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viernes, 28 de abril de 2017

Una grata sorpresa

Hay veces que te cuesta escribir una entrada, mantener el blog, te preguntas si merece la pena, si le interesa a alguien....

Lo siento, eso lo pensareis vosotros, yo NO.

Ayer por la mañana, mientras hacía mi último bloque de DJ del mes, me dice JC que llama la cartera y que trae un paquete de Ligia.

Uff, ahora que lo pienso, la cartera a Jc le dice antes de subir hasta el nombre del remitente. Creo que necesito aclaración. 

Bueno, me pongo nerviosita, ya me había avisado Ligia que me mandaba una casita de su parte y otra de parte de su hermana pero, francamente, el sobre pesaba mucho para traer dos casitas.

¿Dos casitas? y botones, y una loneta de lunares divina y cuatro telas más y un libro para Jc. Y una carta para cada uno.

Una pasada!!!

Todavía estoy emocionada.

Muchísimas gracias Ligia, me ha encantado tu delicadeza, tu detalle, que tu hermana se uniera, tus palabras....bueno, tanto que me has dejado sin ellas.

Al fotógrafo sólo le pedí una foto con las cosas, no le especifiqué que quería las casitas, así que tenemos un buen motivo para dedicarles un post en condiciones, ya veréis que bordado de lujo han hecho para personalizarlas.

Es difícil expresar con palabras mi agradecimiento, muchísimas gracias a Ligia y a Varinia, amigas os siento cerca.

Y sigo coso que te coso...

jueves, 27 de abril de 2017

Funda móvil


Para haberla hecho rapidito, no está nada mal.

Me gusta!!!

Ahora estoy metida en un quilt de 1,50 x 2,50 m para regalar a mi madre el día de las madres y paso "mono" de hacer cosas rapiditas.

Bueno, la verdad es que no, que las hago. 


He colado 3 mochilas, sigo con el DJ, varias cestas, alguna bolsa y, de vez en cuando, me doy un caprichito de hacer algo de satisfación inmediata (versus Bea).



Esta vez, hasta me he animado a poner el snap (tengo que reconocer que la relación snap-mc no es buena, ni siquiera regular, es mala, muy mala).


Eso si, si me pongo, me pongo y me ha quedado niquelado.

La técnica que he usado para hacer la funda ha sido la de "quilt as you go" que, en este caso, se debería decir "funda as you go", vamos digo yo.


Es importante ir aplicando las técnicas que vamos conociendo a nuestros proyectos.

Por si alguien no se acuerda, aquí le dejo el video recordatorio.


Y sigo coso que te coso...

martes, 25 de abril de 2017

Como hacer rail fence. Videotutorial

No me gustan las excusas, disculpas... cada uno hace lo que hace y debe asumirlo.

Asumido está.

Os advierto, no es el mejor vídeo ni de lejos, pero no os lo podéis perder.

El cámara no pilló la técnica, en edición tampoco parece que estaba claro.... Ahora no vais a tener más remedio que dejar vuestra opinión. La mía no vale. Sólo puedo decir que no es de los días que más inspirada estaba.

Pero ahora que no nos ve, ni nos lee nadie, os puedo decir, en bajito, que yo me mondo!!!

Que quede claro que me sorprendo y me parto.

El montaje no tiene desperdicio.

Y sigo coso que te coso...

lunes, 24 de abril de 2017

CAP. 50 . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . Andanzas y tropezones de Dikembe Biyombo




De cómo hacer camino y recuerdos




afir. Sí, Maison Zafir se llamaba el comercio donde entramos en aquel zoco marroquí. Con su olor característico producido por las emanaciones de los tintes y los productos usados para curtir el cuero. ¿Quién, que no ha estado en un bazar marroquí, no recuerda ese aroma que a unos gusta y a otros disgusta? A mí, la verdad, ni lo uno ni lo otro, pero me quedé prendado de unas alforjas de cuero repujado. No hacía más que acariciarlas embobado hasta que la voz de mi Pepito Grillo particular habló: «Pesan mucho, Dikembe». Y, como siempre, aquella conciencia ajena tenía razón. Para un animal no era peso, para un hombre sí. Aun así, la sopesé sin dudar del resultado. Sería un estorbo, pero los caprichos no atienden a razones. ¿O no? Eh bien, c'est ça, mon ami. Abandoné el primer antojo y me fijé en el segundo: el gorro de Fez. Me probé varios hasta que encontré uno de mi talla, pero messieur Zafir me corrigió la inclinación del gorro y confirmó su conformidad con la cabeza. Entonces, me acerqué a mi amigo y le sonreí de oreja a oreja. Abrí los brazos con las manos extendidas en busca de su opinión. Práctico y parco exclamó muy serio: «Llamativo». Y se me pasaron las ganas de gorro. Debíamos pasar desapercibidos como los desheredados, no llamar la atención como la nobleza. Y no solo en Fez, en cualquier lugar que pisáramos. Inclusive en medio del mar. Y allí un gorro rojo no ayudaría más que a resguardarme del sol y para eso ya era suficiente con la capucha de la chilaba porque ese punto de color se vería desde la costa. Y más pragmático me puse a buscar, junto a Adama, una chilaba vulgar que no destacara. Mientras estábamos en ello, salió de la trastienda un personaje cuyo semblante se hubiera hecho famoso en cualquier cárcel. Una profunda cicatriz le cruzaba la cara. Y podía estar contento porque, si bien le faltaba parte de la nariz el tajo no había afectado a ninguno de sus ojos. Después del pequeño susto me acordé del viejo-tuerto-mudo que me posibilitó alejarme de Abu Dahrr. Pero el grato recuerdo se amargó. Nos habían calado, pensé. Otra vez las mafias. El extraño se sentó detrás de una mesita en un rincón de la tienda, en tanto el muchacho se ubicó en la entrada y nos dio la espalda. Cuando hubimos elegido, no me quedó otra que encararme con el malcarado y preguntarle el precio. La pregunta tenía más interés que la respuesta porque pretendía aclarar la duda y ubicarnos, y no en la tienda: «¿En qué moneda queréis pagar?». Esta vez mi amigo no leyó entre líneas y, por una vez, contestó él a la pregunta: «En dólares». Y entonces vino la declaración de intenciones: «Pues si es así, no solo buscáis atuendo, sino también donde lucirlo. Os saldrían gratis las dos chilabas». Al oírla, Adama dio un respingo porque cayó en la cuenta de que el cebo que nos habían puesto le habíamos mordido a pesar de ser de papel. Y debió pensar que era mejor no darse por enterado y hacerse el tonto porque contestó que era nuestra última compra antes de volver a casa, a Thamidanté. El cariacuchillado no se lo tragó. Era evidente que no habíamos comprado nada y que nuestro acento no era de los alrededores. E insistió en la propuesta: «No encontraréis a nadie que os lleve mejor a puerto y en las mejores condiciones». Entonces la contestación de Adama fue irónica y rotunda pero educada: «Pero es que, monsieur, nosotros no somos gente de mar, solo queremos volver a nuestro pueblo que, como sabe usted, no está muy lejos». El mafioso, que no cejaba en su empeño, también usó la ironía en su respuesta, aunque incluyó una amenaza soterrada: «Y que no me entere yo de que compráis otras chilabas más baratas». Después de lo cual se levantó y gritó al muchacho que nos cobrara y desapareció detrás de la cortina. Pagamos y nos pusimos las prendas allí mismo. Al salir comenté a mi compañero que nos habían echado el ojo. «No se les escapa nadie, eh. ¿Qué vamos a hacer?». Me contestó que nada. Preocupado le advertí que debíamos tener bien abiertos los ojos. «¿Y cuándo los hemos cerrado, Dikembe?». Y, la verdad, en aquella ocasión Adama se equivocaba, aunque solo fuera en parte, porque yo siempre estaba al loro, como él. Y, aun así, tampoco las cogía todas al vuelo, porque hasta bien entrada la mañana no nos dimos cuenta de que nos seguía un crío. Estaba claro que aquel tipejo, feo y malencarado, velaba por sus potenciales clientes. Y, como quiera que había más de una “agencia de viajes”, no quería que se le escapase ninguna venta. Cuando Adama me hizo notar la presencia del mozalbete, no le di la menor importancia, aunque a poco estuve de encararme con el pequeño vigilante, no recuerdo el motivo pero sí el sermón que me dedicó Adama en cuatro palabras: «No es culpa suya». Era verdad. En múltiples lugares y en múltiples circunstancias los niños son convertidos en herramientas y, aunque yo no lo supiera por aquel entonces, también en víctimas, aunque se salvaran del trabajo. Allí ya sabes cómo, y aquí, por ejemplo, para que el mensaje comercial cale más profundamente en vuestras mentes porque, me dirás qué tiene que ver un teléfono móvil con un bebé, por ejemplo. Ya le podían echar más imaginación para transmitir la idea de la facilidad de uso o la inocuidad de un producto. En fin, dejemos ese mundo virtual y volvamos a una realidad pasada. No me sentía cómodo en aquella situación, con alguien pegado  al  culo  todo  el  tiempo por

