre. Hay cosas que se necesitan decir que una madre no debe oír. Además, yo creo que la una por la otra y la otra por la una, se hacen bien las dos.
—Sí, ambas son buenas personas.
—A ver si mi hija tié la misma suerte que su amiga.
—Gracias por lo que me toca. Pero seguro que sí, ya lo verá.
—Ya… Anda enamoriscá dun frutero del mercao dOlavide. Veremos que sale de bueno dahí.
—Yo conozco al mozo, nos encontramos al salir de la verbena de Atocha  y volvimos juntos, bueno, no, pero pude cruzar con él algunas palabras. Me pareció un buen muchacho, decidido y con cierto orgullo.
—Si mi Jesús, quen gloria esté, viviera, seguro que ya se había echao a la cara a ese Venancio. No lo parecía, pero vivía pendientito della. Más que de mí, fíjese. Que no le tocaran a su niña… Todavía pienso en que fui yo quien sempeñó en que saliera esa noche a por agua de cebada—. A la señora Casta se le nublaron los ojos a la vez que se le acababan las palabras.
—Tranquila. Usted no tuvo la culpa, fue un desgraciado accidente. No piense usted más en eso. Mire, si usted lo considera oportuno, me echo yo a la cara a ese joven y luego le cuento. ¿Le parece? —. La señora Casta afirmó con la cabeza—. Pues no se preocupe, mujer. Así lo haremos.
—Gracias otra vez, don Mauro. Muchas gracias.
—Guárdeselas para usted, que es quien más las merece. Lo mío, al fin y al cabo son dineros. Y de eso, gracias a mis padres no han de faltarme.
—En eso de que sólo son perras no estoy dacuerdo, pero dejémoslo ahí, que ya se hace tarde. Adiós, don Mauro.
—Hasta mediodía, señora Casta. Y no le dé vueltas al magín. 

[Continuará]

(1)Si bien las transfusiones datan de muy antiguo (siglo XVII) no fueron seguras hasta que en 1901 Karl Landsteiner descubrió los grupos sanguíneos y posteriormente en 1940 el sistema Rh. A partir de 1914, y gracias a un médico argentino, Luis Agote, que encontró un método de conservación de la sangre y se pudo almacenar. Fuente: varias.
(2)La mayoría de edad en aquel momento en España se alcanzaba, para los varones, a los 23 años. Fuente ESTATUTO JURÍDICO DEL MENOR: EVOLUCIÓN HISTÓRICA de Luis Manuel Rodríguez Otero.
(3)Según José M. Sbarbi, poner a alguno como hoja de perejil es “maltratarlo de palabra, y más comúnmente, de obra, aludiendo, según la mayor probabilidad, a las puntitas que tienen las hojas de esta planta, las cuales parecen haber sido picadas con algún instrumento cortante”. Fuente Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes.




XXI
(La publicada la semana pasada que sigue a la anterior no publicada)


