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lunes, 25 de abril de 2016

10ª entrevista: señora Casta

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Entre puntada y puntada

Puerta 9


Esta penúltima entrevista me apetecía en particular. Me la preparé a conciencia, y he de reconocer que tardé en hacerlo, porque, entre apunte y apunte, me quedaba pensando en esa mujer que vertebra nuestro relato como la quilla de un barco. Acaso la señora Casta sea en realidad la protagonista de Entre puntada y puntada, aunque habrá opiniones para todo y tan respetables o más que la mía. Sea porque proyecto mi figura materna sobre ella, sea porque tengo razón, el caso es que gracias a personas como esta portera, que no pasa de personaje, muchos de mis coetáneos andamos dando guerra por este mundo. Lo sacrificaron todo por sus hijos, y eso que tenían poco para que unos estudiáramos en colegios nacionales y otros pudiéramos salir simplemente adelante y que, todos, conformaríamos la masa trabajadora de los sesenta, setenta y siguientes del siglo pasado, y que ahora llamamos a las puertas de una jubilación incierta por unas leyes que nada tienen que ver con nuestro esfuerzo y nuestros méritos. En fin, dejemos a un lado la cruda realidad, ahora no me interesa, prefiero sumergirme en la fantasía de esta entrevista tan apetecible para mí como necesaria para el relato que siente el honor de hablar de ella. Y como no quiero distraerme, paso de ranas y ranos. Espero que me lo perdonen, si no, voy aviado.