aquellas calles estrechas y atiborradas de personas y burros. No sabía comportarme. Tropezaba con todo y con todos. Andaba hasta con un ojo puesto en nuestro vigilante. Como si tuviera que demostrar algo. Como si tuviera que responder de mis actos ante el mafioso. Es lo más cerca que he estado de sentir la presencia de un dios justiciero. Pero de esto me doy cuenta ahora. En aquel momento me azaraba, me ponía nervioso. No le veía, pero sabía que el carichato aquel rondaba por donde estuviéramos. Tanto me pesaba que, aunque la ciudad me fascinaba le insistía a Adama en que nos fuéramos de allí cuanto antes, pese a que la ciudad me tenía fascinado. Él, con paciencia, gestos y breves comentarios me daba largas. Y así, después de la compra de alimentos y de mucho ver y andar, llegó la noche, el espía desapareció, Adama encontró un lugar donde planchar la oreja y yo me relajé un tanto. Bon, mucho, porque no tardé en dormirme. Me despertó el ruido de un motor y las voces que daban unos hombres que descargaban unos sacos junto a nuestro dormitorio. Adama no estaba, pero su manta, ya recogida junto a mí, sí. Había ido a mear y como el cuarto de baño estaba un poco retirado tardó unos minutos en volver. Al asomar la gaita por la esquina para saber a qué se debían tantas voces, descubrí al sustituto del crío celador del día anterior. Eso creí y acerté porque al dejar la habitación tomó nuestro camino. Y no es que yo fuera un gran observador, es que este otro vigilante ejercía su trabajo con el mayor descaro. Por ello llegué a la conclusión de que tan importante era nuestro control como que sintiéramos la presión para no contactar con otros agentes de viajes. Desde luego conseguían ambos fines: controlar y presionar. A ello también ayudaban las calles de Fez, estrechas, largas  y  retorcidas  de  las
que disfruté mucho después porque volví durante unas vacaciones, como sabes por los gorros que traje para todos. El de Adama le guardo junto al mío porque me lo tiró a la cabeza. Aunque no me extrañó por los antecedentes que te he contado. Verle con él me hubiera sorprendido más que verle en una piscina. Y he de confesarte que no encontré el “hotel” en el que pasamos la noche aquella. Y eso que la ciudad no había cambiado mucho en 25 años. Más había cambiado yo, desde luego. Sí reconocí el bazar donde acaricié las alforjas, pero ya no se llamaba Maison Zafir, aunque se dedicara a vender los mismos productos. Observé un buen rato su puerta mientras tomaba un café sentado en una terraza de un bar y tuve la impresión de que la agencia de viajes seguía abierta, aunque el hombre que atendía el negocio oficial nada tenía que ver ni con el muchacho, ni con aquel truhán de cara cortada. Debían seguir con la venta de pasajes de patera a juzgar por la cantidad de personas que, sin nada en las manos, entraron y salieron durante aquel rato en el que también recordé a los dos críos que nos espiaron como yo hacía. Por supuesto, muchos llevaban prisa y todos eran de mi color de piel. Vamos que, como decís vosotros, todos eran negros. Quedé convencido de que aquel local se mantenía como un centro de operaciones clandestinas de explotación de viajeros y vaya usted a saber de qué más. Y también de que no era yo el único que lo sabía. Pero, no te voy a dar la charla sobre quien tiene o no la culpa de la existencia de estas mafias. Sería pura elucubración y pura demagogia, aunque, por otro lado, creo que ya lo he hecho. En definitiva, aunque no lo parezca, las migraciones son asunto de todos. Tanto de los que vienen como de los que van. No se salva ni el Tato, como decían mis primeros alumnos. Bon, al final logré convencer a Adama de que siguiéramos viaje. Me costó un par de: «Pesado», pero lo conseguí. Y atrás dejamos aquello que luego buscaría en aquellas vacaciones. No tenía nada que ver el trasiego de personas y vehículos que encontramos a la salida de Fez con el que habíamos visto durante el camino. Pensé que quizás se debía a que la pista de arena se había convertido en una señora carretera asfaltada. Pensamiento que se debía a mi simple forma de entender mi entorno. Hoy he complicado mi existencia, he perdido la simpleza y, a la vez, el enfoque optimista que de joven tuve. No obstante, no es culpa mía, sino del entorno tan complejo en el que os movéis y que yo me encontré. Mientras pisé África solo se trataba de vivir o morir. Pero al asentarme en España el asunto no resultó tan sencillo. Cuando en parte eres responsable de la formación de unos semejantes, el conocimiento que has de transmitir, la curiosidad que debes inculcar y las herramientas para saciarla deben referirse al terreno que pisan aquellos que te escuchan. Si no, nada de lo que digas servirá para nada. Transmitir a aquellos alumnos mis conocimientos sobre raíces comestibles del desierto, hubiera sido una gilipollez. La misma que se pretende cuando las humanidades no acompañan a las ciencias, o viceversa, en la formación de las personas. Pero ahora, claro, el mercado de trabajo demanda especialistas en acelgas, y si has dedicado tu tiempo al conocimiento de todas las plantas hortenses sabrás menos de ellas que quien se ha dedicado a estudiarlas siempre. Pero lo malo es que con este último, solo puedes hablar de acelgas porque desconoce que la gente también come zanahorias o que una coma cambia el sentido de una frase, o un simple acento. Pero mal vamos por este camino. Me está saliendo el profesor Dikembe  y la vamos a jorobar. Así que es mejor que me centre en la salida de Fez, ciudad tan monumental como suspendida en el tiempo desde que se fundara, allá a finales del siglo VIII, si es que no recuerdo mal. 