—Parece que nos damos prisa, ¿eh? Llenar la andorga nos trae cuenta, ¿no? Eso es lo único que tira más que una manceba. En hablando deso, Venancio, ¿cuándo conoceremos a la del beso, porque si las besao será por algo. No me digas queres desos que van de flor en flor y nunca asientan la mollera… —. Como quiera que Venancio no contestara, el tío Eliseo insistió—. Eh, zagal, que lestoy preguntando a usté. Ta comio la lengua el gato(1) o ¿qué?
—No tío, estaba pensando en mis cosas.
—Mía tú, el enamorao piensa. ¿Qué, cuándo vamos a conocer a ésa?
—Ésa se llama Remedios.
—Pues a ver si se los pone a tus males —río el tío de su ocurrencia—. Tiés que traerla pa que tu madre la conozca. Supongo que será fuerte. Si va a formar parte de esta familia deberá tener mi bendición. Y espero que sea de nuestra calaña y no una señoritinga desas del quiero y no puedo, porque la quiebro.
—Pero, tío, la Reme y yo todavía no hemos hablao de casamiento.
—¿Y a quésperas, bobalicón? ¿A que otro sadelante? No nos vendrían mal otras dos manos, aunque supongo que también tenga boca que alimentar.
—Y tampoco quisiera yo que se deslome con lazada.
—To lo que entra vivo bajo este techo tendrá que ganarse lo que se coma. ¿O es quesa Reme es menos que tu madre?
—Eliseo, deja al chico, tos hemos sío jóvenes —terció Lorenza.
—No importa madre. Y no, ni es menos, ni más quella. Pero lo que siempre he soñao es irme a la capital. Casi paso allí más tiempo que en este pueblo de mala muerte que no me gusta na, ni las fiestas de la Virgen siquiera.
—¡Amos que…! Repudiar de la tierra aonde tan parío y que te da de comer… Y has de saber, que si te vas desta casa, te llevarás lo puesto. Así que ya lo sabes, Venancio. Esto es lo que hay.
—¿Y to el dinero que lentrego yo a diario de lo que vendemos en Madrí?
—Eso no da ni pa lo que os coméis.
—No creo yo queso sea así. Además, los huertos y esta casa también eran de mi padre. Y de to la vida los hijos han tenío lo de los padres.
—¿Ahora viés con esas? Ya no tacuerdas que quien ta dao de comer ha sío tu tío y no tu padre, igual que a éste vago. ¿Quién sa partío los lomos en esos huertos que tú dices, pa sacar adelante a dos mocosos y a una medio mujer, questá más días enferma que sana?
—A madre no la meta en esto, si no, saldremos mal.
—Como si fuera mentira lo que dice el tío Eliseo —retrancó un poco el tío que vio las orejas al lobo reflejadas en la corpulencia de Venancio.     
—No, señor, usté no miente. Pero eso no le permite quedarse con lo que no es suyo.
—Mío es porque yo lo he trabajao y era de mis padres, desagradecío. Y que sepas que no sólo seredan los campos, también las obligaciones, con que en el lote van la enferma y el vago, y ya sabes, nadie quiere alhajas con dientes(2)… Y de lo otro, a ver lo que sacas, ya mencargaré yo de que sea na, por éstas—y se besó el dedo pulgar cruzado con el índice—. Y no sé de aonde vas a sacar las perras pa los leguleyos. Y piensa que tu padre sólo está muerto pa nosotros, pa los de lalcaldía todavía está vivo. Tién que pasar algunos años pa que le den por muerto.

La comida acabó como el rosario de la aurora(3). Lorenza aguantó porque tenía que recoger y fregar, pero, entre sollozos, lo hizo todo menos comer. Los tres varones sí comieron, pero ya en silencio y con mucho enfado. Tardaron poco en hacerlo y cada uno se fue a sus obligaciones, aunque José se escaquearía un rato en la caballeriza con Perla y soñó que llegaba su padre y ponía a cada uno en su sitio.
El Rosario de la Aurora, Grabado de José García Ramos, 1894
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Doña Consuelo mandó recado con Susana a casa de la señora Casta para advertir que no podía estar sin Reme. Que si no volvía al trabajo habría de buscar a otra operaria, porque ya era mucho tiempo y le faltaban cuatro manos. Que esperaba que lo entendieran, y que la vida seguía como un río que todo lo atropella.

—Dile a tu jefa que mañana irá la Reme. Que no se preocupe y que si quiere darla trabajo pa mí, que se lo dé. Ya sacaré tiempo de donde sea. Y que será gratis durante un mes. Más no. ¿Queda claro?
—Sí, señora Casta. Gracias, señora Casta. Y lo siento. Yo de momento poco hago, aunque aprenderé.
—Niña, tú no tiés la culpa. Anda, ve con Dios. 

