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jueves, 22 de junio de 2017

Sorteo 1.000 suscriptores en Youtube y van 5.000

La verdad es que cuando no conocemos la redes sociales, éstas nos sorprenden y mucho.

Hace  un mes celebraba los 1.000 suscriptores en Youtube y sorteaba una cesta, hoy voy por 5.000



Pensé que el crecimiento de suscriptores en Youtube, llevaba el ritmo de seguidores en el blog pero nada que ver.

Voy a publicar la lista definitiva de participantes, con los números asignados. Ya no hay posibilidad de apuntarse. El ganador será el que sus dos cifras coincidan con el premio de la ONCE del próximo viernes 23  

He decidido que reparto del 00 al 99 y así le toca a alguien seguro. Para los que madrugaron más cuentan con dos papeletas.

00 y 73 Belén Cerezo
01 y 74 Blanca Reyes
02 y 75 Ani Segovia Arce
03 y 76 JabyXtreme
04 y 77 María Oyarce
05 y 78 Isabel bm
06 y 79 MsSpurspurs
07 y 80 Elrefined
08 y 81 Isabel Suarez
09 y 82 Sonia A
10 y 83 Mariló Monteverde Villar
11 y 84 Silvita Polanco
12 y 85 Digna López
13 y 86 Anayancy Colorado
14 y 87 Marta Martínez de Velasco
15 y 88 Malú
16 y 89 Rosario Solves Rodríguez
17 y 90 Prado Ocaña
18 y 91 Mª José Lax
19 y 92 Ruth
20 y 93 Kattia Fernández Fallas
21 y 94 Tina Castro
22 y 95 Yolanda Rivas
23 y 96 Almudena Robles
24 y 97 Rosa RJ
25 y 98 Mariona Puigmona
26 y 99 Angela Izquierdo Sanz
27 Remel María González
28 Cal Stone
29 Luisa Molina
30 Ligia Valladares
31 Magnolia González
32 Yuli Brujita
33 Cristina González Muñiz
34 Beatriz Muñoz González
35 Okiluz
36 Ramón López
37 Marisol Vallespin Sánchez
38 Lupe Na Mur
39 Almudena Sánchez - R Aceituno
40 Amparo Lazaga
41 Nita García
42 Lucía Ramos Ortiz
43 Montserrat Valladares
44 Amanda
45 Herminia Regolf
46 Elena Piña
47 Pipibelm Beles
48 Inés González
49 Soledad Vidal
50 Melissa López
51 Yolanda Barreiro
52 Reina Morales
53 Cecilia Molinos
54 Adan Martínez
55 Puri Parra
56 Carmen Soria
57 Teresa García
58 Nito2mito
59 Natalia Velázquez
60 Graciela Madrazo
61 Cecibel Pincay
62 Gema Bautista
63 Silvita Polanco
64 Montse Mi
65 Juana Vargas Cano
66 Angeles Ramirez Camacho
67 Noemí Ortiz Gimeno
68 Amparo Castro
69 María López
70 Cristina Sánchez
71 Soledad Monterrubio
72 Norvy Tejada

Muchísimas gracias por participar, los que habéis participado, y a todos por seguir el canal.

Y sigo coso que te coso...

martes, 20 de junio de 2017

Cómo rematar con la trasera. Videotutorial.

Una técnica que me ha costado mucho, se me resistía y no sé el por qué.

Bueno, sí, porque no estaba bien sujeta la trasera, así de simple.

He desarrollado este videotutorial que, espero, os guste.



Y sigo coso que te coso...

lunes, 19 de junio de 2017

CAP. 58 . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . Andanzas y tropezones de Dikembe Biyombo