 
Dikembe, impresionado por la monumentalidad de Fez, en tan solo dos días conecta con ella, y es capaz de ver algo más que una cultura ajena. Y eso que tiene el miedo metido en el cuerpo. Las ciudades que se han mantenido vírgenes al paso de los siglos, pertenecen a aquellos que las fundaron. Y, curiosamente, esto se cumple porque aquellos que vivieron después respetaron sus orígenes. Ello no quiere decir que todos sus edificios, calles, plazas y esquinas han disfrutado del lado luminoso de la humanidad. Los poderosos, por capricho o presunción, dotaron a sus feudos de elementos que aún los distinguen y embellecen. Con ello demostraron su poder. Antes las ciudades tenían olores propios. Estas de las que hablo aún los mantienen. Y con ello no quiero decir que todos los aromas fueran agradables. La artesanía y los animales no conseguían solamente que los vecinos les compraran alimentos y utensilios, también que se alegraran de que llegara el buhonero o las caravanas de comerciantes con sus novedades. El alma de estas ciudades está acuñada por su historia, por los bárbaros que las arrasaron y por los oriundos que las reconstruyeron. Y por aquellos otros que se refugiaron en ellas y echaron raíces. No niego la personalidad y el carácter de las modernas, pero nadie les ha insuflado aún ese soplo de eterna remembranza. Y si no me equivoco, la memoria colectiva no es otra cosa que nuestra historia. Aquel joven Dikembe del que habla en sus cartas el propio Dikembe anciano no es culto, pero no hace falta cultura para ser sensible a ella. La sensibilidad forma parte de nuestro equipamiento al nacer. Luego, la vida nos modela, pero no nos dota de esa facilidad para sentir, salvo que la cultivemos a destajo. Y esta cualidad, por otro lado, es imprescindible para llegar a empatizar e instalarse dentro de cualquier sociedad en movimiento continuo. Porque las sociedades cambian según evolucionan sus individuos. Algunos quisieran detener ese cambio y mantener las ciudades fortaleza como tales, pero las que han sobrevivido ya no pertenecen a un poderoso, no son baluartes de nadie, en todo caso bastiones de la cultura. Esta sí que debería ser global y no los mercados financieros. Y aunque la sensibilidad y la empatía no hacen que otras culturas, que no son la tuya, te gusten, sí te ayudan a respetarlas. Y esa sí es una tarea universal. Y tan obligado está quien trae una cultura como quien se encuentra otra. Sin esto, la famosa “aldea global” nunca podrá existir.
De la misma manera que en el camino hasta Fez se jalonaban pueblos cada poco, ocurrió lo contrario al dejarla atrás, hacia el norte. Y menos mal que no bajamos la guardia a la hora de aprovisionarnos. Si no, otra vez que nos hubiera tocado pasar hambre. Dejamos la carretera porque después de dar un giro inesperado hacia el oeste, distinguimos que más adelante giraba hacia el sur. Si bien hicimos el primer giro, a pesar de la oposición de Adama, en el segundo me quedé sin argumentos. Y no es que se anduviera mal a campo través, no era como hundirte en la arena, pero por el asfalto te clavabas menos piedras en la planta del pie. No dejé de mirar hacia atrás hasta convencerme de que los secuaces del cariacuchillado no nos seguían. Aunque Adama no lo expresara claramente, lo cierto es que Fez también le había impresionado. Nadie que visite esa ciudad puede quedar indiferente. Pasamos varias jornadas sin ver a nadie. Desde que habíamos abandonado la carretera parecíamos los únicos habitantes de la Tierra. Por eso, al ver un rebaño de cabras que pastaba en una ladera, nos alegramos. Y cambiamos el rumbo para encontrarnos con los dos pastores que las cuidaban. Sus dos perros salieron a saludarnos con ladridos de bienvenida. Eran, serían, digo yo ahora, abuelo y nieto, por la edad que les separaba y porque el crío no hacía más que jugar con los perros. Le expresé al viejo mi inquietud por no encontrar pueblos en el camino y Hafiz me contestó que Marruecos era así, que solo había aldeas y pueblos donde manaba el agua. Y que si en vez de seguir en línea recta, hubiéramos serpenteado por las orillas del río, hubiéramos encontrado más de uno. Fue la primera vez en la que acerté de pleno,  porque la idea de coger el mayor atajo había sido de Adama. Pero la verdad que no tuvo la menor importancia Los ríos en esa parte de Marruecos no corrían de norte a sur, sino de oeste a este. O sea, que volvíamos a equivocarnos porque lo práctico y oportuno hubiera sido seguir la senda del asfalto para encontrarnos con núcleos de población. Terminamos por pasar la noche con aquella pareja tan desigual. Aquellas gentes fueron muy hospitalarias y tuve que reconocer a Hafiz que odiaba el queso para que me dejara tirar de nuestras reservas. Alimentos que el supuesto nieto no tuvo reparo en aceptar, a pesar de la mala cara que le puso su mayor. El lugar que eligió el pastor para meter a sus cabras y pasar nosotros la noche hubiera pasado inadvertido a nuestros ojos. Después de que perros y niño se alejaran y este trajera ramas y hojarasca, Hafiz prendió una hoguera que alimentó con leña seca que apañó Adama. La oquedad en la roca tenía hasta tejadillo. Y fue lo más parecido a un hogar en el que habíamos estado tras abandonar la casa de Kassem. Incluso calentamos el estómago con un té dulce como la miel que no dudamos ni tardamos en aceptar. Pasamos una noche estupenda. El chaval, tras cenar por dos, cayó dormido al calor del fuego y arropado junto a su supuesto abuelo. Yo creo que este se alegraba de tenernos allí. Después de una charla en la que Adama no metió baza y en la que Hafiz solo preguntó, nos dispusimos a dormir todos. Despertamos con el sol. Y sin comer nada nos despedimos y seguimos nuestro camino. Y tal como nos dijo Hafiz, no encontramos un pueblo hasta no haber andado varias jornadas. Adama había aprovechado la cena del día anterior para cambiar fruta por queso, cosa que a mí no me hizo mucha gracia, aunque comprendía el motivo del trueque: el crío se había puesto ciego a higos, a dátiles y a uvas. El pastor también lo tuvo en cuenta y el intercambio de alimentos le perjudicó, porque un queso no se paga con una docena de dátiles y otra de higos, aunque les sumes un racimo de uvas espachurradas. Ni allí, ni en ningún sitio. A mi amigo le costo aceptar aquella pastilla grande y redonda que olía igual que todo el rebaño de cabras. Y, claro, tuve que comer queso. Si no quieres una taza, toma dos, porque cada día que pasaba su sabor se hacía más fuerte y más picante. En cada comida me apetecía menos, pero pensaba en como había disfrutado aquel chaval con nuestra fruta y, sin masticar mucho, me lo tragaba sin ponerle un pero a mi amigo que sonreía al verme sufrir. Cruzamos el río y repusimos los odres de agua. Y como este fluía hacia el este, le dejamos atrás después de darnos un chapuzón que no fue largo porque el día no acompañaba, aunque hacía sol. Y con su calor secamos cuerpos y ropas. Aunque las chilabas no vieron el agua, todavía eran nuevas para nosotros. Adama no hacía más que consultar el ya sobado mapa. Intuía algo, pero no lo compartía conmigo. Lo cierto es que yo también notaba algo diferente en el ambiente, una densidad distinta  y un aroma que no era capaz de reconocer. Si hubiéramos tenido más experiencia, hubiéramos sabido que la brisa del mar, en lucha con las montañas, nos creaba esa sensación desconocida. Pero ni él ni yo habíamos olido en nuestras andanzas el mar. Sí sabíamos de los cambios de fauna y flora, incluso orográficos y climatológicos, pero no conocíamos la influencia tan brutal del Mediterráneo. Y, llegado el momento, volvimos a encontrarnos con los montes, mejor dicho: volvíamos a acercarnos a ellos, porque nuestro camino iba derechito a ellos. Por más que Adama mirara el mapa y los señalara, los montes no se movían del sitio. Eso de que la fe mueve montañas no se cumplió en su caso. Claro que en la frase proverbial no se define el tipo de fe, ni yo sabía por aquellas fechas que el origen de la frase está en la Biblia(1) El primer pueblo que encontramos fue Uezán. Toda aquella región, alrededor del río Sebú era verde y como una alfombra. Tiempo después sabría que habíamos caminado por la región de Gharb, la zona más fértil de Marruecos. Allí crecía de todo y todo lo que se sembrara, brotaba. Aún sigue siendo una comarca ubérrima. Y yo me alegro, por ello. Uezán nos sorprendió porque pudimos ver al cruzarla que tenía dos partes muy diferenciadas. Una de ellas la veríamos justo al pisar España. Sí, aunque no te lo creas, la zona sur de Uezán coincide en arquitectura con Andalucía.
Hoy sé a qué se debe. Ni más ni menos que a los judíos que fueron expulsados del sur de España y que mantuvieron su cultura y su religión. En esa ciudad se aposentaron, junto a los oriundos musulmanes con los que convivieron varios siglos en paz y armonía. De hecho Uezán, que recibe otros nombres, es una ciudad santa para ambas religiones, a la que peregrinan tanto sufistas como judíos. Aunque lo cierto es que nosotros ya no vimos judío alguno. Allí intenté trabar amistad con un perro sin rabo. Y me puse a jugar con él. A mí ya se me había olvidado la mala experiencia con nuestro pequeño amigo Monamí en Gao. Pero a Adama no. Y el palo que yo tiré al animal para que lo trajera, fue seguido de una piedra que tiró Adama y que, con gran acierto, golpeó en la cabeza del chucho que, después de quejarse, no volvimos a ver n i a oír. Mi desplante fue contestado con una frase pragmática que escondía los sentimientos de mi amigo: «Los perros comen, Dikembe. ¿O ya lo has olvidado?». Quien no había olvidado era él. Pero como tenía razón en ambos sentidos, no le contesté. En Uezán no vimos nada ni a nadie que nos recordara a los mafiosos. Acaso porque era un gran pueblo agrícola donde conocimos la miel que se vendía en casi todos los puestos del zoco. Y porque sus habitantes parecían dedicarse en su totalidad a cultivar la tierra y a vender sus productos, en vez de hacer negocio con las necesidades y sueños de los demás. La libertad, al igual que la educación y la salud, no deberían ser objeto de lucro. Y no es que los maestros y los médicos no deban ganar dinero, al contrario, deberían ser de los profesionales mejor pagados dentro de una sociedad “avanzada”. Y matizo lo de “avanzada” porque en las otras no se ven ni unos ni otros, salvo los que van por voluntad propia, sin cobrar y con cargo a sus propios peculios o a las arcas de una ONG. Y ya es lo último tener que jugarse la vida para salvar o formar vidas. Pero, dejemos la demagogia que nunca soluciona nada. Desde que entráramos en Marruecos sin saberlo, habíamos cogido carnes progresivamente y también, por disponer de ríos, andábamos más limpios que nunca. Se conoce que, también sin saberlo, nos preparábamos para entrar en el primer mundo como es debido. Informados de los montes que veíamos en el horizonte. Eran las montañas del Rif, de tan triste recuerdo para los españoles pobres, porque allí murió mucha gente que no pudo pagar para quedarse en su casa. Si no pagabas un sustituto con dinero, pagabas con la vida en el frente el patrioterismo de otros. ¿O no? Eh bien, c'est ça, mon ami. La historia se escribe con la sangre del perdedor. Pero la dictan los ganadores. Porque en el desastre de Annual finaron cerca de 10.000 españolitos sin que ningún soldado fuera señorito. El pueblo paga la deuda de sus dirigentes y el empingorotado hace negocio. Y eso ha pasado siempre. Las guerras las promueven quienes tienen intereses en apropiarse de algo, quienes quieren disimular una situación nacional, quienes quieren ser Alejandro Magno o quienes fabrican muerte en forma de armas. Y las llevan a cabo actualmente los patriotas convencidos de que solo hay una patria o quienes no han encontrado otra salida laboral que la milicia, sean patriotas o inmigrantes. Las fuerzas armadas, como son demócratas no tienen en cuenta la nacionalidad del que quiere ser soldado. Sé que es una opinión muy parcial y subjetiva e incluso infundada, porque mi experiencia militar es tan escasa como todo aquel que ha hecho la mili. Mi mayor experiencia es aquella que da el vivir y que comparto con todo aquel que tiene más espolones que un gallo. Y no deja de ser curioso que cuando estás mejor preparado para disfrutar de todo, peor estás físicamente. Creo que en este asunto, la naturaleza se ha hecho un lío y se ha equivocado. Seguro que este pensamiento lo comparto con todos los viejos del mundo. Quizá porque nos neguemos a que suene nuestra hora y punto. Pero aquellos días de los que tanto te escribo quedan muy lejos, aunque sean tan cercanos como añorados. Nuestro tiempo no es que haya pasado, es que ha envejecido con nosotros. Como una pareja que siempre ha sido y será fiel: Tú y tu tiempo. Pero por mucho que te insista en la vejez solo la entenderás cuando tu tiempo llega a ella. Por eso hay viejos de todas las edades. No tiene nada que ver con esto, pero, ¿sabes cuándo me di cuenta de que estaba totalmente inmerso en vuestro mundo? Cuando compartí vuestros miedos. Esos miedos, precisamente, son la causa de la gran diferencia entre aquel mundo y este. ¿O piensas que aquel Dikembe temía no llegar a fin de mes? Eh bien, c'est ça, mon ami. Aquí he sentido más temores de los que allí imaginaba que podían existir. Y no olvides que las sociedades tienen sus propios recelos, que no tienen porqué coincidir con los individuales. Y ahora dejo el coro y me voy al caño. Como era nuestra costumbre impremeditada, al llegar a cualquier pueblo grande, hicimos noche en Uezán, aunque lo mismo nos hubiera dado acampar en cualquier punto del camino, porque árboles y agua no faltaban. Y eso que el sol no molestaba mientras hacia madurar los frutos. Se le echaba de menos por las noches, eso sí. No como por el desierto, aunque allí las noches eran más frías. A mí me llamó fuertemente la atención las parras adornadas con prietos racimos de uvas. Allí, en Gharb, toda la uva que se vendimiaba se comía o se exportaba. Como entenderás no hay cultura enológica. No deja de ser curioso el efecto que la religión tiene sobre el tejido económico de un país, tanto o más que este sobre el clima. Supimos que estábamos cerca de Chefchauen por un cartel de la carretera. También figuraban los kilómetros que faltaban pero no supimos leerlos. Y si avisaban de ese pueblo no podían estar muy lejos. Echamos un vistazo a las provisiones y decidimos racionarlas. Pero ni Adama ni yo estábamos formados en logística. Así pues la única salida era prevenir. En eso ya nos habíamos doctorado. No sabíamos cuanto avanzábamos al día. Dividir no sabíamos ni lo que era, salvo que fuera entre dos y antes entre tres. Aunque lo cierto es que esa división se acercaba más a compartir porque dividir, dividir… No tuvimos en cuenta que entre aquella señal y aquel pueblo podría haber otras aldeas. Lo supimos cuando nos dimos de cara con el primero. Zoumi era más recogido que los anteriores y más humilde. Eso sí, vimos más cabras y por tanto más pastores. Las tierras que rodeaban el pueblo, salteadas de matas, permitían el pastoreo sin tener que trabajarlas. La hierba tampoco faltaba y era un gusto caminar descalzo sobre ella. Sobre todo a primera hora, cuando el rocío la perlaba. Ese matrimonio hacía que nuestros pies se tiñeran de verde. Y a mí, aquello me hacía gracia y así se lo decía a mi amigo: «Nunca hubiera pensado que un negro como tú llegara a tener los pies verdes», y me echaba a reír sin importarme si Adama me contestaba o no. Y ahora sigo con la sonrisa y con la suerte de ser uno de los pocos mortales que han visto a un hombre con los pies verdes, que yo sepa. Como ves, también hay recuerdos muy gratos. ¿Quién me iba a decir a mí que aquellas momentos tan triviales iban a ser recuerdos tan importantes? Y con ellos me quedo aunque también espero que te lleguen. Un saludo,