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La Gertru fue liberada de su reposo absoluto bajo la tutela del doctor Ullastres a petición, naturalmente, de su amigo. Ella había expresado su hartazgo del hospital a pesar, como ella misma dijera, del “cariño con el que todos me han tratao aquí”. El doctor se acercó a la calle Españoleto, esta vez al tercero derecha, y dejó claro a las señoritas que se iban a encargar de su cuidado de cómo debería ser éste. El médico también habló con la señora Casta y la puso al corriente.
Gertru llegó a casa en coche de punto acompañada de la Reme y don Mauro. La señora Casta esperaba impaciente en el umbral del portal y la recibió con gran efusión y grandes alharacas.
—¡Ay, Dios mío, mi niña! ¡Qué buena cara traes, Gertru! ¡Qué alegría! Dame un beso, hija. ¡Qué ganas tenía de verte! ¿Te han tratao bien? Sí, por la pinta que traes, seguro. ¡Dame otro beso, hija mía! —toda esta retahíla de cariños los recibió la Gertru con una gran sonrisa en la boca y sin saber qué decir. 
—Vamos, madre, que no pué estar mucho tiempo de pie —hubo de cortar la Reme—, y todavía le quedan las escaleras. Luego la abraza todo lo que quiera. Anda, vamos, Gertru. Despacito, ¿eh?
—Gracias, señora Casta. Yo también malegro mucho de verla.
Después de despedirse de don Mauro y dejar a la portera en su tabuco, la pareja de jóvenes inició la lenta subida. Ya en el segundo piso, a la Gertru le sorprendió que la Reme dijera que ya casi habían llegado, pero entendió que exageraba para darle ánimos. Pero a falta de un tramo de escaleras, para llegar al tercer piso, su amiga volvió a descolgarse con un “Ves, ya hemos llegao”.
—¿Es que os habéis cambiao al tercero?
—No, sólo tú, y temporeramente.
—¿Cómo que sólo yo?
—Te van a cuidar la señorita Pepita y la señorita Paulita.
—¿Y eso?
—Pues porque madre no pué por la portería y yo tampoco. Doña Consuelo ya sa quejao de mi falta. Tabrás dao cuenta que ya por las tardes no iba al hospital, ¿no?
—Sí.
—Es lo mejor, Gertru.
—Si lo que me pasa es que siento importunar a tanta gente. Me da vergüenza, Reme.
—Pues cuando te diga quién va a hacer la comida… 
—¿Quién?
—La Servanda, sa ofrecío sóla al través de don Mauro.
—Válgame el cielo, a otra quenredo.
—¿Llamamos?
—Llama, qué le vamos hacer.
—Fueron recibidas por la señorita Paulita quien, muy cariñosamente la condujo a la alcoba que le habían preparado, le ayudó a desvestirse y a ponerse un camisón que, según le contó la anciana, era suyo, de cuando fuera joven, y que sólo se lo había puesto una vez porque no se veía con él.
—Deja mucho que ver —. Al mirarse al espejo de cuerpo entero, la Gertru se preguntó el motivo, ya que entre el cuello y el suelo sólo vio en el cristal un poco de su piel que se adivinaba malamente tras una puntilla en forma de corazón, debajo del cuello y muy cerca de él—. Así que te lo puedes quedar. Mi hermana, a pesar de Servanda, ha querido hacer un caldo con sustancia. ¿Te apetece una tacita?
—No, señorita, muchas gracias.
—Bueno, pero a la hora de comer no podrás negarte, hija mía. No querrás hacer de menos a Servanda, ¿no? Pensamos ponerte fuerte y lozana como una jaca andaluza enjaezada. Alguien nos ha dicho que un moscardón revolotea a tu alrededor, pillina. Bien, ahora descansa. Le digo a tu amiga que pase un momentito y que se despida. Después a descansar y a comer. Y esta misma tarde seguimos con las clases —la señorita Paulita no dio opción a Gertru—. Reme, pasa sólo un momentito, tiene que descansar según nos dijo don Luis. Y tú tienes que ayudar a tu madre, que la pobre lleva unos días que para qué.
—Sí, me voy enseguida, no quiero molestar.
Cuando la Reme salió de la alcoba, la señorita Pepita se le acercó y en voz baja y al oído le comentó:
—Has de traerle ropa interior. Toda la que tenga, va a hacerle falta—. Para ella esos asuntos eran muy delicados y había que tratarlos en la más estricta intimidad.


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—Supongo que me acompañarás a visitar a mi hermana, ¿no? Sabes que te quiere mucho. Ah, y  nos han invitado los Alcántara a tomar el té en su casa —anunció doña Carmina a su marido.
¿Cuándo?
—Esta tarde.
—Son amigos tuyos, no míos.
—Pero no me irás a dejar sola como una viuda, que es lo que parezco siempre. 
—Es que él me cae muy mal, es un derechón inaguantable.
—Peros son muy buenas personas, Cirilo. Hay que ver el lado positivo de las cosas.
—Está bien, iré. Pero por ti, y si meto la pata lo siento, pero, a veces, no puede uno callarse.