De cómo descargar camiones



ltimamente, acaso por tanto tiempo libre y porque algo me llama, cada vez caigo más en el error de comparar aquello con esto. Aquello es África, te aclaro. Y lo curioso es que, salvo excepciones, perdéis vosotros, a pesar de las penalidades pasadas allí y la estabilidad ganada aquí. Sin llegar a ser optimista, sabes que siempre me ha alegrado más lo bueno que pesado lo malo. Son dos cosas que nada tienen que ver, te lo aseguro. Me refiero al optimismo y a la alegría. Será porque echo de menos a aquellas gentes, no a todas por supuesto. Solo a esas que me ayudaron a ser mejor persona, a aquellas que me hicieron sentir y ser uno más en este juego de la vida. Las malas personas son iguales en todos los sitios. Las otras no. Para nada. Aquí nunca me he encontrado con alguien como Thais, Belkassem, Almahamoudo como aquel viejo tuerto y deslenguado y tantos otros de los que te he hablado, sin olvidar a mi abuela Mayifa.  Y no es que sean mejores unos que otros, pero sin ellos yo no sería. En cambio, sin aquellos que me habéis ayudado aquí, no habría sido profesor. Siendo “ser” el mismo verbo, en intransitivo es más absoluto que en copulativo. Mis alumnos, por ejemplo, no tuvieron la voluntad de dar. Y, en cambio, se llevaron, sin quitármelo, todo aquello que las gentes de allá me dieran. No quiero comparar las relaciones que he tenido. Todas son diferentes. De la tuya y la mía no quiero hablar, me metería en un jardín del que no sabría salir. Pero bueno, estas ideas y sentimientos forman parte de otra creencia y sensación que ya ha tomado forma en mi cabeza. Ya te hablé de que algo me rondaba por el corazón sin tomar forma en mi mente. Pero antes, acabemos la historia de Adama y Dikembe. Al salir todos los días a por comida y agua, para lo que compré un bidón, también de plástico, mi español mejoró. Sobre todo el coloquial. El “buenos días tenga usté, señora” ya no tenía secretos para mí, ni el “un litro de leche, caballero” tampoco. Mi capacidad de aprendizaje, he de reconocerlo sin presumir, siempre ha sido superior a lo normal. Ahora lo sé porque puedo comparar. Antes, con solo un rival, no podía. Y menos, si la referencia era Adama. Por supuesto referido todo a los idiomas, porque respecto al resto de asignaturas, salvo en amistad, no llego a la media. Al revés que  Adama, que parece que le ha hecho el oído un zapatero, claro que con su hablar parco tampoco necesita mucho las palabras. De la misma manera que yo no podría pasar sin el idioma hablado, él podría vivir sin él, pero no se perdería un detalle de ninguna situación o conversación. No podemos ser más diferentes ni más complementarios. Ese debe ser el secreto de nuestra amistad, junto con las cuitas compartidas. Este comentario, desde la mentalidad europea que todo lo simplifica y capitaliza, consigue explicar cualquier idea a riesgo de perder su esencia. Desde mi parte africana te diría que nuestra amistad es producto de la magia y del viento, eso sí, comprendería que no me entendieras. ¿O no? Eh bien, c'est ça, mon ami.
Curiosa crítica esta que hace Dikembe sobre las capacidades de la mentalidad europea: “Todo lo simplifica y capitaliza…”. Me dio qué pensar y ahora la comparto. Por el motivo que sea necesitamos ser simplistas para que otros nos entiendan. Ello nos obliga a desnudar cualquier idea del resto de connotaciones que deberíamos de tener en cuenta para entender un todo. Decir que la amistad es producto de la magia es más certero que deducir que su origen es el resultado de una vivencia diaria. Pero para nosotros es más impreciso y con ello perdemos la vertiente emotiva y arcana que tiene el empatizar con alguien. Y respecto a capitalizar solamente decir que de no hacerlo no existirían las marcas, por ejemplo, ni el nombre de los modelos de los coches. Es cierto, capitalizamos hasta las ideas, véanse las patentes que no tienen en cuenta a todos aquellos que hicieron posible esa idea. Si nadie hubiera escrito un libro, si nadie hubiera leído, sería difícil que existiera una teoría científica. Es lo que yo llamo el eslabón ignorado. Por eso me gusta citar la fuente de todo aquello que uso. Por eso y por respeto. Pero otra cosa es la propiedad intelectual, en ese tema, de momento, no me quiero meter.
Preocupado por la lesión de mi amigo y tras conocer una farmacia, de la cual me llamó la atención otra cruz, esta verde, entré en ella. Expliqué como pude mi situación. La manceba, muy amable, me puso en la boca una historia que se inventó a raíz de simular yo que me hacía una herida en la mano izquierda. En este caso el arma fue mi dedo índice derecho: «Claro es que los cuchillos en la cocina son muy traicioneros». «Si, mujer, cuchillo cocina» contesté, y volví a simular el tajo en la mano. «Hay que tener cuidado, a mi madre, un día…». Me contó más de lo que entendí. El caso es que me vendió de todo, hasta pastillas: «Una al día…». Sus
consejos y los productos que me facilitó, supongo yo, ayudaron a la desinfección y al cierre de la herida. Recuerdo ahora un frasquito de polvos blancos con los que rociaba la herida antes de taparla con una gasa y esparadrapo. Debió de pasar un mes hasta que dejé levantarse a Adama. Cuando en mi aldea alguien salía herido, no le dejaban moverse en muchos días. Los viejos le rodeaban y le contaban historias, aparte de aplicarle emplastos vegetales. Unos salían adelante, otros empezaban con fiebres y terminaban sin vida. Yo hice lo mismo, distraía a Adama al contarle aventuras reales e inventadas acontecidas o no en mi pueblo. También le ponía al día con todo aquello que veía fuera del palacete y de mis adelantos con el español. Le reconocí que Hamal se hubiera muerto de hambre aquí, que acertamos al dejarle donde le dejamos. Se rio cuando le dije que no había visto ni un turbante. Pero le preocupé al enseñarle el poco dinero que nos quedaba. A eso sí contestó. Propuso racionar la comida, como si estuviéramos en el desierto, y me echó en cara lo gastado en la farmacia. No me lo tomé a mal. Una persona que no acostumbra a estar entre cuatro paredes y bajo un techo, aguantar casi un mes sin ver el cielo no es nada fácil. Así, cualquier humor se marchita. Tras su coz verbal, saqué la navaja y simulé cortarle la pierna. Después del juego y del débil forcejeo, me miró, sonrió y me pidió perdón. Adama ha entendido siempre mejor los gestos que las palabras. Como verás, seguíamos siendo unos críos. Poco faltaba ya para que tú y yo nos volviéramos a ver por segunda vez. Fue Adama quien corrigió mi memoria, al decirme que ya te había visto antes, cuando otro muchacho presumía de la valentía de su hermano ante la verja del palacete. Y te confieso que me es muy difícil pensar en ti, o verte, y no rememorar a aquel mozalbete rubio con un flequillo mal cortado y tan corto como el resto del pelo. Pero también te quiero dejar claro que esa imagen no afectó ni afecta al respeto que te procesé y proceso. Bon, en breve llegaremos a nuestro encuentro y se acabará la historia que desconoces de mí y que tanto trabajo me ha dado. De la misma manera comenzará la otra historia que se inicia con la importancia que tuviste en mi vida. De momento, sigamos con nuestro “aterrizaje” en esta ciudad que tan bien nos acogió. Y no es una frase irónica, ni hecha. Madrid, en aquella época, era un pueblo muy grande. En ella mucha gente sobrevivía. Explotaría como ciudad después, cuando nosotros ya vivíamos en ella. Y si bien no hemos vuelto a ser vecinos de aquel gran pueblo, estamos muy cerca. La precariedad actual ha favorecido que los madrileños aspiren a subsistir. Sus ingresos no dan para sentirse ciudadanos, ni las circunstancias dan tampoco para medrar sin artimañas. Otro asunto es que te dediques a la política. En ese campo la prosperidad es el pan suyo de cada día, medrados estamos con el tema, aunque ya no es nada inesperada la noticia de un nuevo “manossucias” o una nueva prevaricación. En este último caso la Casa Real es buen ejemplo. ¿O has visto a algún político o ex-político en la lista de desahuciados? Eh bien, c'est ça, mon ami. Vamos, que ahora, el más afortunado de mis vecinos se emplea en un trabajo tan mal remunerado que ha echado por tierra cualquier sueño material. Solo aguantan los utópicos, por su fe inquebrantable en un futuro mejor. Qué pena que no viva Quevedo, con sus textos y poemas