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lunes, 21 de marzo de 2016

5ª entrevista: Antón

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Entre puntada y puntada
 4ª puerta

Al volver de entrevistar a Joselillo, mejor dicho, a José, pensé que había un personaje de esos que consideramos secundarios que parecía no tener mucha importancia dentro de nuestra historia. Ahora bien, de no haber existido, no hubiera podido discurrir el relato tal como pensé. Caso contrario, por ejemplo, al de Cirilo, personaje que pensé en omitir, y ya sabréis el motivo más adelante, pero claro, si me cargaba a Cirilo, Carmina iba detrás, y a mí, esa mujer me cae fenomenal. Bueno, al que me refería al principio era a Antón. Un hombre en apariencia gris, como tantos otros que pueblan el mundo, y que gracias a ellos funcionan los negocios y las relaciones personales, incluso sirven de aglutinante de la sociedad con su quehacer diario, su cariño y su lealtad a valores, que ya muchos tildan de trasnochados y no por ello son menos importantes entre nosotros. Uno de esos valores es el respeto, pero no aquel que emana de la autoridad que te obliga, sino que nace de la igualdad, de sentir que uno tiene el mismo derecho que otro por ser igual que aquel otro y viceversa. Antón, a pesar del extremismo al que sometió a aquella sociedad la guerra civil, jamás pensó que don Mauro fuera su enemigo, ni el patrón se sintió amenazado por su empleado. Ambos se respetaban porque se veían de la misma pasta, compañeros de un proyecto que ambos veían viable. Había que resolver los problemas para bien de las partes, no para el interés de una. Con ese prejuicio me preparé la siguiente entrevista, y a parte de la carta, me eché al bolsillo una pequeña grabadora, regalo de mi hija. No pensaba sacarla a la luz la grabación, pero como mi cabeza se resiente del golpe que me di al nacer, no me vendría mal el artilugio para traerme las declaraciones de aquel personaje. La admiración hacía él había ido creciendo en mi interior según emborronaba el papel. Cumplí la parafernalia que ya me aburría un poco impuesta no sé si por Mendrugo o para diversión de las ranas, que algo se debieron oler porque, antes de agarrar el picaporte de la cuarta puerta, me dieron un abucheo digno de uno de esos políticos con los que pasamos hambre y sed de justicia. Me sentí como si me hubieran hecho un “escraches”, como dicen los argentinos, porque las ranas incluso portaban pequeñas pancartas, en las que pude leer cosas tales como: “No al aburromiento” o “Escritores = Traidores” y cosas por el estilo. En fin, que esta vez cerré la puerta a mi espalda con un portazo y me deslicé por el suelo diseñado en forma de damero donde el negro era sustituido por el rojo como la tapicería de los bancos corridos y de las sillas. Me senté a una mesa, junto al escaparate y me reconocí en el Gran Café de Gijón, en Madrid, frente a un hombre sentado del que se podría decir que “bailaba” en el banco corrido por su recogimiento físico.