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Por la tarde, después de la comida y la siesta obligadas, la Gertru volvió a la tarea. Como dijera la señorita Paulita en más de una ocasión “eres una chica muy espabilada, no hay que repetirte las cosas”. Incluso la alumna era cuidadosa y pulcra, cosa que la maestra también ensalzaba.
—La lástima es que tu amiga se va a quedar atrás por sus quehaceres. Y más a partir de mañana, que tendremos clase matutina y vespertina.
—¿Y esa cuála es?
—Vespertino se refiere a lo que acontece después de comer y antes de la cena, es decir, por la tarde. Matutino por la mañana, vespertino por la tarde y nocturno por la noche.
—¿Y por qué no nocturnino?
—Porque las palabras son muy caprichosas, aunque en realidad como aprenderás si sigues tus estudios, las palabras tienen madre latina en su mayor parte y además algunas son hermanas entre sí. Como te he dicho son un poco caprichosas. Ah, y a partir de mañana tendrás que empezar a pulir tu dicción. Al sitio donde te manda la vida, no puedes hablar como lo haces, hija.
—¿Qués dición?
—Dicción —repitió la maestra jubilada—. Dicción es decir bien las palabras, como escribirlas, con todas sus letras y una detrás de otra sin juntarlas como haces ahora. No se debe decir qués dición, sino qué es dicción. ¿Lo ves? —repitió palabra por palabra y sílaba por sílaba la señorita Paulita.
—Pero yo no quiero hablar como esas señoritingas estirás.
—Estiradas. Y no vas a hablar como ellas, Gertru, porque ellas no hablan bien. Tú, simplemente, vas a hablar como yo: bien, al menos eso creo —sonrió dulcemente la docente—. ¿O te parezco yo una de esas señoritingas presumidas que usan el francés para diferenciarse de quienes erróneamente sienten inferiores? Esas personas no se deberían llamar a sí mismas cristianas. El cristianismo nos iguala a todos.

De tal guisa, la Gertru aprendería no sólo a leer y a escribir, también otras artes de la vida tal y como la entendía la señorita Paulita y su hermana.

Tarde se hizo porque tarde empezaron y además tuvieron visita. Don Mauro, acompañado de Juanín, hizo acto de presencia en el tercero derecha. Éste pensó que tal y como creía que eran las dos señoritas, sería conveniente llevar carabina. Además, también le interesaba a él que las dos personas que en ese momento quería más tuvieran roce. Juanín de por sí era tímido y retraído, y pretendía que se abriera a la Gertru, y a su vez, ésta se hiciera con el niño. Pero lo que no hizo bien fue forzar a su hijo a besar a la convaleciente.
—Déjele, don Mauro. Si él no quiere, no pasa na.
—Nada, corrigió la señorita Paulita, que estaba en la escena.
—Sí —contestó el padre—, tiene que acostumbrarse a estar con la gente y cumplir.
—Muy bien, don Mauro, estoy de acuerdo con usted —aplaudió la dueña de la casa—. Mi hermana y yo pensamos lo mismo, ¿a que sí, Pepita?
La pareja de guardia no se separó de la Gertru hasta que la visita no se retiró.
—Muy correcto este don Mauro.
—Ya me lo parecía a mí cuando me cruzaba con él en la escalera.
—Y parece un buen partido.
—Lo es, Paulita, lo es.

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La noche después de la reyerta familiar llegó, y tras cenar en silencio, todos se fueron a dormir. Los dos hermanos dormían en la misma habitación, en sendas camas y cuando estaban ya entre las sábanas, José, le dijo a su hermano:
—Venancio, algo hay cacer.
—Piénsalo mientras te duermes, y mañana lo hablamos. Y aquí en casa no digas na de na, que las paredes oyen(4)