Imagen 1. Foto bajada de www.destinationequateur.info (original en color).
Imagen 2. Foto bajada de www.lejournalinternational.fr (original en color).
Imagen 3. Foto bajada de www.yaqada.com (original en color).
Imagen 4. Foto bajada de sobremarruecos.com (original en color).

(1VG) [↑][Volver] Mateo, 17:20.

sábado, 22 de abril de 2017

Trío de cestas

Cuando veo que llevo publicados 98 post de cestas, me digo: anda que no has hecho ....

Pero cuando, como en esta ocasión, publico tres de golpe, eso significa que no llevo ese número que llevo bastantes más.


Ya, lo sé, un poco intensa si soy, que le vamos a hacer!!!

Esta foto la hizo mi hija sin que posaran mucho las cestas.

Se las di para que las regalara y ya me dijo que gustaron bastante.

Mi fotógrafo oficial hizo esta otra, porque me entendíó mal...


Tengo que reconocer que cuando voy a las casas de mis amigas y las veo me pongo muy contenta.

Si todavía no te has decidido a hacer alguna, te invito a que veas el vídeo y que te animes.


Si eres más de tutorial, entonces tendrás que hacerlo aquí.

Y sigo coso que te coso...

martes, 18 de abril de 2017

Posacopas. Videotutorial nº 17

Hoy nos vamos de copas....



Si os apetece ver más, lo siento, pero no vais a tener más remedio que ver el vídeo.

Quería agradeceros lo generosos que estáis siendo con mi canal, el último video, el de los trucos de costura, lleva en una semana más de 18.000 visitas. Esa parte corre de vuestra cuenta. Muchísimas gracias.

Quizá por eso, hoy quería celebrarlo marchándonos de copas.

Y sigo coso que te coso...

lunes, 17 de abril de 2017

CAP. 49 . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . Andanzas y tropezones de Dikembe Biyombo