—Buenos días, ¿Antón?
—Sí. Y que lo sean para todos, caballero. Siéntese por favor y tenga en cuenta que estoy en horario laboral. Y, aunque Mauro es muy permisivo, no quiero abusar de su bonhomía.
—Bonita palabra.
—Y que define perfectamente a la persona de la que hablo, se lo asegura quien lleva con él alrededor de veinticinco años, aunque le conozca de antes.
—Sí, lo sé. No se olvide que yo he contado parte de sus vidas y he sido el primero en enterarme de todos sus buenos actos. En efecto, yo también le considero un buen hombre, aunque no olvido otras muchas virtudes que atesora.
—Tiene usté razón. Por ello no entiendo el motivo de que quiera entrevistarme a mí y no a él. Aunque con este gripazo que tengo no me entero de mucho, la verdá. Espero no pegárselo.
—No se preocupe. Y respecto a don Mauro, todo se andará. Aunque si le matizo el motivo de esta entrevista, creo que lo entenderá a la perfección, Antón —y, por supuesto, se lo maticé y él entendió. Mientras, y disimuladamente, apreté el botón rojo “REC” de la grabadora que llevaba y que deposite en la mesa bajo mi parpusa de pata de gallo.
—Bien, tal como decía usté, ahora sí me lo explico.
—Si le soy sincero, yo, en un principio tampoco le había tenido en consideración para las entrevistas, pero luego, por los comentarios de las lectoras y lo que usté influyó en el desarrollo del relato cambié de opinión. Y aquí estoy, convencido de lo que hago.
—Claro, usté pensará que los personajes seguimos con nuestras vidas aun cuando nuestra historia escrita es cerrada por el autor, en este caso usté mismo, ¿no?
—¿Y no es evidente?
—En mi caso sí, desde luego. En ese sentido sólo puedo hablar de mí y de los  míos, incluso de la gente que veo a diario. Pero eso no significa que en otras fantasías ocurra, ¿no cree?
—Pues mire, en ese sentido he pensado muchas veces qué perlas nos hubiera dejado Quevedo si en vez de un escritor real hubiera sido una fantasía. Don Quijote, por ejemplo, cada vez que me pongo a vivir con él sus aventuras, aun sabiendo que al final se produce su muerte, le sigo viendo más vivo que muchos de los que deberían leer sus andanzas. Aparte de lo que aprendo y me hace pensar, así que no me importaría estar rodeado de locos como él o encontrar el modo de introducirme en su historia. De hecho lo intenté, pero me hicieron trampas, bueno, no exactamente, pero me la jugaron. En ésta he podido no sé como, acaso porque la escritura y las ranas —dije muy bajito— me permiten esta licencia. Si en la vida real cualquier situación es factible, ¿por qué no en la ficción?
—Pero Quevedo no es un personaje, es un autor, como usté.
—Bueno, eso de que yo soy como Quevedo, vamos a dejarlo a un lado. Lo que sí es cierto es que los dos escribimos, pero la comparación no la admito. Hay tal abismo como entre Sancho Panza y don Pablos. Aunque reconozco que tiene razón en su primera afirmación. Cambio el comentario. Me gustaría ver al de Tormes deambulando por aquí, aunque seguramente no tendría la lozanía que emana en esa historia que un desconocido nos dejó para disfrutar de ella y para definir todo un género literario, aunque algunos lo pongan en duda.
—La picaresca estará siempre presente en nuestra sociedad, caballero. Pero me parece que nos hemos ido del tema.
—Como siempre usté tan preciso y concreto.
—Deformación profesional, supongo.
—Perdone, pero es que me pongo a hablar de estos temas y me olvido de todo lo demás.
—Rogelia también me critica que soy puntilloso.
—Lo mío no era una crítica, sino un halago, Antón.
—Se lo agradezco entonces.
—Por cierto, ¿qué tal su mujer y su hijo? ¿Rafita, verdá?
—Sí, Rafa. Muy bien, gracias. Mi mujer envejece mejor que yo. Acaso porque en lo físico ella es más mujer que yo hombre. Y Rafa ya no es Rafita como le digo. No le va mal, la combinación de un hombre enclenque y de una mujerona no ha resultado tan mala —sonrió feliz—. Se ha casado y ya nos ha hecho abuelos, ¿sabe?
—Mi enhorabuena a los tres. Bueno a los cuatro, su nuera también cuenta.
—Y mucho, sí. Muchas gracias en nombre de todos, aunque, a lo mejor esto no le importa.
—No, no se equivoque. Al contrario. Como le he explicado es a lo que he venido.
—Bien, ¿tiene alguna pregunta más?
—Sí, claro.
—Pues adelante.
—¿Cómo le afectaron los días que pasó solo en la quintana de los padres de Gertru?
—Vaya, qué directo es usté. Bien, tengo claro que perdí la razón que me guiaba y me guía aquí en mi vida normal y cotidiana. Pero, más que perderla, la verdá es que yo creo que se ajustó. La única forma que encontré para sobrevivir a esa soledad fue amoldándome a las circunstancias que allí imperaban. Aunque no lo hice adrede. La mente humana es una verdadera maravilla. Yo diría que tan maleable como la arcilla. Yo creía que esa vivencia se había quedado allí, en los montes asturianos, hasta que un día, después de cenar, siendo ya relativamente mayor Rafa, surgió la conversación sobre la vejez, y eso siempre lleva a matar de palabra a alguien. Mi hijo, en broma, insinuó que como yo era más débil que su madre, y como siempre ocurre al revés de lo que se piensa, su madre “se iría al otro barrio”, como él dice, antes que yo. Como ve, el tema de mi “enquenclez” sigue siendo recurrente hasta en mi propia casa, pero ya no me molesta. Pues bien, esa noche me di cuenta de que si la vida nos llevaba donde mi hijo proponía sería mejor que fuera al revés. No sé porqué pensé que sin ella, sin Rogelia, estaría más solo que en aquel valle. Allí, al fin y a la postre en la quintana podía hablar con los bueyes. Luego sé que me afectó de algún modo. Después de aquella conversación  me volví más miedoso, cosa que a mi edad es normal por otro lado. Como dicen por ahí según nos viene la vejez nos vienen los miedos. Además, quedó en mi alma un desgarrón que nunca he podido restañar, igual a la alegría que experimenté cuando supe que mi encargo había llegado a buen término, incluso había superado las expectativas. Ese equilibrio emocional es lo que creo que me ha mantenido lúcido hasta el día de hoy. Eso y cómo me mira la señora Gertrudis. Aún hoy recuerdo también las miradas de Xana y Queitano cuando nos volvimos a ver en Madrí. Por supuesto, al final, la alegría minimizó la tristeza, pero a mí aquello me marcó para siempre. Ellos no se dieron cuenta de cómo les miraba yo a ellos.
—¿Qué sintió cuando vislumbró la figura de Feliciano en el horizonte?
—Su relato se ajusta mucho a la realidad.
—Pero cuénteme.
—No sé, supongo que me volví loco o, al revés, recobré la cordura. Sólo recuerdo un ímpetu por correr, por abrazar cuanto antes a esa persona que se me acercaba, en la que desde que distinguí había depositado todas mis esperanzas. Aunque también se me pasó por la cabeza que eran imaginaciones mías. Luego, al sentir entre mis brazos a Feli, hube de reconocer que esta enclenque persona importaba a alguien en su locura. Y no sólo a los que tuve siempre presentes durante aquellos días. En definitiva, supe que nunca había estado solo.