Esa mañana temprano, de camino a Madrid, los dos hermanos terminaron de urdir un plan que se le ocurrió la noche anterior al menor y más avispado de los dos. Se trataba de desviar parte de los ingresos diarios por la venta a un fondo del que sólo participarían ellos, aunque su madre también sería beneficiaria. Para ese fondo, Joselillo ya había donado sus ganancias de la venta de peonzas, a pesar de la oposición de Venancio. Además, esa mañana y sin decir nada a nadie, había cargado alguno de los productos que no habían pasado el control de calidad del tío Eliseo, y que se entregaban a un tal Celedonio que los usaba para alimentar a sus cerdos. Tras la matanza, la familia de agricultores recibía algunos productos porcinos a cambio. La idea era que Joselillo tirara una manta en el suelo junto al puesto, y allí colocara esos frutos macados y con hojas externas o puntas podridas y los vendiera mucho más baratos. La acogida superó sus expectativas, de hecho, esa mañana pasaron más clientes por la caja de Joselillo que por la de Venancio. Lo que provocó una rotación de stock que benefició claramente la caja B. Cada vez se vendía menos en el puesto oficial y más en el de saldo. Y el tío Eliseo aunque revisaba los ingresos en metálico y los productos que volvían, no encontraba desajustes, porque los que no vendía Joselillo, llegaban de vuelta a casa y engrosaban el alimento de los cerdos, y los que no vendía Venancio los vendía al día siguiente Joselillo. Y como los hermanos dejaron de meter mano en la caja familiar todo parecía una mala racha de ventas. Y como es lógico, el viejo dictador no controlaba el volumen de productos desechados para los cerdos, aunque fuera él personalmente quien decidía qué iba o no iba para los animales. Pronto se lo contaron a Lorenza, a la que nombraron tesorera del negocio sumergido. Les costó convencerla, pero al final accedió porque intuyó que si su cuñado descubría el pastel, ella podría ofrecerse como cabeza de turco, y descargar a sus hijos de responsabilidades. Pero la sangre, en este caso, no llegaría jamás al río(5). Aquella conspiración comercial uniría a los dos hermanos como nunca. La complicidad jugó más fuerte que la diferencia de edad que les separaba. Joselillo encumbró a su hermano en un altar en el que siempre le mantendría por haber tenido los arrestos de enfrentarse al ogro de su tío y vencerle en su propio terreno. Ya no le importaba levantarse antes que el sol, no pasar las tardes doblado sobre esa tierra que le proporcionaba la posibilidad de ser libre. Este niño, y otros tantos como él, serían aquéllos que algún poeta del pueblo retrataría con trazos de palabra a golpes de vergüenza entre estiércol puro y vivo(6) allá por 1937. A su vez, Venancio encontró a su mejor aliado, más listo que el hambre y dispuesto a lo que fuese, capaz de pensar y llevar a cabo hazañas que él no podría. Y llegó a prometerle que algún día aprendería a leer y escribir, y también los números, mejor de lo que él ya le había enseñado para no ser suficiente en el puesto clandestino. Había aprendido a contar hasta diez y con esos números era capaz de sumar y restar al recordar de memoria todas las operaciones. Había aprendido que una peseta era lo mismo que diez monedas de diez céntimos, que diez céntimos eran 5 monedas de 2 céntimos, que un céntimo era la mitad dos… Y eso les hizo sentirse orgullosos uno de otro y ante sí mismos. La vida y la necesidad enseñan más que las escuelas. De ahí el carácter de esa generación y de la posterior, nuestros abuelos y nuestros padres, si no vienes de una familia de posibles, que no por ello vas a ser menos tampoco. Y no sé de donde llegaron los que ahora habitan los palacetes, pero siguen ajenos a los gritos y a los derechos de cualquier persona por serlo. No saben lo que es no poder llegar a fin de mes, ni los sordos de antes ni los de ahora, no saben que tu padre, al caer enfermo, fue despedido y tu madre hubo de fregar suelos, no saben que a algunos niños les acostaban en invierno a las seis de la tarde porque no había cena. No saben que los que no comparten su estatus son personas en definitiva. Y como Francisco de Rojas escribiera en su Celestina: A tuerto o a derecho, nuestra casa hasta el techo(7). Y como escribo yo: Son viejos podrigorios con achaques de ambiciones desmedidas y con conciencias más anchas que sus bolsillos.

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Foto propia.
Esa misma mañana en la que Gertru volviera del hospital, la Reme quiso acercarse al mercado de Olavide, y no precisamente a comprar fruta. Pero no pudo. Vio a su madre tan atareada al bajar de casa de las señoritas del tercero que, en conciencia, no pudo irse. Cuando vio los visillos echados y el cartón heredado que, tras el cristal de la puerta, informaba de que la portera estaba en la escalera, se le cayó el alma a los pies. Y dio la casualidad que, en ese momento, salía su madre de detrás del cartel cargada con el escobón, el cubo, los zorros y tocada con un pañuelo para evitar el polvo en el pelo. 
—Hola, hija. ¿Ya sacomodao la Gertru?
—Sí, madre. Arriba sa quedao. Y bajaba payudarla. Déme, yo mago cargo de la escalera.
—No, deja, Reme. Si ya mecho a la idea.
—Que sí, madre. No me voy a quedar yo aquí cruzá de brazos. Traiga, ande.
—Va, como quieras. En el segundo han escrito algo en la paré, miraver si lo pués quitar. Agua y este trapo. No uses el cepillo de raíces. Si acaso antes le das ligera con la escoba. Ya se ma quejao más de uno. Mira que aprender a escribir pa hacerlo en la paré y una palabra tan fea —. Y allá que subió la Reme—. Ah, y después barre también el trozo de cera del portal, y vacías ahí el cubo con el agua sucia. Y cuidao no tires la bayeta ni el cepillo.
—Vale, madre. No se procupe, usté —. La Reme inició por segunda vez la subida.
—Yo me pongo con la comida. Así comes temprano, y temprano te vas a casa doña Consuelo, que falta laces. 