—Hola, buenos días, Reme. Nos volvemos a ver —saludé.
—Sí, así es, caballero. Pase, pase. Está usté en su casa.
—Como quedamos, vengo a ver a su madre.
—No hemos elegido un buen día, ¿sabe? No sé si va a poder ser. Está un poco malita. Desde anteayer muy católica, como dice ella, no está.
—Pues si quiere vengo otro día, lo dejamos para más adelante. No quiero causarles ninguna molestia.
—No sé yo si no sería lo mejor. Ya de por sí se cansa mucho…
—Entonces, decidido, lo dejamos para otro día, Reme. No me importa, de verdá.
—Mami, mami —interrumpió una personilla que podría confundirse con su madre si no hubiera sido porque la criatura no cojeaba.
—Eh, ¿y tú quién eres? — pregunté y me agaché—. Eres igual que tu madre.
—Sí, igual mami —la niña no se soltaba de la pierna de su madre, tras la que escondía su gracioso cuerpecillo.
—¿Qué haces aquí Lorencita? ¿No te he dicho que te quedaras con labuela?
—Eg que la güela quere ver al señó.
—¿Y a ti quién te ha dicho eso, vamos a ver?
—La güela, está despetada.
—Espere usté un momentito, voy a ver si es verdá. Esta cría tiene mucha imaginación a veces —mientras Reme desaparecía, agachado como estaba, me puse a jugar con Lorenza.
—¿Sabes entrar a por uvas?
—No, señó.
—Tienes que meter tu naricilla entre estos dedos, mira así —y fui yo el que se metió entre mis dedos anular e índice la pequeña nariz—. ¿Has visto?
—Sí, yo sabo hacelo.
—Pues venga, ahora te toca a ti —la animé. Y ella pegó su cara a mis dedos suavemente, mientras no dejaba de mirarme. Mientras yo remataba el juego cambiando la voz como todos solemos hacer cuando hablamos a un niño pequeño o a un bebé—. Pues te ha pillado el guardia —tras lo que presioné levemente su naricilla. Después la solté y me reí—. Mira tu nariz —. Y le enseñé la primera falange de mi pulgar que asomaba entre mi índice y mi pulgar. Ella también rió sin creérselo porque se tocó el pegote que tenía en medio de la cara. Y sin esperar mucho quiso jugar más.
—Ota ves, señó, ota ves. Quero que me pille el guadia ota ves.
—Vale. A ver, ¿quieres entrar…? —. Si hubiera sido por ella todavía estaríamos jugando, bueno, y por mí también, me encantan los críos de visita. Cuando vienen a casa me dan una alegría, pero cuando se van también. El caso es que su madre apareció al poco, en medio de la cuarta ronda y, como siempre, estropeó el juego. Las madres, ya se sabe.
—Deja en paz al señor, Lorencita. Que a ti te dan la mano y…
—No te preocupes, Reme —dije al incorporarme—. He sido yo, ella sólo ha consentido.
—Pues usté verá si atiende a la abuela o a la nieta, porque esta metomentodo no mentía —Reme hizo cosquillas a su hija que rió encogiéndose pero sin retirarse—. Son las dos igual de cabezonas. Le ha oído y quiere verle. Volví a agacharme y me dirigí a la sonriente princesita.
—Ahora no debo seguir jugando contigo, Lorencita, quiero hablar con tu abuela y no quiero hacerla esperar. ¿Entiendes?
—Pos luego —contestó convincentemente la cría que, de buen talante, me cogió de la mano y tiró de mí hacia el pasillo—. Ven —ordenó, tras lo cual soltó un grito—. ¡Agüela! ¡Agüela! —. Reme no pudo más que apoyar la iniciativa de su hija.
—Ya está usté bien atendido, ahora el problema que tendrá es cómo despegársela. No diga que no se lo he advertido.
—No importa —dije un tanto forzado por la impetuosidad y determinación de la mocosa, aunque estaba encantado de ser arrastrado por ella a los dominios de su “agüela”.
—Ven, ven —insistía arrastrándome.
—Sí, voy, voy —no pude hacer otra cosa que seguirla—. Giré el cuello y vi sonreír por última vez a Reme, feliz de contemplar la determinación de su hija pequeña. Al entrar en la alcoba, tan limpia como una patena, la luz, en vez de entrar por la ventana, parecía salir de la almohada en la que descansaba la cabeza una anciana, la señora Casta. La cara que yo había imaginado, es decir, sus facciones se habían afilado. Aún así se leía la dulzura entre las arrugas de una piel clara salvo en las manos que descansaban sobre la colcha, estas con manchas marrones. Aquellas manos llevaban tantas fregadas y tanta tralla que aparentaban estar en carne viva. Con la mano derecha, que parecía muy pesada, golpeó la cama un par de veces. Era la manera de condicionar a su nieta porque me soltó la mano y como un resorte puso su culete allí donde la abuela había golpeado.
—Es que su madre la tié dicho que no lo haga, que no se suba encima la cama, a pesar de saber que a las dos nos gusta que se siente ahí. Ya ve lo que le importará a ella que agüela y nieta estén cerca, porque la cama la tié cacer tos los días desde que me metí en ella. Y como yo la digo, anda que no mecho yo camas… —. Su voz me llegó cansada y sin ningún tono hostil a pesar de las palabras críticas hacia su hija—. Siente usté también, así no nos regañará, verdá, pequeñaja.
—No, no señora. No estaría cómodo.