—¿Sigue en contacto con Feliciano? 
—Por supuesto. Ahora tiene una flota de taxis en Gijón. Pero nunca ha dejado de conducir para los demás. Más de un año hemos ido a visitarle, a él y a su familia.
—¿Y cómo fue que se le ocurrió a su amigo ir a buscarle? Eso no me quedó nunca claro.
—Por lo cotilla que fue.
—No entiendo.
—Verá. ¿Se acuerda de la nota que escribí en la pensión, la que entregué junto con mis cosas a la dueña de la pensión antes de salir hacia los montes? —preguntó Antón.
—¿El sobre que contenía dinero? —devolví la pregunta.
—Sí, ése. Pues resulta que la buena mujer vio excesivo el pago de sus servicios, así sacó del sobre los billetes que creyó eran justo pago y sin ver mi nota volvió a introducir el sobre en la maleta que me compró Rogelia, maleta que aún conservo, por cierto, y que dejé a su cuidado. Feliciano, cuando empezó a preocuparse visitó la pensión y preguntó a la dueña. El caso es que hurgó entre mi equipaje y encontró el sobre con el dinero y la nota que yo había dejado por si me ocurría algo fatal. Así que se puso en contacto con Mauro y éste le puso al corriente de todo.
—¿Y?
—Y el muy imbécil tomo la decisión de que su cliente no merecía ser tragado por los montes. Y como en ese momento tenía la misma información que yo cuando empecé a caminar por aquellos lares, llegó también donde yo había llegado. Eso sí con más facilidad, a pesar de su rodilla que se resintió, y de qué forma. Tuvo que operarse tres veces. Y, como siempre, el ángel de la guarda de todos nosotros volvió a dar la cara y se hizo cargo de todos los gastos.
—Don Mauro.
—¿Quién si no? Incluso de su recuperación y de los pagos del Ford. Todos pensamos en aquellos momentos que se quedaba cojo, que le cortaban la pierna, pero al final todo se arregló, y aunque no quedó perfecto, apenas cojea y puede conducir, que era lo que a él le preocupaba.
—Me alegro por él. Él y su familia son unas buenas personas.
—¿Quiere que le dé su dirección?
—No me importaría hacerles una visita.
—Los padres murieron.
—Supongo que su hermano Pantaleón no.
—Supone mal. Después de entregar Asturias a los nacionales, se echó al monte con una partida de guerrilleros. Fue lo último que supo de él Feli.
—Vaya, hombre. Aún así, déjelo, no me la dé, no tendría oportunidad. Tuve que seleccionar a los personajes para estas entrevistas, Mendrugo así me lo estipuló, y al final decidí que sólo serían los protagonistas de la historia.
—Es la primera vez que alguien me califica de tal.
—¿Protagonista?
—Ajá. ¿Y quien es ese tal Mendrugo?
—No importa. Pero sin usté hubiera sido imposible desarrollar mi relato por donde yo quería llevarlo. Y menos que hubiera acabado tal como acabó. Bastantes penurias les he hecho pasar en su día a día, como para que les diera un golpe bajo rematándoles con un final doloroso. Aunque a punto estuvo, no se crea.
—Vaya, pues entonces se lo agradezco.
—No hay motivo. ¿Y Rogelia?
—¿Qué pasa con Rogelia?
—Que le dio por perdido.
—La verdá es que no lo sé, aunque me extraña que se rindiera. Nunca ha querido compartir conmigo, y creo que con nadie, aquellos días de angustia en los que no supo nada de mí. Al igual que Mauro. Sólo sé, respecto a los dos, que desde el momento que regresé algo cambió. Fue como si ambos me tratasen con excesivo respeto. Creo que, en el fondo, ninguno de los dos pensaba que era capaz de hacer lo que ellos llaman la gran aventura de Antón. Y Rogelia debió de hablar con su hijo, porque Rafa nunca ha dejado de mirarme con una admiración anormal, sobre todo cuando le tocaba pensar que su padre era un don nadie. Como si me viera siempre con los ojos de cuando tenía seis o siete años y pensaba que su padre era un héroe que todo lo podía. Su guasa respecto a mi constitución física esconde una pregunta íntima. ¿Cómo fue capaz padre de hacer lo que madre me ha contado? En fin, que aquella aventura, salvo el conocimiento amargo de la soledad y el desamparo, sólo me ha traído reconocimiento de la gente que me importa. Y le aseguro que es una satisfacción y una motivación inimaginables.
—¿Influyó su éxito en su sueldo?
—Su pregunta raya con el insulto.
—Perdone si le he parecido impertinente, sólo me mueve el afán de recavar información. No pretendo molestar a nadie ni prejuzgar nada. Si no quiere, no conteste. Lo entenderé.
—La respuesta es un no rotundo. Mauro pagó de otra manera más elegante el encargo que me hizo.
—¿Puedo preguntarle cómo?
—Parece que se siente usté con autoridad moral para hacerme cualquier tipo de pregunta.
—Si he de confesarlo, sí. Pero no por mi mismo. Es aquella que me otorgan las lectoras de Entre puntada y puntada, no es un privilegio mío. Por mí mismo no la tendría, como le he dicho.
—Bien, aunque creo que esta pregunta se la debería hacer usté al interesado. Yo sólo puedo dar una opinión subjetiva. Se la expresaré. Hablé con Mauro de este tema porque yo siempre había sentido un gran agradecimiento  y una gran admiración por él. Pues bien, después del viaje a Asturias, él también sintió lo mismo hacia mí. Me hizo partícipe de este negocio, lo que es también de agradecer. Ese acto de cesión de propiedad le comparo con dejarme entrar en su casa y compartir su herencia conmigo, un extraño al fin y al cabo. Le doy más importancia que lo que representa económicamente. Por otro lado, el sueldo seguimos tratándolo como jefe y empleado. Eso que quede claro. Jamás abusaré de su confianza ni de su agradecimiento, tal como yo sé que él tampoco lo hará hacia mí. Yo era su única salida para aquello. Y la señora Gertrudis se lo merecía.
—Muchas gracias por participarme estos asuntos tan delicados e íntimos, Antón. Muchos otros no lo hubieran hecho. Gracias.
—Según usté, sus lectoras es lo que se merecen y le obligan a ser curioso o entrometido.
—¿Quiere llamarme cotilla? Hágalo, no me sentiré ofendido ni insultado. Le entiendo, yo también soy muy celoso de mi vida.
—Pues quien lo diría, caballero.
—¿Se ha molestado?
—Un poquito. Pero no por mí, sino por tener que hablar de otras personas.
—Bueno, Antón, sólo me queda preguntarle por Balín.
—Y a mí contestarle que no puedo hablar de aquel crío. Si bien Mauro aún puede desmentir o corregir mis opiniones, Balín no. No se lo puedo decir más claro sin emocionarme.
—Tanto que no voy a insistir en ello.
—Se lo agradezco. Porque no me encuentro muy bien.
—Y yo le agradezco a usted la claridad y la precisión que ha usado para contestar mis impertinentes preguntas. Un placer, Antón —me levanté y le tendí la mano que me estrechó también de pie.
—Lo mismo digo, caballero, y espero que esas lectoras queden satisfechas. Adiós. Mi trabajo me espera. Aunque no sé yo…
—Y a mí el mío. Adiós. Y cuídese esa gripe.