De cómo llegamos a Fez



Estábamos en la plaza de Boulaajoul, verdad? Sí. Las calles de aquella aldea, como de tantas otras, convergían en la plaza. Y cómo no, en ella se alzaba una pequeña mezquita. A falta de imágenes de Alá y de su profeta, todos los locales que visitamos estaban presididos por la fotografía del rey Hassan II. Lo sabíamos hasta nosotros. Llegué a la idea de que aquel hombre debía ser muy querido entre su pueblo. Ante este comentario, Adama no opinaba lo mismo: «O temido». Podía ser. Ninguno conocía entonces la fuerza de la propaganda, aunque sí del terror. Tampoco sabíamos de la necesidad de las personas de no ir a peor, o bien de sufrir las consecuencias al hacer notar sus propias opiniones cuando estas no coinciden con los dogmas del poder. Para saber esto no hace falta estudiar la historia. Con tener dos dedos de frente, basta. Y yo, aunque muy justos, los tenía. Compramos otras alforjas y más comida. En una especie de tienda nos sirvieron un té moruno, hirviendo, como debe ser. Nos sentó de maravilla. Nos enseñaron como coger el vaso para no quemarnos los dedos. Se trata de poner el índice en el canto del culo y el pulgar en el borde de su boca, si bien, disponer de tazas es más cómodo. Tan sencillo como eso. Cuando salimos a la calle nos encontramos con parte de la manada de caracoles encabezados por el camionero. Y, aunque no fuera así, ese hombre parecía huir de quienes le precedían. Si le hubieran seguido para comerle la oreja, hubiera llegado a la plaza de Boulaajoul sin ninguna de las dos. Los aspavientos que hacía se debían más a su frustración que a las quejas de los viajeros que bastante tenían con usar sus fuerzas para transportar los bultos. Pararon en mitad de la plaza. Formaron un corro alrededor del conductor. Hasta nuestra posición, algo retirada, llegaron entonces las voces de los que todavía protestaban. Al poco, se acercó a esa maraña de turbantes un individuo pulcramente vestido, resplandeciente por la blanca chilaba que vestía, y, sin mucho esfuerzo, se hizo hueco hasta llegarse junto al chófer avasallado. No sé qué les diría, pero a mí su hablar de manos me dio miedo. Poco a poco el murmullo de los reunidos desapareció y fue sustituido por un silencio sepulcral porque todos los observadores también callamos. Y se oyó cantar a un gallo. Anunciaba a destiempo el inicio de un día que no volvería a nacer por mucho que se anunciara. Y para alguno podría ser el último si seguía con las protestas. Al menos eso nos comentaría después quien recibiera la pedrada. Aquel hombre de blanco hablaba en voz baja. De lejos se entendían mejor sus manoteos. Acabada la reunión, se deshizo el grupo. Tan solo quedó en medio de aquella plaza la brillante figura causante de la diáspora. Salimos al encuentro del marcado en la frente y en voz baja y queda, después de mucho insistir soltó la información velada. Si seguían en esa actitud alguno no acabaría el viaje. Y, encima, les habían subido el precio del billete. Alguien tenía que pagar la avería. Si querían lo tomaban, y si no, lo dejaban y perdían todo lo pagado hasta la fecha. Es decir, lentejas. «Son unos abusones». Esa fue mi infantil contestación a las palabras del herido. Menudo adjetivo elegí para calificar a unos mafiosos que trafican con la esperanza de unas personas que es lo único que les dejan, porque el resto se lo han dejado en su hogar o se lo han arrancado de las manos. Seguramente, todo aquel dinero expoliado formaba parte de la deuda de los que dejaban atrás. La inocencia es así. Ahora que me hace falta la echo de menos, aunque no me creas. Ser inocente e ingenuo ayuda a ser feliz más que el dinero. Al menos esa es hoy mi opinión. Si ves en todo doble intención o intereses ocultos, no te da tiempo a disfrutar de la vida, ni a ver el lado positivo de aquello que también discurre a tu alrededor. Si te cruzas con un crío y te sonríe, agradécelo. No te conviertas en uno de esos políticos al uso que en vez de gratificarse, levantan al niño para la foto. Y eso no es solo perjudicial para ellos, sino para aquellos que dudan de sus fines. Y no es que me importe esperar más tiempo a mi médico de cabecera, no. Es que cuando veo a mi médica saturada de trabajo, luchar contra el mal humor, contra la cantidad de burocracia que debe atender y la cantidad de trabas a salvar para curar a sus enfermos, me llevan los demonios. Y me llevan a un lugar en el que siento rabia y frustración. Aquella profesional, lo recuerdo perfectamente, era feliz al desarrollar su trabajo y no ahora, que tiene que despachar enfermos y píldoras cada dos minutos. ¿Cuál es la diferencia entre el ayer y el hoy? Poca, pero importante. La paz no es negocio. En ella crecen las personas y la igualdad entre ellas. Y también las economías de los países. El mundo no es monopolio de unos pocos. No hay miedo, no hay enemigo. Solo queda trabajar y mejorar. Medrar es más difícil en la paz, sin enemigos y sin  miedos. Y los poderosos ven peligrar su puesto en el ranking mundial. Los países emergentes ya no lo son tanto porque cumplen sus expectativas, pero aparecen los daños emergentes en los intereses del primer mundo. Y eso no lo pueden permitir. No pueden consentir que la igualdad se produzca. ¿Sabías que España es el séptimo país exportador de armas del mundo? Sí, el séptimo. ¿Qué puesto ocupa en cuanto a inversión en investigación? Somos el vigésimo séptimo según la ONU (1) . Vamos a dejarlo ahí, porque no se trata de nosotros, sino de mí.  Y lo que yo opine poco puede contra o a favor de algo. Calmados los ánimos la horda de fardos y cachivaches volvió a reunirse en torno al personaje gesticulante y radiante. Y nosotros también nos acercamos, al fin y al cabo éramos viajeros aunque los organizadores no lo supieran. Entonces, el mafioso se tomó la molestia de informar en vez de amenazar. Venía de camino otro camión que, de un tirón, llevaría al que pagara hasta las playas de Marruecos. Antes de que acabara de informar de las tarifas, Adama me dio un codazo y me preguntó afirmando: «¿Tú tienes prisa? Porque yo no». No me vino a la boca ninguna contestación porque estaba todo dicho: No teníamos prisa. Aun así le vi esperar mi contestación porque se repitió el suave golpe. «No, yo tampoco, claro». Y sin más, se volvió y empezó a alejarse del grupo. Yo le seguí. El pez muere por la boca. Sabíamos hacia donde tirar, no obstante lo confirmamos al preguntar a un pastor que sacaba sus cabras del pueblo. Ait Oufella quedaba hacia el norte que era el camino que él llevaba. Así lo ratificó al extender su brazo hacia delante. Pero volvimos al centro del pueblo. No teníamos muchas provisiones. Pero no las conseguimos. Nadie nos quiso vender nada. La sombra del señor luminoso era muy larga. Mientras estuvieran allí los viajeros, los comestibles habían quedado confiscados. Solo tenían permiso de manipulación de alimentos los canales de distribución mafiosos. Por lo tanto los precios, al no haber competencia, subieron hasta las nubes. Adama se negó a ser cómplice de aquellos abusos. Y el asunto debió empeorar más gracias a otro grupo de caracoles que entraban en  Boulaajoul cuando nosotros salíamos. El negocio, como siempre, era redondo y lo hacían, como siempre, los mismos. Al entrar en Marruecos no pensamos en que allí íbamos a pasar hambre. Sobre todo al seguir el río Ziz y bajar los montes del Atlas. Y mira tú por donde, en mitad de aquella fértil tierra nos imposibilitaban acceder a sus frutos. Esos eran mis pensamientos y supongo que los de muchos de los viajeros que dejábamos atrás. El miedo que aquel hombre de blanco había sembrado era la cizaña que no deja crecer la libertad ni la voluntad individual. En cambio, Adama era inmune al veneno de esa mala planta. No estaba dispuesto a aceptar las imposiciones que le perjudicaran. Yo hubiera tragado con todo. No supe porqué esta vez, salíamos en zigzag del pueblo hasta que Adama se paró ante un huerto, me arrancó las alforjas y me dijo: «Vigila». E hizo lo más lógico: coger todo lo posible de unos árboles frutales, como tantas veces habíamos hecho antes. Se me debió quedar cara de bobo, porque al volver Adama me dio un cachete en la frente y me dijo: «¿No ibas a vigilar?». Entonces me di cuenta de que no le había quitado ojo de encima a él y me volví y vigilé. A buenas horas mangas verdes. Esta vez el cachete me lo llevé en cogote y salimos con prisas, acaso por ello alcanzamos otra vez al pastor que confirmó mi poca diligencia: «Habéis hecho bien, muchachos. Porque las cabras no son mías, si no, os llevabais un cabritillo». Aquellas palabras no solo hicieron que me avergonzara, también me hicieron volver a la realidad y me dieron ánimos para seguir porque si él nos había visto, otros también hubieron podido. No es que Adama arrasara el huerto, pero si cogió lo suficiente como para que nos sintiéramos orgullosos de no pagar un precio abusivo por la fruta. Independiente de que yo no formara parte del acto de rebeldía. Y si nos hubieran pillado, hubiéramos corrido que fue lo que en definitiva hicimos. Así me sentía de triunfante ante la proeza de mi amigo y el ánimo del pastor. Como verás se hace notar otra vez mi ingenuidad porque si nos llegan a cazar, hubiéramos servido de escarmiento ante los demás y hoy seríamos los dos mancos, uno de una mano y el otro de las dos. Ait