—Pos el colchón es bien blando, caballero.
—No me refería a eso, señora.
—Ya lo sé. Soy vieja, no tonta.
—Tonta, tonta —repitió Lorencita—. Lagüela no es tonta.
—Entonces, acerque esa silla y siente. Me es más cómodo mirarle si está su cabeza más bajo —. Le hice caso, cogí la silla baja de enea y me senté junto a la cabecera de la cama. Mientras, Lorencita la informó de nuestro juego. Lo que hizo sonreír a la enferma —. Ay, madre. Me se había olvidao a mí esa cuchufleta de críos —. Tras tomarse un respiro que respetamos la visita y la nieta, volvió a hablar—. Siente más detrás, no le veo la cara, haga ustél favor. Me cuesta mover los ojos, y la cabeza más entoavía.
—Como usté prefiera —dije y me moví para ponérselo más cómodo.
—Lesperaba, ¿sabusté?
—¿Que me esperaba a mí? —. Ella afirmó levemente con los ojos y apretando los labios—. Si no sabe usté quien soy ni a lo que he venido, ni lo que he hecho.
—Lo primero, sí, es verdá que no lo sé, pero no mimporta. Pero lotro sí que lo sé. Siempre lo supe. Lo que vivíamos no era real, alguien manejaba los hilos.
—Me sorprende usté y mucho, señora Casta.
—Y usté a mí también me sorprendió muchas veces, caballero. Y no todo fueron alegrías, bien lo sabe.
—Pero, pero ¿cómo es posible? ¿Cómo lo supo?
—No, no lo supe. Ahora es cuando lo sé. Antes de su contestación lo intuía. Como decía mi Jesús, es usté un pardillo. Era una sensación demasiao fuerte como pa que no fuera verdá. Pero no se procupe, sólo hay una cosa que no le perdono.
—¿Qué? —. Tenía que aguzar mucho el oído e inclinarme y acercarme a ella para poder escuchar sus palabras, con lo que puse mi cara muy cerca de Lorencita, que sin ningún pudor me pellizcó la nariz.
—Enta a pol las uvas. Ves ta pillao el guadia —. Tras lo que la cría rió y estuvo a punto de caer de espaldas sobre su abuela.
—Estate quieta, Lorencita —dijo la abuela en un tono plano y bajito—, aunque tú no lo sepas, no son momentos pa juegar, hija. Deja quescuche este caballero. No le perdono que me dejara sin mi Jesús —susurró la señora Casta—. Y una no lo dice por lo que tuve que bregar tras perderle.
—Lo siento. Nunca me preocuparon los personajes, sólo las lectoras.
—Ya podía haber repartío un poco. Y usté mismo también se importaba, no mienta. Quería escribir la mejor novela de tos los tiempos, sin saber que yastáscrita.
—En lo primero tiene usté razón, señora Casta. Pero en lo segundo le aseguro que no. Sólo me tengo por un aprendiz, por eso he venido a hablar con ustedes, esa es la verdá. No por informar a mis lectoras, aunque estoy descubriendo que no he hecho mal, que son ustedes más interesantes de lo que yo creía, ahora que dicen lo que quieren.
—Pero no se procupe usté—. Parecía que no me escuchaba, que seguía su discurso sin tener en cuenta mis palabras—. Pronto lo va solucionar.
—¿Qué pronto lo voy a solucionar?
—Sí.
—¿Y cómo lo sabe?
—Porque las personas viejas, como yo, siempre pensamos en lo peor. Aunque como lo que va a ocurrir es casi el final de su obra, no mimporta, pero a lo mejor a alguna de sus lectoras sí —. Apenas la oía.
—No sé de lo que me habla, señora Casta —. Yo también bajé la voz y no supe el motivo.
—No me mienta. Aproveche el tiempo. Las mentiras, en algunas ocasiones, no son más que pérdidas de tiempo.
—Está bien, como quiera. No he venido a discutir con usté, sino a disfrutar de su compañía y a preguntar un par de cosillas. Y sin saber nada de esta mocosa, si no, hubiera venido antes.
—Mocosa, mocosa —repitió ella misma.
—¿Qué quiere saber? —. La señora Casta, aunque lo intentó, no sonó cortante.
—Quiero saber lo que le ha ocurrido desde que abandoné el relato.
—De todo —contestó ella en un susurro—. Pero lo más importante es lo que ve. Tengo otra Reme, pero ésta no es coja.
—Deme, mi mamá —interrumpió Lorencita.
—Sí, hija, tu mamá. Eres igualita quella —dijo la abuela con una mirada plena de orgullo y ternura. Luego me miró a mí y prosiguió—. Aunque a la otra no laído tan mal, verdausté. En el fondo es más madre que yo —. Noté un tono alegre en su inapreciable voz. Pero, usté me quiere preguntar otra cosa, me paece a mí.
—Sí. Me gustaría, aunque creo que no es el mejor momento, que me contara sus experiencias. Las de después de que llegaron los padres de Gertru. Pero si está usté cansada, lo dejamos, ya volveré otro día.
—Mucho quié usté saber, buen mozo.
—Sí, siempre me ha pasado eso, siempre he querido saber demasiado, me parece.
—Sabrá que aunquescuche con muchatención hay cosas que no podrá aprender, ¿verdá?
—Sí, estoy a las puertas de tener esa seguridad, si es que no he llegado ya al punto en el que ves que no hay retorno.
—Nunca hay retorno, amigo. Si no, nos volveríamos locos. Es mejor vivir la vida hacia delante y olvidarte de lo que pudo ser. Si tienes cacer algo, hazlo y punto —. La rotundidad de sus palabras, a pesar de la dificultad para hablar, chirriaba por el tono sereno con las que eran dichas.