nos divertiríamos más. Antes éramos pocos, aunque nos parecían muchos, aquellos que nos acercábamos a Cáritas Diocesana para que nos alimentaran o vistieran. Ahora son multitud quienes acuden no solo a la parroquia, sino a cualquiera de las mil oenegés que han nacido por ese motivo y por otros peores. Y ves como vuestras leyes son complicadas: La Iglesia Católica, imagino que el resto tampoco, está libre de impuestos, tampoco tiene obligación de declarar sus ingresos ni propiedades. Acaso por eso es capaz de realizar la enorme labor social que desde la conferencia Episcopal se dicta y que, junto con las oenegés aconfesionales, le viene tan bien al estado como a los ciudadanos. No solo hay discriminación por sexo o color, también la hay por fe, porque a aquellos que creemos que el bien y el mal están dentro de cada uno de nosotros y no en el cielo ni en el infierno, sino aquí, en la misma tierra, no nos eximen de nada. Aunque también seamos quienes aportamos todos los ingresos de todas las oenegés, sea directa o indirectamente. Otra vez me he desbocado, ¿verdad? Lo siento. Dejemos el siglo XXI y volvamos al XX. Adama empezó a salir a la calle siempre conmigo. Por ello nunca tuvo la necesidad de aprender el idioma. Me tenía a mí de mal traductor. Destacábamos donde fuéramos. Las miradas huidizas de los adultos contrastaban con el descaro de los niños. Ellos hasta nos señalaban. Y nosotros, que nunca habíamos querido llamar la atención, encogíamos nuestros corpachones sin conseguir nada. Como todo parroquiano, me acostumbré a comprar en los mismos puestos del mercado. Cuando cogí cierta confianza con el frutero, le pregunté: «Yo trabajar». Aquel hombre joven y calvo me entendió a la perfección. «Pregunta en las obras. Siempre necesitan a alguien». Si bien tuvo que aclararme qué era una obra, para lo cual se sirvió de una pequeña que hacían en otro puesto, junto al suyo: «Eso, pero más grande», señaló y dijo. «Construir casas, ¿entiendes?». Sí le entendí. Yo era negro, no tonto. Así pues, al día siguiente, Adama y yo salimos en busca de un puesto de trabajo. La verdad es que lo hicimos con cierta ilusión. Supongo que como lo hace cualquier joven que intenta entrar en el mercado laboral. Y más cuando se ignora todo sobre este asunto en una economía desconocida. Y desde luego sin prejuicio alguno. Ese día nos pisoteamos el barrio en balde. Nadie necesitaba mano de obra barata. Y ya nos corría prisa. Entenderás porqué. Si bien no estábamos acostumbrados a ganar, sí a salir adelante. Los días siguientes ampliamos la zona de búsqueda. Terminamos por encontrar un trabajo para cada uno en la misma obra. No sé el jornal que ganaban los otros peones, pero el nuestro era bien escaso, sobre todo el de mi amigo que cobraba la mitad que yo por tener la mitad de brazos que el resto. Por ello nos daban para poco aunque los juntáramos. Algunos compañeros tenían hijos, así que, si cobraban tanto como nosotros, se comerían los mocos, supongo. Además, el tajo estaba casi a las afueras de Madrid. Tardábamos, calculo yo ahora, una hora larga en llegar y otra en volver. Podíamos haber buscado otro alojamiento más cerca, pero tanto Adama como yo estábamos muy a gusto en el palacete del paseo del Cisne. Además salíamos tan cansados por la tarde que solo teníamos ganas de llegar a nuestro mansión derruida. Si a ello le sumamos que cada vez salíamos más tarde, entenderás que ni lo habláramos. Adama podía cumplir las órdenes que le daban porque se las explicaba yo en francés. Eso sí, las oía con cara de interés y con humildad. Solo se necesita eso para que el interlocutor se sienta importante. Pero mis interpretaciones le valían más veces una bronca que una felicitación, aunque a mí me pasaba lo mismo: «Quién ta pedío er cemento, shaval. Trae pacá larena, sino te corto los güevos». Fue cuando descubrí los entresijos de vuestro idioma. En España, pocos hablan español, incluso hoy en día. Lo sé porque me he recorrido vuestra geografía. Hoy sé de lo que hablo. Como te digo, cada día salíamos más tarde. Los compañeros se iban y a nosotros todavía nos quedaba labor. Que si subir sacos de cemento o yeso, que si llenar los bidones de agua, que si quitar los tablones de los andamios, que si cambiar de sitio los ladrillos y las rasillas, que si un camión llegaba tarde y le teníamos que esperar para ayudar a descargar… Siempre había un motivo. Incluso un día pasamos en la obra la noche porque el camión no apareció. Eso nos sirvió para para hacer un amigo, Macario, el guarda de noche de la obra. Él nos hizo tomar conciencia de que Adama y yo éramos diferentes a los demás trabajadores o, al menos, que nos trataban de forma distinta. Incluso nos descubrió que nos habían gastado una broma, porque ningún camionero iba a llegar hasta el día siguiente, como llegarían también las risas de todos al encontrarnos en la caseta, dormidos. Pese a todo, Adama defendía que era el primer peldaño y que él era la primera vez que tenía un trabajo remunerado. Pero un trabajo, aunque no lo supiéramos, debía servir para vivir dignamente. Si nosotros hubiéramos tenido que pagar un techo nos hubiéramos muerto de hambre. Eso sí, aprendimos una profesión y yo mejoré mi español y mi castizo, sobre todo en el arte de soltar tacos y hablar soezmente. Ah, y también aprendí muchos piropos que por supuesto no terminaba de entender. La calle es uno de las mejores aulas para aprender, aunque la mitad de esas enseñanzas sean muy dudosas. El frío también hacía mella en nosotros. Ni con el esfuerzo físico que nos exigían entrábamos en calor. Y aunque los más viejos encendían un fuego dentro de un bidón, a nosotros no nos daba tiempo a acercarnos a él. Gracias al verdulero del mercado, conocimos las patatas y cómo cocerlas. La única comida que hacíamos al día, la cocinábamos a la luz de la luna, bajo aquel agujero en la techumbre del palacete y sentados en la escalera. El combustible no nos faltaba. Al principio, cocíamos los tubérculos sin pelar y sin lavar. Luego usamos la navaja y nos fue mejor, incluso nos bebíamos el agua de cocción. Ya no podíamos comprar fruta a diario y aprendimos de los compañeros que la mejor manera de quitarse el hambre era con pan. También era la más barata. Así pues, nuestra dieta estaba basada en patatas cocidas, eso sí, con sal y una barra de pan cada uno. También nos vimos obligados a usar menos la lechera. Pero, al menos un día a la semana disfrutábamos de las vacas. Lo cierto es que hambre, lo que se dice hambre, no pasábamos, pero sí necesidades. El otro problema, el frío, nos lo solucionaron parcialmente en la iglesia. El capataz de la obra tuvo la deferencia, creo que fue la única, de aconsejarnos que fuéramos al ropero de
la iglesia de la calle Fortuny, cerca del palacete. «Allí dan ropa dabrigo a los probes». Y bien sabía él que éramos “probes”. Recuerdo que este pequeño templo era, y es, una preciosidad. Me impresionó, pero no recuerdo su nombre. Tenía escrito en sus paredes la historia de  todos aquellos que habían ayudado a mantener y engrandecer aquella hermosura. Lo sé porque volví ya sabiendo leer. Y allí seguía aquel cura bonachón y pequeñajo que nos atendiera la primera vez. A él no le mentí en nada, como a ti. Para mí pasó a ser el Curilla, porque tampoco recuerdo su nombre. Además de sendos abrigos, nos facilitaron pantalones, jerséis de lana y unos guantes. Como solo había un par, nos lo repartimos. Pero poco nos duraron. Eran, como todo, de balde y, además, de baldés. Por ello a los dos días, con el trajín que les dimos, terminaron como la dueña de la piel con que estaban hechos. No está hecha la miel para la boca del asno. El resto de prendas nos duraron más. Menos mal. Poco a poco, en liza