Oufella no estaba lejos. Y menos si llegabas corre que te corre. No era más que una aldea fortificada entre lomas, residuo de alguna guerra pasada. No entramos dentro de sus murallas. Y no fue por miedo. Fue por el deseo de dejar atrás a esa gentuza y sentirnos dueños de nuestro propio destino. Sin ser conscientes, empezamos a manejar la idea de no depender de nadie para cruzar el estrecho que veíamos en el mapa todavía más pequeño. Si hubiéramos sabido la distancia entre estas murallas y la siguiente aldea no hubiéramos corrido ningún riesgo, o sí, quien sabe. Llegamos a Timahdite con lo puesto y salimos igual. Por aquellas pistas de tierra se caminaba rápido. Eso sí, en cuanto oíamos un motor a lo lejos algo parecido al miedo se me agarraba a la garganta. Al principio, nos tirábamos uno a cada cuneta y nos escondíamos entre las matas que nunca faltaban. Pero llegó un momento en el que tuvimos que decidir entre caminar o estar tumbados y medio escondidos. El tráfico no era intenso, pero ejecutar la orden de cuerpo a tierra cada cinco minutos sin tener la seguridad de que te van a disparar, cansa, te lo aseguro. Además, como disculpa, le dije a Adama que no creía yo que ningún hombre de blanco se subiría con sus clientes a ningún camión. Primero porque él no tenía necesidad y segundo porque, seguramente, le hubieran arrojado desde lo alto del vehículo a cualquier cuneta para que su cadáver se pudriera al sol. No hubiera durado mucho entre aquellos que, como nosotros, buscaban un sitio donde caerse muertos, eso sí, lo más tarde posible y no precisamente en el arcén de un camino que llevara a cualquier sitio que no fuera la miseria. Por eso dejamos de escondernos, por comodidad y porque el tiempo y la distancia, a veces, también pueden con el miedo. Tampoco creíamos que los excompañeros representaran un peligro. Seguro que si se cruzaban con nosotros nos saludarían. No sé si estuve acertado, pero una cuestión tengo por cierta después de aquello: el miedo siempre es subjetivo. No es más que un instinto de conservación que puedes usar o sufrir. Depende de ti. Y, desde luego, no es lo mismo que la aprensión. Esta es el recuerdo o el eco del miedo que es mejor olvidar. No así la lección que aprendes cuando lo sientes. Y, curiosamente, nos suele ocurrir lo contrario: Aquel miedo no nos trae las conclusiones sacadas sino una aprensión que no nos deja pensar. Pero los temores que no son subjetivos son aquellos que te meten en el cuerpo. Esos son los peores. Y lo son porque te deforman, coartan tu libre albedrío. Son riendas en manos de otros que dirigen tus pasos y te llevan donde ellos quieren. ¿Y quienes son ellos? Pues, por ejemplo, los fabricantes de bienes de consumo, los fabricantes de ilusiones, los fabricantes de dogmas, los fabricantes de moneda, los fabricantes de necesidades innecesarias, los fabricantes de armas… En definitiva, los fabricantes que solo buscan manejar tus miedos para sus intereses a partir de tu dinero, tu consumo, tus ilusiones, tu fe, tu seguridad, tu egoísmo… La publicidad y la propaganda, en este sentido, forman parte de tu vida. Llega un momento en que los eslóganes son tu motivación. Yo añadiría que por desgracia, pero bueno. Hay quien defiende que sin esa difusión de productos y servicios, herramienta nacida de la mercadotecnia, no tendríamos espectáculos multitudinarios, léase Formula 1 o fútbol. ¡Qué miedo! ¡Pobre Fifa! ¡Pobre señor Carey! ¡Qué íbamos a hacer los fines de semana! ¿Leer, escuchar música, ir al teatro, salir a la montaña, jugar con los niños…? Y, además, muchas personas perderían su medio de vida. Y esa es la bola de nieve sobre la que sustenta el capitalismo la sociedad del bienestar, el miedo a que pierdas tus prerrogativas de haber nacido donde has nacido. Me tacharás de anticapitalista, y no te lo niego, pero he aprendido de vosotros durante estos años de convivencia a ser antitodo. Y no es que os eche la culpa de todo, porque yo pude elegir, pero puede que errara en mi decisión. Todavía lo dudo y eso que el tiempo pasado ya es mucho. Cuanto más cercanos son los recuerdos, más me voy por los cerros de Úbeda. Pregunté a Adama porqué no nos habían cobrado billete a nosotros y me contestó que él suponía que era la manera de captar a incautos. Claro, el primer trayecto era gratis. En los siguientes te chupaban la sangre, como hace cualquier parásito que se precie. Tardaríamos en ver al camión aún más cargado que el anterior. Pero nadie nos saludó. Seguramente no había motivos y menos alegrías que compartir. Yo sí me alegré de no ir encima de aquellos bultos, por eso si levanté y moví las manos. Todavía era dueño de mis ilusiones. De momento dependía todo de mí. El ambiente que se respiraba en Timahdte nada tenía que ver con el de Boulaajoul. Allí los hombres de blanco no habían sentado plaza. Vi pasar un camello que tiraba de un crío que hablaba al animal como quejándose. Se me saltaron las lágrimas y Adama volvió a empujarme. Si no hubiera sido por esos empujones físicos y virtuales creo que no te escribiría hoy desde mi cocina. Espera, que llaman a la puerta… Te tengo que dejar. Es un exalumno. No pienses que eres segundo plato. La cercanía y la educación obligan. Bueno, ya estoy contigo otra vez. Te habrás preguntado el motivo por el que no hago puntos y aparte. Es muy sencillo. Primero se debe al ahorro de papel. Abusar de él no es bueno para nada. ¿Ahorrar renglones en blanco? ¿Y por qué no? En definitiva, los silencios en un escrito no tienen mucho sentido, salvo que escribas para el teatro o guión para representar. Y, por mucha puntuación que se use, el ritmo del texto normalmente lo pone el lector y no el escritor por muchas comas que use. Al igual que el tono. Es mucho más duro leer algo que escucharlo y ese condicionamiento ha causado más de un enfado y una mala interpretación. Y para no hacerme pesado con los puntos y comas  decirte que primo el fondo sobre la forma. Tal como pienso, te escribo y no puedo permitirme el lujo de pensar en otra cosa que no sean mis recuerdos y mis creencias. La pausa ha sido interesante y grata. Otro chaval que ha encontrado no solo un medio de vida, sino también la posibilidad de crecer personal y profesionalmente. Son estos momentos los que justifican el trabajo hecho. Si este joven supiera quien fue y qué hizo su profesor, no se lo creería. Si leyera el contenido de estas cartas, diría que es una novela que tengo entre manos, aun sabedor de que a mí me agrada más leer que escribir, como tú bien sabes. Y no es una indirecta. Todavía teníamos a nuestra espalda las montañas del Atlas. Verlas a lo lejos nos recordaba el frío que habíamos pasado. También empezamos a ver bicicletas. A mi amigo le gustaron mucho e incluso tuvo la oportunidad de caerse porque, en contra de su proceder normal, se enrolló con un joven, y este le permitió hacer una prueba que acabó en caída. No tuvo más consecuencias que una rodilla raspada y unas risas ajenas. «Ese será el vehículo del futuro, Dikembe». En esto no acertó ni de lejos. Pero puedo contarte que el primer dinero que le sobró, ya aquí en España, lo empleó en una bicicleta que aún conserva y usa. Que ya tiene mérito siendo manco. Como habrás deducido ya, aunque Adama y yo vivamos inmersos en la misma sociedad de consumo que tú, no ha conseguido tragarnos del todo. Desde tu punto de vista siempre seremos unos rácanos o unos cenaoscuras pero si me funciona la batidora, que me regalaste hace veinte años, ¿para qué la voy a cambiar? Los verbos usar y tirar, para nosotros, están separados por algo más que una simple “y”: Por el tiempo útil del objeto en sí. Porque la filosofía de throw-away (2) , llevada al extremo, y no es una elucubración, es el origen del desecho de trabajadores, obreros o ejecutivos cuando cumplen los cincuenta años. ¿No es cierto? Eh bien, c'est ça, mon ami. Otros muy distintos eran nuestros problemas en aquel entonces, como es lógico. Pero ya no los veíamos insalvables. En principio, llegar a Fez no era un problema. Y, una vez allí, tomar la decisión de ponernos en manos de alguien o intentar por nuestra cuenta la conquista de España, tampoco parecía muy difícil. Suena fuerte, pero era así. Y lo escrito, escrito está. Para Adama y para mí se trataba de eso, de una conquista que ni nos daría fama, ni nos permitiría saquear, pero de ella obtendríamos una posibilidad de ser aquello que queríamos ser: Personas. Al menos eso me trasmitió mi amigo en las contadas ocasiones que habló después de bajar del Atlas. Yo, más lento y menos ágil de mente, tenía que oír sus ideas para pensar las mías. Y, a veces, como en esta, coincidíamos al cien por cien. El término “neofilia (3) ” nos pillaba y nos pilla muy lejos. Y, además, engaña. La necesidad enfermiza de “lo nuevo” te niega la posibilidad de disfrutar de lo que tienes. No quedas satisfecho más que unos segundos, porque al minuto siguiente este capitalismo cruel ya ha creado otra novedad para que te diferencies de quien no puede adquirirla. Recuerdo que cuando llegaba a las mismas conclusiones que Adama era como si me inyectaran un chute de energía. Él me lo notaba y con una sonrisa irónica me lanzaba una pulla: «Parece que Dikembe piensa». No sé si te lo he dicho ya, pero no me importa repetírtelo. De no ser por Adama no sería quien soy. Y dentro de lo que cabe, me veo como Antonio Machado: “Soy, en el buen sentido de palabra, bueno”. Aunque actualmente me noto inquieto, como si me faltara algo por hacer y no acierto a tenerlo claro. Timahdte ya estaba bastante lejos de las montañas, pero aun así si nos volvíamos, como hacía buen tiempo, todavía las vislumbrábamos. Después de hablar con el pastor ya no volvimos a cruzar palabra con nadie. Nuestras últimas etapas fueron relativamente cómodas, a pesar del encuentro con la mafia. Pero habíamos decidido olvidarnos y no buscaríamos en Fez a nadie que nos pudiera “ayudar”. Simplemente seguiríamos adelante hasta darnos con el mar. Al menos, esa era la información que nos daba el mapa que, de ser actual, la masa de agua hubiera estado representada en azul y no en gris. Aquella época se dibujaba en blanco y negro. Pero no por el mismo motivo que la tuya, según tus palabras. A nosotros no nos marcaba el día a día la televisión, de donde nace tu expresión. Ni la conocíamos casi. Anda que no te ha costado entender que no compartimos recuerdos de infancia: “¡Ah!, ¿pero tú no jugabas a las chapas? ¿No sabes qué es una canica?”