—Entonces, ¿no se arrepiente de nada? ¿Ni siquiera de no haberse permitido una alegría personal? Se lo dio todo a ellos —. La señora Casta me miró, pero no fui capaz de leer en ellos lo que trataba de decirme. Supongo que en su respuesta sobraban las palabras, aunque luego vinieron tras un sonido ronco que no se ajustaba a su imagen.
—Dice usté darrepentirme. No sabe lo que dice —. De nuevo la dureza no se ajustaba ni al tono ni al volumen—. ¿Ha visto usté a mi familia, al Venan, al Joselillo, a la Gertru, a la Reme… y a tos estos monicacos?
—Deme, mamá —interrumpió su hija de nuevo—. Deme es mami —. Su abuela, trabajosamente, le puso una mano en el muslo. La niña respondió poniéndose a jugar con sus dedos. Luego siguió conmigo—. A mí la Gertru me lo ha contao to. ¿Ha hablao con el Venan y Joselillo?
—Sí, señora Casta, con todos menos con Cirilo.
—Buena persona ese Cirilo, como usté. Ya sabe a qué me refiero —. Por un momento pareció irse de la conversación, al menos pensé que deliraba, porque yo no sabía de qué hablaba, aunque después, cuando hablé con el vecino del segundo supe a lo que se refería. Creo que la señora Casta lo sabía todo. Pero sigamos.
—Señora Casta —llamé en un susurro. Pero quien me contestó fue su nieta.
—La güela sa dormío, señó.
—No, pequeña, no me dormido. Si ya ha visto a tos los chicos, ¿cómo pué preguntarme eso, que por qué me dejé la vida en ellos? —. Entonces sí entendí la mirada que antes me echara. Era de incredulidad ante el hecho de que yo pudiera dudar de que no había tenido más opción que dedicarse por entero a sus cuatro hijos, porque en eso se resumió su vida después de la muerte de su marido. Y entendí el motivo por el que me censuraba haberle quitado por el camino a su compañero. Porque él no pudo hacer lo que ella, disfrutar según remaba. Volvió en sí y yo también—. Si no entendemos que todos los niños y niñas deste mundo son hijos nuestros, mal iremos. Bueno, como hasta ahora, porque, desde luego, los que no lo pensaron fueron esos políticos de pacotilla y esos militaruchos de las narices que andan por ahí creyendo que su Patría y su Dios están por encima de la vida de cualquier crío, ¿verdá Lorenza?
—Sí, güela.
—La veo muy cansada, señora Casta. ¿Quiere que llame a Reme? Creo que estoy abusando de su amabilidad y de su persona.
—No se procupe, ya no puedo estar más cansada —contestó con un hilo de voz que me costó entender.
—Güela, güela, mete aquí la naris —. La cría había dejado de jugar con los dedos de su abuela y estaba aburrida.
—No, mi niña, tienes cacercar tu los deditos a mi nariz, lagüela no se pué levantar.
—Vale. ¿Quedes entar a pod uvas?
—Sí.
—Ja, ja. Ta pillao el guaddia. Mida tu nadís.
—Serás sinvergüenza, ratoncita —. La niña siguió riendo y quiso repetir la experiencia, pero al ver que su abuela había cerrado los ojos saltó de la cama y me avisó que guardara silencio igual que lo haría un mayor, pero con el dedo índice estirado sobre la nariz, no sobre los labios. Su chistar fue más un escupir sobre su mano que se limpió en el vestidito blanco.
—Ven, que la güela sa momío —dijo sin bajar un tono la voz—. Vamos con mami.
—Sí, espera, voy a abrigarla no sea que tenga frío —la mentí con el dedo en la nariz haciéndome cómplice de su gesto. Me acerqué a aquella dulce cara, y con disimulo, puse dos dedos sobre el cuello de la señora Casta. No sentí su pulso e insistí en el otro lado, ya sin disimular. Tampoco lo encontré.
—¿Qué hases?
—Ver si tiene frío —volví a mentir a la preguntona, y entonces acerqué mi mejilla a su nariz. No sentí su aliento. Pero la nieta me agarró de la mano con las suyas y tiró de mí.
—Vamos, mami nos regaña, deja momir a mi güela. Vamos —levantó la voz olvidando el pacto de silencio. Ya en el pasillo llamó a gritos a su madre que contestó desde la cocina.
—Mami, mami, lagüela sa momío, pedo Lodensita y ezte señó nos hemos ido codiendo.
—Muy bien hecho, hija. Así me gusta, que no la molestes y que seas obediente. Esta noche, antes de que te vayas a la cama le pediré a tu abuela que te cuente una de sus historias. Pero si está despierta y bien, ¿eh? Y si no papá.
—¡Ben! ¡Ben! —gritó y saltó la cría, y salió corriendo de la cocina. De lo que yo me alegré.
—Ay, madre. A ver si le deja a usté un rato —. Mire a los ojos a Reme, me aclaré la voz y esperé. A pesar de mi carraspeo y de mi posterior silencio  Reme seguía con la cabeza gacha, con la atención puesta en el cuchillo con el que pelaba las patatas. Entonces rodeé la mesa y le cogí del brazo suavemente. Ella dejó de mondar la patata y me miró a los ojos.
—No —dije y confirmé con un movimiento de cabeza.
—¿No qué, caballero?
—Que su madre no está dormida y que no va a contarle más historias a su nieta, Reme.
—¡Dios mío! —exclamó Reme, que soltó cuchillo y patata, y se tapó la boca para ahogar un grito—. Y salió corriendo.