Así que Venancio hubo de esperar. Aunque no en el recuerdo, porque durante el trabajo tan mecánico y rutinario, la limpiadora no dejó de saborear el beso robado, ni de pensar en lo bien que se sentía junto al frutero.

Venancio, a su vez, atendía a la clientela con un ojo en la romana y otro en la calle Trafalgar, por donde solía entrar la Reme en la plaza. Pero, ni ese ojo, ni el otro se alegraron esa mañana. Las mujeres le recriminaban su despiste, pero en ningún momento volvió del todo de allí donde su mente o su corazón le hubiera llevado. 

—Chico, si te pedío zanahorias, no cebolletas…
—Pero cómo me vas a cobrar dos pesetas por dos kilos de patatas… ¿Se ta ido la olla?
—¿Pero esto es un kilo? Tú estás mal de lazotea, Venan…

E incluso alguna clienta buscó complicidad en Joselillo.

—¿Quién la sorbío el seso a tu hermano? Más vale que eches un ojo, hijo, está mal de lalmendra.

En un momento en que no tuvieron que atender, Joselillo, que sabía lo que pasaba por la cabeza y el corazón de Venancio, le preguntó con ciertas artimañas si estaba preocupado por la discusión con el tío Eliseo, a sabiendas de que su hermano le mentía en raras ocasiones.
—No, José. Bueno, sí, pero no es eso. Es la Reme. Hace no sé cuanto que no viene. ¿Labrá pasao algo?
—No, hombre. Qué ha de pasarla. Si supiera donde vive macercaba en un momento.
—Yo sí.
—Pues, si te haces cargo desto…
—Vale, pero, espera, toma, llévale unos tomates y preguntas por ella en la portería. En la calle Españoleto, en el cuatro.  La portera es su madre. ¡José!
—Qué
—Gracias, maces un gran favor.
—Ya lo sé.
—¡Oye, si a la vuelta te haces con unos diarios, mejor! —le gritó al que ya corría y cruzaba la plaza.
Un “vale” lejano le llegó a Venancio entre el gentío. 
Poco tardó en recorrer Raimundo Lulio, bajar por Santa Engracia y entrar en la calle Españoleto. Aunque al cruzar la plaza de Chamberí un tranvía a punto estuvo de llevarse por medio los tomates y al corredor.

—Buenos días —saludó sofocado Joselillo.
—Hola, hijo, buenos días.
—¿Está la Reme? —preguntó todavía jadeante.
—No, está por ahí riba, limpiando.
—Tome usté.
—¿Y esto? —. La señora Casta abrió el envoltorio—. Tomates.
—Sí, los manda el Venan, bueno, el Venancio.
—Pues dale las gracias al Venan. Y a ti por traerlos. ¿Y tú quién eres?
—Yo soy Joseli… José, su hermano.
—¿Quieres un mantecao, Joseli José? Los hice anoche. Tienen azucar y to.
—Claro —fue lo primero que le salió al golosón—. Pero, no, déjelo —ahora habló el vergonzoso.
—Voy a dejarlo… Toma dos, uno pa ti y otro para tu hermano, aunque si te comes tu los dos, no se va a enterar naide.
—No, no, señora. Se lo llevo.

La señora Casta aprovecho el papel de periódico que envolvían los tomates y le entregó a Joselillo los dulces. Y ahora sube a dar el recao que traes pa la Reme, anda. Obediente, subió la escaleras de dos en dos hasta el segundo piso donde encontró a la Reme. Fue poco tiempo, pero le dio tiempo a preguntarse si llevaba algún recado.
—Hola, Joselillo. ¿Qué haces aquí? ¿Ha pasao algo?
—No, no ha pasao na… Ah… Sólo que el Venancio estaba procupao. Creía que tabía pasao algo a ti, como no vas por el mercao…
—No, a mí no. A mi amiga sí. Y la hestao cuidando. Dile al Venancio que mañana sin falta macerco por allí, que no se procupe.
—Vale. Me voy que dejao el puesto a Venancio y hoy está un poco pallá.
Bajó las escaleras a saltos, los tramos de seis escalones de un tirón y los de quince en tres veces, a pesar de los mantecados que cuidaba como un tesoro. Al llegar al portal, se giró, se asomó a la portería y dijo:
—Oiga, señora, perdone.
—¿No las encontrao?
—Sí, sí. No, es que necesitamos periódicos viejos pa envolver. A lo mejor usté tié algunos, se ma ocurrío al bajar.
—Pues sí que piensas veloz… y bien, porque don Mauro y otro vecino me bajan los del día anterior, yo los uso pa encender el fogón y algunos vendo al chamarilero(8). Pero pa lo que dan… Toma, llévatelos, aunque no sé si vas a poder con todos. 
—Sí, señora, sí.
—Espera, que me quedo con uno. Hala, hijo, con Dios.