. Pues no, no lo sabía. No sabía que Bonanza era una serie de vaqueros ni me puedo acordar de su banda sonora. A veces, me resultas tan tonto como el Dikembe que recuerdo. El tiempo andaba un poco revuelto. No estábamos acostumbrados a que lloviera dos días seguidos a poquito. No estábamos preparados para mojarnos y sentir frío con la humedad. Siempre habíamos celebrado el aguacero. Pero de aquella manera no. No es grato andar contra el viento frío bajo una manta empapada, que nunca acaba de secarse, y sin ver el sol. Pero esa misma humedad dotaba a aquel valle de su verdor. Es una exageración, pero en algún momento echamos de menos el desierto. Por otro lado, descubrimos frutos y frutas que jamás habíamos visto o degustado, como le pasó a Colón cuando llegó a sus Indias. La fruta que más llamó nuestra atención fue la sandía. Por su tamaño y su sabor. Y también los melocotones. Ahora, no sé el motivo, se me viene a la cabeza Thais. ¿Te acuerdas? Esa anciana encorvada que me curó la rodilla en Salal y que tanto me recordaba y me recuerda a mi abuela Mayifa. Seguro que sí te acuerdas de ella. Fue muy importante para mí. De esa mujer aprendí a dar la importancia justa a mis actos. Y me hizo sentirme orgulloso de ellos. Hay que saber no darles importancia, pero sí valorarlos sin tener que compararte con nadie. Te lo cuento porque al venir de comprar el pan y los periódicos esta mañana, me he encontrado con unos vecinos y me he parado en la calle a charlar un rato con ellos. Ya no me miran con esos ojos de sorpresa como lo hacían antes. Ya no se asustan en la escalera. Ahora no es raro tener un vecino negro. Y más si da clases en la universidad y tiene el pelo blanco. Bueno, pues esta gente que sigue en la brecha y tira del carro como si tuviera treinta años, no se da la menor importancia. Tienen que hacer lo que hacen y no se cuestionan más. No saben que sin su esfuerzo, la educación de sus hijos, y de sus nietos, no hubiera sido posible. Ni tampoco la operación de próstata del señor Andrés, ni el parto doble de la Toñi. Gracias a su trabajo existe la Seguridad Social y yo cobro mi pensión, más de lo que necesito, por eso la comparto con Adama. A esas gentes les debemos las carreteras, los aeropuertos, el AVE, las vacaciones. Se lo debemos todo. Y en cambio ellos siguen con su lucha diaria, como aquel que ha bajado a tirar la basura al contenedor, sin darse importancia ninguna. Ignorantes, y a veces ignorados, de su valía. Saben que caminan al encuentro de Muerte y que esa batalla van a perderla, pero que «mientras el cuerpo aguante, señor Dikembe, ahí estaremos, ayudando a los hijos y buscándose el pan porque la pensión no da ni para pagar la luz». Han trocado cumplir sus sueños porque los cumplan sus descendientes: «Que disfruten ellos que están en edad». Se les olvidó aprender a disfrutar, nadie se lo recordó y cuando pudo ser no era tiempo de ello. Bueno, ¡basta ya! Si no, no voy a terminar nunca de llegar a España. Al menos es lo que tú pretendes, creo. Aunque no sé si tus deseos coinciden con los míos, porque acaso acabe antes o después de ese momento, no lo sé. Tras atravesar otros pueblos columbramos Fez. Lo supimos por la extensión de la ciudad. Nos recibió con una luz fuerte y clara que ensalzaba sus colores y su ajetreada vida. Fez es una ciudad vital con la calma de aquella gente que sabe que por correr no se llega antes.  No era la primera vez que veíamos esos gorros que parecen
tiestos invertidos con un penacho de hilos negros en su centro superior y rojos como tomates por el tinte que precisamente allí se elabora. Por eso se llama así: Gorro de Fez. Y no solo lo usan los marroquíes, sino también los tunecinos. Pero en esa ciudad parecían de uso obligatorio para los hombres. A mí me gustó tanto que a punto estuve de adquirir uno. Si le echabas imaginación, podías ver los gorros de Fez seguir la senda sinuosa de sus calles. Vías estrechas que se retuercen sobre sí mismas y que apenas dejan pasar a dos personas a la vez. Pero no toda la ciudad es un laberinto de callejas ocupadas por burros. Fez tiene tres ciudades dentro de ella. Y una de ellas, el-Bali, es un espacio inmenso por donde pasear y admirar las maravillas que contiene. De hecho, hoy sé que es la zona peatonal más grande del mundo, como así me pareció cuando la vi. Sé también que esta medina está declarada Patrimonio de la Humanidad desde 1981. Y es una ciudad dentro de otra porque Fez, a su vez, está amurallada.  Hay  otro barrio ju-
dío, que lo fue hasta que después de varios motines de islamistas exacerbados los hebreos hubieron de huir de Fez como desaparecieron de la España de los Reyes Católicos. Prácticamente ya no queda ninguno allí. Y es que Fez, no es disculpa sino explicación, es la capital cultural y religiosa del Marruecos musulmán, igual que lo fue también del reino antes que Rabat. Y también por esas razones se construyeron varias mezquitas, algunas muy bellas y monumentales. Fez, por tanto, es una ciudad imperial y como tal nos sorprendió tanto a Adama como a mí. No te mentiría si te dijera que es la ciudad que más me ha impresionado. Por eso volví en su momento, para confirmarlo y no dejar que se magnificara en mi imaginación con el paso del tiempo. Ya nos sorprendían menos las novedades, pero aun así, esta ciudad era distinta y sobre todo extensa. De hecho, no todas las casas eran bajas y los almiares de las mezquitas eran visibles desde cualquier punto. No cabía duda, tanto esta urbe como todas las anteriores eran musulmanas y tenían presente a su rey Hassan. Pensamos que íbamos a pasar desapercibidos, pero nos equivocamos. Lo cierto es que la gente, con la que nos cruzábamos, reparaba en nosotros. Estábamos de paso y las personas, que no son tontas, de alguna manera lo intuían. Iban más pendientes de su trabajo que de nosotros, a quienes, una vez vistos, quedábamos olvidados. Pero dentro de aquella grey también habitaban parásitos. Aquel movimiento y normalidad diarios eran, y son, el mejor caldo de cultivo para que estos bichos se desarrollasen y pasasen desapercibidos. Solo cuando creían descubrir un huésped al que chupar la sangre se descubrían ellos a su vez. Y así ocurrió el segundo día que deambulábamos por un zoco en busca de alimentos y ropa para disimular nuestra condición de parias, aunque no pudiéramos disimular que éramos advenedizos por nuestra piel, pero sin pretensiones desmedidas. Aunque el hábito no hace al monje, le ayuda a pasar inadvertido en el monasterio. Y, en el fondo, era lo pretendido. Aparte de los gorros típicos aquel mercado tenía un halo diferente a los visitados en ciudades anteriores. La plaza se extendía, rectangular, sin que hubiera un cinturón libre de puestos y  tiendas.  Este zoco se cerra-
ba con los comercios de los edificios que conformaban su perímetro. Estos extendían toldos que se juntaban en el centro de la plaza y exponían productos de manera que el comprador quedaba cautivado y sin ver la salida. Algo parecido a lo conseguido en las grandes superficies de aquí al eliminar las ventanas de la vista del consumidor. Nada debe distraer la atención de los posibles compradores. Aunque también es cierto que si haces los votos sabes que vas a entrar en un monasterio, en tu voluntad está entrar o no.
Nunca lo había pensado, pero es verdad. ¿Dónde están las ventanas de las grandes superficies o supermercados? ¿Cuál es la razón de que no las veamos? Por descarte solo se me ocurren un par de ideas. Una para que no haya accidentes no deseados. Y otra para que no se produzcan corrientes de aire. Pero me da la impresión que Dikembe va a tener razón. En estos comercios todo está pensado para que compres. Los chicles a mano mientras esperas la cola de la caja, los artículos más necesarios y consumidos en la esquina más alejada de las cajas, la temperatura agradable, fresquita en verano y acogedora en invierno… Claro que, no darse cuenta de este detalle, es difícil si has nacido ya con el acceso libre a estos centros comerciales.