con nuestra paciencia, nos invadió la sensación de no haber llegado a ningún edén, sino, más bien, a otro lugar de expiación. En todos las partes cuecen habas. También, gracias a Cáritas y al Curilla cambiamos la dieta. Incluimos en nuestro menú el arroz que nos dieron, tres kilos, si no recuerdo mal, y unas latas de fuagrás y sardinas. Con estas últimas rompimos la navaja. No sabíamos cómo abrirlas y tuve que preguntar en el trabajo, donde, cada día que pasaba, nos consideraban más tontos e inferiores. Como ves, no todo mejoró. La obra se terminó y nos quedamos sin las míseras pesetas que apenas nos mantenían. Si habíamos reconocido ya que estábamos en el purgatorio, nos dirigíamos directos al infierno. El hambre no entiende de geografía y el averno está en todos los lugares, al contrario de lo que decían el padre Pierre y el padre Lombardi de dios. Ambos mentían porque su dios no aparecía por ninguna parte. Si acaso sus valedores, como ocurría con mi Curilla, pero al otro no le veíamos el pelo. A lo mejor porque la idea que me habían trasmitido de dios era la equivocada. Dios no es un Rey Mago al que se le puedan pedir juguetes o soluciones. O te los fabricas o te los solucionas. Dios no está para eso. Te lo puedo asegurar yo, como uno más de entre todos los mortales. Sería un ángel rubio quien apareciera. Pero todavía no es momento de hablar de ese encuentro, aunque falte ya muy poco. Antes querrás escuchar el final de mi relato, supongo. Volvimos a echarnos a la calle. Y comenzamos un viacrucis en espiral por las calles de Madrid. Se le ocurrió a Adama, no el calvario, sino la forma de avanzar para no volvernos locos. Manejábamos la información que nos facilitaba el sol y con ella nos movimos por la ciudad. Así llegamos a un lugar parecido al puerto abandonado de Gao, a las afueras de Madrid sin que nos dieran un sí. Este otro puerto, junto a un colosal depósito de agua, estaba en
uso y, en vez de barcos, recibía camiones. Nunca habíamos visto tanta patata junta, ni tanto tomate, ni tanta fruta. La mercancía entraba a raudales. Unas cuadrillas se acercaban a los vehículos y descargaban a hombros sacos y sacos, cajas y cajas llenas de toda clase de alimentos. Por aquella época, prácticamente todo se vendía al detal, hasta el aceite. El gran patio estaba atestado de camiones y el ruido era infernal. Cansados, nos quedamos emboba
dos viendo tanto vehículo grande y junto. Lo que no vimos fueron grúas, ni grandes ni pequeñas. Muchos estibadores se ayudaban de carros de mano, donde apilaban cajas cuya altura rebasaba su talla, por lo que debían guiarse asomados por un lado, aunque otros, más avezados tiraban de los carros de mano en vez de empujarlos. Aquellos que usaban los hombros para mover los sacos usaban una caperuza que nos hizo reír porque nos parecieron tocas de monja. Quietos en mitad de una gran puerta sin hojas, veíamos el trasiego de hombres y mercancías. Y quiso un hombre malhumorado y con barba de tres días echarnos la bronca por estorbar allí en medio: «O sus movéis o me lío a hostías con los dos». Hombre, que recuerdo fortachón, retaco y tripudo. No creo yo que hubiera podido. Pero como siempre te he dicho, nuestra política era no destacar. Ante nuestra sorpresa, nos hizo señas para que le siguiéramos. Y le seguimos. No teníamos nada que perder, si acaso ganarnos alguna hostia, pero en aquellos momentos desconocíamos el sentido malsonante de la palabra, bon, ni el otro siquiera. Y aquel desaseado se puso a andar hacia un pequeño camión que maniobraba para ajustarse al hueco que ocupábamos. Como sería su “tripota” que se la veíamos de espaldas. Pero no le teníamos que haber seguido, sino quedarnos junto al lateral de la caja del camión, mientras él ayudaba al camionero, mediante señas, a ajustar el camión a la bocana del muelle de descarga para no estorbar: «¿Pero estáis gilipollas o lo qué? Venga, a descargar, que hay prisita». Al ver como quitaba el cerrojo derecho del lateral, le imité con el otro y casi le mato. La cartola giró hacia abajo y chocó con un estrépito contra el lateral del camión. Todos nos sorprendimos, pero el dueño de la tripa se asustó porque la batiente le pasó muy cerca de la cabeza. «¡Me cagüen to! ¿Deónde coño habéis salío, negros? Sus voy a meter un puro de cojones». El conductor al oír el estruendo, saltó de la cabina e inspeccionó su vehículo. «Joder. ¿Cacen estos gilipollas?». «Descargar, eso es lo que hacen. Venga, uno riba y el otro que ponga los sacos allí, en la báscula». Sería como fuere, pero este hombre siempre nos defendió ante terceros. Nos ponía a bajar de un burro, pero si otro lo intentaba le podía sacar los ojos. Y ese fue el primer camión que descargamos. Según lo hacíamos, escuché la conversación que se traían el uno con el otro. Versaba sobre dos negros que nadie sabía de donde habían salido, pero que al poco cambió sobre cómo era posible haber bajado la camionada en tan poco tiempo. «Joder, José, y eso quese jodío es manco». Con la eficacia, y sin saberlo, conseguimos que se olvidaran de donde veníamos y del incidente con la cartola. Tras lo cual José, el asentador, echó de allí literalmente al camionero y a la camioneta. Al poco vimos acercarse otro vehículo, también marcha atrás. Era el triple de grande que el otro. Esta vez, el batiente estaba en la parte trasera y José ni se acercó a los cerrojos. Adama se subió a la plataforma. Me acercaba una caja y yo la acarreaba hasta el peso. Y vino otra bronca. «¿A ver, pa qué san inventao las carretillas, tonto lhaba? Coge esa dahí, anda, ques del puesto». Y anduve raudo y mi amigo también, que, a pesar de su manquedad, se manejaba muy bien con las cajas y los sacos. Él no los cogía en vilo, los arrastraba y me los ponía en el filo para que yo me hiciera con ellos. Y por supuesto, a veces, me tenía que esperar. José nos dejó iniciada la descarga y se fue con el camionero a ajustar cuentas, supongo. Cuando acabamos, salté a la caja del camión y nos sentamos en el borde con los pies colgando a la espera de nuevas órdenes. Ambos nos miramos y sonreímos. Sabíamos que habíamos hecho las cosas bien, salvo no sujetar la cartola al liberarla y dejar caer un saco. Este se rompió y liberó unas cuantas patatas que yacían bajo nuestros pies. Pero ambos errores también ayudaron a las sonrisas, aunque no a la satisfacción del deber cumplido. Cualquier maestro echa un borrón, ¿no? Eh bien, c'est ça, mon ami. Además, nosotros éramos aprendices, qué caray. Al poco vislumbramos a lo lejos, dentro de la gran nave, a José y al camionero. Llegaron al portón y se dieron un apretón de manos como despedida. Al pasar el conductor se asomó a la caja de su camión y se fue haciendo alcocarras. Tras él vino la bronca del asentador. Se acercaba de frente y voceaba algo que no entendí. Señalaba el saco roto y el montón que yo había hecho con las patatas fugadas. Terminé por enterarme: «Cagon la hostía. Ya sabía yo questos negros no sirven pa na». El cabreo y los aspavientos fueron en aumento hasta que llegó a nuestra altura. Nos agarró de los antebrazos a los dos y de un tirón nos bajó a los dos del camión. «Sus voy a sacar delas costillas el estrozo. Tié cojones…». En ese momento se dio cuenta de que no quedaba ni un saco ni una caja por descargar. «No me jodas». Nos soltó y se dio la vuelta para mirar lo descargado. «No me jodas. No lo creo. ¿Los dos solos y este manco?». Se quedó de piedra sin que nosotros le diéramos importancia. Tampoco era para tanto. Nos lo habíamos tomado como un juego y nos habíamos divertido. «Venga, venid pacá, que os pago. Ese era el último de hoy. Cagüen diez con los negros. Ah, y os podéis llevar eso si queréis», terminó por decir al señalar el montón de patatas. No tardamos en llenarnos los bolsillos y en meternos entre la ropa y el cuerpo los tubérculos. Él siguió hacia la cabina del puesto y allí fuimos tras él y nuestro jornal. No todas las patatas llegarían a casa, porque más de una se nos caería y no recogeríamos por miedo a que se nos cayesen más. Cuando alcanzamos la pequeña oficina, José hacía cuentas con un lápiz en el margen de un papel de periódico. Tantos kilos a tanto, dividido por dos, total una peseta y seis reales para cada uno: «Tomad, y mañana sus quiero ver aquí temprano, llegan las cebollas y los puerros. Y no mimporta que trabajéis pa otros, pero primero cumplir con José». Le contesté que sí señor, y él nos despidió: «Pos venga, con dios». Adama salió del edificio más contento que unas pascuas. Le habían pagado lo mismo que a mí a pesar de su manquedad. Ese día, aparte de las patatas y el pan, nos comimos cada uno una naranja grande y redonda que nos supo a gloria. Mi amigo no quiso gastar más en previsión de tiempos peores. Y aquí te dejo, mon ami. Seguramente la próxima será la última en la que te auguro una sorpresa. Meterme ahora a explicarte la decisión que he tomado se me antoja arduo. Prefiero acabar nuestras andanzas y comentarte el futuro que me espera con más tranquilidad. Un saludo,