No podía quedarme. No me correspondía. No me importó lo que Reme pensara de mí, si es que iba a echarme de menos. Yo no tenía importancia. A pesar de todo se me cruzó por la cabeza hacerme cargo de Lorenza, pero aquella generación a la que pertenecía esa cría no conoció la muerte en la televisión, sino en los cuartos de sus abuelos porque vivían con ellos y ellos murieron con sus nietos al lado, en la otra habitación. Aquel día no sólo Reme quedó huérfana, todos, incluso yo, perdimos una madre aunque fuera proyectada. Y allí mismo, en su cocina, abrí la carta para volver cuanto antes a una realidad, en ese momento menos dura que la imaginada. Una lágrima cayó sobre el papel. Luego la vi sobre la tarima, no quedó atrapada en la hoja que sostenía ya lejos, en otro instante de mi tiempo, y cuyo “recuadro al uso” mostraba la palabra para haber realizado mi viaje de vuelta: PUNTADA. En realidad la última, porque la entrevista que falta también podría entenderse como un monólogo. Pero no adelantemos acontecimientos, dejemos que llegue tranquilamente el último lunes de Entre puntada y puntada.

14 comentarios :

  1. Aunque estaba advertida de un llanto, no quería pensar que nos hicieses partícipes, en vivo y en directo, de una despedida tan real.
    Estoy emocionada.
    ¿Penúltima? Que lástima.
    Ahora que la del Cirilo no me la pierdo.