Y así Joselillo, aunque cargado, también llegó contento al mercado.

—Mira lo que te traigo, Venan. Y además, un mantecao pa cada uno.
—Cómete tú dos los, José, a mi no me gusta el dulce, ya lo sabes. Además, te los has ganao, chaval. Contigo da gusto.
—Como quieras(9)—. Joselillo no se hizo de rogar.
—¿Y de lo otro? —preguntó Venancio.
—Ah, sí —habló con la boca llena—. La he visto. Está bien. Ma dicho que mañana viene.
—Menos mal.
—A ver, pichón, menos hablar y más atender. Ponme unas acelgas y unas cebollas, que tengo prisita.
—José, inclina la plaza pa donde vaya la señora, así va más rápido. Vamos, no ves que tié prisa. Mueve el culo, hombre. Tome aquí tiene. Pa usté quince céntimos.
—Eso es mu caro.
—Pues éste lo tiene más barato. Pero como tenía prisa…


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—Cirilo, ¿quieres ver la colección de uniformes militares que he reunido?
—Anda ve —contestó doña Carmina por su marido—. Así hablamos nosotras de nuestras cosas.

Cirilo hubiera contestado que no, el militarismo del señor Alcántara le exacerbaba pero había prometido portarse bien. Así que, resignado se levantó y se fue con su huésped.

—Sí, la verdad es que mi Cirilo es maravilloso. Y sabe mucho de todo.
—Entonces, seguro que se divierten juntos. A Fermín le encantan las guerras y los soldados, y todo eso. Siempre está con libros de militares y mapas.
—Cirilo es igual, todo el santo día con un libro ante los ojos o con un pincel en la mano. Tenemos suerte, no como esos otros maridos que dicen que se van al casino a leer el periódico o al café, y a saber qué hacen o qué se juegan por ahí. Yo no me puedo quejar, desde luego.
—No insinuarás, Carmina, que mi Fermín...
—No, mujer, pero acuérdate de don Joaquín, el marido de doña Rosario, ese que se jugó la hacienda y luego a ella misma al julepe. Nosotras deberíamos estar orgullosas de lo que tenemos en casa. Mi alegría empieza por ahí. Y ahora, cuéntame cosas de tu hijo. ¿Qué tal le va en el extranjero?
—Bueno, y luego me cuentas tú de los tuyos...
—Los míos, ya sabes, bien. Uno está en el banco y muy bien visto. Es el que más se parece a su padre, listo como él solo. Eso sí, también ha salido a él en lo poco cariñoso. Y el otro, anda con ese arquitecto tan famoso, cómo se llama... Ah, sí, Antonio Palacios(10), el del Metropolitano y el Palacio de Comunicaciones de Cibeles. Trabaja en su estudio. Y le conoce personalmente. Incluso se le ha llevado de viaje a Galicia. Se le da tan bien el dibujo como a Cirilo. Menos mal que han salido a él, porque yo soy una torpe. Pero bueno, también hago bien otras cosas. Hay que ser positiva, mujer...



[Continuará]