Imagen 1. Foto bajada de www.todocoleccion.net (original en color).
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sábado, 17 de junio de 2017

Técnica de espiga. Videotutorial 28

Hoy vamos a ver una técnica muy sencilla y con muchas posibilidades.

Yo la llamo de espiga, pero si alguien sabe su nombre, le agradecería me lo dijera.

Hemos hecho un vídeo que, espero, os guste.



Muchas gracias por vuestras visitas y comentarios, las visitas al canal están creciendo y me siento muy afortunada por todo vuestro cariño.

Y sigo coso que te coso...

jueves, 15 de junio de 2017

Mochila para Paula

Ya vengo a pasar un ratito con vosotros, y la excusa es una mochila para Paula.

Hace ya varios meses que la entregué pero como no quiero empacharos del mismo proyecto, al final se me había  quedado pendiente.

Quizá en la trasera se aprecie mejor la tela, a mi me parece monísima.


Y ese nombre bordado en primer plano, que me ha quedado de cine.


¿Hoy que queréis que os cuente? 

Pues os voy a contar: hoy es el cumpleaños de mi amiga Belén y el jueves de  la semana pasada fue el mío.

Somos amigas hace 22 años y llevamos más de 15 que el día de nuestro cumple desayunamos juntas. Da igual el día de la semana que sea, nosotras quedamos y desayunamos juntas.

Yo ya le invité la semana pasada para que ella me invitara hoy, no se la fuera o fuese a olvidar.

Muchas felicidades Belén, formas parte de mi vida hace muchos años y espero que sean, al menos, otros tantos más.

Y sigo coso que te coso...

martes, 13 de junio de 2017

Cómo unir hexágonos. Videotutorial nº 27

Con este calor, vamos a coser algo que sea pequeñito:

"Algo pequeñito, algo chiquitito".....

Se me ha ocurrido que un hexágono.

Bueno, uno no, varios.

Si sólo hacemos uno, ¿cómo aprender a unirlos?

A ver, que ya sé que la mayoría me podíais dar lecciones de cómo hacerlo, pero yo tengo más cara y por si alguien aún no se ha decidido al tema hexagonil, vengo yo y se lo cuento.

Se lo cuento en este vídeo:


Muchas gracias a todos los que me seguís en el blog y ahora en esta nueva aventura de Youtuber que, os prometo, aunque trabajosa es muy divertida.

Por cierto, trabajosa es para el editor, la youtuber se maquilla, se ríe y poco más.

Si os divertís la mitad de lo que yo lo hago ya me doy por satisfecha.

Y sigo coso que te coso...

lunes, 12 de junio de 2017

CAP. 57 . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . Andanzas y tropezones de Dikembe Biyombo