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    1. Cotilla y sentimental, como a mí me gustan, jaja.

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  2. En verdad que a la Señora Casta no la podemos considerar un personaje "secundario" pues de su raíz realmente han salido muchas ramas y siempre ha estado en los acontecimientos importantes que han ido sucediendo en toda la historia. Pero tal como ha estado (en silencio, a pesar de ser portera...) así se ha ido. Una despedida entrañable que seguro has sentido como tu vida real. No me digas que esto se está acabando!! Supongo que ya estarás preparando la historia siguiente, J.C. Abrazos

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    1. Tienes razón, a mí también me molesta el ruido, y también solté unas lágrimas mientras pasaban las imágenes por delante de mis ojos, porque esta entrevista primero la vi y viví, y luego la escribí. Por mí Entre puntada y puntada se hubiera acabado aquí, es el mejor momento, pero no os podía dejar sin la próxima y última entrevista. Gracias, Ligia.

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  3. Un poco triste lo de hoy, aunque ya se veía venir. Vivió y se fue sin llamar apenas la atención. Me gusta ese tipo de persona.
    Yo también espero que después de Cirilo, haya algo más.
    Un abrazo y, hasta el lunes.

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    1. Me remito a la respuesta a Ligia por no repetirme. Irse uno de aquí como vino, sin tubos, sin sondas, sin vías, sin ruidos, para mí, tan solo con el dolor/placer de haber nacido/vivido es la mejor forma.

      Por otro lado, es tan diferente lo que estoy pasando a palabras de lo que se acaba el lunes que no sé yo... Dejaré que decida la propietaria de esta ventana a la que me asomo humildemente. Si yo tuviera 520.000 entradas no sé si podría contestar uno a uno todos los comentarios. Y no sé si mi ego lo aguantaría. Un abrazo y gracias, Varinia.

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  4. Maravillosa la Sra. Casta, fuerte entrañable. Me ha dado mucha pena pero tal y como estava era lo mejor. Por lo menos ha muerto con los suyos que no es poca cosa. Besos y hasta el lunes.

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    1. Gracias, Mar. Hasta el lunes, un saludo, JC.

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  5. Sí, perfectamente delineada nuestra anciana protectora. He conocido varias como ella, se desvivían por la familia y lo que podían por el entorno, pero la FAMILIA con mayúsculas porque en aquél entonces si un miembro tenía un problema de la índole que fuera, tenía apoyo o ayuda del resto. Hoy las familias se destrozan, más cuando hay intereses de por medio. Cómo han cambiado las cosas, aunque aún existen familias así, gracias al EJEMPLO. Triste final, aún cuando sabemos que es ley de vida. Adios Señora Casta, descanse en paz. Ya firmaría yo para tener un muerte como la suya, dulce, serena, como cuando se va e sol. Un final digno del relato JC, enhorabuena. Saludos.

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    1. Muchas gracias, Nita. No puedo contestarte más que gracias. Un saludo, JC.

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  6. La entrevista de hoy, sin dudarlo, la mejor. ( mi humilde opinion).Siempre me gusto este personaje en todos los sentidos.
    Me faltarían adjetivos para describirla, y su final era de esperar, pero lo has descrito de una forma, que a una se le ablanda el corazon como si se nos fuera algo de nosotras,y...... bueno que leches,que es un relato. Ja ja ja.
    En fin, que me ha encantado, gracias.
    Besos.

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    1. Un relato al que tú (y otras) le ponéis el corazón. Gracias, Rubí. Un beso, JC.

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  7. Aunque he retomado las entrevistas con este personaje entrañable,ha sido triste su pérdida,pero ese tipo de personas siempre permanecen con los demás.
    Feliz semana.
    Chary:)

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    1. Estamos de acuerdo. Gracias, Chary, un saludo.

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