Antón salió primero por la puerta del café, después de coger mi gorra y parar la grabación, me abrigué y lo intenté yo, pero la puerta no se abría. Pensé que hasta ahí podía llegar con mis movimientos en el tiempo, con lo que allí, de pie, saque la carta de mendrugo y mire el recuadro. La palabra era lógica hasta cierto punto, porque en una cafetería se podía tomar también un té, pero la escrita no tenía acento, así que, la dije en alto: “TE” y antes de aparecer en casa vi la cara extrañada de un camarero por pedir en la puerta una infusión. Lo que no sé es lo que pensaría al verme desaparecer. Al verme sentado en el sofá con la pequeña grabadora en la mano me alegré más de lo que estaba. Rebobiné la cinta y dispuse a escuchar lo que había grabado, por primera vez no tenía prisa en volcar sobre blanco el negro de mis palabras, las había almacenado con aquel útil artilugio. Pulse el “PLAY”, cerré los ojos y me repanchingué a la espera de oír la voz de Antón y la mía. Pero en vez de eso lo que escuché fue unas carcajadas corales de unos anfibios que pasaron a emitir gritos de protesta sobre mí. Antes de apagar escuché el motivo de que la cinta no reprodujera lo que yo esperaba: “Listo, en aquella época no había grabadoras”. Así que, corrí a mi mesa de trabajo para poder volcar en el papel lo que recordaba que Antón me había contado. Algo me dejé en el tintero, pero creo que pude salvar la esencia de la entrevista. Queda a vuestro juicio.