De cómo Adama estuvo a punto de espicharla

n hombre con mono y gorra azules subió a lo alto del autocar y empezó a tirar bultos y maletas a otro que los recibía sin esfuerzo y que los colocaba en el suelo sin muchos miramientos. De allí los cogían sus dueños. Nosotros mirábamos todo. Seguimos a los viajeros y acabamos en un atrio que olía a humanidad, humo y carburante. No es que me mareara, pero sí me agobió un tanto la cantidad de gente en movimiento dentro de aquel vestíbulo, sus voces y los ruidos que entraban del garaje. Muchas personas salían, pero otras tantas entraban. Los roces, tropezones y encontronazos eran continuos entre los cuerpos, contra los bultos… Era como un zoco sin puestos y muy transitado, pero metido entre cuatro paredes y un techo. Conseguimos acercarnos a la salida sin percances. Nos vimos en la calle. No tardamos mucho en darnos cuenta de que el viaje no había acabado. Sí, habíamos llegado a Madrid pero ahora había que conquistarla. Y en eso, no habíamos caído ninguno de los dos. De hecho, nos quedamos un buen rato allí parados, junto a la puerta, como dos pasmarotes. Veíamos entrar y salir a la gente, la veíamos pasar como si esperáramos que alguien nos dijera qué teníamos o podíamos hacer. Y, por primera vez, Adama arrancó hacia el lado contrario que su amigo. Sí, empezamos a andar a la vez, pero en dirección contraria. Estaba claro que la confusión nos embargaba. El ruido de la calle, al que tampoco estábamos acostumbrados, nos aturdía más. Si hubiéramos llegado en estos tiempos, no sé qué hubiera pasado, te lo aseguro. No nos hizo ninguna gracia el despiste. Creo que él debió sentir lo mismo que yo: Temor al verse solo en medio de un entorno que desconocía. Volvimos a la puerta de la estación y oímos de nuevo los sonidos que salían por las puertas y el de los motores que rugían en el gran garaje. Por fin pude hablar y le pregunté qué hacíamos. Me contestó: «Lo de siempre, no se me ocurre otra cosa». Y lo de siempre era buscar un sitio para pasar la noche. Y comenzamos a andar, esta vez uno junto al otro, pero sin rumbo. No es que desconociéramos el cemento del suelo, pero sí los adoquines que pisábamos con los pies descalzos. Me expliqué porqué todo el mundo iba calzado. El estruendo de un armatoste de hierro, un tranvía, llamó nuestra atención al cruzar una calle. Los dos nos quedamos mirando el trole como dos paletos. Al fin y al cabo,  lo éramos en su sentido más peyorativo. Todo era nuevo y, por tanto, desconocido. La intuición no nos servía para nada. Allí no había raíces que buscar si nos faltaba la comida. Allí no había las mafias que habíamos dejado atrás. Había otras, claro, pero no las distinguíamos todavía. Lo desconocido atrae, pero también da miedo. Y si te acercas mucho, la novedad te atrapa. Como sería mi caso. No así el de Adama que aún resiste parapetado tras su mutismo y sus pensamientos. Los arcenes de la globalización están atestados de marginados. Yo era, y soy, más maleable. Pero cada vez menos. Todo lo aprendido desde que llegué, cada vez me sirve menos para mantener feliz mi conciencia. No me vale porque, como ya te he dicho, he estado en el infierno, si bien el tinglado que tenéis montado aquí tampoco se parece al cielo que me describiera en su momento mi abuela Mayifa. Y, para muchos, ni siquiera se acerca al desaparecido y olvidado limbo. Ahora los niños sin bautizar entran derechos al cielo. El Vaticano no quiere dar imagen de xenófobo. Según nos íbamos adentrando en la ciudad, la temperatura subía y notábamos un calor que se nos pegaba a la piel. Nos costaba un poco respirar. Al no estar acostumbrados a tanto coche ni a tanta calle y bocacalle, y sin saber qué eran los semáforos, nos llevamos más de un susto al oír unos cuantos cláxones sonar a la vez. Para nosotros los pasos de cebra eran lo mismo que los pasos de ñus, caminos de migración, pero por allí no veíamos ningún animal, y las rayas en el suelo no nos decían nada. Cerca de una iglesia vimos un solar cerrado por una valla muy deteriorada. Asomé la gaita por un hueco y aunque vi vegetación baja, también distinguí un algarrobo. Me colé, y detrás de mí lo hizo Adama. Nos miramos y encogimos los hombros. Era nuestra manera de llegar a un acuerdo. Tampoco era muy diferente de lo acostumbrado: Un árbol, sol y yerba sin cuidar. Y de allí nos echaron los municipales. Una vecina, cuyas ventanas daban al solar, se asustó porque dos negros hacían fuego allí mismo, bajo sus narices. Tampoco la autoridad nos dijo mucho, la verdad: «Venga, fuera de aquí». Estuvimos toda la noche de marcha. Cansados, nos sentamos cuando amanecía en un banco de piedra entre dos árboles. Hacia fresco y nos juntamos todo lo que pudimos. Estábamos en una calle ancha cuya acera estaba solada a medias. El banco estaba sobre la tierra. Miré hacia atrás y distinguí una puerta verde de forja cuyos barrotes estaban abrazados por una cadena que aseguraba un candado. Me levanté y me acerqué a echar un vistazo. Atisbé un terreno que estaba más abandonado que aquel de donde nos habían echado.  Examiné la valla, también
ajada y verde. Estaba formada por lanzas verticales sujetas por travesaños trabajados que se anclaban en la piedra que, a su vez, soportaba la gran cancela. El edificio que defendía parecía en mal estado. La vegetación crecía a su criterio. Aquí y allá se veían desprendimientos. Incluso vi una ventana sobre la hierba medio seca y aplastada. No llamé a Adama porque, pese a llamar mi atención, no pensé en más. Ya con el sol nacido, desayunamos unos frutos comprados el día anterior. Volví de nuevo la vista al escuchar voces infantiles. Subían por la calle y todos hablaban a gritos. Y todos se paraban ante la verja, y, agarrados a los barrotes cruzaban sus conversaciones. Todos llevaban pantalones cortos y una cartera. A unos les colgaba de la mano y a otros de la espalda. Después de la parada y la conversación, desaparecían tragados por el hueco de otras puertas, estas de madera. Entre otros comentarios que oí, este fue el más repetido: «Mira, macho, dos negros». Algunos de ellos, al mirarles, me hicieron burla al imitar a los monos. Supongo que estos eran los futuros padres de quienes hoy protestan porque los extranjeros les quitan el trabajo, único pensamiento que cruza por su estrecha cabeza. Después puse más atención y de las muchas palabras que se gritaban entre ellos, entendí que aquel palacete contenía todavía obuses de la guerra. Uno de ellos presumía de haber estado dentro con su hermano mayor y de haber visto muchas cosas, entre ellas dos bombas sin estallar. «¡Jo, macho!», fue la contestación a la baladronada, pero nadie le pidió más detalles. «Cuando queráis saltamos», se vino arriba el chaval que no recibió respuesta. Adama, ya descansado y ajeno a los críos, quiso irse. Le retuve y le conté los comentarios infantiles. «Esa casa está deshabitada y en ruinas. Podíamos entrar a ver». Pero antes habríamos de dejar llegar la noche. Había que ser precavidos. Eso ya lo habíamos aprendido por la vecina del solar. Hicimos recuento de provisiones, y decidimos comprar algo más. Adama opinó que debíamos tomar leche. De camino habíamos olido vacas al pasar junto a un comercio en cuya fachada se representaban varios de estos animales y unas zagalas. Allí nos fuimos. Entramos. Nunca había visto un local más limpio. Olía a leche fresca, a estiércol y a vacas. Nos acercamos al mostrador y tan solo con decir “leche” y hacer el signo de la victoria con los dedos, nos sirvieron dos vasos de leche que previamente habían sido medidos con una pequeña jarra de peltre. Con los morros blancos entramos en la puerta de al lado. Era una tienda de ultramarinos donde Adama me hizo comprar queso, además de fruta. Pasamos el día observando nuestro entorno. Y terminamos otra vez en el banco de piedra. Volvimos a asistir a una procesión de chavales que salían del portalón de madera como si hubieran estado retenidos y sin moverse todo el día. Si la gritería anterior me llamó la atención, esa que oíamos también hizo volverse a mi amigo. Más de una mujer recibía a sus hijos que solo pensaban en quitar el papel de periódico para hincarle el diente a un bocadillo. Tras lo cual, la madre pasaba a un segundo plano, aunque ella no lo admitía también a grito limpio. A los que trataban de peinar estas mujeres salían disparados como si les pincharan la cabeza y hacían grupos tanto ellas como ellos. Y siempre, después de la tormenta, llega la calma. La calle se quedó vacía. Tan solo Adama y yo seguíamos allí. Y nos entró hambre. Y comimos fruta. Yo busqué otro banco, no muy lejos de donde dejé a mi amigo acostado. E hice lo mismo. Las farolas de la calle se encendieron antes de que la luz natural desapareciera del todo. Las luminarias estaban alejadas de la verja verde y las ramas de los árboles le hacían sombra. Era el momento de saltar. Y lo hicimos. Pisamos el jardín que estaba peor de lo que parecía. Te hundías en la hojarasca y no veíamos nada en la oscuridad, apenas nuestras siluetas. Con algún que otro tropezón conseguimos llegar a la entrada del edificio. Subimos antes una escalerilla de, a penas, cinco escalones. La puerta estaba desvencijada. Conseguimos entrar al edificio de dos plantas gracias a los empujones que la dimos. Chirrió como ella sola, pero cedió. Dentro no se veían ni dos en un burro. Por las destartaladas ventanas entraba una claridad oscura que no ayudaba a nuestros ojos. Adama se dio un golpe contra un mueble blando sobre el que terminó sentado. Juró en hebreo y yo me eché a reír. Dijo: «Esto es más grande que una cama. Aquí me quedo». Y allí se quedó. Yo más curioso seguí con las pesquisas. Llegué a una escalera sembrada de cascotes. Al llegar al piso de arriba vi la luna a través de un agujero en el techo. Gracias a ello pude distinguir mejor las puertas que me rodeaban, unas abiertas, otras entornadas y otras cerradas. Estas no pude abrirlas, aunque tampoco puse mucho interés. En la primera que franqueé distinguí una cama. Entre dos cortinones que caían del techo se colaba la luz de la luna. Los cristales sucios lo parecían más por estar rotos, seguramente a pedradas porque los impactos eran de distinto tamaño. Me agarré a una cortina para asomarme, pero esta cayó en silencio al suelo y levantó un polvo de mil demonios. Tras toser y aclararme la garganta cogí el cortinón del suelo y lo eché sobre la cama. Me colé debajo y seguí con la tos. Así pasé la noche, entre toses y quejas del somier por las anteriores. Pero dormí. Abrí los ojos a la claridad que se colaba por la ventana. Intenté abrirla