(1)Comer la lengua el gato. En cuanto al origen de este refrán, sólo he encontrado opiniones, y mira que he buscado. La primera: “Algunos argumentan que viene de las técnicas de castigo de Oriente Medio cuando se les arrancaba la lengua a los mentirosos y se les daba de comida a los gatos del rey, mientras que otros sugieren que se refiere a los látigos de siete colas con que azotaban a los marineros para silenciarlos”. Fuente: Bettybridgertraductora.wordpress.com. Y la segunda: “En realidad es ‘te comió [comieron] la lengua los ratones’, tiene sus orígenes en la época de la oscura [Edad Media] en plena peste bubónica, los agonizantes siempre tenían la boca abierta por la dificultad de respirar, como no se podían mover, las ratas se metían en su boca y se comían la lengua, […]”. Opinión de ELOHIM en es.answers.yahoo.com.
(2) “Si Hablando de un comilón decimos a veces que come como una lima, o como un sabañón o como un buitre. […] también que se pone como un pepe, o que se pone tonto, o  que se pone como un trompo, o que se pone como el chico del afilador, o como el chico del esquilador. Y es que tal vez piensa [así] quien así come —y posiblemente no le falte razón— que «Más vale un hartada que dos hambres». Como reacción en cierto modo egoísta ante estos comilones insaciables surgió el expresivo dicho «no querer alhajas con dientes»". Biblioteca fraseológica y paremiológica, serie Monografías, nº 1, Por la pureza y por el esplendor de nuestro idioma, Jesús Cantera Ortiz de Urbina, Instituto Cervantes, 2012.
(3)José Mª Iribarren en su Por qué de los dichos explica: Acabar como el rosario de de la aurora. A farolazos. La frase alude a la procesión de la Cofradía del Rosario, que recorre las calles […] al asomar la aurora. En Andalucía dicen: Acabará como el Rosario de Espera, […] Cádiz, donde suponen acaeció la escena de los farolazos. […] Ed. Aguilar, 1955, pag. 307. Y, en ABC, 11/11/2014, podemos leer: “La bronca surgió por la fuerte rivalidad que existía entre las dos hermandades importantes de Espera, la de la Vera Cruz y la de las Ánimas. «Espera era un pueblo muy religioso y había mucha competencia entre las dos hermandades. La localidad, que tendría entonces entre 1.500 y 2.000 habitantes, estaba dividida», señala a ABC este licenciado en Historia y autor de cinco libros sobre la historia local que añade cómo «ya había antecedentes de broncas entre hermandades desde antes de 1773». De la tensión entre las dos hermandades da cuenta Fray Baltasar de San José, un religioso jerónimo del monasterio de Bornos autor del Retablo de las Ánimas de la Iglesia de Santa María de Gracia de Espera. Según relata Garrucho Jurado, la muerte en 1749 de un vecino de Espera miembro de las dos hermandades estaría en el origen de la bronca posterior. Al entierro de un hermano acudía tradicionalmente la hermandad con su cruz y en éste ambas se disputaban la prioridad. La tensión entre ambas a raíz de este fallecimiento habría estallado después en el rosario de la aurora. A ello habría contribuido también el presbítero Domingo Antonio Pérez, quien «intentó suprimir la hermandad de la Vera Cruz», continúa Garrucho”.
(4)Según Alfred López, las paredes oyen “Es un modismo que procede de Francia, del tiempo de las persecuciones contra los hugonotes […] 1572. Según algunos historiadores, en aquellos tiempos, la reina Catalina de Médicis mandó construir, en las paredes de sus palacios, conductos acústicos secretos que permitieran oír lo que se hablaba en las distintas habitaciones, para así poder controlar cualquier conspiración en su contra. La frase las paredes oyen, con el tiempo, pasó a ser utilizada como señal de advertencia acerca de lo que se dice en determinado momento y lugar”. Covarrubias en su Tesoro de la lengua (1611) no aclara su origen, pero si lo recoge en su entrada pared: “Las paredes tienen oídos”. En realidad esta historia no tiene que ser falsa, pero lo que sí es falso es que sea el origen de este dicho. He encontrado una referencia en el libro de Alfonso Martínez de Toledo (Toledo, 1398 - ¿1468?) más conocido como Arcipreste de Talavera, titulado Corbacho o Reprobación del amor mundano del año 1438 (un siglo y pico antes de que reinara Catalina de Médicis) , donde en el cap. II, parte 4ª, se puede leer: «Guarda tu lengua y no quieras mucho hablar en público ni en secreto de tu menor, igual y mayor, y especialmente de tu señor o rey, que por secreto que tú el mal dijeres, guárdate que no pase alguna ave por el aire volando, que le lleve las nuevas». Por tanto, se dice: «Guarda qué dices, que las paredes a las horas ([palabras]) oyen y orejas tienen». Leído en la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes. Llego a ello gracias a una nota de Arturo Ortega Morán.
(5)Ocurre que desde antiguo era habitual que muchas batallas se celebraran cerca de los ríos, pues los pueblos o ciudades se solían fundar en las cercanías de uno. Así, cuando algún ejército ponía sitio a alguna ciudad —que solía estar enclavada en una zona alta para una mejor defensa— la sangre de los muertos y heridos corría pendiente abajo hasta alcanzar el agua y teñirla de rojo. Si la escaramuza era ligera, no daba lugar a que la sangre llegara al río. Fuente: varias.
(6)Miguel Hernández, El niño yuntero, 1937.
(7)Justa o injustamente, nuestra casa llena.
(8)DRAE, 2014: Persona que se dedica a comprar y vender objetos de lance y trastos viejos
(9)Cq.
(10)Este arquitecto, Antonio Palacios Ramilo, es un desconocido para muchos, aunque no debería serlo para los madrileños en particular. Para saber más de él, pulsar aquí, y para conocer su obra, aquí.