10 comentarios :

  1. Ja, ja, de qué época son las grabadoras? Para mí, no hizo falta grabadora alguna, porque la esencia de la entrevista está muy lograda. Antón era un personaje muy respetable durante la historia, lleno de bondad y generosidad como ha demostrado.
    Y el que me ha sorprendido ahora fue el Feliciano, no esperaba que se decidiera a ir a la pensión a saber de él, esa fue la "salvación" de Antón. Bueno, J.C. hasta la próxima y feliz Semana. Abrazos

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    1. El lanzamiento del "cassette" se produjo en 1963 y se popularizó en 1970.
      Había que dar un giro a la historia para romper esa soledade de Antón cuanto antes, de ahí la intervención de "Feli", jaja.
      Un abraza, Ligia, y gracias. JC.

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  2. Yo no hubiese esperado menos de Feliciano.
    Sobrada cuenta el cariño de Don Mauro por Gertru. Y como no, el respeto de ambos aunque eran de distinta clase social.
    Si siempre fuese así. Me gusta, me gusta la entrevista.
    A disfrutar de estas mini vacaciones.
    Saludos y hasta el próximo J.C.

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    1. Eso, Varinia, a disfrutar, jaja. Un saludo, JC.

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  3. Bonita entrevista, la verdad es que todos y cada uno de los personajes merecen su minuto de gloria.e has hecho reir con el golpe en la cabeza al nacer... Mas de uno se lo ha llevado jaja. Besos y a descansar aunque sea un poco

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    1. Muchas gracias, Mar. No vienen mal estos días, jaja. Un saludo, JC.

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  4. Me ha recorrido un escalofrío cuando narras que D. Mauro se hace cargo de las operaciones de Feliciano y de las reparaciones del Ford.
    Esta entrevista es de matrícula de honor.
    Cada día me sorprendes más.
    Besitos.

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    1. Gracias, "salá. Mencanta sopenderte". JC.

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  5. A mi también me ha encantado esta entrevista a Antón, ya demostró ser una persona agradecida a D. Mauro y me encanta como ha transcurrido, lo que no entiendo es lo de Balin...
    Hasta la próxima, me voy a leer la de Venancio y me pongo al dia.
    Chary :)

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    1. Balín no puede desmentir las palabras de Antón porque está muerto y éste no quiere hablar de ello.
      Gracias Chary, ya queda poco. Un beso, JC.

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