y tras pelearme con ella, una de las hojas cedió. Con el forcejeo algunos cristales cayeron al suelo. Arranqué la otra cortina y los cubrí. Desde la puerta pude ver como el polvo huía de la estancia. Bajé en busca de Adama. Le vi sentado a una mesa. Mordía una manzana tranquilamente. Entre mordisco y mordisco me dijo: «Sí, sí que es un palacete». Deduje que ya había inspeccionado aquella propiedad. No obstante fisgué un rato. Y me encontré por primera vez en un cuarto de baño alicatado hasta el techo. No olía demasiado bien y muy limpio no estaba. Me senté frente a mi amigo. Decidimos ocupar aquella propiedad abandonada a su suerte. Solo vimos un peligro: Los niños. Aunque no nos preocupó demasiado. Pero el incidente no provendría de ellos, sino de la verja que tuvimos que volver a saltar porque no vimos otra manera de salir de allí. Primero salvé yo las puntas, después de mirar a los dos lados de la calle. Después animé a Adama a seguirme porque no vi ningún moro en la costa. Pero tuvo la mala fortuna de perder pie y quedarse ensartado en una de las lanzas. Después del grito, trepé y entre los dos conseguimos sacar la punta de su muslo y saltar a la calle, aunque lo suyo fue más una caída que un brinco. La sangre le brotaba a borbotones y le recorría la pierna hasta hacer un charco de sangre en el suelo. A pesar de su raza, estaba más pálido que un ario. Y yo más. Traté de taparle la herida con mis manos. Y en la confusión no me di cuenta de que habían llegado transeúntes y nos observaban. Adama no podía volcar su peso sobre la pierna lacerada. Una mujer se acercó a mí y me dijo algo. No la entendí porque mi atención estaba en otra cosa. Sí cogí un trocito de tela blanca que me ofrecía. Sin pensarlo mucho, hice un gurruño con él y lo metí en la herida. Me pareció que el chorreo de sangre remitía un poco. Me levanté y respiré hondo mientras Adama se agarraba a la verja. Otra mujer se acercó a mí y me habló. Esta vez sí escuché sus palabras, pero no las entendí: «¿Por qué no le llevas a la Casa de Socorro?». Conocía todas las palabras y me sonaron bien, pero no sabía qué era una casa de socorro, pero lo imaginé. Y más cuando añadió: «Allí pueden curarle. Está ahí mismo, en la placita». Un señor se quitó la cuerda que sujetaba sus pantalones y se la ató a la pierna de Adama por encima de la herida y me animó: «Venga, corre. ¿A qué esperas, mozo?». Apremiado por el viejo que se sujetaba los pantalones, me agaché y traté de coger a Adama a caballito. Me acordé a tiempo y solo le sujeté por la pierna buena mientras él se agarraba a mi cuello con su único brazo y se subía a mis espaldas. Seguidos de la dueña del pañuelo llegamos a la puerta de la Casa de Socorro de la Plaza de Chamberí. Me paré en la esquina sin saber hacia donde tirar y me deshice de la carga que me ahogaba. «Ahí es. Entra, entra». Miré y vi la bandera blanca con la cruz roja junto a otra que no reconocí. Cogí aire y después a Adama en brazos y me acerqué donde me indicaban ya sin aliento. Entré. Nos recibió un vestíbulo blanco con tres puertas. Una de ellas era doble, no tenía picaporte y era de dos hojas con dos ventanas redondas. Noté un olor que jamás había olido. No me desagradó. Jamás se me olvidará. Era el olor de la desinfección. Dejé sentado a Adama en una silla ancha de madera blanca y empecé a abrir puertas. Tras la segunda encontré a una joven vestida de punta en blanco a la que asusté. Mucho después aprendí que antes de abrir una puerta hay que llamar. Me regañó y yo contesté: «Favor, favor. Socorro, socorro». Se olvidó de las formas y salió tras de mí. «Amigo, amigo. Favor, favor». Solo me salía eso. Adama ya había manchado de sangre su asiento y goteaba al suelo. Ella a su vez llamó al médico de guardia: «¡Doctor, doctor!», mientras me hacía señas para ayudar al herido a levantarse. «Por ahí», y me indicó con la cabeza. Cruzamos las dos puertas abatibles y tras nosotros entró un individuo con gafas y bata blanca. «Súbele a la camilla». Menos mal que  ella  también
ayudaba y guiaba, sino yo podía haber subido a Adama al armario de las medicinas. Nadim no me había enseñado la palabra “camilla”. La enfermera, con más maña que fuerza hizo rotar el cuerpo de mi amigo y le colocó boca abajo. Luego empezó con su labor sin quitarle la cuerda anudada en su muslo. Observó antes la lesión y extrajo el pañuelo con unas pinzas. Lavó y desinfectó la herida mientras el señor doctor se lavaba las manos en un pequeño lavabo. «Enciende el foco, María». Y María encendió una fuerte luz que el médico enfocó hacia el muslo de Adama. «Buena puñalada le han dado, joven». Luego dio unas órdenes a la enfermera y la dejó hacer. Salió de la habitación y María me ordenó algo que no entendí. Sin dejar de tocar a mi amigo, se acercó a mí en un escorzo, me cogió de la muñeca y me acercó a la camilla: «Sujeta». Y aprendí el verbo sujetar y apretar. Mientras ella, junto a un carrito y contra la pared, hacía algo. Cuando se volvió llevaba en la mano una aguja corva en la que había enhebrado un cordel fino. El médico volvió, se hizo con la aguja y mientras la enfermera regaba de vez en cuando la herida y secaba su contorno, él comenzó la costura. «Buen navajazo se ha llevado, caballero. Qué estaría haciendo usted». Solo entendí parte de una palabra, “navaja”, contra la cual me revelé: «Navaja, no, navaja, no». Y con todo mi cuerpo intenté explicar qué había pasado. Pero al instante supe que o no me entendían o no me creían. El matasanos me miró como si le estorbara y con menosprecio. Adama no protestó ni una vez, pese a que el galeno tampoco le trató con cariño. La cara que ponía lo decía todo. Tampoco el señor doctor puso mucho cuidado, la verdad. Quizás nos confundió con ganado. Vaya usted a saber. A mitad de costura la enfermera recibió unas órdenes y nos dejó a los tres solos. Yo me apoyé en un carrito y este se volcó. La que lie fue buena. Pinzas, vendas, tijeras, botes… Todo por los suelos, incluido el carrito que se quedó con las ruedas hacia arriba. No supe donde meterme, pero el médico sí. Así que tuve que irme al vestíbulo desde donde oí hablar a la enfermera que no había cerrado la puerta de su cuarto. El binomio “negros-policía” me sonó fatal. Al poco quien me había echado salió hacia su despacho. Ni siquiera me miró. Desde allí llamó a la enfermera a gritos y esta acudió. Yo aproveché para entrar en la sala de curas, agarrar a Adama por los sobacos, decirle a la oreja: «Police» y salir danzando con él a la espalda otra vez. ¿No me digas que tú no hubieras hecho lo mismo?  Eh bien, c'est ça, mon ami. Mi carrera, es un decir, nos llevó a la calle antes de que aquella pareja de sanitarios nos echara en falta. En dos esfuerzos conseguí alejarme y llegar otra vez hasta la verja culpable del accidente. No sabía donde ir. Bon, ni tenía. Supongo que la adrenalina me permitió llegar hasta el charco de sangre ya coagulada. Eso y que Adama puso más cuidado para no aplastarme la nuez con su brazo. Sin preguntarme si nos perseguían o nos veían descolgué a mi amigo, me giré y le miré a los ojos. Me entendió a la perfección porque me contestó: «Podré». Y pudo. Y tuvimos suerte porque a quien pasaba por la calle le importó poco que un par de gandules treparan por una verja de una casa abandonada y derruida. Al fin y a la postre nosotros pertenecíamos a ese mundo. Fue más difícil que entrar en la casa. Entre el follaje, los cascotes y la pata chula de Adama tardamos lo nuestro en entrar en el palacete. Dejé a Adama sobre su sofá-cama. Eché un vistazo a la herida que sangraba, aunque mucho menos que antes. Un hilillo rojo le salía entre los puntos. Todavía le colgaba la aguja del hilo que le cerraba la herida. Y, ni corto ni perezoso, me puse a rematar la faena que el matasanos había dejado a medias para denunciarnos por teléfono: «Un navajazo. Ese tío está tonto», le solté a mi amigo para distraerle mientras le cosía. Ni se quejó ni me dio la razón. Acabé cuando se acabó la hebra. No he vuelto a verle la cicatriz, pero el costurón que le hice le dejó marcado para siempre, como su infancia. Tuve que dejarle el hilo sobrante. A ver qué iba a hacer, ¿no? Eh bien, c'est ça, mon ami. No recordé la navaja que nos entregara Nadim. Los nervios, supongo. La excitación no se me pasaba. La adrenalina vertida en mis venas me mantenía eufórico y me dio por odiar las lanzas de la verja. Salí al jardín y traté de echarlas abajo. Ante la frustración me volví hacia la puerta en busca de un  enemigo más débil. Lo encontré en la cadena, aunque realmente quien sufrió mi ira fue el candado. Rompí varias ramas antes de darme cuenta de que con madera no la iba a vencer. Me metí entre la escombrera deseché un par de palancas y di con una barra de hierro oxidado. Con ella conseguí reventar el cierre. Entonces no me extrañó, pero ahora que lo revivo me pregunto porqué el candado estaba en el lado interior de la puerta. También cedió la barreta que terminó curvada. La lancé lejos satisfecho y más tranquilo. Ya nadie se clavaría más una de aquellas lanzas. No había pensado en los críos, pero en ese momento lo hice. Y me sentí bien. Mejor que muchos otros compañeros de fatigas que intentaron e intentan saltar otras vallas, asesinas y discriminatorias, construidas para hacer daño en todos los sentidos. Punto. No quiero entrar ahora en disquisiciones que no vienen a cuento. Se trata de mí, no de ellos. Dejemos las vallas y las púas. Volví dentro y me encontré con un Adama dormido. Decidí que debía comprar comida. Y aproveché a estrenar la salida franca a la calle. Bon, la reestrené porque supongo que ya la habrían usado en su momento. Me costó abrir una rendija suficientemente ancha como para deslizar mi humanidad hasta la calle. No pasaba mucha gente por el paseo del Cisne, hoy Eduardo Dato, salvo los niños del colegio cercano. Recuerdo que ese día intenté comprar leche. No pude, no llevaba recipiente donde llevármelo y antes en las vaquerías no había botellas. A esta otra lechería, llegué de la misma forma que a la anterior, por el olor. Aunque a la calle del Españoleto me acerqué después de preguntar a una anciana a la que no entendí muy bien. Recordarás que cuando yo llegué a Madrid todavía la municipalidad permitía tener ganado en las casas y se vendía la leche recién ordeñada. Nadie había oído hablar de la pasteurización ni de la uperización. Ni qué decir tiene que nosotros no hervimos jamás la leche. Cuando supimos que debía hacerse ya habían desaparecido las vaquerías y la leche se vendía en bolsas de plástico o en envases de cartón en forma de tetraedro.