Me he congratulado al leer estas cartas, a pesar de ciertos contenidos, porque me han hecho pensar. A veces tonterías, otras no tanto. De alguna manera han hecho engrosar mis defensas contra toda aquella información dirigida a convertirme en borrego y que tanto abunda hoy en día, leas el periódico que leas, oigas la emisora de radio que oigas o veas la cadena de televisión que veas. Es muy difícil formarse una opinión propia y válida sobre aquello que ocurre a nuestro alrededor. Y de lo cercano sobre todo. Y, además encuentro que este valor también justifica el hacer pública la vida de este africano español.
Los tenderetes quedaban dentro del cerco de tiendas y bajo el manto de la techumbre extendida, y dejaban claro que sus vendedores eran trashumantes. A nosotros nos tentaron más las tiendas. Parecían más consolidados y obligados con el comprador. Al menos podías volver para cambiar o reclamar. Además en el centro del zoco no había mucha oferta de ropa. Los puestos se los rifaban los agricultores para monetizar su esfuerzo diario. Trabajo que nada tiene que ver con escribir una carta, desde luego. Pero uno se cansa de todo y más cuando lleva en las alforjas tanto acumulado. La experiencia pesa, ya lo verás, porque a ti te falta poco. Seguiré en la siguiente. Y esta vez, te mando un abrazo.








(1)  [↑][Volver]   Leído en elpais.es. Dato de 2014. En diez años hemos bajado del 15º puesto al 27º.
(2)  [↑][Volver]  Usar y tirar (inglés). El 1 de agosto de 1955 la revista LIFE publicó un artículo titulado 'Throwaway Living (Cultura de usar y tirar)' Este artículo ha sido citado como la fuente que utilizó por primera vez el término "sociedad de usar y tirar". Fuente: Wikipedia.
(3) [↑][Volver] Este neologismo fue acuñado por el psicólogo y escritor Robert Anton Wilson en su tesis doctoral (1960). Oído en la cadena SER de labios de Neus Sulé.

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