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A veces, la lectura de estas cartas, reviven en mí imágenes del pasado. ¿Quién, que no tenga mi edad o más, no recuerda aquellas bolsas de leche, imposibles de manejar abiertas? Y ellas, junto con la leche, me traen a la memoria el botellín de leche que me daban en el colegio antes de salir al recreo. Hacíamos un agujerito con la punta del compás y la leche salía a presión. Antes, de más pequeño, la leche no era fresca, sino en polvo, y teníamos que masticar los grumos. De aquella no guardo buen recuerdo y aún se me contrae la mandíbula al recordarla en la boca. ¡Qué asco! Tengo claro, salvo porque fui a otro colegio, que un crío de aquellos con los que topó Dikembe, podría haber sido yo. Incluso uno de esos que le hizo burla simiesca. Muchos nos criamos y educamos en unos valores tan erróneos como impuestos, pero, gracias a nuestra curiosidad y nuestras dudas hemos evolucionado en dirección contraria a la que nos dirigían.

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Antes se convivía en las ciudades con animales que producían trabajo o alimentos. Ahora solo convivimos con animales de compañía. Los otros, los productivos, los almacenamos en granjas requetelimpias donde son engordados a ritmo frenético, donde conviven con máquinas que les ordeñan o esperan la muerte. No es anormal, pues hemos hecho lo mismo con los ancianos. Y me refiero solo a amontonarlos a la espera de su muerte, no a cebarlos ni a exprimirlos, como entenderás. El problema de la leche lo solucioné esa misma mañana. Cuando volvía del mercado, con fruta y algún pepino pasé por delante de un comercio del que salía un olor extraño. Por eso me fijé en su escaparate. Me impresionó la cantidad de objetos y colores que exhibía: Cubos verdes, barreños rojos, pelotas naranjas, jarras transparentes, botellas blancas, botes amarillos, vasos azules, tazas moradas y otros tantos artículos y juguetes coloridos que desconocía. Todos de plástico. Entré. El aroma, agradable en principio, se volvió desagradable por intenso. Lógicamente compré una botella con el mismo cierre de aquella otra que usamos en el autocar para aliviarnos. Pero no fue tan fácil. Hube de salir con el dependiente a la calle. Allí ante el escaparate, tampoco nos entendimos muy bien. Al final se coló dentro del gran expositor y con mis indicaciones tras el cristal acerté a comprar la botella. No quise perder más tiempo, por eso no volví sobre mis pasos para llevar el recipiente con leche. Sí lo hice con agua, en una fuente que encontré en la plaza donde se ubicaba la Casa de Socorro, si bien en la otra punta. Una vez llena, corrí pegado a la fachada más alejada, pasé por delante de un cine
y enfilé por el paseo del Cisne. Adama tuvo suerte porque aquella herida no se infestó aunque parezca mentira. Supongo que la naturaleza de mi amigo tuvo mucho que ver. En África, a los niños que superan los cinco años, no les parte ni un rayo, si exceptuamos nuestras enfermedades endémicas. Pero allí, en Madrid no había mosquitas anófeles, ni aguas estancadas para beber, ni un río llamado Ébola. Quizá por eso mi amigo no tuvo ni fiebre. Seguía dormido en el sofá, le puse la mano en la frente, le dejé la botella de agua a mano y me subí a mi habitación. Aquella noche no paré de pensar en María y en su jefe: ¿Qué les llevaría a denunciarnos a la policía? Aun hoy, aunque las acepte, no entiendo vuestras leyes. Y cada vez me alejo más de su espíritu. Me resultan demasiado complicadas. Aquellas otras que había manejado hasta pisar suelo español, si bien eran más crueles, también eran más sencillas. Las entendía porque todos sabemos que el pez grande se come al chico. Y, en mi tierra, como no hay tanto edificio, al tiburón se le ve venir. Y no hablo de la sharia, como entenderás, sino de la ley del desierto. Bon, como verás mi relato está a punto de acabar. Seguramente, la siguiente carta nos reúna ya. Y tú sin fecha de regreso. ¿Sabes? Tengo la sensación de que no nos volveremos a ver. Por eso, entre otros motivos, ahora me parece bien haberte contado todas estas peripecias. Un saludo,








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domingo, 11 de junio de 2017

Como reparar una sábana. Videotutorial

Hoy os quiero enseñar como arreglo yo los "sietes" que se producen en mis sábanas.

Bueno, tampoco es que sea todos los días, sólo un siete, un día...

Os dejo con el vídeo...


Si todavía queda alguien por ahí que no se haya suscrito, está a tiempo.

Y sigo, coso que te coso...

jueves, 8 de junio de 2017

Unas cestitas

Una entrada rapidita

Hoy es mi cumpleaños y he decidido hacerme algún regalito.

¿Qué mejor que unas cestitas?

Como sé que me gustan, seguro que acierto.

Con éstas ya termino (o no) las de renovación del cuarto de baño.

Y quiero celebrarlo con todos vosotros.

Muchísimas gracias por las muestras de cariño.

Si alguien no ha visto aún el video, que no se lo pierda.



Y sigo coso que te coso...